Léo Ramos Chaves / Revista Pesquisa FAPESPCon su infancia signada por las pérdidas y en compañía de mujeres que desafiaron el contexto social de su tiempo, la socióloga Nadya Araujo Guimarães se convirtió en referente en los estudios sobre los cuidados, y es una de las responsables de la consolidación de este campo de investigación en Brasil. Huérfana de su madre desde los cinco años, fue criada por su abuela materna y por su tía materna.
Araujo Guimarães tiene 75 años. En el año 1968 empezó sus estudios universitarios en historia en la Universidad de Brasilia (UnB). Atraída por la disciplina de las ciencias sociales, siguió esa carrera simultáneamente, en la cual terminó por recibirse cuando estaba a punto de graduarse en historia. En 1976 se fue a México con sus dos hijos entonces pequeños para hacer su doctorado. En aquella época, ese país recibía a intelectuales de toda Latinoamérica que huían de los regímenes autoritarios que asolaban la región.
Especialista en el área de la sociología del trabajo, se adentró en este campo de estudios al interesarse en entender las formas de expresión política de los trabajadores informales y sus estrategias de organización, que se desarrollaban sin el apoyo de los sindicatos.
En la actualidad, junto a otras sociólogas, viene trabajando en la primera línea de la investigación sobre el tema de los cuidados, para expandir la mirada académica sobre un objeto de análisis que hasta ahora atraía la atención fundamentalmente de los profesionales del campo de la salud.
Araujo Guimarães integra la Academia Brasileña de Ciencias (ABC), y se jubiló de la Universidad Federal de Bahía (UFBA) en 1996, a los 47 años. Posteriormente, en el año 2002, empezó a dar clases en el Departamento de Sociología de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias Humanas de la Universidad de São Paulo (FFLCH-USP), donde sigue trabajando actualmente como profesora titular. Desde 1993, es investigadora del Centro Brasileiro de Análise e Planejamento (Cebrap).
Sociología del trabajo
Institución
Centro Brasileiro de Análise e Planejamento (Cebrap) y Universidad de São Paulo (USP)
Formación
Carrera de grado (1971) y maestría (1974) en sociología por la Universidad de Brasilia (UnB) y doctorado en sociología por la Universidad Autónoma de México (1983)
Casada con Antonio Sergio Alfredo Guimarães, también sociólogo de la USP, Araujo Guimarães tiene un hijo y una hija de su primer matrimonio, aparte de ocho nietos. A finales de 2024, le concedió esta entrevista a Pesquisa FAPESP durante dos largas charlas realizadas en Cebrap y en la USP, teniendo como marco la aprobación de la Política Nacional de Cuidados. En diciembre, dicha legislación, que garantiza derechos y promueve mejoras en las relaciones profesionales o voluntarias de cuidado, fue aprobada en el Senado y remitida para la promulgación presidencial
La familia de su padre es del estado de Alagoas. ¿Por qué se fueron a vivir a Bahía?
Mi abuelo paterno formaba parte de una familia rica de Alagoas. Ya se había casado con mi abuela cuando lo perdieron todo después de una creciente del río São Francisco que destruyó las salinas de las que era propietario. Las pérdidas económicas y de su posición social lo desequilibraron emocionalmente a mi abuelo. En un período de altísima mortalidad infantil en Brasil, ellos habían tenido 16 hijos, de los cuales solamente ocho sobrevivieron. Mi abuela tomó entonces las riendas de la situación y decidió migrar. Hizo las maletas y, con su marido y sus ocho hijos, partió rumbo a Salvador, en donde reinició su vida a partir de cero. Fue una decisión valiente. Con su marido incapacitado, crio a sus hijos sola. Todos tuvieron que empezar a trabajar tempranamente, mi padre inclusive, João Araujo dos Santos, que era el más grande.
¿Sus padres se conocieron en Salvador?
