guia do novo coronavirus
Imprimir Republicar

Tecnología

El conocimiento en el campo

Embrapa cumple 30 años de desarrollo tecnológico en pro de la agricultura y la ganadería brasileñas

En tiempos de hambre cero, los 30 años de Embrapa, la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria, deben ser muy bien festejados. Y los motivos para tal celebración surgen de la evidencia de que ese problema sería mucho mayor sin los logros de los investigadores de la empresa, y también por el hecho de que Brasil posee en este momento tecnologías e informaciones suficientes como para incrementar la producción de alimentos y perfeccionar sus cultivos y su ganadería, principalmente entre los pequeños productores rurales. El camino recorrido por Embrapa en el transcurso de estos años deja como improntas el desarrollo de centenas de variedades de semillas y técnicas de manejo y de control de plagas adaptadas a todas las regiones del país.

Fueron éstas las acciones que colaboraron fuertemente para el aumento de la productividad de varios cultivos básicos, tales como el arroz, cuya producción se incrementó entre 1975 y 2000 en un 120%; el fríjol, un 34%; y la papa, un 103%, de acuerdo con un estudio realizado a pedido de Embrapa por los economistas José Roberto Mendonça de Barros, profesor jubilado de la Universidad de São Paulo, y Juarez Rizzieri, profesor de la Facultad de Economía y Administración de la misma universidad. El estudio mostró que la producción de leche de vaca aumentó en un 70%, y la interferencia de la estacionalidad (las diferencias de oferta durante el año) disminuyó en todos los productos de la canasta básica. Así, la oferta de alimentos en todas las estaciones del año se tornó más regular, y no interfiere bruscamente en los precios de los productos. Dicho precios, por cierto, cayeron a lo largo del período analizado.

Al considerar los números de la Fundación Instituto de Investigación Económica (Fipe), que mide los índices de precios del estado de São Paulo, los economistas constataron también una caída pronunciada del valor real (descontada la inflación) de varios productos. El azúcar cayó un 4,47%; el fríjol, un 13,39%; la carne (corte de referencia de consumo), un 5,82%; el aceite de soja, un 8,06%; y el pollo, un 8,22%. Todos son porcentajes promedio anuales. En general, los precios de los alimentos básicos cayeron un 5,25% anual. “Estas mejoras de productividad han permitido la reducción de los precios al consumidor”, afirma Rizzieri. Son logros que, por supuesto, tienen mucha mano de la investigación agropecuaria, aliada lógicamente a la capacidad de trabajo, el empeño y la audacia de los productores rurales.

La mayor oferta de alimentos también evita un peligro que fue uno de los motivos que llevaron a la creación de Embrapa en 1973, una empresa ligada al Ministerio de Agricultura. Eran los tiempos del milagro económico, y Brasil tenía a la época una media de crecimiento del Producto Bruto Interno (PBI), del 14% anual. El país necesitaba sustituir importaciones y producir más alimentos para una población que se volvía más urbana. Para eso el gobierno militar invirtió en la infraestructura del país, con la ayuda de empréstitos externos, y vio en el incremento de la investigación agropecuaria la salida para obtener tecnologías que permitieran aumentar la productividad en los diversificados tipos de suelo y de climas existentes en tierras brasileñas.

De nada servía importar técnicas y semillas de otros países: urgía criar tecnología para el campo, como ya lo había comprobado el Instituto Agronómico de Campinas (IAC), en São Paulo; y existían otras experiencias igualmente importantes y puntuales, principalmente en las regiones sudeste y sur del país. La misión inicial de Embrapa fue precisamente dar una amplitud nacional a la investigación en el área agropecuaria, explorando nuevas fronteras agrícolas. El trabajo empezó con la empresa agrupando a investigadores del antiguo Departamento Nacional de Investigación y Experimentación (DNPEA) en unidades dispersas por el país y unificando la política de investigación. Hoy en día Embrapa es un empresa compuesta por 39 unidades de investigación y desarrollo, emplazadas en 20 estados brasileños y en el Distrito Federal.

