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Ciencia

Cazadores de virus

Un equipo de científicos va la región amazónica con el objetivo de vigilar el ingreso de enfermedades emergentes

Las vacaciones de julio fueron de mucho trabajo para un grupo de investigadores y estudiantes de la Universidad de São Paulo (USP). A bordo de un jeep y de una camioneta, se internaron por los senderos de la Selva Amazónica con la misión de recolectar material biológico de aves, insectos y otros animales. El objetivo: dar sostén a investigaciones que procurar rastrear la llegada de enfermedades tales como la gripe aviar o la fiebre del oeste de Nilo, transportadas por las aves migratorias. La elección de la Amazonia no fue casual. Por un lado, la riqueza de su biodiversidad y el impacto de la deforestación descontrolada favorecen el surgimiento de virosis emergentes. Por otro, la región norte de Brasil constituye la puerta de entrada de las principales rutas migratorias de aves, que pueden traer consigo estas afecciones. “La vigilancia epidemiológica en esta zona es importantísima”, explica el biólogo Luciano Matsumya Thomazelli, que fue de la partida en la expedición.

Una vez concluida la misma, cuando recorrieron alrededor de nueve mil kilómetros, pasando por diez estados brasileños, volvieron a São Paulo con el equipaje lleno. Habían extraído muestras de sangre, de materia fecal y de secreciones orales de más de 400 patos, pavos, aves silvestres, insectos y murciélagos, que ahora están siendo analizados en el Instituto de ciencias Biomédicas (ICB) de la USP. En el marco de este tipo de relevamiento, los investigadores procuran hallar los primeros indicios de ingreso de las enfermedades emergentes, y así, delinear con rapidez estrategias de prevención y tratamiento. Los primeros resultados de este esfuerzo muestran que, por ahora, no existen rastros de animales infectados. Pero el monitoreo continuará y se extenderá a varios estados. El temible virus H5N1, que produce epidemias en países asiáticos, fue detectado en aves migratorias halladas muertas en varios países de Europa.

La importancia de esta expedición, capitaneada por Edison Luiz Durigon, profesor de virología de la USP, puede entenderse teniendo en cuenta varios parámetros. En primer lugar, se chequeó con éxito una estructura móvil de monitoreo capaz de salir de São Paulo y llegar por tierra a lugares remotos y poco accesibles. “Es un reto que tendremos de cumplir en caso de que aparezca de alguna enfermedad desconocida. Ahora estamos preparados para eso”, dice Durigon. Y en cualquier momento pueden partir de nuevo, a bordo del jeep Land Rover y de la pick-up Ford con capacidad para transportar a diez personas, dos carpas, un barco, equipos de laboratorio y un generador eléctrico. Tal estructura es tan sólo un apéndice de un proyecto mayor. La idea es recolectar material para abastecer al Laboratorio Klaus Eberhard Stewien, creado hace dos años en el ICB, el primero en el país con el estándar NB3+ (nivel de bioseguridad 3+). Es casi el máximo posible para la investigación civil – hay instalaciones más sofisticadas solamente en los países desarrollados.

En segundo lugar, el viaje fue útil para entrenar a futuros investigadores. Entre los ocho integrantes que viajaron con Durigon y otros cuatro que compusieron el equipo de retaguardia, se cuentan ocho alumnos de doctorado, uno de maestría y tres de iniciación científica. La mayoría encaró en este viaje su primera gran experiencia de campo. “Nunca más voy a observar una muestra dentro de un tubo de ensayo de la misma manera que antes. Aprendí a respetar el trabajo de quienes obtienen el material”, dice Jansen de Araújo, biólogo y alumno de doctorado del ICB. El viaje también fue importante por motivos que no caben propiamente en los currícula académicos. Si bien es cierto que la expedición sirvió para hacer madurar a los investigadores, también fue rica en aventuras y en experiencias de vida. Tuvo desde ribetes cinematográficos (como la del puente que se desmoronó segundos después del paso de los automóviles) hasta ataques de nervios, racionamiento de comida y al menos un vuelco con heridos. Y eso sin contar las curiosas figuras que el grupo conoció a lo largo de los 29 días de viaje.

