Angélica (un nombre ficticio) creó un perfil en una plataforma digital de acompañantes para ganar nuevos clientes, trabajar con mayor autonomía y multiplicar sus ingresos. Desde entonces, casi a diario, se maquilla en el baño de su casa, se viste con ropa sensual y busca el mejor ángulo para posicionar la cámara instalada en el living de su apartamento, desde donde transmite videos y se toma fotografías eróticas.
La historia de esta mujer, que formó parte de la investigación doctoral defendida en la Universidad Federal de São Carlos (UFSCar) –en 2024– por la socióloga Cristiane Vilma de Melo, ilustra de qué manera la era digital amplía el campo de actividad de quienes ejercen como profesionales del mercado del sexo. La expresión mercado sexual se refiere a las relaciones económicas y sociales vinculadas a la sexualidad, incluida la explotación del cuerpo con fines económicos.
Transmisiones en vivo, ofertas de contenidos por suscripción y venta de servicios eróticos en línea son algunos de los nuevos productos que ha propiciado la aparición de canales de contenido para adultos como OnlyFans y Câmera Privê. Hay profesionales del sexo que incorporan servicios de este tipo como una fuente adicional de ingresos y para difundir su trabajo presencial. Otros solamente operan en las plataformas online. Este grupo convive con personas que siguen ejerciendo la prostitución callejera en barrios como Luz, en el centro de São Paulo, y Vila Mimosa, en Río de Janeiro.
Sin embargo, en ese contexto virtual de aparente libertad, las contradicciones también se imponen. En Brasil, el trabajo sexual no está prohibido, pero tampoco está regulado. Por lo tanto, las plataformas digitales son libres de determinar el valor de las tarifas que se cobran, las performances permitidas y las formas de remuneración de las profesionales, que son mayoría en la producción de este tipo de contenidos en comparación con los varones.
En su investigación doctoral, De Melo analizó la oferta de servicios eróticos en ambientes digitales. Según el estudio, financiado por la FAPESP, las nuevas tecnologías han impulsado cambios en el significado que las profesionales adjudican al propio oficio. “Han comenzado a elaborar discursos para dar nuevos sentidos al trabajo sexual como una elección consciente y una experiencia de autonomía”, dice la investigadora. Estos relatos, sostiene De Melo, cumplen una función doble: son estrategias de marketing y a la vez herramientas que ayudan a conferir legitimidad a una profesión históricamente estigmatizada.
En su investigación, De Melo entrevistó a 31 profesionales del sexo que trabajan o han trabajado en las plataformas OnlyFans y Câmera Privê, así como en redes sociales convencionales como Instagram y Twitter, utilizadas para publicar sus servicios. Según la socióloga, de las 31 mujeres entrevistadas muchas ya eran trabajadoras sexuales antes de ingresar al universo digital. Su incorporación a las plataformas online se produjo a partir de 2020, durante la pandemia de covid-19. Mientras que algunas de las entrevistadas optaron por trabajar exclusivamente vendiendo servicios eróticos a través de los medios digitales, otras empezaron a aprovechar esa exposición para atraer clientes hacia los encuentros presenciales. “Gracias a las plataformas, muchas de ellas pasaron a tener más control sobre la dinámica de la atención”, afirma.
También interesada en comprender el papel de las plataformas digitales en los mercados sexuales brasileños, la investigadora Lorena Caminhas, de la Universidad de Maynooth, en Irlanda, viene estudiando este escenario desde 2016. En su doctorado en ciencias sociales defendido en la Universidad de Campinas (Unicamp) en 2020, analizó los lives eróticos, es decir, las transmisiones de contenido sexual en vivo, llamadas webcamming. En 2010 apareció Câmera Hot, la primera plataforma del género en Brasil, seguida por Câmera Privê, en 2013.
Las plataformas otorgan mayor visibilidad a las mujeres jóvenes y blancas
Para la investigadora, el estigma que pesa sobre el webcamming es diferente al asociado a la prostitución callejera. “La comunicación por intermedio de la tecnología crea una separación simbólica entre los cuerpos, que influye tanto en la percepción social como en la forma en que las trabajadoras sexuales se perciben a sí mismas”, propone Caminhas en un artículo publicado este año. Según su relato, la visibilidad de las personas en las plataformas de webcamming depende de un sistema automatizado. “Las profesionales aparecen en filas, de arriba hacia abajo, y las que aparecen en la parte superior tienen más posibilidades de ser vistas y contratadas. Esta lógica es controlada por algoritmos cuyos criterios de funcionamiento no se divulgan”, explica.
