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entrevista

Ivo Karmann: Una vida explorando cuevas

Con humor y un fuerte sentido de grupo, el investigador narra el comienzo y la evolución de los estudios científicos en esos ambientes definidos por la ausencia de rocas, lo que lo convierte en un geólogo del vacío

Léo Ramos Chaves/Revista Pesquisa FAPESP

En enero de 1975, Ivo Karmann era un muy delgado adolescente que estudiaba en el colegio Vizconde de Porto Seguro, en la capital paulista, cuando se unió al equipo de apoyo de la Operación Tatus, un experimento que pretendía evaluar los efectos en el organismo de la falta de luz solar en un ambiente subterráneo. Una de sus tareas consistía en transportar los residuos producidos por los 11 voluntarios que se alistaron para pasar 15 días en una cueva situada en Vale do Ribera, en el sudeste del estado de São Paulo.

En aquella época, el joven estudiante empezó a participar en expediciones para explorar cavernas y ya no dejó de hacerlo nunca más. Estudió geología en el Instituto de Geociencias de la Universidad de São Paulo (IGc-USP), donde llegó a convertirse en docente y viajó mucho por São Paulo, Minas Gerais, Bahía, Mato Grosso, Goiás, Tocantins, Santa Catarina y, esporádicamente, el estado de Amazonas. Confeccionó mapas de cavernas aún desconocidas (el primero cuando aún era un estudiante universitario de la carrera de grado), soportó el desdén de sus colegas que desvalorizaban este tipo de formación geológica y creó una disciplina pionera. También impulsó el comienzo de las investigaciones sobre los climas del pasado con base en los registros de los minerales de las cavernas y participó del descubrimiento de bacterias capaces de erosionar rocas carbonáticas a grandes profundidades.

Especialidad
Geología de las cavernas
Institución
Instituto de Geociencias de la Universidad de São Paulo (IGc-USP)
Estudios
Título de grado en geología (1982), maestría (1987) y doctorado (1994) en geociencias por la USP

Con el tiempo, este paulistano descendiente de alemanes que llegaron a Santa Catarina a finales del siglo XVIII se convirtió en una de las máximas autoridades de la investigación científica sobre cavernas en Brasil. Está casado con una geóloga, tiene un hijo arquitecto y cumple 68 años en marzo. En la siguiente entrevista concedida a Pesquisa FAPESP, narra parte de sus experiencias.

¿Cuándo fue la primera vez que se internó en una caverna?
Era un adolescente cuando vi un reportaje en un periódico sobre unos franceses que estaban explorando cuevas en Vale do Ribeira. Entre otros, estaban Guy Collet [1929-2004], Pierre Martin [1932-1986], el yugoslavo Peter Slavec y el grupo de la Sociedad Brasileña de Espeleología (SBE). Estos europeos fueron prácticamente los fundadores de la SBE. Me presenté en la sede, situada en el centro de São Paulo, y les dije que quería ir con ellos. Me preguntaron: “¿Ya has visitado alguna caverna?”. Les respondí: “No, jamás, solamente he visto fotos en revistas”. Mi familia era suscriptora de National Geographic y ahí publicaban mucho material sobre grutas. Por entonces se estaba explorando la Mammoth Cave, una de las mayores cuevas del mundo ubicada en Estados Unidos. Yo tenía unos 15 o 16 años y ellos me dejaron acompañarlos: Guy Collet prácticamente me adoptó. En la primera expedición nos dirigimos a Itaoca, en Vale do Ribeira, con un enfoque más que nada arqueológico, ya que era y sigue siendo un yacimiento arqueológico de gran importancia, que alberga vestigios comprobados de ocupación humana hace unos 10.000 años. Descubrimos varias sepulturas. Justamente, mi primera caverna fue la gruta de Sumidouro, en Ribeirão Grande, São Paulo. En otra expedición con el equipo de la SBE nos dirigimos a Iporanga, también en Vale do Ribeira, uno de los municipios con más cuevas de Brasil: hay más de 300. En estos viajes conocí a la gente del grupo de espeleología del Centro Excursionista Universitario, el CEU, que aún existe. Entre ellos estaban Geraldo Gusso [1953-1993], más conocido por su apodo, Peninha, y Mauro Stavale, avezados espeleólogos. Con ellos, mi primera caverna fue Gurutuva, también en el sur de São Paulo, una gruta maravillosa, con cascadas que alcanzan los 10 metros de altura. Ahí fue cuando me di cuenta de qué se trata realmente la exploración, porque con Collet, la cosa era más apacible.

