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Memoria

Los átomos de la paz

El Ipen llega a su 50° aniversario de buenos servicios prestados por medio de la energía nuclear

Brasil entró en la era nuclear con gran pompa. El reactor nuclear de investigaciones IEA-R1 donado por Estados Unidos en el marco del Programa Átomos para la Paz, que permitía a otros países que ingresaran en la producción de energía atómica, fue inaugurado en 1958 por el presidente Juscelino Kubitschek y por el gobernador paulista Jânio Quadros. Dos años antes, un convenio entre la Universidad de São Paulo (USP) y el en ese entonces Consejo Nacional de Investigaciones (el actual CNPq) creaba el Instituto de Energía Atómica (IEA), un órgano nacional para investigaciones en el área nuclear. Al frente de los trabajos estaba Marcello Damy de Souza Santos, un respetado físico experimental y primer superintendente del instituto.

Aquella era una época en la que el átomo tenía status de estrella de la ciencia. Los proyectos ligados al sector nuclear tenían más posibilidades de ganar fondos gubernamentales y existía la promesa de obtener energía eléctrica abundante. “Las perspectivas de quien desease entrar en esa área eran maravillosas”, cuenta la física e historiadora Ana Maria Pinho Leite Gordon, autora de una tesis doctoral en la que analiza la historia del Instituto de Investigaciones Energéticas y Nucleares (Ipen, sigla en portugués), el nombre actual del IEA. “Todas las condiciones para crear un centro en ese sector en Brasil estaban dadas.”

El instituto comenzó a ser construido en septiembre de 1956. Los laboratorios para investigaciones de física nuclear, física de reactores, radiobiología y radioquímica se crearon e instalaron en los años siguientes. Ocurrió que, con el pasar del tiempo, el entusiasmo por la energía nuclear y los fondos fueron menguando, aunque  los investigadores no hubiesen sido contaminados por el desánimo. “Casi todo sucedió en el Ipen gracias a la garra de los investigadores, que supieron evolucionar y adaptarse a las condiciones aún cuando había poco dinero para la investigación”, dice Ana Maria.

Aun con poco presupuesto, el Ipen siguió creciendo. Uno de los sectores que se tornaron más importantes fue el de la producción de radioisótopos usados en la medicina nuclear, en especial para radiodiagnóstico y terapia.

El posgrado comenzó en 1975, aunque desde el comienzo hubiese la preocupación de formar cuadros altamente especializados. Hoy hay 400 alumnos en posgrado.

Hasta los años 1990 el cliente del Ipen era sólo el Estado y se percibió que la supervivencia del Instituto pasaba por la apertura a otros sectores. La investigación con láser, por ejemplo, siempre se volcó al enriquecimiento de uranio. “Cuando los fondos para la investigación en el área del ciclo del combustible disminuyó, se pasó a apuntar a áreas no nucleares: el crecimiento de cristales y el desarrollo de láseres y sus aplicaciones en el área industrial y en la odontología”. Ese redireccionamiento valió también para otras áreas: la química ambiental, biotecnología, energías alternativas y otros. Hoy en día el Ipen está vinculado al estado de São Paulo, asociado a la USP y dirigido por la Comisión Nacional de Energía Nuclear, dependiente del Ministerio de la Ciencia y Tecnología.

El viejo reactor IEA-R1 sigue en pleno funcionamiento, produciendo radioisótopos para todo el país. En estos años apenas sí pasó por unas pocas refacciones por cuestiones de seguridad.

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