Cuenta con una plantilla de 2.100 investigadores, más de la mitad de ellos con doctorado, y tan solo una pequeña cantidad -que no llega a 100 investigadores- que posee únicamente el título de grado, sin ningún otro título académico. “La primera medida tomada tras la creación de Embrapa consistió en invertir pesado en los científicos”, comenta el agrónomo Eliseu Roberto de Andrade Alves, participante del primer directorio y presidente de la empresa entre 1979 y 1985. En 1974 ya había 317 investigadores cursando maestrías y doctorados, 39 de éstos en el exterior. Para Alves, el paso siguiente de Embrapa consistió en fijar las prioridades, en un país que avanzaba rumbo a su industrialización, se urbanizaba y necesitaba producir excedentes para exportar.

A partir de 1974, se adaptaron e instalaron centros de investigación en distintos puntos de Brasil, acordes con las necesidades locales. Fue así que nacieron Embrapa Cerrado, con sede en Planaltina, en el Distrito Federal; Embrapa Soja, en Londrina (Paraná); Embrapa Amazonia Oriental, en Belém (Pará); Embrapa Ganadería de Corte, en Campo Grande (Mato Grosso do Sul); y Embrapa Mandioca y Fruticultura, en Cruz das Almas (Bahía), por citar algunos ejemplos. Al principio la empresa se abocó a la producción de granos.

Los primeros cultivares -las variedades de plantas adaptadas a una determinada región climática y de suelo, que pueden tener resistencia a algunas plagas- fueron de trigo y de soja, con experimentos que habían sido iniciados en centros regionales del sur de Brasil. La soja empezaba entonces a transformarse en el principal producto agrícola de exportación del país. Hoy en día tiene una importancia comparable a la otros cultivos de diferentes períodos de la historia nacional, como el palo de Brasil, el azúcar y el café. Este grano es consumido en Brasil y exportado para su uso en la producción de aceite comestible y en la composición de alimentos balanceados para pollos y cerdos.

El gran acicate para la escalada comercial de esa leguminosa, que posee un 40% del peso de su grano en proteína, fue también uno de los primeros resultados científicos y tecnológicos de Embrapa. Investigadores de la empresa desarrollaron linajes de la bacteria del género Rhizobium, que retira el nitrógeno del aire y lo transfiere a las raíces de la soja. Esta técnica seguía los caminos de los estudios realizados por la agrónoma Johanna Dobereiner (1924-2000) durante las décadas del 50 y 60 en el DNPEA. Dobereiner fue luego trasladada a Embrapa Agrobiología, ubicada en la ciudad de Seropédica (Río de Janeiro), en donde también identificó linajes de bacterias fijadoras de nitrógeno para la caña de azúcar. Con la adopción de la bacteria inoculada en las semillas de soja fue posible eliminar el abono químico que suministraba el nitrógeno a la planta.

“Identificamos las bacterias Rizhobium presentes en los suelos y seleccionamos las estirpes más eficaces”, explica Amélio Dall’Agnol, gerente del área de comunicación y negocios de Embrapa Soja. Con las semillas tratadas con los linajes correctos para cada tipo de suelo, los productores empezaron a economizar en el abono químico de sus cultivos. Según cálculos de Embrapa, los productores economizaban 460 reales por hectárea. Computando la economía referente toda la producción de soja en el país, se lograba una reducción de costos de alrededor de 5 mil millones de reales por año.

Otro factor fundamental para la expansión de esa leguminosa a partir de los años 70 fue el desarrollo de variedades de semillas adaptadas al clima tropical. “Antes, el cultivo de soja (una planta de origen asiático) se desarrollaba únicamente en latitudes próximas o superiores a 25º”, recuerda Amélio. Esa latitud corresponde en Brasil al sur del estado de São Paulo y el norte del Paraná. “Brasil rompió esa barrera, y actualmente se planta soja en el centro-oeste, en Maranhão, en Pará y en Roraima.”

