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Homenaje

El físico de la biología

Francis Crick, uno de los descubridores de la estructura del ADN y del código genético, explotó al máximo su libertad para hacer ciencia

Ironía o no, el autor de algunas de las más importantes contribuciones a la biología durante el último siglo no era originalmente biólogo. Francis Harry Compton Crick nació el 8 de junio de 1916 en Northampton, región central de Inglaterra, y se graduó en física en el University Collage de Londres en 1937. En los años siguientes, Crick realizó investigaciones en hidrodinámica, y durante la Segunda Guerra Mundial proyectó minas acústicas y magnéticas en el Laboratorio de Investigaciones del Almirantazgo, de la Marina Real Británica. Pero ese mismo interés profundo por los misterios de la naturaleza que llevó a Crick a estudiar física, lo haría dar un viraje en su carrera científica hacia la biología.

En el transcurso de su vida, Crick demostró ser un investigador muy poco ortodoxo en lo se refiere a la forma de elegir las investigaciones a las que se dedicaría. Luego de la guerra, el físico británico empezó a interrogarse acerca de qué rumbo tomaría, y arribó a la conclusión de que debería dedicarse a la biología. La justificación para este cambio recién llegaría más tarde, al confesar: “Lo que realmente nos interesa es aquello sobre lo que queremos charlar”.

A final de la década de 1940, su interés por la física empezó a enfriarse. Crick estaba más interesado en los recientes avances de la biología, un área que, según creía, podría volverse tan importante en los años posteriores como la física lo había sido a comienzos del siglo XX. “Convencido de que la prueba de la charla lo llevaba a su verdadera vocación, se convirtió así en uno de los raros físicos aventureros de la posguerra que atravesó la frontera y se internó en la biología”, afirman David Brody y Arnold Brody en el libro Los siete mayores descubrimientos científicos de la historia [título traducido de la edición en portugués].

Ortodoxos o no, sus métodos lo pusieron en el camino del descubrimiento que lo haría conocido en el mundo entero: la identificación de la estructura de la molécula del ADN (el ácido desoxirribonucleico), el material genético de las células. De entrada, Crick decidió dedicarse a la frontera entre lo vivo y lo no vivo, a fin de develar de qué manera los átomos y las moléculas sin vida eran capaces de originar un ser vivo y también cuál era el mecanismo de transmisión de las informaciones hereditarias.

Crick empezó investigando las características físicas del citoplasma, la porción gelatinosa que envuelve al núcleo de la célula, y en poco tiempo se percató de que estaba yendo en la dirección equivocada. En la década de 1940, experimentos como los realizados por Oswald Avery en Estados Unidos, con la patogenicidad de bacterias, al margen de obras de divulgación científica como la serie de conferencias del físico austríaco Erwin Schroedinger, reunidas en el libro ¿Qué es la vida?, reforzaban la idea de que el ADN seria la molécula encargada de la transmisión de las características hereditarias en los seres vivos.

No demoró mucho para que Crick comprendiera que era necesario primeramente develar la estructura molecular de los genes, cuya función imaginaba -correctamente, como se descubriría más tarde- que fuera el control de la síntesis de las proteínas mediante una molécula intermedia: el ARN (ácido ribonucleico). Crick empezaría a investigar la estructura de dicha molécula con ahínco recién después de conocer al joven biólogo estadounidense James Watson, en 1951. Dos años antes, Crick había cambiado los Laboratorios de Investigación Strangeways, de la Universidad de Cambridge, por los recién inaugurados Laboratorios Cavendish, ubicados en la misma institución, donde se abocaría a estudiar la estructura de las proteínas por medio de una técnica denominada difracción de rayos X -al incidir sobre una molécula, los rayos X se esparcen de manera característica, indicando la posición de los átomos que la constituyen.

Por esa misma época, otro físico que había migrado a la biología, el neozelandés Maurice Wilkins, colega de Crick, utilizaba los rayos X para estudiar el ADN en un laboratorio del King’s Collage en Londres. Luego de presenciar una conferencia de Wilkins, Watson, que estudiaba bioquímica en Copenhague, Dinamarca, se dio cuenta de que aquella técnica podría realmente revelar la estructura de la molécula de ácido desoxirribonucleico. Interesado en estudiar la difracción de rayos X, Watson partió rumbo a los Laboratorios Cavendish, en Cambridge, antes incluso de que la institución norteamericana que financiaba sus estudios en Europa lo aprobase.

Watson llegó a Cambridge sin saber nada de difracción de rayos X, pero encontró en Crick al socio ideal. Unidos por el interés en la forma del ADN, ambos trabajaron en sintonía durante casi 18 meses, muchas veces escondidos, pues ninguno de los dos oficialmente desarrollaba investigaciones con la molécula de ADN -en Inglaterra, no era atinado que Crick investigase el ADN por difracción de rayos X, un trabajo desarrollado por Wilkins y su colega de laboratorio Rosalind Franklin.

Con mucho esfuerzo y buena cuota de suerte -Watson encontró una pista esencial sobre la estructura del ADN en imágenes de rayos X hechas por Rosalind y Wilkins durante una visita al King’s College- fue posible que Watson y Crick develasen la forma tridimensional de la molécula de ADN. Compuesta por dos largos filamentos paralelos, que se tuercen alrededor de un eje, la molécula de ADN tenía el aspecto de una escalera caracol, tal como la describieron los investigadores en el estudio publicado en Nature de 25 de abril de 1953 -el primero de una serie de cuatro artículos.

La separación
Con este descubrimiento, que les valió a Watson, Crick y Wilkins el Premio Nobel de Fisiología o Medicina de 1962 -Rosalind murió antes, en 1958, por eso no obtuvo el merecido reconocimiento-, la idea abstracta de gen cobró una forma concreta. Y más aún: la identificación de la estructura del ADN hizo posible comprender cómo se duplican los genes: la molécula, normalmente espiralada, se desenrolla y cada filamento sirve de modelo a otro que lo complementa. Pese al éxito, la colaboración entre Watson y Crick no perduró. Mientras que Watson regresó a Estados Unidos, Crick permaneció en Inglaterra, actuando en el campo que ayudara a crear: la biología molecular.

En los años siguientes, el muchacho de Northampton inició una colaboración con el investigador sudafricano Sydney Brenner, que desembocó en el descubrimiento de que cada secuencia de tres de las cuatro bases que forman el ADN (adenina, timina, citosina y guanina) corresponde a un aminoácido, la unidad fundamental de las proteínas. El trabajo de Crick ayudó también a dilucidar cómo se transforma en proteína la información contenida en el ADN, con el auxilio del ARN. A mediados de la década de 1970, Crick creía que no era capaz de contribuir más para con la biología molecular. Tal como ocurriera anteriormente, nuevamente reorientó su carrera, esta vez hacia la neurobiología.

En 1976, Crick se mudó al Instituto Salk de Estados Unidos, donde se dedicó a investigar las bases neurológicas de la conciencia humana -un reto tan grande como aquéllos que afrontó durante toda su vida. La curiosidad por los grandes misterios de la naturaleza guió su vida hasta el final. El día 28 de julio de este año, Crick trabajaba todavía en un artículo científico en su lecho del Hospital Thornton, en San Diego, California, horas antes de morir, a los 88 años, como consecuencia de un cáncer de intestino.

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