Así es, pero perdí a mi madre, Orlanda Neves Araujo, prematuramente. Ella se murió cuando yo tenía cinco años, a causa de un error médico durante el parto de mi hermano. Me criaron mi abuela materna, Isabel Neves Ferraz, una ama de casa, y mi tía, Edith Neves Ferraz de Carvalho, médica. A finales de la década de 1940, cuando nací, los patrones que regulaban qué se le permitía a una mujer eran rígidos. Mi madre se recibió de maestra del normal y enseguida después se casó sin haber ejercido el magisterio. En tanto, mi tía quería ser médica contrariando el deseo de su padre, para quien debería convertirse en maestra de primaria. Entonces ella le propuso un acuerdo: durante el día estudiaría en el normal para ser maestra, y por las noches noche cursaría en el llamado científico, que era la puerta de entrada a las carreras en las áreas de ciencias exactas y biológicas. Ella fue un ejemplo para mí.
¿Por qué?
Aprendí con ella a apreciar la autodeterminación y a no ceder en mis objetivos. Ella ingresó a la facultad de Medicina de la UFBA y se graduó en una promoción que contaba solamente con dos mujeres que se recibieron. Cuando estaba por terminar, fue testigo del error médico que le hizo perder a su única hermana, mi mamá. Esa tragedia seguramente tuvo influjo en sus decisiones. Optó por ser obstetra y ginecóloga. Era como asumir de allí en adelante la misión de reparar el sufrimiento que enfrentó su hermana durante aquel parto fracasado. Desde los ocho años yo solía acompañarla los domingos en sus idas a los hospitales. Visitábamos pacientes y les dábamos el alta a las madres, siempre contentas con sus bebés.
¿Cuáles fueron los impactos de la pérdida de su madre en su familia?
Nuestro núcleo familiar terminó fragmentándose. Mi hermano se fue a vivir con nuestra abuela paterna y yo con la abuela materna. Eso nos privó de la convivencia entre hermanos, de las peleas, pero también de la complicidad que se va tejiendo en el transcurso de la relación cotidiana. Esa experiencia explica por qué valoro tanto hoy en día la relación entre hermanos. Confieso que durante mucho tiempo me pregunté por qué mi papá no logró mantener nuestra familia unida después de la pérdida de mi mamá. Ahora, ya más madura, veo el pasado con otros ojos y lo entiendo. A los varones no se los preparaba para cuidar. Su rol consistía en ser proveedores de la familia a través del trabajo. Frente a la pérdida de su esposa y ante el reto de vérselas solo con dos niños pequeños, uno recién nacido y una nena de cinco años, se fue a vivir con su propia madre y le encomendó que le criase al hijo que le parecía que era más vulnerable.
¿Usted llegó a pensar que quería ser médica?
Crecí con ese objetivo. Quería ser cirujana pediátrica. Estudié en el Colegio de Aplicación dependiente de la UFBA y me preparaba para el examen de ingreso a la carrera de Medicina. Sin embargo, durante el primer año del trayecto científico de la antigua enseñanza media, un test vocacional me cayó como un rayo: su resultado indicaba que mi vocación se inclinaba hacia las humanidades. Lo recibí con indignación y me resistí a cambiar de trayecto, a cambiarme al trayecto clásico, dirigido hacia las carreras de las ciencias humanas y sociales. La dirección pedagógica de la escuela me hizo la siguiente propuesta: que probara cursar las asignaturas del clásico durante tres meses. De no adaptarme, regresaría al científico. Asentí y, para mi sorpresa, me encantó cursar el clásico.
¿Por qué se fue a Brasilia?
Cuando terminé de cursar en el Colegio de Aplicación, rendí el examen de ingreso y entré a la Universidad de Brasilia [UnB], en 1968. Tenía 17 años y me fui a vivir sola a la ciudad. En aquel momento, la UnB trabajaba con un proyecto innovador de enseñanza. Los estudiantes hacían un ciclo básico de materias y solamente definían su carrera al culminarlo. Entré en el ciclo básico de humanidades, decidida a cursar historia. Hasta que conocí la antropología y me encantó. La UnB permitía que el alumno gozase de flexibilidad en la composición del currículo, de manera tal que era posible congregar materias de distintas áreas en el proceso formativo. Y así fue como opté por la carrera de historia, pero empecé a cursar materias de la carrera de ciencias sociales.
Aprendí con mi tía materna, que me crio junto a mi abuela, a valorar la autodeterminación
¿Cómo transcurrió la transición hacia la sociología?