Las variedades de cualquier planta comercial -también llamadas cultivares-, como en el caso de las “tropicales” de la soja, se producen mediante cruzamientos (intercambios de polen) entre plantas más resistentes al clima de cada región, una técnica que actualmente también se vale de la biología molecular para identificar genes de interés. Al cabo de estos años, Embrapa ha desarrollado varios cultivares y posee una colección de 5 mil tipos (genotipos) de soja, lo que asegura la gran variabilidad genética del cultivo. Los cultivares, tras su debida aprobación, son entregados a las fundaciones constituidas por los productores, que apoyan económicamente el desarrollo de las semillas y producen ese insumo para su venta a los agricultores. Actualmente Embrapa es responsable de alrededor del 60% de las semillas utilizadas para la siembra de soja en Brasil. La cosecha de 2002 alcanzó una producción de 42 millones de toneladas de granos: un 23% de la producción mundial. De dicho total, cerca de 22millones de toneladas se exportaron (en granos, salvado y aceite), generando ingresos por 5.600 millones de dólares.

La principal zona productora de soja del país (con un 58% del total, cuando en 1970 producía apenas un 2%) es también una de las nuevas fronteras agrícolas. El cerrado (sabana) se ha transformado en las últimas tres décadas en un gran productor de granos. Es responsable de alrededor del 50% de las cosecha de granos, incluidos el maíz, la soja, el arroz, el trigo y el sorgo (una gramínea utilizada como alimento para animales), además de producir algodón, ananá y tomate. Hasta finales de los años 60, la zona era reconocida, desde el punto de vista agrícola, solamente como tierra de pastoreo. Aún hoy esa aptitud sigue vigente, puesto que la misma reúne cerca del 40% del stock bovino del país.

El cerrado o sabana, originariamente constituido -y en gran medida- por vegetación rastrera, y árboles bajos y retorcidos, posee un suelo pobre, con déficit de correcciones químicas como para que se pueda desarrollar la agricultura comercial. “El suelo del cerrado es miserable, casi no tiene materia orgánica, fósforo o micronutrientes”, explica Amélio. “Desarrollamos para esa región un paquete que incluía la aplicación de cal para eliminar el efecto tóxico del exceso de aluminio presente enel suelo.”

La otra frontera agrícola conquistada en los últimos años fue el semiárido nordestino. La irrigación con aguas del río São Francisco permitió que la región central del semiárido se transformara en un polo exportador de frutas, abarcando tierras por un total de 600 mil hectáreas, pertenecientes a los estados de Bahía y Pernambuco. Pero para esa zona, y para el resto del país, la gran sorpresa surgió a comienzos de los años 80, con la plantación de parras en medio al calor y la sequía nordestina, en la región del Valle del São Francisco, teniendo como centros a las ciudades de Petrolina (Pernambuco) y Juazeiro (Bahía). La noticia adquirió relieve internacional, y actualmente el 95% de la producción local es exportada. El semiárido también fue adaptado para convertirse en un buen campo para la plantación de mangos. Junto con la uva, ésta fruta representa para el país 65 millones de dólares en ventas en el comercio exterior.

“Del total exportado por Brasil, el 85% de los mangos sale del Valle del São Francisco”, dice Paulo. Además de haber colaborado en la implantación económica de ese cultivo en la región, Embrapa desarrolló también un producto que neutraliza los efectos del látex del propio árbol en su fruto. Al momento de la cosecha, cuando la planta expele el látex, se forman rápidamente manchas oscuras, que perjudican el aspecto de la fruta, y generan pérdidas a la hora de exportar. El neutralizador de manchas producido por Embrapa es eficiente y se ha mostrado más ventajoso económicamente que el neutralizador importado, utilizado hasta ahora. Con apenas 6 kilos del producto es posible tratar 50 toneladas de fruta, mientras que con el importado se tratan apenas 15 toneladas.