¿Cuándo decidió estudiar geología?
En aquella época, en los años 1970, se habían descubierto las cuevas de Ouro Grosso, Água Suja y otras del Petar [Parque Estadual Turístico de Alto Ribeira]. También iban allí estudiantes de geología, así fue como nació mi interés por esta área. Ingresé a la carrera y seguí adelante con las expediciones del CEU. En una de ellas pasamos casi un mes acampando en una zona situada al norte de Brasilia, en la región de Posse y São Domingos, estudiando el sistema São Mateus-Imbira, que tiene 20 kilómetros [km] de galerías. Confeccionamos el primer mapa de la caverna y salieron varios artículos periodísticos. No teníamos dinero, pero recibíamos muchas donaciones. Las automotrices Volkswagen y General Motors nos prestaban coches que prácticamente destrozábamos en aquellos caminos plagados de piedras y pozos.

¿Pudo explorar cuevas mientras estudiaba la carrera?
Todavía no había estudios sobre la geología de las cavernas. Al principio era difícil encontrar a alguien que aceptara realizar alguna investigación científica sobre el tema del karst [un tipo de relieve] y las cavernas. La persona que más nos animó al respecto fue Aziz Ab’Saber [1924-2012], del departamento de geografía. Pasábamos horas conversando en su despacho. Aún recuerdo lo que nos recomendaba: “¿Quieren entender lo que es una caverna? Pues salgan al exterior, miren lo que hay alrededor, entiendan el sistema”. Este tipo de enfoque fue muy importante: hoy en día hablamos de los sistemas kársticos, que incluyen el flujo de agua y materiales, porque una parte de lo que entra sale, pero otra queda retenida. Los geólogos eran más tradicionales. Decían: “Este tipo estudia cuevas, se dedica a la geografía, no es geólogo”. Pero yo siempre he sido un tanto independiente y cabeza dura. Elaboré un plan de investigación para solicitar una beca de iniciación a la investigación científica en la FAPESP y se lo presenté a Thomas Fairchild, docente de geología, quien siempre ha estado abierto a nuevas ideas. Lo leyó y me dijo: “Mira, nunca entré a una caverna, pero la propuesta me pareció muy interesante y voy a dirigirte”. El proyecto era novedoso, una iniciación científica en grupo. Un docente dirigiendo a seis alumnos, todos becarios.

¿Por qué seis?
Porque un estudio en una caverna no se hace en solitario. Se necesitan al menos tres personas para elaborar el mapa. Uno es el llamado ponta de trena u observador, otro se queda en la base y el tercero bosqueja el croquis en el cuaderno. Uno es geólogo, otro está más familiarizado con el relieve. También tenemos que comprender cómo es el exterior de la cueva, hacer fotointerpretación. Así fue como hicimos una investigación geológica sobre Caverna dos Ecos, en Corumbá de Goiás, situada a 60 km al oeste de Brasilia. La roca caliza no llega hasta la superficie, no aflora, y hay un gran lago subterráneo. Hicimos un mapa geológico mostrando todo esto, que eran novedades. En aquella época no existía ningún otro grupo de investigación, solo había espeleólogos, exploradores. La Sociedad de Excursionistas Espeleológicos de Ouro Preto, una de las más antiguas, concentraba sus actividades mayormente en Minas Gerais, un paraíso de la piedra caliza y las cavernas. Había un profesor que estaba empezando a realizar una labor más científica, Victor Dequech [1916-2011], de la Universidad Federal de Ouro Preto.