Uno de los eventos decisivos fueron las clases de sociología latinoamericana, una materia que dictaba Gláucio Ary Dillon Soares [1934-2021], un brillante y carismático profesor que había regresado a Brasil por entonces, tras realizar su doctorado en Estados Unidos. También fue director de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales [Flacso] en Chile. Gláucio me ofreció una beca de iniciación a la investigación científica para trabajar como asistente en la preparación de su primer libro editado en Brasil. Además, la UnB estaba poniendo en marcha su programa de maestría en sociología. Entonces decidí cambiar de rumbo. No me inscribí más en materias de la carrera de historia y aceleré en la carrera de ciencias sociales. Quería graduarme a tiempo como para ingresar a la segunda cohorte de la maestría en carácter profesora auxiliar de enseñanza, cosa que concretó en julio de 1971.
¿Cuáles fueron los impactos del golpe militar en la UnB?
La institución se vio profundamente afectada. Ya en 1964, hubo docentes cesanteados y detenidos, entre ellos los sociólogos Perseu Abramo [1929-1996] y Rui Mauro Marini [1932-1997], quien años más tarde sería mi director de tesis doctoral. Los alumnos también sufrían persecuciones. Fue un tiempo difícil. El ambiente académico era estimulante y había libertad de pensamiento en las aulas, pero no se permitía ningún tipo de política o militancia estudiantil y convivíamos con allanamientos frecuentes en el campus.
¿Qué investigó durante su maestría?
Después de estudiar los determinantes del sorprendente peso del voto de izquierda en las elecciones del estado de Goiás en 1960, quise entender la construcción del poder local observando el rol de los grupos oligárquicos.
¿Por qué motivo regresó a Bahía?
Al acercarse la conclusión de la maestría, y con ello la de mi vínculo con la UnB como auxiliar de enseñanza, en 1973 recibí una propuesta de trabajo para integrar en la UFBA el equipo de coordinación de un estudio con miras a evaluar la implementación de la reforma universitaria en las instituciones de educación superior del país. Ese mismo año nació mi primera hija. En 1974, decidí presentarme a un concurso docente en el Departamento de Sociología de la UFBA y fui aprobada en primer lugar.
¿Cómo fue que se acercó a las investigaciones de la sociología del trabajo?
En la UFBA, me vinculé con el grupo del Centro de Recursos Humanos, en donde la socióloga Inaiá Maria Moreira de Carvalho desarrollaba estudios sobre las actitudes políticas de los obreros de Bahía. En aquel entonces estaban en boga los análisis sobre el subempleo y la marginalidad urbana, e investigadores de la Fundación Joaquim Nabuco, de Pernambuco, y de la UFBA habían culminado dos estudios en las ciudades de Salvador y Recife sobre los trabajadores en que de desempeñaban en ocupaciones informales. El equipo necesitaba a alguien para analizar los datos referentes a las preguntas sobre las actitudes políticas de esos trabajadores. Ese trabajo constituyó el primer paso hacia lo que se convertiría en el foco de mi investigación doctoral.
En la década de 1970, México fue un refugio para los intelectuales de América Latina que huían de las dictaduras
¿Por qué decidió hacer el doctorado en México?
Desde que terminé la maestría y a medida que a mi hija crecía, empecé a hacer contactos para realizar el doctorado en el exterior. El antropólogo Roberto Cardoso de Oliveira [1928-2006], en ese entonces jefe del Departamento de Ciencias Sociales de la UnB, sugirió que yo buscase una plaza en el Colegio de México, que había inaugurado un programa de doctorado dirigido por el sociólogo y antropólogo Rodolfo Stavenhagen [1932-2016]. Y entonces me postulé a esa plaza, en 1976. Había tenido a mi segundo hijo y llegué a México en agosto, cuando él tenía solamente un mes y medio y mi hija tenía dos años y medio.
¿Cómo fue esa experiencia?
