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Música

El duro fardo de ser símbolo un nacional

Biografía muestra que el ensalzar a Carlos Gomes le hizo mal al compositor

Durante varios años él generó malestar para muchos brasileños – era sinónimo de la hora de apagar la radio cuando se iniciaban los acordes de su obra más conocida, la ópera O Guarani, que abría, desde la época del Estado Novo, la célebre Hora do Brasil (hoy ella continúa allá, pero en versión modernita). Pobre del país que necesita  héroes, aún más pobre aquél que no sabe qué hacer de ellos: nuestro Carlos Gomes (1836-1896) fue el primer músico brasileño erudito en conquistar auditorios internacionales, el compositor de óperas italianas más representado en el Teatro alla Scala, de Milán, después de Verdi, entre 1870 y 1879. Unido por lazos de amistad y gratitud a Pedro II, fue dejado en el ostracismo por la República, retirado del limbo por Vargas y, pobre Nhô Tonico, elevado a símbolo patrio en los años 1970.

No se puede negar que a Brasil le gusta recordarlo de cuando en cuando, pero, al contrario de Villa-Lobos (un notorio colaborador del Estado Novo), nuestro maestro soberano, Carlos Gomes es, según asevera el profesor de historia de la música de la ECA-USP, Lorenzo Mammì, autor de una música famosísima y, al mismo tiempo, casi desconocida. En el universo cultural de la República Vieja, él era la nostalgia del antiguo régimen y también síntoma del mal gusto de una pequeña burguesía de inmigración reciente, los italianos carcamanos. Para los modernos del 22, era el ejemplo de la decadencia del arte tradicional en oposición directa a la música de Villa. Hasta cuando lo elogia, con parcimonia, Mario de Andrade advierte que representar una obra suya sería proclamar el bostezo una sensación estética. Preocupada con esas capas de desprecio que le endilgaron compositor que Lenita Waldiges Nogueira, profesora de música del Instituto de Artes de la Unicamp, resolvió dedicarse a rescatar al maestro de Campinas de su ambigua calidad de ilustre desconocido. La obra de Carlos Gomes fue soslayada no por su calidad musical, sino en razón de una imagen pública creada a su rebeldía y para la cual él ciertamente en nada colaboró, explica la investigadora, que acaba de lanzar Nhô Tonico y el burrico de palo: la historia de Carlos Gomes por él mismo, un libro, dice, escrito a cuatro manos.

Al final, deseando huir de una biografía tradicional, la profesora optó por retratar al compositor de Fosca a partir de sus cartas, numerosas, intercambiadas con familiares, amigos, colegas y editores, entre otros, en que, cuenta, él revela diversos aspectos de su vida, desmitificando y humanizando la figura del músico. La primera edición del libro, hecho con el apoyo de la Alcaldía Municipal de Campinas, será solamente para distribución en escuelas, museos y universidades. Surge el hombre Carlos Gomes, con sus miserias cotidianas en busca eterna de dinero para saldar sus deudas crecientes, lo depresivo que se sentía incomprendido entre los europeos y aún más en su país natal, que, efectivamente, amaba, al punto de gastar fortunas en una villa en los alrededores de Milán, la Villa Brasilia, en que exhibía orgullosamente colores y símbolos nacionales. Hay detalles tocantes, como la carta enviada, en 1860, al padre, el también músico Maneco Gomes, en la que intenta ganar el perdón paterno hablando de su éxito inicial: Mi buen padre, escribo para no demorar una buena noticia. Al final tengo un libreto, La noche del castillo, y comienzo a trabajar hoy mismo en la composición de la ópera. Prepárese para venir a Río. Nostalgias muchas a las manas y a los manos, bendígame como su hijo muy agradecido. Carlos.