A lo largo de su investigación, Caminhas entrevistó a 15 profesionales con edades comprendidas entre los 20 y los 30 años, 13 de ellas blancas y dos negras. Once de las mismas eran novatas en el mercado del sexo y en su mayoría provenían del sector de los servicios, mientras que algunas también trabajaban como tatuadoras. Las demás tenían experiencia previa como actrices de películas pornográficas o en servicios de acompañantes. El ingreso al universo digital fue una estrategia para compensar la pérdida de ingresos registrada durante la pandemia.
En su estudio, la investigadora detectó la existencia de una estratificación de género, raza y cuerpo. “Las mujeres cuya identidad de género se corresponde con el sexo atribuido al nacer, que también son jóvenes y blancas, son las que habitualmente aparecen más arriba en la página”, señala.
Según Caminhas, esta lógica se repite en otras plataformas como OnlyFans y Privacy, que fueron objeto de su investigación posdoctoral, concluida en febrero de este año en la Universidad de São Paulo (USP), financiada por la FAPESP. A diferencia del webcamming, donde el espectador paga por los minutos visualizados, en estos sistemas se ofrece un modelo por suscripción. Ello le permite al cliente abonar una suma mensual para acceder a la totalidad del contenido publicado en una cuenta específica, que incluye fotos y videos.
Caminhas destaca que esta forma de automatización del trabajo sexual genera un cambio en comparación con la prostitución callejera. “Las profesionales publican el contenido de forma programada, automatizan los mensajes y programan las publicaciones. Hay algunas que organizan las publicaciones de todo el mes en una sola semana”, afirma.
Al igual que De Melo en su doctorado, Caminhas constató que, si bien estas profesionales están inmersas en el mercado del sexo, muchas de ellas no se reconocen como trabajadoras sexuales. Una trabajadora sexual se define como alguien que presta servicios sexuales, que pueden incluir la prostitución o performances eróticas a cambio de dinero. “Pese a ofrecer el mismo tipo de servicio, algunas mujeres se identifican como strippers digitales, o trabajadoras sexuales, mientras que otras se denominan a sí mismas influencers o creadoras de contenidos”, dice. “La cultura de los creadores de contenidos e influentes ha invadido el ámbito del sexo, difuminando las fronteras entre la oferta de servicios sexuales y la performance o la actuación digital erótica.”
Según las dos investigadoras, las plataformas digitales acuerdan contratos con las profesionales que incluyen la recopilación de datos sensibles, tales como números de documentos, la ubicación, el historial de pagos, los likes o “me gusta”, los comentarios e incluso los metadatos de las publicaciones. “Aun después del cierre de la cuenta, la plataforma puede conservar esta información por hasta seis meses”, dice Caminhas.
Valentina Fraiz
Los canales también determinan cómo y cuándo se les abonará a las trabajadoras los servicios prestados. En el caso de OnlyFans, considerada la mayor plataforma mundial de contenidos para adultos, los pagos se procesan a través de sistemas extranjeros de transferencias de dinero como Wise, que cobran comisiones por conversión de monedas, reduciendo el monto final percibido. “Aunque lejos de ser lo ideal, estos canales se erigen, a su manera, en un modelo de regulación privada del trabajo sexual digital, algo que el Estado brasileño nunca se propuso hacer”, critica la investigadora.
Según Caminhas, los ingresos promedio de las creadoras de contenidos eróticos por suscripción entrevistadas en su investigación varían entre 5.000 y 7.000 reales mensuales, y en algunos casos pueden llegar a superar los 10.000 reales. “Pero ello requiere de una dedicación intensa, de entre 12 a 16 horas por día, sobre todo para administrar las redes sociales”, explica. “Quienes se destacan en el ámbito virtual montan equipos que se encargan de esta tarea”. Según surge de la investigación, la mayoría de las profesionales que trabajan con este tipo de servicios forman parte de las clases sociales más altas, mientras que el webcamming es más habitual entre las personas de menor poder adquisitivo.
Como parte de su doctorado, De Melo llevó a cabo un estudio de campo en los Países Bajos, donde el trabajo sexual está regulado y existen organizaciones civiles que defienden los derechos de estas profesionales. Al comparar el escenario brasileño con el neerlandés, la socióloga notó que, en Brasil, las trabajadoras exponen su identidad y su rutina en las plataformas eróticas y en las redes sociales para promocionar sus servicios. Por otra parte, las organizaciones de los Países Bajos les recomiendan a las profesionales que hagan exactamente lo opuesto, es decir, que no divulguen sus datos personales y mantengan el anonimato. En el país europeo, las plataformas ofrecen medios de pago más seguros, como PayPal, y algunas disponen de sistemas internos de alerta para denunciar experiencias abusivas, además de proporcionar asistencia jurídica de ser necesario.
