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Genética

Los amerindios eran siberianos

Un estudio de la UFMG revela genéticamente una cierta historia no escrita de los pueblos precolombinos

La evolución genética de los indígenas sudamericanos en el transcurso de los milenios se revela en el modelo que los geneticistas Eduardo Tarazona, Sérgio Pena y Fabrício Santos, de la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG), empezaron a elaborar en 1999. De acuerdo con dicho modelo, las poblaciones indígenas del oeste y del este de América del Sur se distinguen por haber seguido patrones opuestos en su historia genética. Los investigadores también concluyeron que los indígenas de las tres Américas tienen el mismo y muy bien demarcado origen: dos pueblos siberianos cuyo linaje aún sobrevive.

Confirmaron también la teoría usual, que indica que los antepasados de los amerindios llegaron oriundos de Asia por el estrecho de Bering, cuando existía en su lugar una franja de tierra firme. Y demostraron que todos los amerindios tienen una gran similaridad genética: por eso creen que llegaron juntos, en una gran corriente migratoria.

Una constatación básica inspiró dicho estudio: poblaciones genéticamente aisladas preservan las identidades genéticas que tenían antes de los grandes movimientos migratorios sucedidos en el mundo después de las grandes navegaciones del siglo XVI. Por eso los geneticistas se interesan por estas poblaciones aisladas – como los esquimales, los Yanomami de Brasil y Venezuela e incluso los berberes del Sahara y los finlandeses – e intentan delinear sus orígenes y rutas de migración, cosas que en general la historia no puede registrar.

El estudio muestra que las contribuciones del Proyecto Genoma Humano pueden servir no solamente para el área médica, sino también para descubrir los aspectos de nuestro pasado: “Éste es el primer estudio más detallado, desde el punto de vista genómico de poblaciones autóctonas de América del Sur, que sugiere un modelo coherente con cuestiones históricas, arqueológicas, lingüísticas y climatológicas”, afirma Fabrício Santos, del Instituto de Ciencias Biológicas de la UFMG, que dirige el doctorado de Tarazona.

Para llegar al modelo evolutivo propuesto, los investigadores optaron por estudiar la variabilidad molecular del cromosoma Y en sudamerindios. Este cromosoma es de linaje paterno, es decir, es transmitido solamente por el padre a los hijos de sexo masculino, y pasa inalterado a lo largo de las generaciones, hasta que se produzca una mutación (variación en el ADN, el ácido desoxirribonucleico, portador del código genético). De esta manera intentaron descubrir qué sucedió desde el inicio del poblamiento.

“Hacemos una especie de arqueología molecular”, dice Tarazona, “y esto es posible porque las vicisitudes demográficas que una población atraviesa dejan una marca en la distribución de sus genes. A través del análisis del ADN, logramos identificar esas marcas, que nos dicen qué es lo que sucedió”. Fabrício Santos explica que, inicialmente, buscaban una respuesta genética para la relación entre los pueblos de los Andes y los de otras regiones sudamericanas.

Hasta entonces, la mayor parte de los estudios sobre variabilidad molecular en poblaciones nativas era orientada de manera tal de responder apenas cuándo y cómo los primeros pueblos llegaron al continente americano. Esta vez, los investigadores buscaron una mayor profundidad.

Realidades opuestas
Para tal fin estudiaron grupos andinos de Perú y Ecuador. Y a los datos de esos grupos les sumaron los de los indígenas brasileños – de los grupos Xavante, Wai-Wai, Karitiana, Ticuna, Gavião, Zoró y Suruí – anteriormente estudiados por Denise Carvalho Silva (del mismo grupo de la UFMG), así como también de tribus argentinas y paraguayas ya estudiadas por el grupo de Néstor Bianchi, de Buenos Aires.