El original de la partitura de esta primera obra lírica de Carlos Gomes, a propósito, fue rescatado, en 1999, por la USP, con apoyo de la FAPESP, que, en 2003, también financió la edición crítica de otra ópera suya, Joana de Flandres, hecha por Lenita Waldiges. Se habla mucho de él, pero poco se escucha de lo que él creó. Su rehabilitación como héroe nacional causó más daños que beneficios a su imagen, reitera la investigadora. Las falsificaciones de la biografía de Carlos Gomes son tan reveladoras cuanto los hechos, concuerda Mammì. De tez oscura, siempre se consideró descendiente de indios, y no mulato, rodeándose, en su Villa Brasilia, de objetos indígenas, que decía pertenecieron a la tribu de sus antepasados. Manía curiosa, repetida, en otro contexto, en otros tiempos, por Villa, que adoraba contar, en París, que había sido prisionero de indios canibales y, con ellos, había aprendido los sonidos primarios del Brasil. En el caso de Carlos Gomes, ese indianismo es más de lo que un disfraz oportuno, pues comporta una identificación profunda. Yo soy de una raza bárbara, pero reconocida hasta la muerte a quien sepa apreciarla, escribió en una carta. Peri no lo habría dicho mejor, observa Mammì.

Después el éxito con La Noche del castillo, estrenada en el aniversario de casamiento del emperador, el músico se muda para Milán con una beca de estudios obtenida por mérito propio, que, al contrario de la leyenda, no fue concedida por Pedro II, sino por don José Amat, el creador de la Ópera Nacional, un proyecto que pretendía promover el canto en lengua portuguesa. Tampoco, como se piensa, fue alumno regular del Conservatorio de Milán, dada su edad más avanzada, pero tuvo clases particulares como compositor en perfeccionamiento. Llegó a Italia en un momento crítico, en que el melodrama italiano era atacado por una joven intelligentsia que hablaba de lavar el altar del arte, sucio como una pared de lupanar, como observa el musicólogo Marcus Góes en La fuerza indómita, estudio definitivo sobre Carlos Gomes. El guaraní fue estrenado en la Scala en 1870 y causó estupefacción. Los intelectuales y casi todos los músicos querían algo nuevo y, allí, de repente, un extranjero aparece en el palco con una obra que tenía, aunque rudimentariamente, lo que todos querían: mayor unidad dramática, continuidad del discurso musical, no insistencia en números cerrados, adecuación de la música a la escena, nuevos ritmos y armonías audaces, acota Góes.

Con el mayor suceso lírico de los palcos italianos desde Il trovatore, de Verdi, Carlos Gomes vio su proyecto colocado de cabeza para bajo: Él dejó de ser el joven bachiller encargado de importar el lenguaje musical europeo para el teatro brasileño y se convirtió, mucho antes de lo esperado, el representante brasileño entre las naciones líderes de producción cultural europea, anota Mammì. En vez de los faroleros de Villa, a quien le encantaba decir que había ido a Europa a enseñar, y no a aprender, Carlos Gomes efectivamente consiguió ser un hito en la música internacional de su época. Y, al mismo tiempo, que su país. Si el Segundo Reinado se caracteriza justamente por el intento de construir un perfil cultural nacional, cimentando trazos locales con un lenguaje internacional, se puede decir que El guaraní es su producto artístico más exitoso, completa el investigador.

Eso, sin embargo, no trajo nada bueno al compositor. El día 15 de noviembre de 1889 él estaba de paso por Campinas, aún viviendo en Milán. El choque fue de tal naturaleza contra mi corazón de amigo de la Augusta Familia Real, que me quedé hasta hoy pasmado. Mi salud ha sufrido mucho, pues siento hasta faltar el equilibrio corporal. Dios perdone a los autores de semejante acto brutal y proteja la tierra y el pueblo brasileño, escribió, el 20 de noviembre, a un amigo. Antes aún de la caída del Imperio, ya en 1888, Carlos Gomes había tenido problemas en la presentación de la ópera El esclavo, cuyo estreno, en Río de Janeiro, causó polémica en los círculos abolicionistas por haber transformado a los esclavos del texto original de Taunay en indios, dedicando la obra a la princesa Isabel, representante del régimen que se corrompía, observa Lenita. La investigadora recuerda que en ninguna de sus cartas el compositor toca en la cuestión de la monarquía de forma ideologizada. No había compromiso político por parte de él, sino gratitud y amistad por la familia real. Nunca manifestó simpatía por el régimen.

