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Historia

Brasil siempre fue una fiesta

Un libro muestra de qué modo evolucionaron e influyeron las celebraciones en la historia del país

Con el objetivo de profundizar en la comprensión sobre la singular experiencia de las festividades en Brasil y sus implicaciones en la formación de la identidad y de la cultura nacional, los historiadores István Jancsó, de la Universidad de São Paulo (USP), e Iris Kantor, becaria de doctorado de la FAPESP y profesora licenciada de la Escuela de Sociología y Política, organizaron dos volúmenes que reúnen 49 artículos de investigadores brasileños y una contribución de autores portugueses sobre el tema: Festa – Cultura e Sociabilidade na América Portuguesa (FAPESP, Hucitec, Edusp e Imprensa Oficial, 990 págs, R$ 115). Este trabajo es fruto de un seminario internacional de seis días organizado hace dos años en la USP, que tuvo el mismo título de la obra. Ambos, el seminario y el libro, recibieron financiamiento por parte de la FAPESP.

Los artículos reunidos en las casi mil páginas de los volúmenes suministran un amplio caleidoscopio de temas y, según los organizadores, contribuyen para rellenar en parte la inmensa laguna bibliográfica existente en la historiografía sobre el período. La idea que originó el seminario fue precisamente hacer un balance de las investigaciones sobre temas ligados a las fiestas, desde sus aspectos más detallados, de “microhistoria”, hasta ejercicios de historia comparada y abordajes interdisciplinarios sobre los fenómenos festivos, que incluyen una mirada de otros ramos del conocimiento, como antropología, letras, filosofía, música y danza.

Valorando el aspecto del diálogo entre los diversas visiones sobre las fiestas, acompaña al libro un CD con 26 músicas compuestas entre los siglos XIII y XVIII. El CD, una banda de sonido para la lectura, contó con la curaduría de Maurício Monteiro y la dirección artística de Anna Maria Kieffer, además de la participación de más de 50 personas. Los grupos de investigación musical habían impirimido un clima diferente al seminario, presentándose después de las conferencias.

Como las fiestas son uno de los puntos principales de la imagen del brasileño de sí mismo y del extranjero sobre el país, es innegable que esas manifestaciones colectivas influyen en la construcción de la identidad nacional. Para el professor Jancsó, la raíz de este hecho está en el significado que las festividades tenían y aún tienen. “Las fiestas significan un instrumento para escapar al control de un Estado con el cual siempre mantuvimos una relación de sufrimiento y de antagonismo, a diferencia del paradigma europeo y occidental, en el cual la identidad es estructurada por el Estado, que representa un instrumento de emancipación. En Brasil, el Estado, creado por las elites, nunca fue un instrumento de liberación y de identificación, pero sí de cohesión”, afirma.

El enemigo interno
El Estado, para Jancsó, era y continúa siendo un instrumento de control del “enemigo interno”: la mayor parte de la población. Frente a esto, asumen mayor relevancia las ocasiones en las cuales los brasileños logran verse como un conjunto de personas que comparten y comulgan ideales, valores y sentidos. “Esto sucede en las situaciones festivas, no porque constituyen fiestas, sino porque son de todos”, explica Jancsó. Y continúa: “Las personas dicen que nuestra identidad es mal terminada, es una identidad festiva. Eso es una tontería, porque implica en una aceptación acrítica del paradigma de los países europeos.”La profesora Iris afirma que los dos volúmenes procuran abarcar básicamente los tres períodos a los que denomina como “la prehistoria del carnaval”.

Kantor explica que, a comienzos del período colonial, los principales ritos de sociabilidad eran las fiestas de la catequesis, dominadas básicamente por los jesuitas, principales constructores del imaginario festivo de entonces. “Ellos entendieron la importancia de la utilización de la música y del teatro para cautivar, evangelizar y adoctrinar a los indios, usando esos instrumentos como recurso pedagógico. Esto sin embargo no es algo específico de Brasil y de la América portuguesa, sino que también se verificó en el Perú, México y otros pueblos andinos.”

De acuerdo con la historiadora, esta estrategia de transculturación de los jesuitas era parte de su vocación misionera, de sus objetivos de evangelización en los territorios recientemente descubiertos. “Los jesuitas llegaron incluso a ser condenados por su exceso de diálogo. Ellos actuaban como antropólogos, en la medida en que procuraban hacer traducciones entre la cultura europea y las diferentes culturas amerindias”, subraya. En el período comprendido entre el final del siglo XVII y el inicio del siglo XVIII, a partir del descubrimiento del oro, empezaron a formarse los núcleos urbanos con expresiva densidad demográfica, en especial en las ciudades de Minas Gerais.

En este segundo momento, cuando la sociedad urbana se consolidó, surgió la necesidad de establecer las tradiciones de las fiestas. Y este modelo se exportó al resto del país. “Las fiestas de aquella época seguían un modelo dictado por la metrópoli, que fue llamado ‘triunfo cristiano’, parecido al actual Corpus Christi”, dice Iris. “Eran fiestas con procesiones, en las cuáles, al frente, iban las poblaciones más subalternas: los esclavos y los indios. En el caso de Portugal, iban los moros y los judíos. Pero en el centro de la procesión iban los estratos más altos, en una especie de ordenamiento que iba creciendo de menor a mayor. En general, utilizaban el recurso de los carros alegóricos y de las coreografías.”

Lo erudito y lo popular
Ambos períodos también se diferenciaban por lo que se cultuaba en las festividades. Mientras el modelo jesuítico era más confesional, las fiestas barrocas cultuaban al rey. Íris explica: “La fiesta era un refuerzo de la presencia real ante la ausencia y la distancia del monarca. ¿Cómo obedecer ante la distancia que se observaba entre la colonia y la metrópoli? Las fiestas funcionaban como una especie de colonización del imaginario”. Otro dato interesante es que este momento antecede a la división entre la cultura erudita y la popular, que aún hoy permanece. Los pobres estaban presentes a las mismas festividades que las elites. Las celebraciones colectivas tenían una función ordenadora, de delimitación de jerarquías. No siempre la fiesta es de quien quiera que llegue a ella.

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