Pudimos ver cómo se forman las cavernas, mediante la disolución y la corrosión en profundidad, abriendo espacios en la roca soluble

¿Qué esperaban descubrir en Caverna dos Ecos?
Ya habíamos explorado enormes cuevas de piedra caliza en el norte de Brasilia, en la región de Posse y São Domingos. Estábamos empezando a trabajar en Caverna dos Ecos. Es una cueva enorme, no en kilómetros sino en tamaño, en cuanto a su volumen, y no se desarrolla solamente en piedra caliza. Notamos que había algo diferente. Para ingresar, hay que sortear un desnivel de unos 60 metros y, en el fondo, junto al lago, descubrimos roca no carbonática (esquistos de mica y cuarcita) superpuestas a los carbonatos. Así fue como vimos cómo se forman las cavernas, mediante un proceso de disolución y corrosión a gran profundidad, abriendo huecos en la roca soluble y conectándose así con la superficie. En aquel entonces, pocos fenómenos de este tipo habían sido descritos. Años después, publicamos este hallazgo en la revista Journal of Cave and Karst Studies y se convirtió en una referencia para el karst interestratificado, en donde las rocas insolubles se superponen al karst subterráneo, que a través de procesos de subsidencia y erosión conecta estas oquedades con la superficie y abre un acceso.

¿Podemos utilizar el término caverna como sinónimo de karst?
No. El karst es otro tipo de relieve en el que predominan las rocas solubles. La superficie se modela por disolución química, generando las cavidades. En otras palabras, el karst es el relieve en el que surgen las cavernas. El sistema kárstico incluye las estructuras por donde circula el agua subterránea, con entradas, manantiales, sumideros y salidas. El agua que alimenta este sistema procede de las precipitaciones y principalmente de la cuenca hidrográfica receptora, los ríos. Por ello también tenemos que mapear las vías de flujo, los conductos, como si se tratase de tuberías dentro de las rocas.

¿Quiénes eran sus compañeros en aquella época?
Estaba Luís Sánches ‒Luizão‒, que ahora está en la Poli [la Escuela Politécnica de la USP], Peter Milko, Antônio Montanheiro, quien se recibió de geólogo, se mudó a Pernambuco y decidió estudiar medicina, y un español, Juan Carlos, un buzo, porque en Caverna dos Ecos había un lago y nadie sabía cómo explorarlo.

Por lo que parece, su carrera de grado fue bastante ajetreada.
Sí que lo fue. Y también dábamos charlas en las facultades de geología, en Rio Claro [São Paulo], Ouro Preto [Minas Gerais], Brasilia, aprovechando nuestros viajes de exploración. Queríamos animar a los futuros geólogos a que conocieran las cuevas e hicieran mapas geológicos, de los que aún no disponíamos. Ellos se mostraban muy interesados. Preguntaban por qué eran importantes las cavernas, si eran espacio vacío, si no había nada allí. Por eso, con el tiempo, empecé a decir que soy un geólogo de la nada. Tengo que explicar la ausencia de roca, no la roca en sí misma. En cierta ocasión, en la UnB [Universidad de Brasilia], Mylène Berbert, quien actualmente hace trabajos de espeleología en el Servicio Geológico de Brasil, preguntó: “¿Cómo vamos a estudiar las cuevas? ¿Dónde hay cavernas en Brasil? ¿Cómo son?”. Luizão y yo fuimos a hablar con Aziz Ab’Saber y él nos propuso: “¿Por qué no hacen un relevamiento para ver dónde hay rocas propicias para la formación de cuevas y relieves kársticos?”. Entonces tomamos los mapas del DNPM [el Departamento Nacional de Producción Mineral] y de la SBE, en una época en la que todo se hacía prácticamente a mano, y dibujamos el primer mapa de las áreas donde hay rocas carbonáticas y cavernas. Lo terminamos en 1979, cuando todavía éramos estudiantes de grado y lo publicamos en la revista Espeleotema, de la SBE. Cartografiamos unas 500 cuevas, y actualmente, en el inventario del Cecav [Centro Nacional de Investigación y Conservación de Cavernas] del ICMBio [Instituto Chico Mendes de Conservación de la Biodiversidad] ya vamos por las 23.000. La cifra ha crecido sustancialmente porque incluye a las cuevas ferríferas, que son muchas pero pequeñas.

