Soy una travesti que siempre quiso ser escritora. Mi vínculo con los libros es de antigua data. Nací en Campinas [São Paulo] en el seno de una familia de clase media y mi madre dice que aprendí a leer a los 4 años. Viví como varón durante 29 años y crecí aislada, sin amigos, por no poder ser quien realmente era. Fue en los libros donde encontré un refugio seguro y acaso por eso decidí seguir el camino de las letras, una trayectoria que me brindaba la oportunidad de crear mundos donde yo tenía sentido.
En 2005, ingresé al Instituto de Estudios del Lenguaje de la Unicamp [Universidad de Campinas]. Ya en la clase de recepción para los alumnos ingresantes de la carrera de letras me topé con la obra ABC de la literatura, del poeta y crítico literario estadounidense Ezra Pound [1885-1972], que contiene un inventario de lo más vanguardista y sofisticado de la literatura internacional. Me enamoré de esta obra publicada en la década de 1930 porque revela que lo que hoy en día entendemos por vanguardismo siempre ha sido parte de la literatura, aunque a menudo perdamos de vista esta faceta más experimental de otras épocas y culturas.
La clase abierta inaugural estuvo a cargo de Trajano Vieira, profesor de lengua y literatura griega de la Unicamp, una gran influencia en mi trayectoria académica. En el curso de la carrera, pude asistir a algunas de sus conferencias y solía mostrarle los poemas que traducía como un ejercicio de aprendizaje poético, una valiosa sugerencia de Pound. Mi nombre social, que adoptaría más tarde, surgió de una expresión que vi en Odisseia [Editora 34, 2011], una traducción suya del clásico poema de Homero ‒La Odisea‒ compuesto allá por el siglo VIII antes de Cristo. Las Moiras eran las videntes que vaticinaron el destino de Ulises y “amara” es una forma culta de decir “amarga”. En este caso, “amara moira” significa “amargo destino”, una combinación de palabras que elegí no solo por su significado, sino también por su sonoridad.
Con Vieira y Pound encontré un camino para conocer mi propia voz. Comencé a incursionar en la traducción de poesía experimental y también a estudiar poesía erótica por cuenta propia. El interés por el erotismo generó preocupación en mis padres: ellos pensaban que ese género podía perjudicar mi carrera académica. Pero sus temores resultaron infundados. Allá por 2006, la profesora Eliane Robert Moraes, docente de la PUC-SP [Pontificia Universidad Católica de São Paulo] y actualmente profesora de literatura brasileña en la USP [Universidad de São Paulo], me contrató como asistente para ayudarla durante cinco meses en la elaboración de su obra Antologia da poesia erótica brasileira [Ateliê Editorial, 2015]. Esa oportunidad me demostró que existía un propósito y un aprecio por la investigación que yo estaba llevando a cabo.
Unos dos años después, en 2008, gané una beca para estudiar literatura medieval en la Universidad de Porto, en Portugal, y aprender paleografía, la lectura de documentos antiguos. Esa experiencia fue fundamental para mi trabajo de conclusión de carrera en 2010, en el que me centré en las cantigas de escarnio y maldecir de los trovadores medievales que hablaban de “sodomía”, como se designaba en la época a las disidencias sexuales y de género.

Reproducción YoutubeEn la defensa de su tesis doctoral en la Unicamp, en 2018Reproducción Youtube
Hasta ese momento, pensaba que seguiría una carrera académica como medievalista. Incluso tenía un proyecto de maestría en ese sentido para presentarlo a la Unicamp en cuanto concluyera la licenciatura. Sin embargo, en el último semestre de la carrera, un profesor impartió una materia completa dedicada al libro Ulysses, de James Joyce [1882-1941]. Esa experiencia me llevó a cambiar mi línea de investigación. Quedé completamente encantada por la obra, por esos experimentos y reinvenciones del lenguaje que Joyce solía llevar hasta las últimas consecuencias. Ingresé a la maestría en la Unicamp en 2011, con un proyecto de una nueva traducción de Dublinenses, un libro de cuentos de Joyce, becada por la FAPESP. Es un trabajo que aún tengo intención de publicar.
En 2013, obtuve el primer puesto en el programa de doctorado de la Unicamp y proseguí mis investigaciones sobre Joyce, en esta ocasión con una beca de la Capes [Coordinación de Perfeccionamiento de Personal de Nivel Superior]. Mi tema central fue Ulysses. En el libro, el autor trabaja con la indeterminación de los sentidos mediante recursos como la onomatopeya o palabras indescifrables, como si quisiera perpetuar la duda en el lector sobre lo que está consiguiendo entender. En mi investigación analicé cómo se tradujeron esos pasajes en que la obra coquetea con la ininteligibilidad.
Durante el primer año de mi doctorado comencé con mi transición de género. Tenía 29 años y este proceso me apartó por completo de mi papel como investigadora. Fue una etapa turbulenta. Me fui de casa porque para mis padres fue muy difícil aceptar esta elección. Tampoco me sentía aceptada en la universidad: me sentía juzgada, examinada, observada por mis compañeros y profesores. Por espacio de dos años, trabajé como prostituta, que era un entorno en el que sentí que era bien tratas. Muchas de las personas con quienes compartí las veredas eran travestis y habían pasado por la misma experiencia que yo vivía en aquel momento. No me propongo romantizar lo que viví como prostituta, pero allí pude construir una relación más positiva con mi cuerpo, vivir la sexualidad de una forma menos reglada e incluso pude convivir con personas a quienes fui aprendiendo a admirar más cada día. Empero, también tuve que soportar los abordajes de la policía, así como agresiones verbales y físicas en las calles de Campinas.
En medio de ese torbellino, seguí adelante con mi doctorado, a pesar de mis muchos cuestionamientos, entre ellos si mi investigación tenía sentido en aquel momento que estaba viviendo. La Unicamp no me hizo a un lado, siguió apoyándome, lo que resultó crucial para que no abandonara mi proyecto de estudio. Defendí mi tesis doctoral en 2018 y el acontecimiento fue noticia en los periódicos, pero no por la calidad de mi escrito, sino porque me reconocieron el hecho de ser la primera persona transgénero en obtener un doctorado en la Unicamp usando mi nombre social.
Por entonces, había otras investigadoras transgénero en la Unicamp, como Beatriz Pagliarini Bagagli, del campo de las letras, y Jéssica Milaré, del área de la matemática. Pero éramos y todavía somos muy pocas. Como dije durante la defensa de mi tesis, concluí el trabajo sobre todo porque es necesario que haya personas trans dentro del ambiente universitario produciendo conocimiento y ejerciendo presión sobre el conocimiento producido en la academia, y ya no más solamente como objeto de estudio.
La investigación académica dejó de ser el mayor propósito de mi vida, hay otras cuestiones que pasaron a ser tan importantes como eso, por ejemplo, el activismo y la escritura. Hoy en día, a mis 39 años, ya he publicado dos libros como autora. Vivo en São Paulo y soy coordinadora de exposiciones, de programación cultural y del centro educativo del Museo de la Diversidad Sexual de la gobernación paulista. Mi vida es muy ajetreada, pero no pienso dejar de estudiar. Mi plan es, a corto plazo, hacer una pasantía de investigación posdoctoral. Hace unos seis años empecé a investigar obras literarias escritas en Brasil por autores transgénero y hasta ahora llevo reunidos más de 100 títulos, en gran parte autobiografías. Acaso surja de ahí un proyecto de investigación académica. Quién sabe…
Este artículo salió publicado con el título “Entre las palabras y la identidad” en la edición impresa n° 344 de octubre de 2024.
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