Nací en Pohang, una ciudad portuaria situada en la costa sudeste de Corea, en la década de 1960. Cuando tenía 7 años, con mi familia nos mudamos a Seúl para que yo pudiese estudiar. Apenas si había empezado el cuarto grado cuando mis padres resolvieron emigrar y venirse a Brasil.
Durante la Guerra de Corea, entre 1950 y 1953, una parte de la población norcoreana migró hacia la parte sur, que entonces se infló. Eso hizo que a comienzos de la década de 1960 el gobierno coreano pusiese en práctica una ostensible política de emigración, a los efectos de aliviar la presión interna. Brasil fue el primer país en recibir oficialmente a los coreanos en 1963, en el marco de ese programa.
Mi familia arribó posteriormente, en 1973, cuando el gobierno brasileño ya no tomaba parte en esa iniciativa. Era difícil entrar al país, incluso para quienes tenías visas, tal como era nuestro caso. Fue una época de muchas dificultades e inseguridad, pues mis padres llegaron a ser deportados a Paraguay; mientras tanto, mi hermano menor y yo nos quedamos con una tía que vivía en São Paulo. El tema de nuestra visa recién se resolvería efectivamente meses después, con la ayuda de un conocido que fue a la embajada a destrabar el caso.
Yo quería seguir letras, pues siempre he leído mucho, pero tenía miedo de tomar esa decisión porque creía que nunca dominaría perfectamente el portugués. Aparte, no lograba sacarme de la cabeza la frase de mi papá cuando le insinué a los 10 años que quería ser escritora: “Hija mía, ser escritor equivale a pasar hambre y frío”. Por eso decidí seguir química en la Universidad de São Paulo [USP], quizá la menos exacta de las ciencias exactas. Terminé la carrera en 1985. No me animé a dejarla.
Mientras cursaba en la facultad, durante un tiempo me llevaba en el coche un compañero, Ivan Pérsio de Arruda Campos [1962-2022], con quien compartía el costo de la gasolina y las “conversas inteligentes” sobre libros y músicas. Ivan era el hijo único del poeta Haroldo de Campos [1929-2003], y la edición en coreano de la novela Ulises, de James Joyce [1882-1941], fue el pie para que me presentase a su papá. Haroldo me pidió que leyese el monólogo de Molly Bloom, personaje del libro. A partir de entonces empecé a traducirle poesía coreana a Haroldo.
Con su incentivo, durante el último año de química rendí el examen de ingreso a la carrera de letras, también en la USP. Estuve un año cursando en las dos facultades. Durante el segundo año de letras, el gobierno coreano abrió vacantes para ingresar a un programa de becas destinadas a hijos de coreanos en el exterior. Suspendí mi inscripción en la facultad y en 1987 me fui a Seúl, en donde cursé una maestría en literatura moderna en la Universidad Yonsei. Eso fue posible porque me había graduado en química.
La literatura coreana moderna comenzó en el siglo XX y ya se la estudiaba bastante. Decidí investigar la obra de un autor menos conocido: el cuentista Joo Yo-seop [1902-1972]. Mientras cursaba la maestría, traducía noticias en la radio KBS, que transmitía contenidos en distintos idiomas.
Culminé la maestría en 1990 y regresé a Brasil decidida a reanudar la licenciatura en letras. Dos meses después de mi vuelta, en la fiesta de jubilación de Haroldo de Campos como docente de la Pontificia Universidad Católica de São Paulo [PUC-SP], él me disuadió de esa idea: “Yo soy abogado y Boris Schnaiderman [el traductor que ayudó a implementar la carrera de lengua y literatura rusa en la USP] es ingeniero. No tiene sentido que vuelvas a la carrera de grado”.
Durante el doctorado en literatura en la PUC-SP, entre 1991 y 1995, elaboré la tesis intitulada “La traducción cultural de la poesía. Una mirada sobre el extremo oriente”. La traducción cultural de poesía apunta a poner de relieve los aspectos culturales de la lengua que está traduciéndose, mientras que el estructuralismo y la semiótica, muy en boga en aquel entonces, encaran más por el lado de la forma.