Valdir Felipe Novello / USPEn Caverna do Diablo, en 2012: Veronica Ruiz, Bruna Cordeiro, Paul Williams, Bruno Lenhare, Karmann y William Sallun FilhoValdir Felipe Novello / USP

¿Qué acogida tuvo ese mapeo?
Ese trabajo sobre las provincias espeleológicas tuvo un gran impacto, principalmente sobre la idea de regionalizar el tipo y el tamaño de las cuevas, asociados a los distintos tipos de rocas. Empezamos a mostrar resultados, ganamos credibilidad y el apoyo de otros profesores del IGc, tales como Aldo Rebouças [1937-2011], Oscar Rösler y Roland Trompette, quien me dirigió y solía visitar el instituto. También en la maestría presenté una propuesta de una asignatura de espeleología. Insistí varias veces hasta que el consejo del departamento la incluyó como materia optativa. Y como la espeleología no trata solo sobre geología, sino que también incluye medio ambiente, biología y arqueología, invité a Eleonora Trajano, del Instituto de Biociencias, quien también trabajaba con cavernas. La conocía desde antes de graduarme, porque ella también frecuentaba el CEU. Entre enero y febrero de 1975, ambos habíamos participado en la operación Tatus.

¿Qué fue la operación Tatus?
Fue una experiencia de acampe en una caverna. Yo fui parte del equipo de apoyo externo. Pretendíamos saber cómo era vivir en un ambiente subterráneo. En aquella época eso era toda una novedad, para entender la incidencia de la luz solar sobre los ciclos de vigilia y sueño. Se estaban realizando algunos experimentos en Francia y la gente del CEU decidió hacerlos también acá, con 11 personas en la caverna de Santana, en Iporanga, dentro del territorio del Petar, durante 15 días. Acamparon en el salón São Paulo, que es bastante grande, solamente con luz artificial, principalmente de carburo, algunos soles de noche de gas y hornallas para cocinar, además de recoger los residuos. La comunicación telefónica era solo de dentro hacia fuera y no al revés, para que nadie supiera lo que sucedía en el exterior. Anotábamos lo que hacían y cuándo dormían. Algunos dormían más, otros menos. Observamos que los períodos de sueño y vigilia se extendían a 73 horas, con casi 30 horas de sueño o descanso y otras 30 o más horas de actividad. Cuando pasaron 15 días, los que habían permanecido dentro creían que era el séptimo u octavo día. Habían perdido la noción del tiempo.

¿Y lo de la asignatura, cómo salió?
Empezó como una novedad, con alumnos de las carreras de geología, biología, geografía, porque ofrecía vacantes para otras unidades e incluso para el público en general. También estaban las actividades de campo, entonces Trajano, como bióloga, mostraba lo que a veces ni siquiera notábamos, como los bagres ciegos y otros animales adaptados a la vida subterránea en cuevas (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 224). Después cambié el enfoque y el nombre por el de geología de terrenos kársticos, con énfasis geológico, pero también con plazas para alumnos de otras unidades. La materia sigue impartiéndose y conserva una gran convocatoria. Yo aún sigo participando, ahora como profesor sénior. Cada año, en octubre, visitamos las cavernas de Iporanga.