Mi agenda de investigación en México seguía enfocándose en la conexión entre el trabajo y la política. Yo había redefinido mis intereses temáticos, dejando la sociología electoral para explorar de qué manera la inserción en el mercado de trabajo moldaba formas de acción colectiva. En aquella época, varios países de América Latina, tal como Brasil, Argentina, Uruguay y Chile, vivían bajo regímenes dictatoriales. De ese modo, México se convirtió en un refugio para intelectuales de la región, incluso exiliados por problemas políticos, como era o caso de mi director de tesis doctoral, Rui Mauro Marini. Esto hacía de la ciudad del México un vibrante granero del pensamiento crítico latinoamericano. El Colegio de México era una institución maravillosa. Sin embargo, su programa de doctorado era a decir verdad un gran ciclo de formación que abarcaba la maestría y el doctorado. Yo ya había terminado la maestría en Brasil y me di cuenta de que emplearía mis tres años de apartamiento de las actividades docentes solamente para cursar materia. Corría así el riesgo de regresar a Brasil sin haber avanzado en mi proyecto de tesis. Con el asentimiento del Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico [CNPq], me presente a la selección para el programa de doctorado en sociología de la facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México [Unam].
¿Cuánto tiempo vivió en México?
Residí continuamente entre 1976 y 1978, un tiempo en el que terminé las materias obligatorias del doctorado. Eso me permitió regresar a Brasil y emplear el último año de mi licencia de la docencia para hacer la investigación de campo. Entre 1982 y 1983, volví a México algunas veces, en estancias de algunos meses, para terminar de escribirla y defender la tesis.
¿Qué investigó en el doctorado?
En Brasil, los estudios sobre las actitudes y el comportamiento político de los trabajadores centraban su atención en el proletariado industrial. Los análisis se dirigían hacia los trabajadores urbanos ocupados en el mercado formal, en actividades asociadas al crecimiento económico del sudeste del país, a la zona conurbana conocida como ABC paulista, a los sindicatos y a la organización obrera. Ése era el mundo acerca del cual reflexionaban investigadores como Fernando Henrique Cardoso, Leôncio Martins Rodrigues [1934-2021], Juarez Brandão Lopes [1925-2011] y Maria Hermínia Tavares de Almeida. Sin embargo, había otro universo de trabajadores urbanos que crecía vertiginosamente. Estos estaban fuera del circuito laboral industrial y regular. Eran los trabajadores informales, que sobrevivían con changas, trabajos temporales sin patrones fijos ni sindicatos. Se trataba de un grupo poco visible para la sociología del trabajo brasileña, que era más analizado por estudiosos del contexto urbano como Luiz Antonio Machado da Silva [1941-2020] y Lucio Kowarick [1938-2020]. ¿De qué manera actuaban políticamente esos trabajadores informales sin sindicatos y por fuera de las fábricas? ¿Cómo se organizaban en medio de coyunturas políticas de intensa movilización en la sociedad brasileña? En la tesis intenté darles respuestas a estas preguntas.
¿Y cuáles fueron sus conclusiones?
Para buscar esas respuestas, realicé un estudio de caso sobre las formas de manifestación política de los trabajadores informales mediante la observación de lo que pasaba en el estado de Pernambuco, fundamentalmente en su capital, Recife, entre 1955 y 1964, un momento de notable acción colectiva en el campo y en la ciudad. Ese período que precedió al golpe militar estuvo signado por la gestión progresista de Miguel Arraes [1916-2005], quien fue alcalde de esa ciudad entre 1960 y 1962 y posteriormente gobernador del estado entre 1962 y 1964, cuando fue detenido y cesanteado. Era un momento en el que se daban las condiciones ideales para la politización y la organización colectiva. Pasé meses investigando en el Archivo Público de Recife, hurgando en los periódicos locales en busca de marcas de las formas de expresión de esos trabajadores, de los cuales se esperaba tan solo la inacción. Asimismo, entrevisté a dirigentes comunistas, militantes y políticos para reconstituir la memoria de aquel período. Descubrí que los trabajadores los informales tales como los vendedores ambulantes y las empleadas domésticas llevaban adelante estrategias de organización solidaria y de acción colectiva aun sin contar con la infraestructura de los sindicatos y sin tener vínculos sólidos con empresas. Encontré registros de movimientos, como la Campaña del Plato Vacío, y registré la organización de los vendedores ambulantes que ponía en evidencia la acción colectiva que se plasmaba fuera de los moldes tradicionales.
Los trabajadores informales se organizaban en acciones colectivas que ocurrían por fuera de los moldes tradicionales
¿Esas formas de expresión de los trabajadores informales también se registraron en otros lugares del país?