Eran las 13 horas del día 3 de julio cuando la expedición, con un total de ocho personas, partió del estacionamiento del ICB, en la ciudad Universitaria. La salida fue el corolario de un esfuerzo de superación del biólogo y doctorando Luiz Francisco Sanfilippo, responsable del equipo de campo, quien junto con el alumno de grado Ricardo Lieutaud concretó la tarea de armar la estructura de la expedición. Pocos días antes de partir, se descubrió que el barco estaba fuera de las especificaciones solicitadas, y él tuvo que ser duro con el proveedor, quien terminó por cambiarle la mercadería. También se enojó con el retraso en la entrega de la capota de la pick-up Ford. Lieutaud, también convocado para el viaje, no pudo ir debido a un problema familiar. Fue reemplazado por Miguel Augusto Golono, biólogo y alumno de doctorado.

Cuatro días después, tras pernoctar en Três Lagoas (Mato Grosso do Sul), Coxim (Mato Grosso do Sul), Cuiabá (Mato Grosso) y Comodoro (Mato Grosso), el grupo llegaría al primer destino, el núcleo de estudios del ICB con sede en Monte Negro, estado de Rondônia, a 250 kilómetros de Porto Velho. Permanecerían allí durante una semana, recabando material y caldeándose para lo que les depararía la expedición de allí en adelante. Contando con una buena estructura – el núcleo del ICB dispone de laboratorios, alojamientos y comunicación -, se arriesgaron a hacer las primeras capturas. Abrían redes a las cuatro y media de la mañana para capturar insectos y aves.

Luego de la temporada en Monte Negro, se incorporaría a la expedición una nueva integrante. La bióloga Carolina da Silva Ferreira, alumna de maestría del ICB, convenció a sus colegas a dejarla ir con ellos. Carolina estaba en Monte Negro hacía dos meses, haciendo la investigación que le servirá de base para su tesina. Aburrida con la larga temporada lejos de casa, una de sus pocas diversiones era consumir el baratísimo helado de asaí vendido en Monte Negro – cuatro bochas por tan sólo 2,50 reales. “En dos meses engordé 10 kilos”, recuerda la bióloga. En las semanas siguientes, no solamente perdería el peso acumulado, sino que también protagonizaría algunas de las situaciones más difíciles de la expedición.

La salida de Monte Negro con destino a Manaus fue a las 11 de la mañana del día 15 de julio. Los investigadores planeaban cumplir el tramo de 680 kilómetros en un día y avisaron a un grupo que los esperaba en Belém que, si en tres días no dieran noticias, deberían buscar ayuda. Pernoctaron en un hotel en Humaitá, ciudad amazonense ubicada pasando el límite con Rondônia, y a la mañana del día 16 se metieron en lo que fue el peor momento del viaje: la carretera BR 319, intrasponible durante el período de lluvias, y un calvario aun en el período de sequía y para quienes viajan en jeeps preparados para todo. Sin imaginar lo que tendrían por delante, cometieron una temeridad – llevaron poca comida. “Me pidieron que comprará 20 panes para el viaje y yo compré 40, pero fue poco”, recuerda el biólogo Jansen de Araújo. La estudiante de biomedicina Tatiana Lopes Ometto, alumna de iniciación científica, resume lo que sucedió: “Salimos felices y entusiasmados, pero a medida que los baches de la carretera iban apareciendo, nuestras sonrisas fueron desapareciendo. Unos estaban preocupados. Otros, bastante nerviosos”.