¿Cómo se les ocurrió que las cavernas podrían albergar registros del clima del pasado?
Estaba suscrito a una revista alemana, Bild der Wissenschaft [Imagen de la Ciencia] y, en 1982, leí un artículo de Wolfgang Dreybrodt, de la Universidad de Bremen. Era uno de los primeros estudios sobre paleoclima [los climas del pasado] en espeleotemas [las estructuras que se forman debido a la circulación del agua en las rocas de las cavernas, como las estalactitas y estalagmitas]. Era una auténtica novedad, pero resultaba difícil datar el material. Todavía no se había desarrollado el método que utilizamos en la actualidad, con uranio-torio. Dreybrodt probó de datarlo con carbono 14, tuvo varios errores, pero echó a correr la idea. Uno observa una estalagmita que va creciendo poco a poco, mira el goteo y piensa: ¿por qué deja de gotear? Porque no llueve, no hay recarga. Al observar la estructura interna de una estalagmita, vemos que es una cuenca sedimentaria, con capas y variaciones de color y grosor. Su composición también varía, puede estar formada por calcita, aragonito o muchos otros materiales. ¿Por qué? Lo que controla la formación y el crecimiento de los espeleotemas es el ambiente que rodea a la caverna. Los espeleotemas registran los procesos de sedimentación, es decir, la precipitación química de minerales como la calcita. En el salón Taqueupa de la caverna de Santana, forman depósitos cónicos de 2 o 3 metros, con estratigrafías [distribución de capas] bien diferenciadas.

Con el paso del tiempo, empecé a decir que soy un geólogo de la nada. Tengo que explicar la ausencia de roca, no la roca en sí misma

¿Cómo se resolvió?
Solo despegamos cuando el geólogo Chico Bill [Francisco Cruz] entró en mi despacho, procedente de Rio Grande do Norte, y declaró: “Quiero trabajar con grandes cavernas”. ¡Vaya!, me dije, pesqué otro más… Las grandes grutas conocidas en aquella época estaban en la región de Iraquara, en la meseta conocida como Chapada Diamantina, en Bahía. Yo ya había hecho parte de mi doctorado en Canadá con Derek Ford, un baluarte de la geoespeleología, y aprendí a utilizar isótopos [variantes de un mismo elemento químico] para las dataciones. Le propuse a Chico Bill: “Dediquémonos de lleno a los registros climáticos en los espeleotemas. Este campo de estudios va a explotar”. Montamos un plan de investigación y partimos en busca de un espeleotema que pudiera albergar registros climáticos. Cabe recordar que no puede extraerse cualquier material de las cuevas, porque es un ambiente protegido por ley: siempre llevábamos un permiso del ICMBio para investigación y recolección. Nos ayudó mucho una colega del instituto, Marly Babinski, quien conocía gente que hacía geocronología de rocas. Se comunicó con Warren Sharp, por entonces en la Universidad de Minnesota [actualmente en la Universidad de California en Berkeley, ambas en Estados Unidos], quien trabajaba haciendo dataciones con uranio y torio, justo lo que nosotros queríamos. Nos contactamos, Chico Bill viajó allá y conseguimos hacer las dataciones. Las proporciones de isótopos de oxígeno y carbono las medimos con la gente del Cena [Centro de Energía Nuclear en la Agricultura, de la USP], en la ciudad paulista de Piracicaba. E hicimos nuestra primera curva de variación isotópica, indicadora de variación climática, con espeleotemas de las grutas de Botuverá, en la región oriental de Santa Catarina, y de la caverna de Santana, en el sudeste de São Paulo. Una curva preciosa, que también muestra el ciclo solar y la variación de la insolación (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 111). Fue uno de los trabajos más importantes en los que participé. Me encantó comprobar de qué manera la lluvia altera el goteo dentro de las cavernas y cómo funciona el sistema kárstico. Para mí, el trabajo de campo es la parte más emocionante de la investigación.

