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Literatura

Cuando leer era una sensación

Brasil tuvo otrora un gran mercado editorial, con libros populares que se vendían por miles

Elzira amaba a Amâncio, pero sus padres la querían ver casada con el rico Dr. Siqueira. Todo fue en vano. La muchacha, tísica, fingía tomar los remedios, sólo para, a hurtadillas, inundar incontables pañuelos de sangre. Y entonces, el final: la muerte delante de su amado, que por fin había sido convocado a su casa, y un postrero pedido de pureza a su hermana: Cuando me muera… no dejes… que nadie me lave, ni que vean mi cuerpo… lávame tú misma… ¿sí? Así terminaba la trágica historia de Elzira, a morta virgem, un libro de 1883 del que se vendieron miles de ejemplares, y que fuera reeditado hasta 1924. En esa misma época, O aborto, cuya protagonista, Maricota, seducía a su primo, quedaba encinta y moría al tomar un abortivo, vendió en 15 días cinco mil ejemplares. Mi Policarpo, del cual hice un tiraje de dos mil ejemplares hace dos años, está lejos de agotarse, se quejaba en esa misma época también Lima Barreto, en una carta dirigida a Monteiro Lobato.

Hoy en día, Elzira y Maricota cayeron en el olvido, pero resisten, como pruebas de que Brasil fue alguna vez un país efectivamente formado por hombres y libros, como para parodiar el dicho esperanzado de Lobato. Había un mercado editorial en permanente desarrollo, que procuraba atender a una masa de consumidores asalariada, que crecía día a día. Fue sorprendente para mí, descubrir que algunas novelas de finales del siglo XIX llegaban a vender algunas decenas de miles de ejemplares, comenta Alessandra El Far, autora de Páginas de sensación: literatura popular y pornográfica en Río de Janeiro (1870-1924), una tesis doctoral que contó con el apoyo de lanzamiento de la FAPESP, y ahora se ha transformado en un libro editado por Companhia das Letras [Páginas da sensação: literatura popular e pornográfica no Rio de Janeiro (1870-1924)]. La idea del libro popular en Brasil no es nueva. Hoy en día encontramos en las estaciones del metro máquinas que expenden libros por 3 reales, pero son solamente algunos títulos. La gran mayoría son caros, evalúa. Pero en el Río de Janeiro antiguo la lectura era el principal medio de entretenimiento, con novelas populares y baratas, que se relacionaban estrechamente con los problemas, dilemas y anhelos de la sociedad brasileña de aquella época. Los libreros de ese entonces hacían ediciones baratísimas, con listas inmensas de autores y obras, que cubrían todas las áreas del conocimiento. Se aspiraba a lograr que el libro dejara de ser un producto caro, restringido únicamente a los círculos de las elites letradas, para expandir su consumo a una masa ilimitada de lectores?, narra Alessandra.

Espectros
Y la competencia era ríspida. Todos lo saben: los vivos, los muertos y los espectros. Sólo en Livraria do Povo se encuentran libros baratísimos. Hasta los cadáveres se levantan  para aprovechar nuestras pichinchas, sostenía un anuncio de la época. No vale ahora la disculpa de que no puede leer porque el libro es caro, anunciaba la vetusta editora Laemmert al lanzar su colección Económica. Quienes veían la tapa no veían el contenido: en lugar de tapas lujosas, ediciones con tapas abrochadas, papel de baja calidad, tiraje elevado y muchos dibujos. Vale recordarlo: la expresión libro popular no se refería a su contenido sino a su formato, barato y accesible. Pero, ¿habría público para ellos en un país que, al final del siglo XIX, tenía un 80% de analfabetos? La excepción honrosa, que dotó de brío a esta industria de la lectura, era la capital federal: Río de Janeiro, que tenía más de la mitad de su población alfabetizada y, por lo tanto, lista para consumirlos. Una obra tenía un tiraje inicial de mil ejemplares; pero muchas, con su gancho directo al público, llegaron a superar cinco veces esa cuantía. La instrucción se difundió incluso en las más apartadas capas sociales. El libro se ha propagado; ha dejado de ser objeto raro para llegar hasta el pueblo, escribió un cronista de Jornal do Brasil en 1900.