Carlos Gomes describió en una carta su credo político: Todos saben que yo no tengo política, que no me meto en barullo (a no ser el de la música), pero que como brasileño patriota tengo el derecho de censurar o aplaudir los actos y procedimientos de quien gobierna a nuestra tierra, del mismo modo que cualquier politicazo diletante de la música está en el derecho de gustar o no de mi música. Cada vez me convenzo aún más de que el arte y los artistas de algún merecimiento, todos reunidos, nada valen, en comparación a uno sólo de la política. Problemas a la vista. A los cuales se sumaban las crisis personales y financieras por las que pasaba en  Italia. A pesar de la buena recepción del Condor, en 1891, el músico comenzaba a sentirse incómodo en Milán, pues era extranjero y no era visto con buenos ojos por los compositores italianos, que no querían un salvaje de piel morena ocupando su espacio, cuenta la profesora. Lorenzo Mammì recuerda que el compositor de aquellos años era un hombre dividido entre dos mundos: de un lado, la Italia, que significaba la gloria, pero desgaste emocional y físico, así  como una competencia creciente. Del otro, Brasil, donde las perspectivas eran limitadas y él creía que sería tratado como héroe y no tendría rivales. Ledo engaño.

¡La frialdad de una respuesta de esa índole es de truncar el arrojo de un busca vida en la noche de São João! Pues un JOVEN como yo ¿puede tener tiempo para esperar ¿Hasta cuándo? ¿Hasta que el perezoso o el oso hormiguero vayan subiendo hasta coger el tallo de la embaúva?, escribió en 1893, después de un intento sin éxito de crear un conservatorio musical en Campinas. Fue preterido en favor de Leopoldo Miguez, vinculado a los republicanos, como director del Conservatorio de Río de Janeiro: Allá no me quieren ni para portero del conservatorio, se lamentó el compositor, cada vez más lleno de dudas, envejecido, con una enfermedad grave en la lengua, desempleado y teniendo que cuidar a un hijo tuberculoso. En el fin de la vida, en 1895, recibió la invitación para dirigir el Conservatorio de Belém de Pará, donde murió en 1896. En 1905 es inaugurado el monumento-tumba em el centro de Campinas, con la presencia de autoridades de la República. Esta estaba consolidada y no había razón para que Carlos Gomes fuese rechazado. Al contrario, era el ejemplo de un brasileño humilde que venció en el exterior, observa Lenita. Durante el gobierno Vargas la figura (y no el músico) se convirtió en una figura de la patria. En el Museo Carlos Gomes en Campinas pueden ser encontradas fotos en que corporaciones y políticos rinden homenaje en su tumba. Una de las más curiosas es la de un grupo de integralistas perfilados, con la ya anciana Anna Gomes, hermana del compositor, teniendo de fondo su estatua portentosa. Por fin llegó al dial de los radios, llevado por la dictadura varguista, práctica continuada en la dictadura militar.

Si hay algo incompleto en su vida, no es por no haber conseguido mezclarse con la verdadera naturaleza de su nación. Es, al contrario, haber quedado inevitablemente unido a ella, su situación histórica y sus límites, analiza Mammì. No sin razón, en el final de la vida, observa Lenita, nuevamente Nhô Tonico escribe una carta en la cual habla de su infancia, de la nostalgia de los cambuís floridos y de los juegos en la calle de las Casitas, donde participaba de las procesiones y, después, con amigos, corría atrás del judas, cuando no empinaba papalotes por Campinas. Ni soñaba en ser héroe.

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