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Sociología

¿La patria colgó los botines?

En Brasil el fútbol es cosa seria, y es visto por los expertos como el paradigma de la globalización

Últimamente parecía que el ver todo tipo de Comisiones de Investigación del Congreso por televisión y hablar de la crisis política se había transformado en el deporte nacional brasileño. Sin embargo, la mafia del silbato demostró que la patria aún no ha colgado sus botines: el descubrimiento de la corrupción en el deporte amado logró que el país dejara de lado a los Delúbios y Valérios para discutir un tema más serio: el fútbol. Es probablemente el único apartado que llegó con el flujo de la modernización republicana, una modernización autoritaria que salió bien. En todos los que se han decepcionado con la democracia y con el mercado, con el fútbol la ligazón amorosa se ha ido haciendo cada vez más profunda, explica el antropólogo Roberto Da Matta. Este episodio hará que el fútbol se vuelva más fuerte, ya que en este deporte, las reglas son claras y están lejos de los jueces que las manipulan con sus limitaciones. Es lo opuesto a lo que sucede en el terreno político, donde las personas hacen las reglas, interpretándolas a su gusto, cree. Parece que los botines son realmente inmortales.

El fútbol ha ido paulatinamente convirtiéndose en uno de los instrumentos brasileños para pensar y, por sobre todas las cosas, clasificar al mundo. La nación brasileña no solamente se metaforiza en el fútbol: cobra existencia como algo concreto y tangible mediante las imágenes que se constituyen a partir de este deporte, dice el antropólogo Igor Machado. El fútbol es un discurso capital sobre la nacionalidad. No es sencillamente otro discurso sobre la brasileñidad, sino que es fundamental para su constitución. No cabe duda con relación a que el fútbol constituye un mapa alternativo, pero es un mapa tan real como aquél de la vida económica o política, pues hace posible el sentimiento de nación. Es más: hace posible una imagen de nación casi que a contrapelo de las condiciones económicas y de las imágenes negativas de Brasil, un mundo alternativo que se presenta como siendo más justo. Así, el mar de lodo del deporte ahoga más a los brasileños que el otro, el de la política. Con todo, no podemos olvidarnos de que el fútbol es una caricatura (en el sentido de que trae en sí los rasgos esenciales) de la sociedad brasileña. En los momentos de gloria o de crisis, la historia del deporte en el país ha estado siempre vinculada a la dinámica sociocultural, económica y política de la nación. Y enmarañado con la mentada modernización, recuerda Marcelo Weishaupt Proni, economista de la Unicamp y autor de Metamorfose do futebol.

Marketing
Entre los hinchas no suele primar siempre la razón, y es complejo quitarles a los brasileños la eterna nostalgia del fútbol arte, corrompido por el marketing y la modernidad, que intentan transformar a los fans en consumidores, para disgusto de muchos. En el decurso del siglo, son recurrentes las percepciones del atraso y los intentos de modernizar la sociedad brasileña. El problema es que, en general, se entraba en la mentada modernidad de manera parcial. Quedaban las raíces, la estructura arcaica de poder, superponiéndose a ella un nuevo ropaje, un envoltorio de modernidad, observa Proni. La evolución de nuestro fútbol se dio de manera análoga, con la modernización de la gestión económica del deporte avanzando a la delantera, en descompás con la modernización de la estructura política. Varios analistas pensaron que al poner al fútbol al compás de la profesionalización de los clubes europeos se llegaría a la manera ideal de liberar al deporte de la relación muchas veces espuria y siempre arcaica entre éste y los gobernantes locales o nacionales. El Estado, en ese mundo ideal, sencillamente fiscalizaría e impediría los abusos de poder. Sin embargo, eso nunca llegó a plasmarse, acota Proni. Por cierto, reiterando un modelo que comenzó en la década de 1930: A medida que el fútbol se fue convirtiendo en un fenómeno popular de masas, no se pudo más ignorar, tal como el Estado lo hacía hasta entonces, al deporte y su influjo, afirma Eliazar João da Silva, autor de la tesis doctoral intitulada La selección brasileña de fútbol entre 1930 y 1958: el deporte como uno de los símbolos de la identidad nacional, de la Unesp.

