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patrimonio

La sagrada alma brasileña

La arqueología de las iglesias del estado de São Paulo revelada en un libro

MANOEL NUNES DA SILVA/ IGREJAS PAULISTAS: BARROCO E ROCOCÓ Santa Magdalena (siglo XVIII), de Itú. Retablo Nossa Senhora das Dores, en la nave de la Catedral de CampinasMANOEL NUNES DA SILVA/ IGREJAS PAULISTAS: BARROCO E ROCOCÓ

Existen muchas maneras de contar una misma historia. Es posible, por ejemplo, aprender sobre el São Paulo del período colonial deteniéndose en las iglesias erigidas en aquella época. A decir verdad, ni siquiera es necesario hacer un análisis minucioso de esos templos. Alguno que otro detalle pinzado en cada uno de ellos puede revelar una serie de informaciones preciosas. En el libroIgrejas Paulistas: Barroco e Rococó [Iglesias Paulistas: Barroco y Rococó ] (Editora Unesp/ Prensa Oficial SP), su autor, Percival Tirapeli, profesor libre docente de Arte Brasileño y Pintura del campus de São Paulo del Instituto de Artes de la Universidad Estadual Paulista (Unesp), escogió iglesias, pinturas, esculturas y retablos, estos últimos popularmente conocidos como altares. La intención de Tirapeli era más explícita: este experto en arte sacro, que también es artista plástico, se planteó analizar la obra más importante de cada una de las iglesias que visitó en el estado – 69 en total, en 37 ciudades diferentes. Con ello trazaría un panorama de la morfología de las ornamentaciones, bajo la lente de la arqueología.

“Mi libro no es sobre la historia de las iglesias”, advierte el autor. El objetivo es retratar el lado arqueológico, la génesis del arte sacro preservado en São Paulo. Como si de por sí no bastase ya con el inédito estudio llevado a cabo, Tirapeli se deparó con un tesoro, cuando ya estaba en la recta final de su trabajo. Puede ser la más antigua obra de tallado del arte brasileño (que puede verse las fotos que ilustran estas páginas ). Un objeto de madera habría formado parte de la segunda iglesia matriz de São Vicente (la primera fue destruida por un terremoto), dedicada a Nuestra Señora de la Concepción, datada en 1559, en el litoral de São Paulo. Hasta ahora, esta atribución era dada a los altares de los Santos Mártires, preservados en la Catedral de Salvador.

El autor optó por transitar por dos caminos anteriormente trazados para elaborar su libro. El primero de ellos fue el de la investigación de su tesina, intitulada La Construcción Religiosa en el Contexto Urbano del Valle do Paraíba, Estado de São Paulo , defendida en la USP en 1984. La segunda inspiración surgió de Mário de Andrade, quien realizó el primer relevamiento fotográfico de las iglesias paulistas junto al fotógrafo Germano Graeser, en 1937, por ocasión de la creación del Servicio del Patrimonio Histórico y Artístico Nacional (Sphan).EnIgrejas Paulistas: Barroco e Rococó , Percival Tirapeli decidió organizar la investigación de la misma manera que Mário de Andrade. Así, las 69 iglesias están organizadas por caminos – camino del litoral, el camino hacia las minas de oro, los caminos jesuíticos, los alrededores de São Paulo, los caminos hacia el sur, hacia el Valle do Paraíba y hacia el Valle do Tietê – y en 474 fotos, la mayoría de éstas inéditas.

El libro comenzó a cobrar forma en diciembre de 2001. El autor peregrinó por todas las ciudades, tras la pre-producción de la máster en artes Maria José Spiteri Tavolaro Passos, quien abrió los caminos – y, principalmente, siguiendo sus indicaciones, las puertas de las iglesias – para que Trapeli se inmergiera en la historia de esos lugares. Como base el investigador utilizó obras consolidadas, como es el caso de As Igrejas de São Paulo [Las Iglesias de São Paulo] , de Leonardo Arroyo (1954). El Archivo de la Curia de São Paulo, que cuenta con uno de los más preciosos acervos del período colonial, también fue bastante visitado. Y, para conocer las particularidades de cada una de las iglesias, echaba manos de los libretos de cada localidad y de los textos básicos de las iglesias.

Una vez terminado el circuito, el profesor convocó al fotógrafo Manoel Nunes da Silva para registrar las imágenes. Entonces comenzó todo de nuevo. “Recorrí dos veces casi todas las 37 ciudades”, comenta Tirapeli. La intención era preservar la atmósfera original de los templos, una empresa muchas veces difícil, pues éstos se encontraban descaracterizados por la acción de los fieles, acostumbrados a darle un toque personal a los altares y a las imágenes. La primera medida al entrar en una iglesia era quitar los manteles y flores del altar. “En algunos lugares estaban absurdamente adornados”, comenta el autor. En algunas localidades, Tirapeli se atrevía a pedir algo más que la simple remoción de los jarrones de flores. En Embú, por ejemplo, le solicitó al sacristán que sacase los bancos, ya que los mismos no existían en el período colonial.