Mediante el análisis de las muestras del ADN de 192 individuos, en 18 grupos indígenas de siete países, arribaron a la conclusión de que las poblaciones del este y del oeste siguieron patrones de comportamiento demográfico opuestos, y eso se reflejó en la diferenciación genética. De esta manera, en la región andina los grupos indígenas tienen poblaciones grandes y experimentaron entre sí mayores niveles de flujo génico – intercambios de material genético en los cruzamientos.

Esto implica por una parte una tendencia a la homogeneización en el plano general, y por otra, una mayor diferenciación genética entre los individuos de una misma población. Lo contrario sucedió en el este, entre los grupos de la Amazonia, de la Meseta Central Brasileña y del Chaco. Éstos tienen poblaciones menores y niveles bajos de flujo génico de un grupo hacia otro. De allí resultan tendencias a la generación de grupos aislados y genéticamente diferenciados, así como a la homogeneidad dentro de cada grupo.

De esta manera, las poblaciones andinas, aunque numerosas y geográficamente distantes entre sí, experimentaron un intenso flujo génico y mantuvieron una identidad cultural común, compartiendo sus costumbres y su lengua, el quechua – otras lenguas de la región, como el aimará y araucano, son muy parecidas al quechua dominante y pertenecen a la misma familia lingüística. Dentro de cada tribu existe una gran diferenciación genética y, de una manera global, muchas semejanzas entre grupos que viven incluso a más de 3 mil kilómetros de distancia uno del otro, desde Perú hasta el norte de Argentina.

En tanto, las tribus de las regiones brasileñas y del Chaco muestran características opuestas a las andinas. Están físicamente más próximas que, por ejemplo, los andinos del norte y del sur. Con todo, dado su mutuo aislamiento, pese a la mayor cercanía, están lejos de un nivel de similaridad cultural, hablan idiomas muy diferentes y revelan poca diferenciación genética entre los individuos de cada tribu.

Glaciares y selvas
Datos paleoecológicos, lingüísticos e históricos se combinan bien para fundamentar el modelo propuesto. Por ejemplo, en el último período glacial – que extendió desde 60 mil hasta 13 mil años atrás-, la altitud de los hielos en los Andes era mucho menor y el frío era mucho más intenso, lo que limitaba el poblamiento. Entretanto, en el este predominaba un ambiente abierto de sabana, prácticamente sin bosques cerrados, lo que por algún tiempo favoreció la comunicación y el flujo génico.

Pero hace 12 mil años se produjo la transición Pleistoceno-Holoceno, y eso cambió radicalmente. En los Andes, el nivel de los hielos subió bastante, y eso permitió la colonización humana en gran escala, que a su vez favoreció el desarrollo cultural homogéneo, evidente hasta hoy. “Los hielos”, dice Tarazona, “liberaron a los Andes, permitiendo que las poblaciones humanas se asentaran y desarrollaran un complejo cultural común – también biológico, según este estudio -, lo que facilitó las migraciones”.

En tanto, en el este, los cambios climáticos provocaron la expansión de los refugios aislados de selva tropical, que fueron ocupando y cerrando los espacios de la sabana, hasta formar la inmensa Selva Amazônica – bosque cerrado que, a diferencia de la sabana, pasó a limitar el flujo génico. De ello resultó la fragmentación poblacional y el aislamiento cultural. De esa manera, la transición Pleistoceno-Holoceno habría sido una especie de interruptor evolutivo, determinando patrones divergentes de variabilidad genética. Por eso los pueblos andinos de áreas muy distantes se parecen más entre sí que los Ticuna del Amazonas y los Suruí de Rondônia, por ejemplo.

Por la Beringia
El grupo está ampliando los estudios y probando su modelo, basado en las variaciones del cromosoma Y. El paso siguiente consistirá en confrontar estos datos con los del ADN mitocondrial, que es transmitido por linaje materno,de la madre a los hijos de ambos sexos. Los estudios del ADN mitocondrial cuentan con la colaboración de Silvia Fuselli y Davide Pettener, de la Universidad de Bologna, Italia, en donde Tarazona realizó un doctorado en antropología. Los resultados, según Tarazona, están siendo altamente consistentes con el modelo. En realidad, el modelo de variabilidad del cromosoma Y es la tercera etapa del estudio que Fabrício Santos inició en 1993, cuando se estaba doctorando en la UFMG, dirigido por Sérgio Pena.