Archivo pessoalYun Jung Im con el poeta Haroldo de Campos en el año 1999, en el espacio Casa das Rosas –en la capital paulista–Archivo pessoal
Fue una lucha cursar el doctorado, pues trabajaba mucho. Entre 1991 y 1994, fui docente de un curso extracurricular de coreano en la USP financiado por la Korean Culture and Arts Foundation [Fundación de Cultura y Arte Coreano], vinculada al gobierno. Era abierto al público en general, pero atraía a los hijos de coreanos o a los brasileños que mantenían relaciones amorosas con coreanos.
A finales de 2004, el presidente de la Korean Foundation visitó la USP y le sugirió al entonces rector, Adolpho José Melfi, que abriese una carrera de coreano en la universidad. Como ya había visitado Corea, al rector le interesó esa idea.
En una primera etapa, el curso extracurricular se transformó en una materia optativa acreditable que se impartía en la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias Humanas [FFLCH]. Antonio Menezes, profesor de chino en la FFLCH, terminó por hacer suya la idea de una carrera regular de coreano en la USP. Hacía 40 años que en la facultad no se abría una nueva carrera.
La misma se aprobó a mediados de 2012 y las clases empezaron al año siguiente. Nació con 15 vacantes de las cuales cubrimos 13. Los alumnos, en su mayoría, eran fanes de la cultura pop surcoreana, fundamentalmente del K-pop, un género musical que se convirtió en un éxito mundial. La hallyu [ola coreana] comenzó en Brasil alrededor del año 2012, por eso dimos en la tecla con el timing. Posteriormente, en 2018, me contrataron en régimen de dedicación exclusiva. En la actualidad, la carrera, que se cursa en cuatro años, ofrece 25 vacantes.
Aparte del K-pop, la hallyu comprende también el K-drama, series de televisión producidas en Corea del Sur destinadas a una teleaudiencia más amplia. Para hacerse una idea, en la actualidad no hay ningún alumno coreano inscrito en la carrera. En 2023, la de coreano fue la habilitación con más alta demanda entre las carreras del Departamento de Letras, con una nota de corte de 9,2, superando así al inglés. Es la única carrera de licenciatura en lengua coreana de América del Sur.
La inteligencia artificial [IA] se encuentra cada vez más presente en nuestro campo de actuación. Quienes trabajan con la dupla coreano-inglés ya deben estar sintiendo algún impacto de esto, incluso en términos económicos. Mi suerte es que el par portugués-coreano es más complicado. El portugués es un idioma dificilísimo, incluso para los nativos de la lengua. La máquina me ayuda en ciertas traducciones, cuando no recuerdo la palabra exacta en portugués. En esos casos, veo si la aprovecho o no. Pero hay tantos absurdos provenientes de la IA que a los buenos traductores quizá se los valore más a partir de ahora. En Brasil, el trabajo del traductor literario no es valorado. En general, las editoriales pagan un valor fijo por cuartilla, independientemente de que el libro venda 10 o 100.000 ejemplares.
Siento un gran cariño por la traducción que hice del libro A vegetariana [La vegetariana], de Han Kang [ganadora del premio Nobel de Literatura el año pasado]. Soy la responsable de la primera versión, que salió publicada en 2013 por editorial Devir, antes del hype alrededor de la obra y de la autora. En aquel momento, firmé un contrato de traducción con pago de derechos autorales. Recibí el Premio de Traducción Literaria del Literature Translation Institute of Korea [Instituto Coreano de Traducción Literaria] por ese trabajo al año siguiente. Cuando el libro ganó el Man Booker International Prize en 2016 en el Reino Unido, la agente literaria de Han le pasó la obra en Brasil a la editorial Todavia, que no estuvo de acuerdo en pagarme los derechos y arregló con otro traductor.
Ahora estoy empezando a preparar mi tesis de libre docencia. En los últimos años he venido investigando temas como la hallyu y la concentración de inmigrantes en el barrio paulistano de Bom Retiro. Y pretendo volver a la traducción cultural de la poesía, tema que estudié en mi doctorado. Auguro que será una buena inmersión.
Este artículo salió publicado con el título “En la onda del K-pop” en la edición impresa n° 356 de Octubre de 2025.
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