El combate contra las plagas ha permitido que Embrapa hiciera posible el cultivo de otra fruta. Pero en este caso en la Amazonia, una región carente de investigación agropecuaria, y que a su vez cuenta con una rica biodiversidad en un suelo frágil, de clima húmedo y con lluvias abundantes. El fruto es el copoazú, autóctono de la región y cada vez más demandado en el mercado interno y externo para la producción de dulces y helados. Los investigadores de Embrapa crearon medios para hacer del copoazú un producto cultivable, y lanzaron cuatro cultivares del árbol resistentes a la escoba de bruja, una enfermedad que reduce la producción de frutos un 30% y puede incluso acabar con la planta. Esas variedades son clones producidos con base en especies resistentes a la enfermedad.

El desarrollo de tecnologías por parte de Embrapa abarca una extensa lista de productos y procesos, y no se ha visto quedado reducido a las áreas de frontera agrícola. Un ejemplo de ello es la tradicional área de cultivo de manzanas situada en los estados de Río Grande do Sul y Santa Catarina. Investigadores de la zona han reducido un 25% la aplicación de insecticidas en las plantaciones. La técnica principal introduce en el área de plantío trampas con hormonas sexuales sintéticas que atraen a los insectos y los matan. La reducción de las pulverizaciones con agroquímicos también se ha hecho presente en los cultivos de papa y tomate.

Embrapa desarrolló un equipo que, una vez instalado en el cultivo, informa el tenor de humedad que facilita la aparición de hongos. La pulverización a la hora justa reduce un 30% el uso de fungicidas. En el tomate, la economía llega a 300 dólares por hectárea, y en el caso de la papa, los productores dejan de gastar anualmente 90 millones de dólares. En cultivos tradicionales como el trigo, el uso de nuevos cultivares ha hecho elevar la productividad por hectárea (ha). “En 1970, la cosecha rendía 800 kg/ha; en 1990, 1.500 kg/ha, y en 2002, 2.000 kg/ha”, dice el investigador Pedro Luiz Scheeren, de Embrapa Trigo de Passo Fundo (Río Grande do Sul).

En otro cultivo tradicional, el maíz, que creció en productividad un 102% entre 1975 y 2000, Embrapa desarrolló cultivares con más proteína. Son maíces con tenores de proteínas y aminoácidos un 50% superiores al tipo común. Estas cualidades, al margen de enriquecer la alimentación humana, conllevan una reducción del 2% en el costo final de la producción de pollos y cerdos.En el área ganadera, la empresa ha desarrollado principalmente cultivares de plantas de forraje, que sirven de alimento para el ganado, en todas las regiones del país. En el semiárido, por ejemplo, se desarrolló un sistema para bovinos y caprinos que asocia la utilización racional del área de ‘caatinga’ con plantas cultivadas resistentes a la sequía. Ese forraje puede conservarse seco en silos, para su uso posterior en períodos de estiaje más prolongados.

En el sector porcino, Embrapa logró, mediante cruzamientos entre diversas razas, dos variedades de cerdos con un 40% menos gordura, y que por tal motivo se los denomina porcinos light. La primera variedad, lanzada en 1996 por Embrapa Cerdos y Aves de Concordia (Santa Catarina), es actualmente producida en 12 estados, y representa un 12% del mercado de este tipo de carne.Embrapa ha avanzado también en los últimos años hacia fuera del campo, al desarrollar tecnologías sin relación directa con los agricultores, pero que aportan beneficios tanto para la agroindustria como en la planificación y la protección ambiental. En dichas áreas, dos tecnologías de punta han sido recientemente utilizadas por los investigadores de la empresa: las imágenes de satélite y los polímeros conductores.

