Imprimir Republish

USP 70

La receta de la calidad

En el marco de la serie de artículos dedicados al 70° aniversario de la Universidad de São Paulo, la agitada trayectoria de la Facultad de Ciencias Farmacéuticas, que supo sortear crisis y se consolidó como un espacio de investigación

Hágase justicia a la Facultad de Ciencias Farmacéuticas de la Universidad de São Paulo: en sus casi 106 años de existencia, esta institución exhibió una incansable capacidad para superar dificultades y afrontar retos. Fundada el 12 de octubre de 1898 como Escuela Libre de Farmacia de São Paulo, se mantuvo en pie en sus albores merced a la abnegación de sus fundadores. Éstos, médicos o miembros de la Sociedad Farmacéutica Paulista, dictaban clases ad honorem -o a cambio de haberes simbólicos- hasta que el presupuesto de la institución saliera del rojo.

La creación de la escuela estaba prevista desde hacía más de 20 años, pero fue gracias a este grupo, encabezado por el médico fluminense Bráulio Gomes y el farmacéutico Pedro Baptista de Andrade, que la idea tomó forma, haciendo surgir la cuarta carrera de farmacia de Brasil y la primera de São Paulo. Luego aparecieron nuevas demandas. El gobierno de la provincia delegó a la escuela la tarea de tomarles exámenes a los aspirantes a odontólogos y parteras, “mientras no existieran en el estado carreras especiales de arte dental y de partos”. Así fue como, en 1902, la institución se hizo cargo de la tarea de formar a estos profesionales, convirtiéndose en Escuela de Farmacia, Odontología y Obstetricia. Los dos nuevas carreras se desmembrarían con el correr del tiempo -Obstetricia se abrió en 1911 y Odontología en 1962.

La excelencia de la Facultad de Ciencias Farmacéuticas se explica, en cierta forma, por su capacidad de reinventarse. Faltó poco para que la carrera no cerrase sus puertas en la década de 1920. La competencia de otras escuelas de farmacia y un escándalo que interrumpió la acreditación federal de la facultad hicieron que los alumnos se desbandasen y los docentes renunciasen, desinteresados en trabajar en una institución sin permiso de funcionamiento. Los bienes de la escuela fueron embargados, y en 1932, el médico y anatomista Benedicto Montenegro fue designado interventor.

Al año siguiente, el gobierno nacional restableció la acreditación. Montenegro fue un personaje clave en la rehabilitación de la facultad. La puso en funcionamiento y algún tiempo después convenció al gobierno paulista a incorporarla al proyecto de la Universidad de São Paulo. En 1934, la Facultad de Farmacia y Odontología de São Paulo dejó de existir. En su lugar se creó la Facultad de Farmacia y Odontología de la Universidad de São Paulo. En la práctica, alumnos y docentes se integraron a las plantillas de la USP, como así también pasó a formar parte de la nueva casa de altos estudios el edificio sito en la calle Três Rios, en el barrio de Bom Retiro, centro de São Paulo, que de este modo fue expropiado e incorporado al patrimonio de la universidad. Se aseguraba así la continuidad del proyecto atesorado por la Sociedad Farmacéutica Paulista, de formar “mozos capaces de trabajar en química, habilitados para sumarse a la industria y con coraje y conocimientos suficientes como para afrontar las dificultades de análisis serios e importantes”, como se planteara en un editorial de mayo de 1895 publicado en la Revista Pharmacêutica, el órgano oficial de la entidad.

En los últimos 70 años, período en que su trayectoria se vinculó a la USP, la Facultad de Ciencias Farmacéuticas no se limitó a formar mano de obra. Se consolidó como una referencia nacional en enseñanza, investigación y posgrado. Con 800 alumnos de grado, 250 de maestría y 200 de doctorado, la institución cuenta actualmente con 80 docentes -un 98%, doctores y un 96% en régimen de dedicación exclusiva a la docencia y la investigación. En 2003 tuvo una producción de 102 artículos en periódicos publicados en el país y 91 en el exterior. “El objetivo es publicar cada vez más y formar recursos humanos. Muchos de nuestros másteres y doctores dan clases en otras universidades”, dice la profesora Maria Inês Rocha Miritello Santoro, presidente de la Comisión de Investigación de la facultad.