Obviamente, muchas veces no se hizo posible anular la acción del paso de los siglos. Algunos ornamentos ya se habían integrado a la decoración original, a punto tal de que era imposible retirarlos del local. Ése fue el caso de unos sencillos corazoncitos rojos, milimétricamente ordenados en la primera hilera de bancos de una iglesia, o de la flores de plástico graciosamente ajustadas para encuadrar una imagen del altar lateral.

La iluminación también fue otra gran preocupación. Manoel Nunes da Silva utilizó solamente el recurso del flash, sin otros artificios de iluminación. La intención era dejar que reinase la luz natural, que, en el caso de las iglesias, es más sinuosa. El problema es que la empresa de los autores del libro se realizó durante el período posterior al racionamiento de luz en Brasil, y muchos templos estaban a la época aún infestados de aquellas lámparas blancas de bajo consumo. La alternativa fue entonces fotografiar con las luces apagadas. “Bregamos para dejar de lado los modismos, y para mantener las obras tal cual como fueron planeadas y ejecutadas por sus artistas y arquitectos.”

Naturalmente, el calendario católico fue cumplido. En un año y medio de viajes, el dúo se deparó con la decoración del tiempo de la Cuaresma, de Corpus Christi y de Navidad. Y todas estas peculiaridades uferon muy bien aceptadas por la lente de Manoel Nunes da Silva. “Decidimos respetar la coloración litúrgica de cada período.”

Otra innovación del libro consiste en que las fotografías de los altares aparecen con sus bases, es decir, enteros. De acuerdo con el investigador, los libros de arte ignoran completamente estas bases de los altares, pues es muy difícil encuadrarlas. Para conseguir tal efecto es necesario retirar los bancos de la iglesia, y separar todo, pues tales obras de arte llegan a medir 8 metros de altura.

Algunas de las fotos de Germano Graeser también están estampadas en el libro, pues ayudan en el reconocimiento de las iglesias. Los cuadros de Benedito Calixto y Miguelzinho Dutra también. Siempre que se hizo posible, Tirapeli organizó la explicación de una iglesia con todas las miradas posibles. Y ahora, una vez concluido el trabajo, surgen las inevitables preguntas: ¿cuál el la iglesia más bella? ¿Y la más rica? Como un buen profesor de Historia del Arte y artista plástico, Tirapeli evita cualquier comentario de esa naturaleza. Pero no se exime de listar algunos rankings menos subjetivos. Por ejemplo: la ciudad que tiene más iglesias del período colonial es Itú (son cinco en el libro).

La más completa, o la más preservada, es la Iglesia da Ordem Terceira do Carmo, ubicada en la avenida Rangel Pestana, en el centro de São Paulo, seguida de cerca por la Iglesia da Ordem Terceira de São Francisco, situada en la plaza Largo São Francisco, también en el centro paulistano; la Capilla de São Miguel, de los jesuitas, en São Miguel Paulista, también en la capital; y por la capilla de Sítio Santo Antônio, en São Roque. La más portentosa es la Catedral de Campinas, toda tallada en cedro, y hecha por un escultor bahiano durante un período colonial más tardío.

Un lector más sagaz concluiría que elaborar un ranking de iglesias paulistas sería más difícil, porque son más modestas, frente a la majestuosidad de los tradicionales ejemplares de templos de Minas Gerais o de Bahía. Pero Tirapeli refuta vehementemente tales insinuaciones. En primer lugar, hace alusión al valor histórico del arte sacro de São Paulo, más antiguo que el de las otras regiones. Las iglesias paulistas empezaron a ser erigidas aproximadamente en el 1560, mientras que las de Minas Gerais, por ejemplo, lo fueron más o menos en 1700. Pero se inclina ante las evidencias en lo que se refiere a la estética. “Acá no hay templos fastuosos como los de Minas y Bahía; éste un barroco más espartano, pero la esencia del arte portugués está presente”, dice. Existe una ventaja en esa belleza más tímida: las iglesias paulistas están más conservadas que las de otros estados – precisamente, debido a que no ostentan tanta riqueza, tanto oro, fueron menos saqueadas.

Este trabajo del autor de libros tales como As Mais Belas Igrejas do Brasil [Las Más Hermosas Iglesias de Brasil ] (Metalivros, 1999) y Barroco Memória Viva (Editora Unesp/ Prensa Oficial, 2001) duró un año y ocho meses. Tirapeli, un ex alumno del Seminario Redentorista de Santo Afonso, acompañaba desde los 14 años a los sacerdotes en la veneración de la imagen de Nuestra Señora Aparecida, en la localidad paulista homónima. El profesor sabe que cada foto de su libro cuenta historias de objetos en las que están depositados lo sagrado, la cultura y la historia. Nada como una pieza sagrada para retratar el alma brasileña, de acuerdo con Tirapeli.

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