En el primer caso, Embrapa Monitoreo por Satélite de Campinas (São Paulo), montó una fotografía de cada estado brasileño con vistas desde el espacio tomadas por los satélites Landsat. Son mapas con la definición del territorio de entre 30 y 90 metros por pixel (puntos) en la pantalla de la computadora. Éstos suministran datos sobre los recursos naturales y los impactos de las actividades rurales y urbanas, facilitando la clasificación por zonas ecológicas y económicas, y ayudando en la planificación de actividades tales como el ecoturismo.En el caso de los polímeros conductores, éstos fueron usados en la confección de sensores capaces de identificar y diferenciar tipos de vino y de agua, además de ayudar en el monitoreo de la presencia de metales pesados en ríos y manantiales.

Este aparato, llamado lengua electrónica, fue desarrollado en Embrapa Instrumentación Agropecuaria, que tiene su sede en São Carlos (São Paulo), y contó con la colaboración de investigadores de la Universidad de São Paulo, Embrapa Uvas y Vino y el Instituto de Tecnología de Alimentos (Ital) de Campinas (São Paulo). La lengua electrónica fue patentada por Embrapa y se suma otras 168 patentes (o pedidos de patente) registradas en el transcurso de los últimos 30 años. De éstas, 54 fueron requeridas en el exterior. En 1998, la empresa creó una secretaría de propiedad intelectual, que ayuda a los investigadores de todas las unidades a formular sus patentes, y tramita las licencias de los productos.

Con tantas realizaciones tecnológicas, cabe indagar cómo Embrapa hace para transferir esas informaciones a aquéllos que trabajan en el campo y en la agroindustria. La respuesta se divide en varios frentes. El más común de éstos es el que se abre por medio de consultas en las propias unidades, personalmente, por teléfono o por Internet, en el Servicio de Atención al Ciudadano (SAC). “También enviamos las informaciones a los órganos públicos y privados, que asu vez las diseminan. Asimismo,hacemos reuniones e implementamos cursos de capacitación para técnicos y agricultores”, explica Eliseu Alves, ex presidente de la empresa.

La transferencia de información es fundamental en el caso de la agricultura familiar, agricultores que, muchas veces, tienen dificultades para obtener soporte técnico de calidad. A ese segmento Embrapa se ha abocado en los últimos años, para intentar conciliar la agricultura familiar, responsable del 35% de la producción del país, con el éxito del agronegocio, aquella agricultura empresarial capaz de contratar técnicos, agrónomos y veterinarios, y así obtener información más fácilmente para el desarrollo de los negocios. Ambos sectores, sumados, generan actualmente un 20% del PBI nacional.

La visión orientada hacia una producción familiar más viable y rentable fue documentada en el Balance Social de la empresa publicado en 1997 y reforzado en 2001. Un tramo de este último documento expresa el desafío que Embrapa tiene en este momento histórico. “Los pequeños productores son incapaces de superar por sí solos los obstáculos que los llevan a abandonar el campo e irse a la periferia de las grandes ciudades. Necesitan asistencia del Estado. Son los asentados rurales, los campesinos amazónicos, los indígenas y los pequeños agricultores, que se alimentan de lo que sacan de la tierra.”

Para hacer ese trabajo, la empresa cuenta con un recurso fundamental: respetabilidad. “Es posible sentirla en el día a día, y cuando hacemos colectas de campo”, dice el investigador José Valls, de Embrapa Recursos Genéticos y Biotecnología de Brasilia, especialista en las especies de almendro del género Arachis, la misma del maní comercial. “Cuando decimos que somos de Embrapa, enseguida nos dicen: ‘Pase, por favor’. Sin necesidad de explicar mucho.”

El avance en la información
El agrónomo Clayton Campanhola asumió el cargo de director presidente de Embrapa con el objetivo de mantener el desempeño tecnológico de la empresa y llevar el conocimiento acumulado a lo largo de estos 30 años a los agricultores más pobres. Es investigador de Embrapa Medio Ambiente de Jaguariúna (São Paulo) desde 1985, unidad que comandó entre 1990 y 1998. Campanhola se refiere a continuación a su nuevo desafío.

