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Carta de la editora | 172

Incertidumbre acerca de un hecho extraordinario

Fue muy fuerte mi tentación de llevar a la portada de la edición de Pesquisa FAPESP de este mes la anunciada creación del primer organismo artificial del mundo, y romper así con una de las más respetadas normas editoriales de la revista desde sus primeros pasos: que el objeto del reportaje de tapa tenga que ver exclusivamente con temas vinculados con la producción científica brasileña. El logro del equipo encabezado por el famoso empresario e investigador Craig Venter, trompeteado al mundo el 20 de mayo, despertaba todo mi entusiasmo frente a las infinitas posibilidades del conocimiento para sorprender siempre, fascinar e incluso –de vez en cuando– revolucionar profundamente nuestros modos de existencia. El entusiasmo de algunos amigos, por cuyas previsiones sobre el avance de la ciencia he venido cultivando el mayor de los respetos en el decurso de los años, potenciaba mi propio estado de espíritu. Y finalmente, la capa de la usualmente sobria revista semanal británica The Economist suministró otro poderoso argumento a mi tentación por la excepción: allí estaba, no el dios creador, casi que tocando con su dedo a la criatura hombre – en la escena de la famosa pintura de Michelangelo Buonarroti en el techo de la Capilla Sistina–, sino el hombre creador, con la laptop sobre sus piernas, usando la energía de su dedo para materializar a la criatura bacteria. ¡Admirable síntesis narrativa visual! El título, “And man made life”, seguido de la explicación en el copete, “The first artificial organism and its consequences”, no dejaba dudas acerca de cómo había empeñado su prestigio The Economist en el alto significado de la investigación que dio como resultado el primer organismo controlado por un genoma artificial, nacido en la computadora.

Sin embargo, todo ese entusiasmo no basta para borrar la incertidumbre profunda, que seguramente perdurará durante un buen tiempo, en cuanto a la verdadera dimensión, al estatuto tecnológico, epistemológico u ontológico del descubrimiento de Venter y sus colegas, por decirlo de alguna manera. Por sobre el indiscutible “salto cualitativo tecnológico, que ciertamente merece aplausos”, como dice Mayana Zatz en la página 47 de esta edición, ¿sería solamente en términos mediáticos algo de naturaleza revolucionaria? ¿O mucho más que eso? En rigor, no lo sabemos. El logro es indiscutiblemente importante, realmente fantástico, pero aún restan dudas que deberían haberse despejado antes de que yo me sintiera cómoda como para escoger la excepción en lugar de seguir la regla de las tapas. Por eso, este hermoso tema aparece destacado en la portada, pero no es el propio reportaje de tapa. Está muy bien explicado a partir de la página 44 en un texto de Marcos Pivetta, editor especial responsable de la versión online de la revista, seguido de los excelentes artículos de tres investigadores: la ya mencionada Mayana Zatz, quien más allá del impacto mediático del logro de Venter explora las razones del salto cualitativo tecnológico que el mismo representa; João Meidanis, que analiza la libertad del pensamiento y la imaginación, la maravillosa e implacable curiosidad humana que en el investigador norteamericano surge en una excepcional concentración máxima, y Marcos Buckeridge, quien detalla por qué el descubrimiento de Venter puede tener efectos sobre las tecnologías destinadas a la producción de biocombustibles.

Dado que ya gasté casi todo el espacio destinado a la carta, me permitiré mencionar solamente un reportaje más, precisamente el de la tapa, elaborado por el periodista Salvador Nogueira. A partir de la página 16, el mismo aborda el trabajo de un grupo de la USP de la localidad paulista de Ribeirão Preto que llegó a la caracterización del tipo de daño que provoca la inflamación asociada a la septicemia en las células cardíacas, y también delineó un camino prometedor para proteger al corazón, y de esa forma, llevar al cuerpo a ganar tiempo para retomar el control de la complicada situación de septicemia. En otras palabras: investigación básica e investigación aplicada. Sólo para recordar: en la septicemia, que es una infección generalizada causada por bacterias o virus, el organismo lanza un ataque desesperado contra sus propias células. Cuando el corazón es el órgano más afectado, el índice de mortalidad asciende al 80%, ante el 20% que se registra en la situación de septicemia sin daño cardíaco. De allí el motivo por el cual la defensa del corazón constituye un paso fundamental en la lucha contra esta afección.

¡Que tengan una buena lectura!

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