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Homenaje

La fantasía deshecha

La muerte de Celso Furtado, a los 84 años, hace emerger nuevamente del subdesarrollo nacional

La muerte tiene el poder de erradicar todos los defectos del fallecido, y con Celso Furtado (1920-2004) no fue diferente. Distintas personalidades se derritieron en elogios, recordando el economista de Paraíba. Pero, en medio a la barahúnda y unísono de declaraciones, es posible observar que la fuerza real de Furtado aparece en las entrelíneas. “Furtado no se enriqueció, él enriqueció a Brasil”, dijo José Serra. “Fue un ejemplo notable de cómo dedicarse al estudio de la economía para plantear transformaciones sociales”, opinó Eduardo Suplicy. “Era un gran pensador del desarrollo del país; sin él, Brasil pierde un poco de su voluntad de crecer”, declaró Delfim Neto. “Más que un economista, Furtado era un brasileño que nos llenaba de orgullo por su compromiso con Brasil, con Latinoamérica y con todos los países en desarrollo”, apuntó el presidente Luiz Inácio Lula da Silva.

Curiosamente, estas frases nos muestran al verdadero Celso Furtado, un intelectual que, en los moldes de Gilberto Freyre o Sérgio Buarque de Holanda, consideraba tener la misión de comprender cómo es Brasil para construir una nación. Pero en constante mutación: del optimista anterior al golpe de 64, que creía en la eficacia de la participación política y tenía esperanza en el desarrollo nacional, hasta el pesimista de los años 1990, en el ostracismo y presenciando la victoria de aquello que más temía: el neoliberalismo y la globalización.

Antes, este obstinado con los sueños de cambio sufrió en los años 1970 y 1980, al ver a los militares exacerbar la idea del subdesarrollo, pero para poner en práctica a la fuerza una idea de modernización que benefició apenas la elite. Es sintomático que uno de sus muchos libros lleve el nombre de A fantasia desfeita [La Fantasía desecha]. Los economistas no trabajan con fantasías ni sueñan con naciones.

La economía de Furtado no es la misma que la de los tecnócratas: más bien, se anclaba en una creencia en el poder de la política para controlar las fuerzas económicas, y preconizaba la necesidad de la distribución de la renta con la finalidad de humanizar a la sociedad. El economista escondía a decir verdad al pensador político y social. La era en que él produjo sus obras más importantes, los años 1950 y 1960, fue de gran entusiasmo intelectual en Latinoamérica. Se visitaba una vez más el ideal post 1930, de lo inevitable de una nueva Revolución Industrial, esta vez conducida por los Estados, para hacer frente al aumento de la demanda (por el crecimiento demográfico) y de la estrangulación de la oferta, ya que la mayoría de los países estaba en descompás con la modernidad del empresariado del Primer Mundo.

¿Por qué algunos países crecían y prosperaban y otros, como Brasil, vivían al margen de las ventajas del capitalismo? Desde el inicio esta pregunta siguió el pensamiento de Furtado, que hizo de la cuestión del desarrollo, o del subdesarrollo nacional, y de la inserción periférica del país en el sistema capitalista internacional parte de su misión. Pensadores como Freyre y Buarque de Holanda se abocaron a estudiar ese dilema, pero Furtado fue el pionero en usar la economía política, en lugar de interpretaciones biológicas, climáticas o raciales.

Para él, faltaba racionalidad en el sistema económico, y faltaba que un grupo de intelectuales y políticos se ubicase por encima de los intereses de clase, poniéndose, en sus palabras, “al servicio de los intereses de la nación”. Para Furtado no era posible pensar como nación a un país subdesarrollado, una mera fuente de materia prima para otros, y siempre a merced de las decisiones externas. En esto fue fundamental su paso por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), con sede en Chile, entre 1949 y 1953, y el contacto con su secretario ejecutivo, Raul Prebisch, Las tesis de la Cepal repensaban el rol del intelectual, ahora convertido en fuerza activa, y criticaban el ideario liberal, que libraba al mercado de la intervención del Estado.

Antes de la Cepal se creía en una división internacional del trabajo con países destinados naturalmente a la producción agrícola y otros, a la producción industrial, todo funcionando a la perfección, ya que, al fin y al cabo, habría un equilibrio global y todos saldrían ganando. Ergo, los países exportadores de materias primas no precisarían transformar sus estructuras productivas. En la Cepal pusieron el dedo en la llaga: el progreso y el desarrollo del llamado “centro” (los países industrializados) iban en detrimento de los exportadores de productos primarios, la “periferia”. (…) Furtado utilizó ese instrumental para estudiar minuciosamente Brasil y revelar que la dualidad también imperaba internamente: en un mismo país convivían sectores atrasados, dedicados a la producción primaria, donde estaban los estratos populares, y otros modernos, cuyo nivel de vida y de consumo era similar al del los países centrales. El economista vislumbró en todo eso la punta del iceberg del subdesarrollo y dio la receta para el cambio: la industrialización y la reforma agraria.