Efectivamente, en la década de 1880, el precio de un libro en formato de folleto era bajo, variando entre cien a mil réis. En esa misma época, una docena de retratos costaba 5 mil réis, una cena barata salía por alrededor de 3 mil réis, y un sobrero podía costar hasta 16 mil réis. Al margen del precio, el acceso se veía facilitado con la venta a cargo mercaderes ambulantes en el centro de la ciudad. La popularización llegó a tal punto que, hasta un outsider como João do Rio, criticaba las historias populares, enumerando los efectos perniciosos de su lectura. Cuentan en la penitenciaría que Carlito da Saúde, preso por desorden, se abocó a la lectura de Carlomagno. Y le sobrevino una violenta agitación. Al terminar la lectura, anunció que mataría a un hombre al dejar la comisaría. Y el mismo día en que salió, acuchilló a un tipo desconocido. Ese libro por sí solo ha provocado más muertes que un batallón de guerra, advertía João do Rio. Pero lo importante era vender, y los editores corrían en busca de textos que pudieran satisfacer la curiosidad de sus lectores. Y en general los hallaban. Olavo Bilac decía que si un forastero pasara por acá, con seguridad se sorprendería con la publicación de casi una decena de periódicos diarios, y con nuestra asombrosa producción literaria, dice la investigadora. Ya sea que la misma estuviera compuesta por poemas delicados y parnasianos, o por títulos como O trágico fim da desgraçada Sofia, A flor do martírio o A desgraça chorando por mais, o hasta As desgraças de Emília, que servirían de lección a las almas virtuosas e sensibles. Muchas de esas novelas partían de una realidad plagada de valores morales, compartidos por todos los personajes, para luego sumirse en situaciones de completa anomalía. Por esta misma razón, situaciones propicias a la exacerbación de los sentimientos y al desarrollo de acciones repudiadas en el cotidiano de las convenciones sociales, asevera la autora. Todo era válido para provocar sensaciones en los lectores. Aun cuando fueran desagradables y cercanas a sus realidades. Aunque las historias reafirman repetidas veces la importancia de valores tales como el casamiento, la virginidad y la familia, el ápice de la narrativa surgía en el momento en que todos los preceptos perdían su eficacia y quedaban del revés, observa Alessandra. ?En ese momento de trasgresión de reglas, usurpación de buena costumbres y ruptura con la vida en sociedad, esas novelas llegaban al auge de sus emociones y explotaban al máximo los sinsabores de los personajes. Así, la historia de Elzira, a morta virgem, no solamente narraba desgracias con sensación, sino que dramatizaba el conflicto por el que muchas familias de la época pasaban, con la declinación do paternalismo, cuando los hijos querían tomar sus propias decisiones. Novelas que, a su modo, desafiaban la integridad de una sociedad ansiosa por acceder al status de nación civilizada, analiza Alessandra.

Pero por cada muerta virgen había una pléyade de otras, poco dispuestas a guardar su pureza, que hacían de todo para agradar a los lectores de las llamadas novelas para hombres, con sus narraciones pornográficas, con títulos como Os serões do convento, que estuvo a la venta durante más de 40 años, o Memórias de frei Saturnino, o Amar, gozar, morrer. El carácter picante de una historia, en vez de estar vinculado solamente al número de relaciones sexuales descritas, estaba ligado también a la capacidad de la narración de conectarse con las preocupaciones, los deseos y los conflictos de la época?, analiza la investigadora. En un mundo cuyas reglas morales eran conocidas por todos, los héroes y heroínas de esos ?romances para hombres? mostraban una enorme disposición a burlarse de las convenciones e ignorar a los agentes represores, para disfrutar con aquello que sabían era repudiado por la moral de la época.

Tónico
Si las novelas de sensación tenían una moral central, en la cual las reglas sociales eran puestas en jaque, en las novelas para hombres, las buenas costumbres eran olvidadas por completo. Así, la colección Fuego ofrecía cuarenta posiciones diversas, con sus respectivas explicaciones, constituyendo el más prodigioso tónico para levantar organismos depauperados, como explicaba su editor. El cenit del género fue Mademoiselle Cinema, de Benjamin Costallat, de la cual llegaron a venderse, en tres ediciones, alrededor de 25 mil ejemplares. Ya fueran las novelas de sensación, o las novelas para hombres, la clave del éxito consistía en vender a un precio accesible libros cuyos temas tenían nexo con los cánones sociales y culturales de la época, poniendo a la orden de día las expectativas, los temores y ansiedades de un sector representativo de la sociedad carioca?, evalúa Alessandra. Por todo ello, valía la pena morir virgen.

El Proyecto
Aventura, sensacionalismo y pornografía: los best sellers de finales del siglo XIX y comienzos del XX (nº 97/14348-4); Modalidad Beca de Doctorado; Orientadora Lilia Katri Moritz Schwarcz – FFLCH/USP; Becaria Alessandra El Far – FFLCH/USP

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