Así es. Al investigar en el Archivo Público de Recife descubrí una historia insólita que sucedió en Brasilia. A comienzos de la década de 1960, la construcción civil en la capital federal estaba en crisis a causa de la recesión económica. Muchos trabajadores migrantes, que habían llegado para construir la ciudad, se quedaron sin trabajo. Debido a la desocupación, se organizaron en grupos voluntarios para barrer las calles. Dividieran la ciudad en áreas y nombraron a distintos líderes de esos espacios. Al cabo de un tiempo, lograron convencer a la alcaldía de que los remunerara por ese trabajo. Pocos meses después, los trabajadores de la construcción civil empezaron una huelga. Ante ese movimiento, aquellos que también habían sido trabajadores de la construcción y en ese momento eran barrenderos de las calles decidieron también entrar en huelga y exigirle a la alcaldía los mismos aumentos salariales que los trabajadores de la construcción civil. La experiencia previa como obreros seguía moldeando su acción colectiva, que se politizó. Llegaron a los noticieros nacionales debido a su infructuoso intento de resistirse al golpe militar.
¿Cuándo entró la temática de género en su agenda de investigación?
Si bien las mujeres trabajaban, habían estado poco presentes en los análisis fundacionales de la sociología del trabajo en Brasil. En la actualidad, sabemos que, en la historia de la industria brasileña, importantes sectores económicos estuvieron signados por la presencia femenina, tales como el textil y el de confecciones. Asimismo, el trabajo doméstico remunerado siempre constituyó un dominio femenino: aún hoy en día, alrededor del 90 % de esa fuerza de trabajo está compuesto por mujeres. A su vez, el mundo de la informalidad siempre le dio espacio a la mano de obra femenina. De todos modos, en el Brasil de la década de 1960, fueron raras las investigaciones sobre el mercado laboral que le prestaron atención a la dimensión de género. Sociólogas tales como Heleieth Saffioti [1934-2010] y Eva Blay fueron precursoras en esos estudios. En 1983, ya integrada al Centro de Recursos Humanos de la UFBA, empecé a investigar la dinámica de las transformaciones en la estructura ocupacional en Bahía, en el marco un movimiento de desconcentración de la actividad industrial en Brasil. En ese contexto, la cuestión de género se volvió para mí imperiosa.
¿Qué fue lo que impulsó esas transformaciones?
El Segundo Plan Nacional de Desarrollo que puso en marcha en 1974 el presidente Ernesto Geisel [1907-1996] incentivó la descentralización industrial del país, lo que incluyó la apertura de polos petroquímicos en Bahía y en Rio Grande do Sul. Esto propició el surgimiento de una clase obrera moderna en lugares que habían visto cómo la industria perdía centralidad. Muchos de esos nuevos obreros eran jóvenes egresados de las escuelas técnicas que aspiraban a seguir otras carreras, pero terminaban convirtiéndose en trabajadores subalternos. Al mismo tiempo, ingenieros y otros profesionales de alto escalón llegaban provenientes del sudeste del país para trabajar en esas industrias, lo que generaba un caldo de tensión que se intensificó en el transcurso de los años. Por otra parte, el trabajo femenino formal empezó a cobrar visibilidad en el Brasil urbano. Sectores tales como los de la salud, la educación y otros servicios urbanos, que eran permeables a la presencia de las mujeres, crecieron en ciudades como Salvador. Era imposible no ver esa realidad. En 1987, publiqué O que é que a baiana faz? Novos padrões de divisão sexual do trabalho no estado da Bahia [¿Qué hacen las bahianas? Nuevos patrones de la división sexual del trabajo en el estado de Bahía], en el cual analicé esos cambios. Fue mi primer texto dedicado exclusivamente al tema del trabajo femenino.
¿Cómo se conecta la cuestión racial con ese viraje?
