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Especial

El Instituto Biológico entra en la era de la investigación de frontera

La institución de São Paulo supera la crisis de infraestructura

El Instituto Biológico, hizo historia como centro de excelencia en investigaciones volcadas a la defensa sanitaria animal y vegetal desde que fue creado en 1927, con la misión de controlar la infección de la larva “broca del café”, que devastaba los cafetales paulistas. Allí se desarrollaron vacunas contra la fiebre aftosa de los bovinos y la enfermedad de Newcastle, que ataca a las aves. Sus investigadores descubrieron enfermedades que diezmaban plantaciones y sus agentes, como el “carbón de la caña de azúcar”, causado por el hongo Ustilago scitaminea, y, en colaboración con investigadores franceses, la Veteado Cloroso Cítrico (CVC), causada por la bacteria Xylella Fastidiosa.

Pero ni siquiera este histórico repleto de hechos científicos fue capaz de librar a la institución de la escasez de inversiones en infraestructura para investigación, que le permitiesen acompañar la evolución científica. El presupuesto, que depende de la Secretaría de Agricultura a la que el instituto está vinculada, se gasta íntegramente en los sueldos del personal y en los gastos de mantenimiento. Durante años, la reforma de los laboratorios quedó en segundo plano. “Nuestra institución caía en una curva descendente”, afirma Vera Cecília Anes Ferreira, directora general de la institución.

Por detrás de la imponente fachada del edificio principal, construido en los años 60, lo que se veía en el Instituto Biológico era el efecto del tiempo. Pocas cosas funcionaban. Un escape de gas en el jardín acabó en el corte de suministro del fluido. Las tuberías estaban muy deterioradas, exigiendo una reforma que consumiría abultados recursos. La red eléctrica no soportaba la carga exigida por los equipos y las tuberías de agua estaban oxidadas y con pérdidas. “Perdimos equipos y hasta un destilador, por causa del óxido”, cuenta Joana D’arc Felício de Souza, investigadora del Laboratorio de Productos Naturales. “Cuando llovía, el agua atravesaba las ventanas corroídas por el óxido, escurría por las paredes e inundaba los bancos. Las ventanas debían ser forradas con plásticos y, para proteger los equipos de agua, era preciso colocarlos sobre cajones de madera”, recuerda De Souza.

Además de calamitosa, la situación era peligrosa. Sin armarios adecuados, reactivos y solventes orgánicos se amontonaban en estanterías a lo largo de los pasillos, sin ninguna protección. No había accesorios de seguridad, fundamentales en caso de accidentes con productos químicos. Y todavía peor: las campanas o cabinas de extracción estaban rotas. “No servían para nada”, cuenta Vera Cecília. Joana D’arc fue una de las que más sufrieron con el problema. Su línea de investigación – química y farmacología de productos naturales – exige el uso constante de reactivos y solventes. Sin un sistema de eliminación adecuado, los gases producidos por la evaporación de estos productos contaminaban el ambiente. Al final de un día de trabajo, tuvo que ser internada en un hospital, con diagnóstico de bronquitis, posiblemente ocasionada por la inhalación de gases tóxicos.

La seguridad es un asunto serio en el Instituto Biológico, que dispone de laboratorios de seguridad, clases 2 y 3 (según la clasificación de seguridad, los niveles extremos son el 1 – de baja peligrosidad – y el 4 – de alta peligrosidad), donde se trabaja con patógenos que amenazan la salud humana, como el virus de la rabia y los bacilos de la tuberculosis, lo que exige una infraestructura especial. “Es fundamental tratar los residuos, separar área limpia y área sucia y tener buenos sistemas de eliminación”, explica Vera Cecília. “Sin estos cuidados, es muy arriesgado trabajar con zoonosis”, dice.

Vida nueva
Hoy, con el 80% de los laboratorios totalmente modernizados, el ánimo volvió al Instituto Biológico. La inversión de la FAPESP – de 2.7 millones de reales – fue suficiente para recuperar no solo los laboratorios de la capital, sino también los de otras 13 unidades en municipios del interior del estado. Entusiasmada con la nueva instalación de su laboratorio, Vera Cecília comenta: “Es un laboratorio de Biología Molecular, pero parece una casa de novia”.

Techo, piso, bancos, armarios, todo fue reformado. Se crearon así las condiciones para que el laboratorio pudiese albergar secuenciadores y participar del Proyecto Genoma Xylella. “Se hoy estamos desarrollando investigaciones en la frontera del conocimiento, es porque tuvimos antes el apoyo del Infra”, reconoce Vera Cecília. Para ella, participar del proyecto fue fundamental no solo por los resultados obtenidos, sino, principalmente, por sus desdoblamientos. “Hoy tenemos metodología en biología molecular para el diagnóstico de las principales enfermedades en agricultura”, afirma.

El trabajo del instituto para recuperar la sericicultura (cría de gusanos de seda), una actividad familiar en claro declive por problemas sanitarios, es un ejemplo de ese avance. Las nuevas técnicas de biología molecular pueden identificar los patógenos que atacan al cultivo, facilitando el control sanitario. El proyecto cuenta con el apoyo de la industria de la seda y de los sericicultores.

En el laboratorio de Bacteriología General y Micobacteriosis, la investigadora Eliana Roxo también se muestra animada con el nuevo rumbo de los trabajos. Roxo participa en un proyecto de investigación, financiado por la FAPESP en el ámbito del Programa de Investigación en Políticas Públicas, para evaluar el potencial de contaminación por agentes patogénicos en la leche y sus derivados. Para identificar micobacterias responsables por la transmisión de la tuberculosis, su equipo analiza muestras aprehendidas por el departamento de Defensa Sanitaria Animal del Estado. La contaminación de la leche puede darse tanto en el origen, es decir, en la vaca enferma, como en la manipulación inadecuada del producto. En otra línea de investigación, Eliana busca métodos más rápidos de diagnóstico para la tuberculosis bovina, lo que puede llevar hasta seis meses. Su meta, con nuevas técnicas, especialmente moleculares, es reducir la identificación de los bacilos a uno o dos días.

Los planes y las perspectivas del Instituto Biológico son tan animadoras que Vera Cecília prefiere no acordarse del tiempo en el que necesitaba visitar a los colegas de otros institutos tan solo para centrifugar material de estudio. La sensación de desánimo provocada por la falta de condiciones de trabajo de Joana D’arc también quedó muy lejos. En su lugar, un sabor de victoria y reconocimiento por el trabajo de casi una vida. “Gracias a esta inversión, estamos escribiendo otra historia”, afirma.

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