¿Cómo analiza el desempeño de Embrapa en estos 30 años?
-Desde a su creación, Embrapa se preocupó mucho con la cuestión de la productividad y la oferta de alimentos. Existía a la época la idea de que habría un crecimiento muy grande de la población y entonces faltarían alimentos. Otra preocupación era disminuir los desequilibrios regionales. Embrapa impulsó la investigación y -obviamente que no lo hizo sola-, cumplió bien ese rol, principalmente hasta comienzos de la década del 90. Durante los primeros 20 años, Embrapa dio el resultado esperado. Obtuvimos grandes mejoras de productividad, y avances en la explotación de nuevas áreas y fronteras.

Y a partir de los años 90, ¿qué sucedió?
-El crédito empezó a escasear; hay que recordar que en la época del gobierno de Collor tuvimos créditos a tasas de mercado para la agricultura, lo que dificultó las inversiones. Tuvimos escasez de crédito y de demanda de tecnología. Vino la liberación de los mercados y hubo caídas importantes en la producción de algodón y trigo. Eso desestructuró un poco la investigación en algunos productos. Todo eso llevó a que Embrapa tuviera que buscar alternativas, incluso de captación de recursos. Para ello firmó contratos con la iniciativa privada, para la producción de semillas, por ejemplo, que la empresa transfiere y recibe royalties. Asimismo, recauda con la prestación de servicios y la realización de análisis de laboratorio, además de captar recursos públicos, incluso en la FAPESP.

¿Cuáles son los desafíos de este nuevo gobierno?
-Nos proponemos trabajar con los agricultores familiares, fundamentalmente con aquéllos que tienen dificultades para acceder a la tecnología. Vamos a trabajar con el concepto de territorio, que es más que un municipio, y en donde Embrapa sería uno de los agentes de desarrollo, no solamente de investigación. En un territorio de regiones muy pobres, el problema no es solamente la tecnología; falta de todo.

¿En la práctica cambia el enfoque de trabajo de la empresa, o únicamente se amplía?
-Lo que debemos es sostener el desarrollo de la tecnología para los grandes productores, para las commodities y para agricultores familiares integrados al mercado. Queremos llegar a los agricultores que, muchas veces, no tienen producción ni siquiera para la subsistencia. Solamente en Río Grande do Sul, por citar un ejemplo, existen más de 300 mil grupos de agricultores familiares ubicados por debajo de la línea de pobreza. Esa gente no aparece, no tiene ningún poder de organización.

¿Cómo llegará la tecnología a esos agricultores?
-Queremos estimular a los investigadores que tienen el perfil y la disposición para trabajar con la agricultura familiar. En lugar de generar tecnología y transferirla, comenzaremos nuestro trabajo discutiendo con los agricultores: haremos el diagnóstico junto con ellos.

¿Cómo participará Emprapa en el Programa Hambre Cero?
-Principalmente en regiones en las cuales no existe oferta de alimentos. Nuestra propuesta consiste en estimular la producción local de alimentos. Y la agricultura familiar es más proclive a ese proceso, porque trabaja con áreas menores, lo que facilita la producción para la comunidad local. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) está dispuesto a destinar un millón de dólares para que iniciemos ese trabajo.

¿Qué postura tendrá la empresa frente al polémico tema de los organismos transgénicos?
-El papel de Embrapa es, dentro del principio de la precaución, generar informaciones. ¿Cómo se genera información relativa al impacto ambiental, al impacto sobre la salud? Primeramente es preciso contar con métodos y protocolos. Existe un proyecto aprobado en la gestión anterior referente a bioseguridad, tendiente a analizar los organismos transgénicos con los cuales Embrapa está trabajando, y hacer estudios para ver, por ejemplo, el riesgo de polinización cruzada, etc. Vivimos en un país tropical, acá hay una gran biodiversidad, por eso debemos tener mucho cuidado, porque la situación es diferente que en otros países.