Astutamente, al asumir la Presidencia de la República en los años 1930, Vargas incluyó en el Programa de Reconstrucción Nacional, con tan sólo 17 apartados, uno exclusivo sobre el fútbol brasileño, reglamentando la profesión del atleta de fútbol. Si el deporte arribó al país en las postrimerías del siglo XIX aún elitizado y justificado por un discurso europeizado y eugenista (la preparación de la juventud sana) con finalidad bélica (sana y lista para la guerra), en poco tiempo, por su simplicidad, pasó a formar parte del cotidiano de las zonas urbanas, en especial las más pobres. La constatación de que el fútbol ocupaba el tiempo libre de diversas capas sociales no pasó desapercibida a los representantes del Estado Novo. Y la interpretación del fútbol como símbolo de la identidad nacional contó con el apoyo de la prensa y de los intelectuales, comenta Eliazar. Entre ellos, Gilberto Freyre quien, respaldándose en su elogio al carácter mestizo de la nación, sostenía que el deporte tenía un alma brasileña, por el encuentro ideal entre blancos, indios y negros, la base de la democracia racial como ideología.

La Copa del Mundo de 1930, pionera, le demostró al gobierno brasileño el potencial del deporte bretón como forma de estimular el anhelado sentimiento de unidad nacional y racial. El fútbol debería estar al servicio de la patria, y las victorias en el campo de juego eran símbolos del éxito del régimen varguista. La organización del Mundial de 1950 aumentó más aún este sentimiento, porque el éxito de Brasil podría servir para propagandear sobre un país supuestamente emprendedor, dice Eliazar. Y lo que no funcionó en aquel Mundial, si tuvo éxito en 1958, con la victoria del scratch patrio sobre Suecia, que simbolizó la idea de que la población brasileña estaba preparada para los retos de la competitividad de la posguerra. De Kubitscheck a los militares, todos vendieron la idea del país del fútbol, a punto tal de que el deporte fue erróneamente puesto bajo sospecha en tanto forma de alienación, de control por parte de los regímenes por sobre el pueblo. El fútbol se juntó sin querer al Estado nacional y al pueblo en su universo popular, sus credulidades y su fuerza creativa. En tal sentido, fue un movimiento popular que dotó al pueblo y a Brasil de un sentimiento de potencia, de creencia en las posibilidades nacionales pues, como deporte, permitía asociar elementos burgueses como el mercado, el sitio diseñado para su realización, el control del tiempo, el uso de uniformes, etc. Pero, por encima de todo, la sumisión a reglas universales y a una ética de vivir la derrota como algo normal, no como una humillación, y la victoria como una gloria pasajera y no definitiva, evalúa Da Matta.

Si hubo un día en que el deporte creó una nación, hoy en día se lo ve como un abanderado, como un paradigma de la globalización. ?El fútbol constituye una clave para interpretar el espíritu del mundo. El fútbol había dado inicio a la circulación de la mano de obra (o pie de obra) de un país a otro, volvía híbridos a los campeonatos locales y contaminaba a las hinchadas. En Europa, las grandes selecciones son híbridas. Esto prueba que el fútbol se ha anticipado a la realidad. La fuerza de trabajo del balón se mueve con libertad, y ha llegado a todos los rincones antes que la globalización económica, analiza Antonio Negri, autor de Imperio. Desde esta óptica, el Mundial es un anacronismo singular. No existen más naciones cuando las relaciones sociales y económicas se desarrollan a escala universal, donde las identidades se desvanecen. El Mundial se presenta como una ficción de la permanencia de las naciones, y es entonces que nuestro orgullo nacional se reaviva artificialmente. El deporte se ha anticipado a la globalización de una manera extraordinaria.

Es un juego definitivamente global: alrededor de 250 millones de personas están vinculadas directamente al mismo y otros 1.400 millones tienen algún tipo de interés en el deporte. Las finales de los Mundiales llegan a atraer audiencias de 3.000 millones de espectadores. Nada es más global que el fútbol. Sin embargo, de muchas maneras, el fútbol revela más los límites de la globalización que sus posibilidades, dice Franklin Foer, autor del recientemente presentado libro How Soccer Explains the World : An Unlikely Theory of Globalization [en portugués: Como o futebol explica o mundo: un olhar inesperado sobre a globalização (Jorge Zahar Editor)]. Es una pena que Brasil sea un caso ejemplar de la tesis del inglés: La corrupción anacrónica rechaza la supuesta liberalización que llegaría con el mundo global, y pone a Thomas Friedman cabeza abajo. Así, pese a la circulación mundial de nuestros jugadores y los intentos de transformar a los clubes en conglomerados multinacionales, el fútbol es una espina en el ideal del poder ilimitado del nuevo orden mundial.