En el camino se depararon con un hombre en una motocicleta. Era un habitante de los alrededores que había recibido del gobierno amazonense el encargo de hacer el mantenimiento de los puentes de madera de la carretera BR. El hombre les sugirió que volvieran. Es que el último puente de la carretera se había caído hacía unos pocos días. “Pero seguimos adelante aún así porque el Land Rover y la pick-up pueden pasar sobre pequeños ríos”, dice el profesor Durigon. El hombre les recomendó que parasen para dormir en un pueblo, unos kilómetros más adelante.

Los obstáculos eran tantos y las condiciones de la carretera tan precarias que a una cierta altura el grupo paró para decidir entre todos si deberían realmente seguir adelante. Hicieron una votación a la sombra del barco que la pick-up cargaba. La mayoría optó por seguir viaje – una de las pocas voces disonantes fue la de Luiz Francisco Sanfilippo, no por casualidad el miembro de la expedición que mejor conocía la región. La tensión alcanzó su nivel máximo cuando un puente se desmoronó segundos después del paso de los coches. Entonces sí, ya no había manera de retroceder. El tiempo fue pasando, el sol se puso – pero nada de aparecer el tal villorrio descrito por el hombre de la motocicleta, o de cualquier vestigio de vida humana. El más exasperado con la situación era Miguel Golono. Al borde de un ataque de nervios, exigía sus tres panes a los que tenía derecho. Pero sus colegas lo calmaron. Eran las 11 de la noche de aquel sábado de luna en cuarto creciente cuando, extenuados, resolvieron montar el campamento en medio a la carretera, en un pedazo de asfalto que la selva y las lluvias se olvidaron de devorar.

Algunos, como Luiz Sanfilippo, durmieron a la intemperie – sólo más tarde él sabrían que hay jaguares en esa región. “Aquella parada fue un paraíso. Pensé: ?estamos vivos, pues vámonos a dormir?”, recuerda Tatiana Ometto. Consumieron los panecillos no si una cierta angustia – pues nadie sabía decir cuánto tiempo pasarían aún en aquel engendro de carretera. Se levantaron temprano, y a las seis de la mañana ya estaban en marcha de nuevo. Y por supuesto, nuevos contratiempos los esperarían. Carolina Ferreira, la bióloga que se juntó al equipo en Monte Negro, sufrió un accidente. Junto a su colega Mario Luiz Figueiredo, biólogo y alumno de doctorado, debían encargarse de analizar las condiciones de los puentes antes de que los vehículos pasaran. En uno de esos chequeos, Carolina cayó en un vacío y casi va a parar al río. Pasó el resto del viaje sufriendo dolores y escoriaciones.

Dos preocupaciones signaron ese tramo de viaje. Una era el mentado puente que no existía más, tal como anticipara el hombre de la motocicleta. Pero el grupo tuvo también una grata sorpresa. Encontraron un puente flamante, construido horas antes por un equipo que estaba instalando un cable óptico entre Manaos y Porto Velho. La otra preocupación era el retraso. Habían programado que ese tramo lo harían en un día, y ya duraba tres – y no había manera de comunicarse. Estaban completamente aislados. Los celulares no funcionan en aquel fragmento de la selva. “Yo no haría ese viaje de nuevo sin un teléfono satelital”, dice Durigon.

Mientras tanto, a 5.500 mil kilómetros de allí, en Ilha do Mosqueiro, estado de Pará, el equipo de apoyo, integrado por la biomédica Danielle Leal de Oliveira y las biólogas Juliana Rodrigues y Lílian Keller, se exasperaba con la falta de noticias.  Empezaron a discutir qué hacer y a buscar teléfonos de auxilio. A las once de la noche del día 17 de julio, sonó el teléfono de la casa donde estaban finalmente. Y corrieron a atenderlo. Pero fue en vano. La llamada se cortó. Como el número quedó registrado, llamaron de nuevo. Del otro lado atendió alguien en un teléfono comunitario de Careiro Castanho, estado de Amazonas, a 88 kilómetros de Manaos. “Era un vecino. Le pregunté si había un hombre barbudo cerca”, dice Danielle, refiriéndose al biotipo de Edison Durigon. “Me dijo que sí. Al fin, lo había logrado.”