También investigó el papel de la actividad microbiana en la formación de las cavernas, ¿verdad?
En la época de Caverna dos Ecos ya nos hacíamos esta pregunta: ¿qué es lo que disuelve las rocas profundas si el ácido carbónico no llega hasta allí? Tiene que haber otro agente corrosivo u otro mecanismo que produzca algún ácido que no viene con el agua de infiltración. Se pensó que podría ser alguna actividad bacteriana, que podía transformar el sulfuro en algún tipo de ácido. Las rocas calizas no poseen azufre, que forma parte del sulfuro. Nos propusimos dar caza a esas bacterias. Logramos avances, en parte gracias al doctorado del químico Murilo Andrade Valle, en 2010. Me contacté con gente que trabajaba en microbiología. Con Vivian Pellizari, actualmente en el IO [Instituto Oceanográfico de la USP], investigamos la microbiología del agua subterránea y en 2024, en la investigación de maestría del geólogo Tom Dias Morita, conseguimos rastrear parcialmente el genoma de las bacterias que actúan en las profundidades de las cavernas del grupo Una, en la región de Chapada Diamantina, en Iraquara, Bahía. Son bacterias anaeróbicas [no utilizan el oxígeno como fuente de energía], a las que llamamos sulfooxidantes y sulfato reductoras. Obtienen energía mediante la digestión de minerales que contienen azufre, como la pirita y la galena, que son sulfuros de hierro y plomo. El azufre del ácido sulfúrico que corroerá las rocas proviene de la descomposición de estos sulfuros.

¿Cuántas cavernas descubrió?
No hablemos en singular, porque siempre es un trabajo de grupo. Los hallazgos más importantes en los que participé fueron con la gente del CEU, en las cuevas de Goiás, al norte de Brasilia, en la región de Posse, las grutas de São Mateus, Imbira y Terra Ronca. La población local ya las conocía. En São Mateus había una dolina, una depresión del terreno, y nos condujeron allí. Nos dijeron: “Hay alguno que otro agujero aquí o allá”. La dolina se encuentra en el medio. Descendimos, era un ambiente grande, con perlas [formaciones calcáreas redondeadas en el suelo de las cavernas] gigantes, estalagmitas de 8 a 10 metros de altura. Exploramos Vale do Ribeira: las novedades que encontramos allí fueron cuevas con un desarrollo más vertical, que llamamos abismos o simas. Descendimos con cuerdas y una escalerilla de cables de acero. Participé del descubrimiento de la sima Ponta de Flecha, también en Iporanga, donde hallamos restos de osamentas de la megafauna del Pleistoceno. Con la ayuda de Oscar Rösler, alrededor de 1980 realizamos allí excavaciones paleontológicas. El equipo estaba formado por Clayton Lino [espeleólogo y arquitecto], Eleonora Trajano, por entonces alumna del zoólogo Paulo Vanzolini [1924-2013], otro de nuestros mentores, y los arqueólogos Erika Robrahn y Paulo de Blasis, del MAE. Hallamos una punta de flecha de sílex en un conducto muy estrecho, junto a un gran diente de un toxodonte, un enorme mamífero de la megafauna. Ya habíamos visto huesos de animales con algunos cortes, un indicador de humanos que separaban la carne de los huesos.

¿Recuerda algún momento de júbilo?
Hasta hoy, lo más loco que viví fue en São Mateus de Imbira, en Goiás, hace mucho tiempo. Fue un momento alucinante, un lugar fantástico lleno de tantas cosas que uno no sabe ni dónde mirar primero. Un espectáculo de espeleotemas, con formaciones minerales de aragonita de todos los tamaños, helictitas [espeleotemas en forma de abanico que emergen del techo o de las paredes] en crecimiento, ese suelo de estrellas. Y el río subterráneo, una represa [barreras de calcita u otros minerales] de travertinos gigantes… Algo extraordinario, de otro mundo. Luego, en Caverna da Torrinha, la gruta Lapa Doce, en Chapada Diamantina, viendo cosas que nunca imaginé. Uno queda algo pasmado ante semejante hermosura.