En Bahía es imposible entender la desocupación y la informalidad sin considerar que esos fenómenos forman parte del cotidiano de las personas negras. En la ciudad de Salvador, por ejemplo, el 80 % de la población es negra. Las fiestas populares, como el Carnaval, creaban puestos de trabajo temporales para individuos negros que, fuera de ese período, se veían en dificultades para conseguir trabajo y obtener ingresos. A comienzos de la década 1990, con el apoyo de la Fundación Ford, desarrollamos un programa interdisciplinario de investigaciones en la UFBA para analizar, entre otros temas, las dinámicas del mercado de trabajo enfocándonos en las temáticas de raza y género. Los resultados salieron en libros en los cuales participé, entre ellos Trabalho e desigualdades raciais. Negros e brancos no mercado de trabalho de Salvador [editorial Annablume, 1998], compilado junto con la socióloga Vanda Sá-Barreto, e Imagens e identidades do trabalho [editorial Hucitec, 1995], elaborado en coautoría con el sociólogo Antonio Sergio Alfredo Guimarães y el antropólogo francés Michel Agier.
En el Brasil de la década de 1960, fueron raros los estudios sobre el mercado de trabajo que le prestaron atención a la cuestión de género
¿Qué la llevó a radicarse en São Paulo?
En 1993, con mis hijos ya crecidos y estudiando en la universidad, resolví hacer una pasantía posdoctoral en el Instituto de Tecnología de Massachusetts, el MIT. Con una licencia de la UFBA, antes de ir a Estados Unidos pasé un semestre en Cebrap planificando la estructuración de un área de investigación enfocada en los estudios del trabajo. Permanecí en el Departamento de Estudios Urbanos del MIT durante un año. Cuando regresé a Brasil, en 1996, me jubilé en la UFBA. En ese momento, el filósofo José Arthur Giannotti [1930- 2021], presidente de Cebrap por entonces, me invitó a volver a la institución, inicialmente con una beca de la FAPESP. Me integré a la misma desde entonces como investigadora asociada, e implanté y dirigí durante varios años el área de estudios del trabajo. En ese período, mi agenda de investigaciones se expandió. Pasé de temas tales como la reestructuración productiva, la innovación tecnológica y sus impactos sobre el trabajo a estudios sobre las trayectorias ocupacionales de los trabajadores en contextos de expansión del desempleo. Empecé a sentir un especial interés al respecto del impacto de esos cambios en distintos grupos raciales, etarios y de género. Luego ahondé en el análisis de la experiencia subjetiva del desempleo estableciendo una comparación entre países con distintas estructuras de mercado laboral y diverso regímenes de protección social como Brasil, Francia y Japón. De ese frente de investigación salieron varios libros, entre ellos Trabalho flexível, empregos precários [Edusp, 2009], ganador del Premio Jabuti.
¿Cómo fue que los cuidados se convirtieron en objeto de estudio en la sociología?
La temática de los cuidados era prácticamente inexistente en la sociología brasileña en la década de 1990. Es cierto que desde la década de 1960 las teóricas feministas ya venían abocándose al estudio del trabajo no pagado que realizaban las mujeres en el ámbito hogareño o incluso al empleo doméstico, pero no se hablaba explícitamente de los cuidados. Cuando esta noción aparecía, se la analizaba desde el sesgo de la salud y relacionándola con el envejecimiento. Las líneas de estudios en la sociología y en la antropología del cuidado se desarrollaron en Brasil en el transcurso de la década de 2000, en sintonía con el avance de los debates internacionales. La socióloga brasileña Helena Hirata, del Centro de Investigaciones Sociológicas y Políticas de París, en Francia, intentó junto conmigo documentar ese momento mediante la organización de un gran seminario internacional en São Paulo, del cual resultó el libro Cuidado e cuidadoras. As várias faces do trabalho do care [editorial Atlas, 2012].
¿En qué está trabajando actualmente?
Coordino el estudio comparativo internacional intitulado Who cares? Rebuilding care in a post-pandemic world, apoyado por la FAPESP y por la red de colaboración internacional Trans-Atlantic Platform for the Social Sciences and Humanities. El mismo apunta a pensar los cuidados en el marco de la pandemia y durante el período posterior. Además de Brasil, Estados Unidos, Canadá, Francia, Colombia y el Reino Unido toman parte en el proyecto. Analizamos temas tales como las necesidades familiares de cuidados, el mercado de trabajo, las políticas públicas y las formas de regulación del derecho a los cuidados. Este proyecto terminará en 2025. Se han concretado diversas publicaciones como resultado de los coloquios internacionales, y el último se realizará en São Paulo, en abril.
Este artículo salió publicado con el título “Nadya Guimarães: Cuidados revelados” en la edición impresa n° 347 de enero de 2025.
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