Santos relata que el grupo ha realizado importantes contribuciones por medio del estudio de los linajes paternos: “Nuestras primeras publicaciones, en 1995 y 1996, revelaron una identidad genética entre los pueblos nativos de las tres Américas, como si todos descendieran de un único padre – el Adán americano -, que habría vivido entre 12 y 25 mil años atrás. En 1999, otra publicación reveló el retrato genético de ancestros de los aborígenes americanos que habitaban Asia entre 20 mil y 30 mil años atrás. Es como si efectuáramos una serie de análisis de paternidad que involucraran a miles de generaciones pasadas”.

Los estudios iniciales confirmaron la teoría corriente, de que los antepasados de los nativos americanos llegaron al continente entre 40 mil y 13 mil años atrás; pero hay muchas divergencias en torno a las fechas. Con todo, dichos estudios limitaron la fecha de llegada a una franja más restringida, situada entre 15 mil y 30 mil años atrás. También confirmaron que los amerindios llegaron por la Beringia, franja de tierra firme que en la época de las glaciaciones unía Asia y Alaska, en donde se encuentra actualmente el Estrecho de Bering (de allí el nombre Beringia).

Pero fueron más lejos: demostraron que los nativos de las tres Américas tiene una gran semejanza genética, al margen de la alta diversidad lingüística y cultural, lo que sugiere que todos llegaron juntos desde Asia en una oleada migratoria principal. Yendo más allá, en 1999 concluyeron que los ancestros de los aborígenes americanos fueron pueblos siberianos de los grupos lingüísticos ketíes y altaíes. Los altaíes son del gran grupo de las lenguas túrquicas, el mismo de los pueblos de Mongolia y Japón. En tanto, los ketíes integran un grupo lingüístico aislado, sin similar en el mundo, y cuya lengua original está prácticamente extinguida.

En algunas etapas, el grupo investigó junto a equipos de otras universidades de Brasil (especialmente el grupo de Francisco Salzano, de la Universidad Federal de Río Grande do Sul), de otros países sudamericanos, de Mongolia y de Inglaterra. En 1995, Santos y Sérgio Pena publicaron en Nature Genetics el trabajo Principal Efecto Fundador en las Poblaciones Indígenas Americanas. Al año siguiente, un grupo de la Universidad de Stanford (EE. UU.) confirmó las conclusiones de los brasileños y utilizó una nueva variación de ADN, el DYS199, con dos bases diferentes: el alelo C, presente en todos los europeos, asiáticos y africanos, y el T, característico de los amerindios.

Después, otros americanos de la Universidad de Tucson también confirmaron los datos de los brasileños, que en 1999 apuntaron a los ketíes y a los altaíes, entre los diversos grupos siberianos examinados, como aquéllos con mayor grado de parentesco con el principal cromosoma Y de los aborígenes americanos. El Modelo de Evolución para las Poblaciones Autóctonas de América del Sur, elaborado por Tarazona y Fabrício Santos, fue presentado en abril de 2001 en el evento intitulado Portugalia Genetica, en septiembre en el 10º Congreso Internacional de Genética, en Viena, y en octubre en el Congreso Brasileño de Genética en Águas de Lindóia.

También rindió un artículo publicado en junio último en el American Journal of Human Genetics. Ahora, los geneticistas de Minas Gerais pretenden investigar otros misterios, como el origen específico de los pueblos tupíes que poblaban la costa en la época del Descubrimiento y tuvieron una influencia decisiva en la formación del pueblo brasileño. También pretenden confrontar, con los datos genéticos reunidos, otras teorías sobre el origen de los pueblos de la Amazonia y de la Meseta Central brasileña.

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