Aziz Ab’Saber recomendaba: “¿Quieres entender una caverna? Sal fuera, observa lo que hay alrededor, entiende cómo es el sistema”

¿Se ha perdido alguna vez?
Perdido no, pero en varias ocasiones me he preguntado: “¡Uy! ¿Dónde estoy? ¿Ahora cómo vuelvo?”. Una vez nos quedamos sin luz. Usábamos un casco con una llama y linternas con lámparas incandescentes. Cada miembro del equipo llevaba en su cintura un cilindro con dos compartimientos, uno con piedras de carburo y otro con agua que goteaba sobre él. Cuando el carburo reaccionaba con el agua, liberaba acetileno que pasaba por un tubo hasta el casco y alimentaba la llama. Aún no se utilizaban las lámparas led actuales superpotentes, que con una basta para iluminar fácilmente una sala enorme. La llama se apagó y mi encendedor estaba mojado. Eso fue en la caverna de Santana. Esperamos una o dos horas hasta que apareció alguien con fuego. En otra ocasión, en 1990 o 1991, mientras investigábamos la química de la disolución de la cuarcita en la gruta de Lapão, en el municipio de Lençóis, en Bahía, un bloque de roca rodó y me atrapó la pierna. Estaba con un colega que corrió en busca de ayuda. Al cabo de un par de horas volvió con unas personas. Querían hacer rodar la piedra. Les dije: “¡No, deténganse! ¡No traten de hacerla rodar, me va a aplastar la pierna! Tomen mi martillo y mi cortafrío y rómpanla para liberarme”. Conseguí salir solo con unos arañazos profundos.

No sufres de claustrofobia en absoluto, ¿cierto?
Casi nada, porque los pasadizos muy estrechos me ponen nervioso, los evito. Hay algunos espeleólogos que parecen lombrices. Si ellos pasan y me dicen que se puede, voy. Pero varias veces he dicho: “Yo llego hasta acá, no sigo”. Hicimos muchas locuras, sin equipamiento ni buenas cuerdas. Bajamos y subimos de la cueva Abismo do Fóssil: una sima vertical con una profundidad de 40 metros, como un edificio de 12 pisos, con una escalerilla de cable de acero. Entrenábamos con la escalera en el pozo de uno de los edificios del Crusp [la residencia estudiantil de la USP]. En Abismo do Fóssil yo bajaba utilizando la escalerilla, pero Peninha hacía rápel, saltando por la cuerda, y luego subía. En un momento dado estaba a punto de saltar, observé y le advertí: “La cuerda está medio corroída. Puedes parar y volver despacio”. Hubiera sido una caída vertical de 40 metros. Hoy en día la seguridad es mucho mayor.

¿Cuáles son las reglas básicas para explorar estos sitios?
La primera: nunca aventurarse solo. Lo ideal es un grupo de tres, incluyendo alguno más experimentado. La segunda es conocer la zona. La gente que ingresa a las cuevas tiene mucho miedo de las serpientes. Yo no les temo, pero sí a las abejas. Las entradas rocosas, como las de Piauí, suelen albergar enjambres de abejas. Es bueno contar con el apoyo de la gente del lugar, que pueden advertirte sobre eventuales peligros. Otra: llevar linternas de repuesto. Los principiantes se entusiasman, se van internando y si solo cuentan con una linterna pueden tener dificultades para regresar. Otra más: avisarle a la gente que está afuera que vas a entrar. Por lo demás, es bueno tener algo de coraje, ingresar con cautela, ser cuidadoso con los espeleotemas frágiles, respetar el lugar y deleitarse con las maravillas que encuentren.

¿Sigue explorando cavernas?
Sí, tenemos previsto realizar un monitoreo de las aguas en Gruta da Tapagem [el nombre oficial de la que se conoce como Caverna do Diablo, en Eldorado, Vale do Ribeira], junto a colegas del IGc: Nicolas Stricks, Chico Bill y algunos alumnos. Esta cueva es una cosa sensacional desde el punto de vista escénico y geológico. Y alberga algunos interrogantes científicos interesantes que hasta el momento nadie ha explicado muy bien.

Este artículo salió publicado con el título “Ivo Karmann: El geólogo del vacío” en la edición impresa n° 349 de marzo de 2025.

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