En casos como Brasil, la corrupción en el fútbol no perdura en desmedro de la globalización, sino por causa de ella. Creo que los críticos y los defensores de este orden han sobrestimado la fuerza de destrucción de las culturas locales por parte del mercado internacionalizado, asevera Foer. Desde 1992, con la sociedad entre la empresa italiana Parmalat y el club Palmeiras, hubo varios intentos de acercamiento entre el capital internacional y el fútbol local, visto como de gran potencial por parte de muchos conglomerados transnacionales como Hicks, Muse, Tate & Furst. Todos metieron millones de dólares en equipos brasileños. Menos de tres años después de llegar triunfantes a Brasil, los inversores extranjeros salieron fundidos. El problema radicaba en que ese movimiento de modernización tenía que vérselas con ciertas estructuras arcaicas y sus dirigentes. Por eso esa mezcla entre el capital y la corrupción no funcionó, cree el inglés. El economista Luiz Gonzaga Belluzzo, un fan de este deporte, que sugirió la sociedad entre Parmalat y Palmeiras, disiente. Tenemos una noción de que los inversores tienen un conocimiento del mercado mejor que el del hombre común, y no lo tienen. Apuestan a que pueden tener éxito, como en el caso de Hicks en Corinthians y en Cruzeiro, dice. Hicieron en el fútbol proyecciones que eran prácticamente transpuestas de los negocios que realizaban en Europa y EE.UU. Nuestro pueblo no tiene ese poder adquisitivo y nuestro capitalismo es malo.

Globalización
Se debe tener en cuenta que la globalización es un fenómeno relativo y que forma parte de ésta un elemento al que denominé glocalización, es decir, el poder de asimilación del universalismo que plantea el nuevo orden al estilo particular de cada país, sostiene el sociólogo Richard Giulianotti, autor de Sociologia do futebol. El fútbol está experimentando la circulación transnacional del trabajo, la información y el capital, que pueden dar por tierra con las particularidades culturales. Hay cada vez menos diferencias tácticas y estéticas entre la manera de jugar en naciones diferentes, por ejemplo, aunque varios países luchan en procura de relativizar este fenómeno por medio de competencias exitosas. Sea como sea, para Giulianotti, las raíces locales del deporte enfrían el ímpetu de negación de lo particular de la globalización. En esta mezcla de universalización de lo particular y particularización del universal, el fútbol aporta valiosas lecciones acerca de cómo entenderse mejor en el nuevo orden mundial y evitar errores. Para él, existe el peligro de repetir, en escala económica, aquello que se ve en las canchas: países pobres que se convierten en graneros de atletas de los cuadros de los países ricos sin retorno alguno.

Es creíble que veamos nuestra posición subalterna en este mundo globalizado, y el fútbol, como hecho económico, retrata bien esa coyuntura y nuestra posición como exportadores de cracks. Pero ésa es también una visión simplista, critica el antropólogo Luiz Henrique Toledo. Yo lo que noto es una expansión de nuestro fútbol, y no una reclusión. Los jugadores están allá, pero dinamizan una economía simbólica acá, agregándole valor a nuestra identidad. Por cierto, el reciente incremento de la exportación de cracks coincide con la ubicación de Brasil en los últimos Mundiales, tres veces finalista y dos de ellas campeón. Pero, ¿esto no interfiere en la tan bien construida identidad nacional por medio del fútbol? La identidad no se construye sola, apartada del mundo, sino en confrontación con ese mundo. Sólo sabremos reivindicar y percibir nuestra identidad futbolística en tanto y en cuanto la contrastemos con otros estilos y experiencias, analiza Toledo, para quien Brasil recién empezó a ganar en este deporte cuando estrechó sus relaciones deportivas con otras culturas, e imprimió una impronta identitaria o una idiosincrasia cultural al juego, que está, tal como él recuerda, sujeto y abierto a cambios.

Racionales
Hay que reconocer que la pérdida de jugadores a manos de equipos ricos tiene un impacto negativo en el fútbol local, ya que sin ídolos ningún evento de masas se sostiene. Pero, por otro lado, los jugadores están más preparados para los Mundiales, pues jugando afuera cumplen calendarios racionales. Ha de observarse que, en 1970, mucho antes de la globalización, la selección brasileña fue aquélla que mejor se preparó para el Mundial. Los jugadores se entrenaron mucho. Es como si hablar de trabajo y de esfuerzo fuera a desmerecer o talento, como si la ciencia fuera a macular el arte. Tenemos la manía de inventar héroes que nacen ya listos, sostiene el sociólogo Ronaldo Helal, de la Uerj. El economista Branko Milanovic, del Carnegie Endowment for International Peace, colega de Dani Rodrik, coincide. El ejemplo del fútbol ilustra bien el tipo de globalización que deseamos: vamos adelante con la movilidad de la mano de obra, incrementando el output general mediante la interacción entre las personas, compartiendo talentos, pero sin por ello dejar de asegurarnos que las ganancias se dividan también con aquéllos que no tienen poder económico suficiente. Al fin y al cabo, ¿de qué vale ser la patria de los botines, si ellos están agujereados o todos embarrados?

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