Es más, cuestionó cómo era posible hacer crecer al país con base en modelos externos: Brasil tenía abundancia de trabajadores y tierras, pero escaso progreso técnico. El resultado era obvio: el desempleo, la baja productividad y, por tanto, el subdesarrollo que, para Furtado, era el gran obstáculo para la integración nacional, para la construcción de una nación. Empezó su misión por la historia. En “Formação Econômica do Brasil”, de 1959, evaluó la singularidad del desarrollo capitalista del país que, habiendo nacido como parte integrante del sistema capitalista mundial, luego se desvió hacia el subdesarrollo. “Es un proceso histórico autónomo; no una etapa por la cual hayan necesariamente pasado las economías que alcanzaron un grado superior de desarrollo”, escribió Furtado. Fue el primer choque con los liberales, que agrupaban de manera universal el desarrollo de las economías.

Pero había excepciones. Y las elecciones políticas las provocaron, ya que para Furtado todo se resumía a una manera por la cual se daba la difusión del progreso técnico en el seno de la sociedad. En los países del centro, la elección de una determinada tecnología obedecía a criterios racionales, es decir, se usaría una u otra técnica pari passu con la optimización del uso de las tierras y de la mano de obra. Ricos y pobres se beneficiaban con el progreso técnico. Pero en Brasil era al revés. Las elites políticas elegían el camino más benéfico para ellas: el progreso estaba al servicio de niveles de consumo sofisticados y que se mimetizaban con el centro del sistema económico. En la mayor parte de las ocasiones se optaba por tecnologías que economizaban trabajadores y tierras, que el país tenía en abundancia.

“En las economías desarrolladas existe un paralelismo directo entre la acumulación de fuerzas productivas y de objetos de consumo. El crecimiento de una requiere el avance de la otra. La raíz del subdesarrollo reside en la articulación entre estos dos procesos causada por la modernización”, advirtió Furtado. “Lo que caracteriza al desarrollo es el proyecto social subyacente. El crecimiento se funda en la preservación de los privilegios de las elites que satisfacen sus ansias de modernizarse. Cuando el proyecto social da prioridad a la efectiva mejora de las condiciones de vida de la mayoría de la población, el crecimiento se convierte en desarrollo. Pero este cambio no es espontáneo. Es fruto de la expresión de una voluntad política”. El problema de Brasil no era la falta de progreso técnico, sino la no difusión del progreso por toda la sociedad.

La industrialización no era sinónimo de desarrollo pura y exclusivamente. Sin control y planificación, los riesgos eran grandes, como los del modelo arcaico. En 1955 Furtado elabora Esboço de um programa de desenvolvimento para a economia brasileira, que sirvió de base para el Plan de Metas de Juscelino Kubitschek. El sueño pareció posible para el economista. Pero, si bien en aquel momento las estructuras productivas nacionales estaban cambiando, la estructura agraria y la mentalidad de las elites dominantes eran las mismas de antes de la Revolución del 30. Furtado no se percató de eso y, basado en la creencia keynesiana del papel benéfico de la intervención estatal, todavía creía que eran posibles elecciones políticas racionales para las direcciones económicas: el Estado podría hacer que el excedente económico y los avances técnicos se empleasen de acuerdo con las condiciones sociales y económicas de Brasil, rompiendo así el ciclo del subdesarrollo. Las fantasías todavía no se habían deshecho. Era suficiente con que la sociedad optase por la industrialización racional y modernizadora, que legara a todos.

De esta manera, Furtado afirmaba que decisiones internas se reflejarían en cambios externos, en la forma en que el país se integraba al sistema económico internacional. Era preciso repensarse internamente (incluyendo allí la reforma agraria, que detendría la sangría del éxodo rural, que iba cada vez en detrimento de los salarios urbanos y concentraba la renta) para romper de una vez con el sistema centro-periferia que, según creía Furtado, nada tenía de natural. El economista puso en práctica ese ideario al dar su apoyo a la creación −después de extensos estudios en la región nordeste−, de la Superintendecia de Desarrollo del Nordeste (Sudene), en 1959.

Tres años después volvería al gobierno, designando por Goulard para ocupar el nuevo ministerio de Planificación, donde elaboró un Plan Trienal de Desarrollo Económico y Social. Tubo tiempo, aún en 1962, para lanzar dos libros: Subdesenvolvimento e Estado democrático y A pré-revolução, en que reafirmaba la oportunidad que el país tenía de reformular su política económica bajo los moldes adecuados al modelo brasileño y, así, crecer y distribuir la riqueza en la sociedad. Sus ideas pusieron su nombre en el tope de la lista de cesanteados del Acto Institucional Numero I – AI -1 y lo llevaron al exilio, primero en Chile y posteriormente en París, donde permaneció durante 20 años. El “milagro económico” convirtió sus creencias en ilusiones perdidas. El régimen fuerte de los militares introdujo la modernización del subdesarrollo, y se implementaron algunas prácticas del capitalismo contemporáneo (la urbanización, nuevos patrones de consumo, el nacimiento de nuevos segmentos productivos, etc.), pero dejando inalterados los aspectos fundamentales que efectivamente generaban el subdesarrollo. La fachada del desarrollo agravaría la realidad subdesarrollada y perpetuaría el atraso brasileño. Furtado se convirtió en un pesimista y revisó sus creencias en las posibilidades reales de revertir el cuadro de retraso económico.