Los cuatro departamentos se dedican a líneas de investigación innovadoras en el país, cuya relevancia también puede medirse de acuerdo con la aplicación práctica que tendrán en la vida y en la salud de los brasileños. El equipo del profesor Jorge Mancini Filho, del Departamento de Alimentos y Nutrición Experimental, estudia desde finales de los años 1980 sustancias antioxidantes naturales encontradas en alimentos tales como el aceite de palma, la castaña de cajú, la castaña de pará, el romero o el orégano.

Al comienzo, el objetivo era probar la utilización de esas materias primas en reemplazo de antioxidantes sintéticos, empleados para conservar alimentos y bajo sospecha de hacer mal a la salud humana. La investigación fue cobrando importancia a lo largo de los años 1990, mientras se acumulaban evidencias de que los antioxidantes pueden ayudar a prevenir enfermedades. Se demostró, por ejemplo, que es posible enriquecer alimentos como el pescado, con sustancias antioxidantes -dependiendo de la dieta que se le provea al pez. Con ello, la carne es enriquecida nutritivamente y tarda más en deteriorarse.

El profesor Franco Lajolo, estudioso de los alimentos funcionales, aquéllos que tienen propiedades terapéuticas y preventivas, produjo contribuciones importantes para la comprensión del metabolismo de las frutas luego de su recolección, por ejemplo, y ayudó a develar los procesos bioquímicos que las vuelven dulces y tiernas. La profesora Silvia Cozzolino encabeza las investigaciones referentes a la disponibilidad de hierro en alimentos, y su uso nutricional. Una de ellas fue un estudio sobre la ingestión media diaria de algunos minerales en las dietas brasileñas de acuerdo con la región, la franja etaria y la condición social. Los menores valores de ingestión de hierro estaban en las dietas de ancianos de hogares de reposo de São Paulo, con 5,4 miligramos diarios (mg/día), y en la dieta de una población de bajos ingresos de Santa Catarina, con 6,4 mg/día. Lo ideal es el consumo diario por adulto de 15 mg/día.

En el Departamento de Análisis Clínicos y Toxicológicos se destacan los trabajos de la profesora Ana Campa, por ejemplo, quien en colaboración con el Instituto de Química de la USP, ayudó a desarrollar una tecnología para efectuar diagnósticos clínicos basados en la utilización de reacciones que emiten luz y permiten mensurar el nivel de varias enzimas de interés de laboratorio. La profesora Maria Inês Rocha Miritello Santoro, del Departamento de Farmacia, investiga desde hace más de una década la separación enantiomérica empleando la cromatografía líquida de alta eficiencia con fase quiral. Se trata de una técnica de control de calidad de medicamentos capaz de separar moléculas que presentan los mismos agrupamientos químicos, como radicales de un átomo de carbono -pero con una configuración tal que una es la imagen espejada de la otra. La distinción de ambos tipos de molécula es importante, pues normalmente, solo una de éstas tiene efecto terapéutico. En algunos casos, la otra molécula, al margen de no tener efecto farmacéutico, puede presentar propiedades tóxicas. Con esta técnica se pueden separar y cuantificar ambos tipos de compuestos.

Tales ejemplos constituyen tan solo una muestra de las investigaciones llevadas a cabo en el conjunto de estructuras de hormigón situado en la avenida Linneu Prestes (nombre de un ex director de la institución), en la Ciudad Universitaria. Hay trabajos en muchas otras áreas, como en la de fármacos con actividad contra la enfermedad de Chagas, en el diagnóstico de cisticercosis, una parasitosis, o en marcadores genéticos de diagnóstico. “En los últimos 15 años, las inversiones en la renovación de los laboratorios, con desembolsos del Banco Interamericano de Desarrollo, la FAPESP y el CNPq, sirvieron de base para dar el salto cualitativo”, dice el profesor Jorge Mancini, ex director de la facultad.