¿Y la cuestión de la agricultura orgánica?
-Embrapa demoró mucho para entrar en el área. Es un segmento que crece mucho en Brasil, a tasas del 30% anual desde 1999. Proponemos que se intensifiquen las investigaciones con cultivos orgánicos. Existe el aspecto ambiental por detrás, pero existe también la diferencia de ingresos. El alimento orgánico vale más.

De la biodiversidad a los transgénicos
La diversidad genética animal y vegetal de importancia socioeconómica tiene una dirección precisa en Brasil: Embrapa Recursos Genéticos y Biotecnología (el antiguo Cenargen), emplazada junto a la sede de la empresa, en Brasilia. Constituida en 1974, ésta fue una de las primeras unidades de Embrapa. Inicialmente, dicho centro se especializó en la recolección y la custodia de material genético de especies que pueden servir para programas de mejoramiento genético, como la producción de nuevas variedades o razas y el mantenimiento de la rica diversidad biológica para las generaciones futuras. Son semillas, muestras de ADN, semen y embriones. Hay más de 83 mil especímenes vegetales guardados en cámaras frías, in vitro en los laboratorios y en el campo. Éstos representan 690 especies, que incluyen la soja, por ejemplo, y plantas silvestres y medicinales, como la ipecacuana y el jaborandí. Recientemente, indios los craôes, de Tocantins, recuperaron variedades de maíz usadas por sus antepasados, que fueron recolectadas por investigadores de Embrapa en la década de 1970.

En el área animal, Embrapa preserva 33 razas en propiedades rurales especiales, de las cuales existen pocos ejemplares en el país. Entre los bovinos se encuentran el mocho nacional y el pantanero. El Pantanal también es el ambiente en donde se preserva una raza de caballos. En el nordeste existen núcleos en los que se preservan el burro y la cabra azul. En Río Grande do Sul están la oveja criolla lanada, y en el norte, más precisamente en la Isla de Marajó (Pará), dos raras razas de búfalos: la carabao y la baya.

Además de la caracterización del material recolectado, Embrapa Recursos Genéticos realiza el trabajo de identificación de enfermedades y el de control del material vegetal que entra o sale del país, ya sea con propósitos comerciales o de investigación. El año pasado, por ejemplo, los investigadores detectaron un hongo presente en muestras de trigo procedentes de Rusia. Solamente después de su eliminación con fungicida, el trigo pudo ser descargado de los barcos. A mediados de la década de 1980, los investigadores empezaron a utilizar técnicas de biología molecular. “Comenzamos a identificar marcadores en las moléculas de las plantas y aceleramos el proceso de mejora de las variedades, facilitando la identificación de genes de interés”, comenta Luiz Antônio Barreto de Castro, jefe de la unidad.

El paso siguiente fue el inicio del trabajo con plantas transgénicas, aún en forma experimental, en 1986. En la actualidad, Embrapa espera la definición del uso de esas plantas en Brasil con tres nuevos productos. Una papaya resistente al virus que provoca la mancha anillar, una papa también resistente a un virus, que provoca deformaciones y reduce el número de tubérculos, y un poroto que se vuelve inmune al mosaico dorado, otra enfermedad viral. “Introdujimos un gen de cada virus en el ADN de cada planta.

Este gen expresa la proteína replicasa, que funciona en la reproducción del microorganismo. Cuando el virus sale al ataque, ‘cree’ que la planta ya tiene la proteína y no segrega esa sustancia; por lo tanto, no se multiplica”, explica el investigador Francisco Aragão. Las plantas pasan ahora pruebas acordes con las normas de la Comisión Técnica Nacional de Bioseguridad (CTNBio). Otro logro de la Biotecnología fue una vaca, que recibió el nombre de Vitória, clonada mediante el uso de la técnica de transferencia nuclear. Vitória es el primer paso para la multiplicación de bovinos de elevado nivel genético.

Republicar