La antropóloga Adriana Piscitelli, del Núcleo de Estudios de Género Pagu de la Universidad de Campinas (Unicamp), reconoce que el trabajo sexual ofrecido a través de plataformas representa un nuevo ordenamiento en el mercado erótico, que amplía sus posibilidades. Con todo, la opción virtual no sustituye a las formas de atención presencial. “Las mujeres que venden servicios a través de canales digitales no atienden necesariamente al mismo público de la prostitución presencial”, sostiene.
En lo que concierne al perfil de los clientes que buscan atención presencial, la investigadora Natânia Lopes explica que, en general, los clientes ricos no frecuentan los burdeles baratos. Durante su doctorado en antropología, culminado en la Universidad del Estado de Río de Janeiro (Uerj) en 2016, investigó el mercado sexual en la ciudad carioca, incluyendo actividades realizadas en distintos lugares como las calles, burdeles y sitios web de prestación de servicios sexuales, tales como Rio Sexy y Barra Vips. “Estos espacios forman parte de un universo jerárquico. En los burdeles de lujo, por ejemplo, el costo del servicio parte desde 400 reales, mientras que las zonas en donde la prostitución se practica en las calles, como Vila Mimosa, en Río de Janeiro, el servicio cuesta entre 30 y 50 reales”, informa.
La prostitución callejera en Parque da Luz, en el centro de São Paulo, es el tema central de la investigación de la antropóloga Ana Carolina Braga Azevedo, quien realiza su doctorado en la USP con financiación de la FAPESP. Según ella, factores tales como el analfabetismo funcional, las dificultades para producir material audiovisual y la exigencia del pago de una tarifa imponen barreras para que las profesionales de la zona que puedan ofrecer sus servicios por medios digitales. “Además, el perfil predominante en las plataformas no contempla la diversidad de cuerpos y edades de las trabajadoras de Parque da Luz, ya que algunas tienen entre 60 y 70 años”, dice.
El antropólogo Guilherme Rodrigues Passamani, de la Universidad Federal de Mato Grosso do Sul (UFMS), se inspiró en el libro O negócio do michê – Prostituição viril em São Paulo / El negocio del deseo. La prostitución masculina en San Pablo (Fundação Perseu Abramo, 1987 / Paidós, 1999), del antropólogo y poeta argentino Néstor Perlongher (1949-1992), para sus investigaciones que ya llevan nueve años sobre el trabajo sexual de los hombres brasileños. Su análisis se centra en quienes emigran temporalmente a Europa para prostituirse.
Valentina Fraiz
En la actualidad, el antropólogo está investigando el panorama de la prostitución masculina en Portugal, que incluye internet, saunas, clubes nocturnos y calles. De los 30 brasileños entrevistados, más de 25 poseen estudios superiores. “Son profesionales con alto nivel cultural, que, además de sexo, ofrecen sus servicios como acompañantes en cenas, eventos corporativos, etc.”, comenta. Uno de los entrevistados, por ejemplo, es pianista. Otro, que reparte su tiempo entre Bruselas y Luxemburgo, se ha especializado en atender a diplomáticos de diversas nacionalidades.
Uno de los aspectos que le llamaron la atención al investigador fue la difusión del chemsex, la práctica de relaciones sexuales bajo los efectos de drogas químicas como las metanfetaminas, además del Viagra. “Estas sustancias potencian la duración de los encuentros, haciendo que se extiendan durante horas o incluso días”, relata el investigador. “El chemsex les permite a los trabajadores sexuales ampliar su rendimiento de manera significativa. En una sola noche pueden llegar a recaudar hasta 1.000 euros.”
Sin embargo, los entrevistados por el investigador en su mayoría no tienen previsto quedarse en Europa. “Estos hombres suelen ingresar al mercado europeo vía Portugal y, después, se trasladan a otros países con mayor poder adquisitivo, como Bélgica, por ejemplo”, explica. “Algunos regresan exitosos a Brasil e invierten el dinero en áreas como la gastronomía, la moda o el turismo. Pero otros retornan enfermos, con adicciones o sin dinero.”