Los siguientes dos días se relajaron de la tensión haciéndoles mantenimiento de los vehículos, que fueron embarcados en balsa rumbo a Belém, y preparándose también para viajar a la capital de Pará – ahora en avión. Llegaron a Ilha do Mosqueiro, a 79 kilómetros de la capital de Pará, a las nueve de la noche del día 19 de julio. El objetivo era visitar a los criadores de patos de los alrededores de Belém. El grupo de apoyo, formado por Danielle, Juliana y Lílian, ya había rastreado direcciones y visitado a los criadores de granjas y a habitantes que crían en el fondo de la casa, solicitando autorización para que los investigadores, cuando llegaran, hicieran la recolección del material biológico. Recorrieron varias localidades: Marabitana, Vigia, Santa Bárbara, Santo Antônio do Taruá y Santa Isabel. La cría de patos es un práctica antigua en la región – el “pato al ‘tucupí’ [jugo de mandioca prensada]” es un comida típica del almuerzo durante la festividad religiosa del Cirio de Nazaret, en Pará. “Íbamos parando de casa en casa y explicándoles a las personas. Algunos se rehusaban. La mayoría preguntaba: ¿pero mis patos se van a morir?”, recuerda Juliana. Yo les advertía que no morirían. Era sólo para sacarles un poco de sangre.

En esos lugares es común que los pobladores críen patos, cerdos, gallinas y otros animales domésticos, todos juntos, en el fondo de las casas. A partir de esta convivencia excesivamente cercana entre hombres y animales evoluciona el contagio de enfermedades tales como la gripe aviar, una afección veterinaria capaz de infectar a los seres humanos. El temor es que mutaciones del virus de esa gripe del pollo encuentren medios de transmitirse entre los hombres, produciendo una pandemia. “Sacamos fotos de esos lugares. Parecen ciertas escenas de Vietnam, donde ya se ha registrado un brote humano de la gripe del pollo”, dice Durigon. “Los elementos son los mismos: residencias rurales pobres, rodeadas de animales. En una de las casas, las gallinas cluecas estaban con sus huevos en la cocina.”

Ese periplo en Pará, que duró una semana, fue productivo. Recabaron material de aves silvestres, patos y pavos, y conocieron lugares y gente que jamás olvidarán. “Fue muy fuerte el ver a aquellas personas sencillas ayudándonos. Hubo un señor que fue en bicicleta a buscar a un pato para que pudiéramos extraerle el material”, dice Renata Ferreira Hurtado, alumna de Veterinaria. Allá conocieron a doña Maroquinha, una humilde campesina que les ofreció a los investigadores de la USP un banquete fruto de su propio patio, con derecho a patos y pavos condimentados con cilantro y achiote, guarniciones de arroz, fríjoles y mandioca; y crema de copuazú de postre. “Ellos son muy pobres, pero nadie pasa hambre”, dice Durigon.

El viaje de regreso a São Paulo, nuevamente a bordo del Land Rover y de la camioneta Ford, duraría cuatro días, con paradas en Imperactriz (Pará), Paraíso do Tocantins (Tocantins) y Goiânia (Goiás). Los científicos quedaron felices con el éxito de la empresa. Sin embargo, les quedaron las marcas de esa aventura. Varios viajaron debilitados por la gastroenteritis. La bióloga Carolina Ferreira, aquélla que se sumó al grupo en Rondônia y se lastimó al caerse de un puente de madera, pasaría los meses de agosto y septiembre en reposo. Tan pronto como arribó a São Paulo descubrió que había contraído hepatitis A durante el viaje. Así fue como perdió los diez kilos acumulados por el festival pantagruélico de helados de su temporada en Monte Negro.

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