Desilusión – El mito del desarrollo económico de 1974 expresa esta desilusión. Furtado escribió que el problema del país era “generar fuentes de empleo para su numerosa y creciente población, gran parte de la cual vegeta en sectores urbanos marginados o en la agricultura de subsistencia”. Lo que se modernizó en Brasil fue la demanda, no la oferta o la estructura productiva, explicó. Al contrario de lo que había pensando, lo que se observó en el período que fue entre 1930 y 1970 fue sólo un cambio de los patrones de consumo, sin ninguna elevación o aumento de la productividad. El régimen militar empeoró la situación cuando hizo reformas que no hicieron sino concentrar la renta más aún, y favorecer el consumismo mimético. El economista se quitó definitivamente su ropaje técnico y se asumió como un pensador social. En su nuevo libro, dedicado a Freyre, Furtado asume el engaño de su entusiasmo anterior y cuestiona culturalmente a la elite nacional. “La reproducción de las formas sociales, que identificamos como subdesarrollo, está conectada a las formas de comportamiento condicionadas por la dependencia”.

Era más que una cuestión económica: se trataba de una herencia ancestral colonial, de la cual el país no soltaba amarras. “Para lograr mantenerse moderna, la elite sólo imita el comportamiento de las elites centrales, lo que obliga cambios en la estructura productiva que necesariamente deben adaptarse a este nuevo estilo. De este modo, el crecimiento industrial no supera el subdesarrollo y la dependencia. Y toda economía subdesarrollada es dependiente, pues el subdesarrollo es una creación de la situación de dependencia”. De nada servía idealizar: en ese contexto el desarrollo era un mito.

De igual manera, no se podía pensar en la construcción de una nación en un país cuyo desarrollo se producía a los golpes, con el proceso de industrialización a remolque de la lógica de la modernización de los patrones de consumo de la elite. Pese a su desazón, Furtado regresó a Brasil con la amnistía en 1979. El pesimismo es abierto en O Brasil pós-milagre, de 1981, donte anticipa las consecuencias terribles de la inflación, la deuda externa, la crisis energética, el carácter antisocial del modelo económico y el rol de las empresas transnacionales. En 1985 ensayó una vuelta al Estado, por invitación de Tancredo Neves, para elaborar el Plan de Acción del Gobierno, pero enseguida fue designado ministro de Cultura de Sarney, en 1986, y en tal carácter participó tristemente del triste episodio de censura de la película Je vous salue, Marie, de Godard. Bajo fuertes críticas, se alejó del cargo en 1988.

Pero será la desilusión ante el nuevo modelo económico el golpe más fuerte en Furtado, como demuestra su libro “Brasil, a construção interrompida”, de 1992, una crítica al proyecto neoliberal de los años 1990 que, según él, abortó la construcción posible de la integración nacional, al retirar del Estado su función reguladora e implementar la lógica de la economía orientada al mercado externo, sin ninguna preocupación con las desigualdades internas. “Las transnacionales, el gran capital financiero y el grupo de los países más ricos actúan como fuerzas desreguladoras del sistema nacional. Y estas fuerzas dejan solamente dos opciones a Brasil: o el país se adapta al nuevo orden internacional o se convierte en un anacronismo histórico”.

Furtado no quiso celebrar la globalización emergente, tal como muchos lo hicieron, y por eso, empezaron a tacharlo de anacrónico. En 1997 tuvo una pequeña alegría: su elección para ocupar un escaño en la Academia Brasileña de Letras. Después pasó años en el ostracismo y sólo volvió a hablar de política y economía, y hablar bastante, con la elección de Lula. Furtado criticó el modelo económico actual antes de morir. Curiosamente, murió más o menos en los días de la caída de uno de sus grandes discípulos: Carlos Lessa, ex presidente del BNDES.

Furtado exageró su creencia en la autonomía del estado burgués y en el interés de éste en la distribución de la riqueza en la sociedad. Le costó darse cuenta de la dependencia cultural de las elites y fue demasiado optimista al creer que la reversión de las estructuras tecnológicas y la incorporación de los salarios en las mejoras de productividad sacarían al país del subdesarrollo. Sea como sea, su desencanto con la globalización no es más privilegio de la izquierda. Pero, con seguridad, lo que lo dejaría contento es saberse recordado por ser un brasileño que nos llenaba de orgullo por su compromiso con Brasil.

“Cuando el proyecto social da prioridad a la efectiva mejora de las condiciones de vida de la mayoría de la población, el crecimiento se convierte en desarrollo”

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