El trabajo sexual en Europa también concitó la atención de Piscitelli, de la Unicamp. Durante la década de 2000, realizó investigaciones en España e Italia, donde estudió la presencia de mujeres brasileñas en distintos segmentos del mercado del sexo. Uno de los hallazgos de su estudio comprendió el hecho de que muchos de los aspectos discriminatorios que enfrentaban estas mujeres eran corrientes entre otras brasileñas de origen humilde que también habían emigrado, pero no trabajaban como prostitutas. “En el imaginario de los italianos, había una sexualización exacerbada de las brasileñas, lo que generaba prejuicios y exclusión, incluso entre aquéllas que no eran prostitutas”, relata la antropóloga.
Esta percepción se vio reforzada por otros estudios coordinados por Piscitelli en colaboración con el Ministerio de Justicia de Brasil, realizados entre 2004 y 2005 en el Aeropuerto Internacional de Guarulhos, en São Paulo. Allí, la antropóloga y su equipo realizaron un seguimiento del regreso de mujeres brasileñas a las que se les había denegado el ingreso a Europa. “La cantidad de mujeres rechazadas era enorme. Muchas ni siquiera se habían dedicado al trabajo sexual, pero se las acusaba de emigrar para prostituirse”, informa. Por otra parte, en Brasil, la Policía Federal también impedía a las mujeres negras, consideradas pobres o sexualizadas, embarcarse hacia el exterior, bajo el pretexto de combatir la trata de personas.
En aquel entonces, Piscitelli trató de comprender las consecuencias de la confusión conceptual entre trabajo sexual y tráfico de personas. “Con base en el análisis de las condiciones laborales de las brasileñas en España, procuraba entender si esas situaciones podían clasificarse como trata”, explica. El estudio puso de manifiesto un descompás entre las normas jurídicas brasileñas y los marcos internacionales. Por un lado, el Código Penal brasileño definía a la trata de personas como cualquier facilitación del ejercicio de la prostitución en el exterior, lo que englobaba prácticamente a todas las trabajadoras sexuales que emigraban. “Es casi imposible que una persona pueda viajar para prostituirse fuera del país sin algún tipo de ayuda, un contacto o alguien que la reciba”, dice. En 2016, el panorama brasileño cambió tras promulgarse la Ley 13.344, que pasó a definir la trata internacional de personas con mayor precisión y estableció procedimientos para proteger a las víctimas.
Por otra parte, la definición adoptada por el Protocolo de Palermo, creado en el año 2000 y actualmente la principal referencia internacional en la lucha contra la trata de personas, establece la existencia de elementos tales como el engaño, la violencia, el fraude o la coerción para definir una situación que involucra esta práctica. “Con base en este protocolo, casi ninguna de las mujeres con las que conversé podía considerarse una víctima de trata. Empero, de acuerdo con la legislación brasileña, todas lo serían”, compara la antropóloga. Según Piscitelli, mezclar prostitución con trata de personas de forma indiscriminada dificulta el reconocimiento del trabajo sexual como una actividad legítima.
Como parte de un estudio más amplio sobre género y migraciones, concluido en diciembre de 2024 con financiación de la FAPESP, Piscitelli analizó la presencia de extranjeras en prostíbulos de Brasil. “Principalmente, ellas trabajan en las regiones fronterizas, en ciudades como Tabatinga, en el estado de Amazonas, que limita con Colombia y Perú, y en otros municipios fronterizos del sur del país”, informa. En São Paulo, la investigación detectó un aspecto poco mencionado sobre la realidad de las bolivianas que viven en la ciudad. “Históricamente se asocia a estas mujeres con la explotación laboral en talleres de costura, pero el estudio registró la percepción de la presencia de muchachas bolivianas que realizan trabajo sexual, algo que hasta entonces era raro fuera de las zonas de frontera”, culmina diciendo.
Las trabajadoras brasileñas cuestionan los modelos jurídicos importados y proponen nuevas formas de pensar la identidad de las prostitutas
El activismo de las profesionales del sexo en Brasil comenzó en los años 1980, merced a la movilización de prostitutas como Gabriela Leite (1951-2013) y Lourdes Barreto. “Este movimiento se estructuró a nivel nacional en la década siguiente, oponiéndose a las narrativas que reducen el trabajo sexual a situaciones de explotación o victimización”, comenta el antropólogo José Miguel Nieto Olivar, de la Facultad de Salud Pública de la Universidad de São Paulo [FSP-USP].
Entre 2011 y 2013, Nieto Olivar participó en investigaciones que analizaron las posturas del feminismo brasileño en torno a la prostitución. En la época en que se llevaron a cabo estos estudios, según el investigador, las militantes del movimiento de las prostitutas mantenían una relación de desconfianza hacia el feminismo. “Este escepticismo se basaba en la omisión histórica de gran parte de las feministas en lo que se refiere a la agenda de las trabajadoras sexuales”, justifica.