La Facultad de Ciencias Farmacéuticas fue un ejemplo de integración a la Universidad de São Paulo. Al contrario de lo que ocurrió con otras unidades que ya existían antes de la creación de la USP, como en los casos de las facultades de Medicina y de Derecho, se mudó sin chistar de su dirección tradicional, en el barrio de Bom Retiro, a un predio de 80 mil metros cuadrados en la barrosa Ciudad Universitaria del año de 1966. “Pese a las dificultades, el campus aparecía como el lugar ideal para el desarrollo de las actividades: sin ruido, lo que contrastaba con las aulas de la calle Três Rios, constantemente perturbadas por el tránsito pesado de los camiones”, registró la catedrática Maria Aparecida Pourchet-Campos en su libro A vida da Faculdade de Ciências Farmacêuticas da Universidade de São Paulo (1984).

Esa época significó una divisoria de aguas en la trayectoria de la institución. La mudanza tuvo, es digno acotarlo, un impacto simbólico. Atrás quedó el edificio erigido en los descampados de Bom Retiro de comienzos del siglo XX. La construcción original continúa en pie y fue declarada patrimonio histórico. Es sede de los talleres culturales de la gobernación del estado de São Paulo. Los antiguos alumnos guardan memorias prosaicas de ese edificio de 136 ventanas. Como es el caso de la imagen solemne del profesor siciliano Quintino Mingoja.

“Él exigía que los alumnos permaneciesen de pie cuando entraba en el salón de clases”, afirma Paulo Minami, docente jubilado del Departamento de Análisis Clínicos y Toxicológicos, organizador del archivo histórico de la facultad. “Mingoja se jubiló y luego retornó a la facultad a dar clases. Se sintió ofendido el primer día de clases, cuando una curso desinformado permaneció sentado al momento en que él ingresó en el aula”.

En el edificio de la calle Três Rios los universitarios cortejaban a las muchachas del Colegio Santa Ignês, ubicado del otro lado de la calle. La antigua sede también fue palco de eventos históricos, como el del otorgamiento del título de doctor honoris causa a Alexander Fleming, el padre de la penicilina, durante una visita suya a Brasil, en el año de 1954. Los estudiantes fueron en comitiva a la estación de trenes del barrio de Brás para recibir a Fleming, y se sorprendieron con la muchedumbre ahí reunida. Pero el padre de la penicilina pasó desapercibido -la gente esperaba el arribo de la selección brasileña de fútbol, liderada por el crack Leônidas da Silva.

También en los años 1960 se jubilaron los docentes que habían forjado la facultad luego de su ingreso a la estructura de la USP. Son nombres como Carlos Alberto Liberalli, Henrique Tastaldi, Aristóteles Orsini y Walter Leser. La transformación de la institución sería coronada a comienzos de la década de 1970 con la reforma universitaria. La Facultad de Farmacia y Bioquímica pasó a denominarse Facultad de Ciencias Farmacéuticas, y así se inició una reestructuración que dio origen a los cuatro actuales departamentos: Farmacia, Alimentos y Nutrición Experimental, Análisis Clínicos y Toxicológicos y Tecnología Bioquímico-Farmacéutica. “La reforma permitió la necesaria reorganización del currículo”, dice Jorge Mancini. “Antes de la reforma, la investigación no era tan intensa como lo es hoy en día”, afirma el docente.

La imagen del farmacéutico como una especie de médico de los momentos de aflicción se convirtió definitivamente en algo del pasado. Si a comienzos del siglo XX la convocatoria de la profesión se sostenía en la profusión de anuncios de remedios en los tranvías -“Lo salvó el Rhum creosotado”-, en los años 1960 el mercado de trabajo se expandió geométricamente, con la instalación del parque industrial de medicamentos en Brasil. La mayoría de los farmacéuticos-bioquímicos sale de la facultad para trabajar en fábricas de remedios.

Las áreas de análisis clínicos y la industria de alimentos también atraen a los profesionales -en un mercado de trabajo que continua expandiéndose. En los últimos cuatro años, el currículo de la Facultad de Ciencias Farmacéuticas de la USP sumó 21 nuevas asignaturas -con nombres de temas del momento, tales como Alimentos Genéticamente Modificados, Medicamentos Genéricos y Bioequivalencia o Toxicología Forense. Como puede verse, la institución está siempre reinventándose.

Republish