A partir de 2013, este escenario se agravó, por un lado, a causa del recrudecimiento de los discursos conservadores en la política nacional, merced a la influencia, entre otras razones, de las demandas de los sectores religiosos. Según Nieto Olivar, ese giro también fue acompañado por un acercamiento, por parte de algunos grupos feministas brasileños, a modelos jurídicos de regulación del trabajo sexual procedentes del norte global, especialmente de Suecia, que cuenta con un marco legislativo al que se conoce como neoabolicionismo.
El modelo abolicionista y el neoabolicionista, si bien comparten la premisa de que la prostitución es una forma de violencia contra las mujeres, difieren en sus enfoques prácticos y jurídicos. El primero, formulado en el siglo XIX y reforzado por las convenciones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) a lo largo del siglo XX, propone la extinción de la prostitución mediante la represión de los contextos de comercio sexual, incluyendo a los proxenetas y a los propietarios de burdeles, pero sin criminalizar directamente a las trabajadoras sexuales.
En cambio, el modelo neoabolicionista, que cobró impulso a partir de las reformas legislativas que se llevaron a cabo en Suecia en la década de 1990, criminaliza a los clientes y a cualquier forma de contratación de servicios sexuales, bajo el argumento de que toda relación sexual mediada por dinero es opresiva. “Esta propuesta apunta a desalentar la demanda del trabajo sexual y, por consiguiente, la erradicación gradual de este tipo de prácticas. Los movimientos que nuclean a las prostitutas la critican porque sostienen que acentúa su vulnerabilidad, empujándolas a la clandestinidad”, subraya el antropólogo.
Como respuesta, prostitutas y activistas brasileñas como Monique Prada, Amara Moira e Indianarae Siqueira comenzaron a impulsar, a partir de 2010, el concepto de “putafeminismo”. “La idea es sostener que el feminismo y la prostitución son compatibles”, sintetiza Nieto Olivar. Desde la perspectiva del antropólogo, este movimiento ha contribuido a ampliar los horizontes del feminismo brasileño, al reconocer a la profesión como un trabajo legítimo y darles mayor visibilidad a sus reivindicaciones.
Este artículo salió publicado con el título “El mercado del deseo” en la edición impresa n° 352 de junio de 2025.
Proyectos
1. Las marcas del deseo. La construcción del placer a través de la body modification en la pornografía alternativa online (nº 19/11134-4); Modalidad Beca doctoral; Investigador responsable Jorge Leite Júnior (UFSCar); Becaria Cristiane Vilma de Melo; Inversión R$ 301.263,30.
2. Las plataformas digitales en los mercados erótico-sexuales brasileños: reestructuración y reorganización del comercio de sexo y erotismo online (nº 20/02268-4); Modalidad Beca doctoral; Investigadora responsable Heloísa Buarque de Almeida (USP); Becaria Lorena Rúbia Pereira Caminhas; Inversión R$ 683.635,58.
3. GEN-MIGRA: género, movilidades y migración durante y después de la pandemia de covid-19. Vulnerabilidades, resiliencia y renovación (nº 21/07574-9); Modalidad Ayuda de Investigación – Regular; Investigadora responsable Adriana Piscitelli (Unicamp); Inversión R$ 246.118,08.
4. Historias en la prostitución: incorporaciones, rechazos y (co)producciones de perspectivas (nº 24/16676-8); Modalidad Beca doctoral; Investigadora responsable Heloísa Buarque de Almeida (USP); Becaria Ana Carolina Braga Azevedo; Inversión 373.680,00.
Artículos científicos
CAMINHAS, L. Dimensions of recognition through relational labour in erotic content creation in Brazil. New Media & Society. 2025.
CAMINHAS, L. Os mercados erótico-sexuais em plataformas digitais: O caso brasileiro. Revista Brasileira de Ciências Sociais. v. 38, n. 111. 2022.
MELO, C. y SANTOS, H. Uma interpretação crítica da pornografia “inter-racial”: Racialização, tabu, representação e desejo. Discussões feministas sobre pornografia. Editora Devires. 2023.
PASSAMANI, G. Um diálogo entre os estudos urbanos e o trabalho sexual de homens brasileiros em Lisboa, Portugal. Revista Ñanduty. v. 10, n. 15. 2022.
PISCITELLI, A. Miedo y trata de personas. Sexualidad, Salud y Sociedad. nº 38, Río de Janeiro. 2023.
OLIVAR, J. M. N. Sexuality and reproduction: Contributions of multisituated socioanthropological research with “digital natives”. Cadernos de Saúde Pública. v. 41, n. 4. 2025.
