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epistemología

Los dilemas de la comunicación

Un campo de estudios que extiende el debate acerca de su objeto y su científico

DIVULGACCIÓNSer o no ser ciencia. Ésta parece ser, sino la cuestión, por lo menos una cuestión crucial para el campo de estudios de la comunicación en el Brasil actual. Se están suscitando en torno a ésta nuevos problemas teóricos e institucionales; se forman grupos de interés, se consolidan posturas y planteos divergentes y, si bien hablar de escisión de la pequeña y aguerrida comunidad científica vinculada a dicho campo puede sonar como una hipérbole inadecuada, existe sí, y claramente, una disputa viva entre los investigadores con relación al status de la comunicación, cuyo resultado puede significar incluso una redefinición de su espacio en el seno de las ciencias humanas y sociales en el país, con todas las consecuencias previsibles en estos casos, en términos académicos, políticos e institucionales y, lógicamente, de disponibilidad de fondos para la investigación.

En ese sentido, los investigadores brindaron un panorama esclarecedor en el marco del seminario intitulado Epistemología de la Comunicación, organizado conjuntamente por la Asociación Nacional de Programas de Posgrado en Comunicación (Compós) y la Escuela de Comunicación y Artes de la Universidad de São Paulo (ECA-USP), durante los pasados días 7 y 8 de noviembre. Allí se juntaron, de un lado, aquéllos que quieren arrastrar a la comunicación hacia un status estricto de ciencia, con un objeto rigurosamente definido y metodologías de investigación explícitas, a punto tal de permitir que se confirmen o refuten los experimentos ya realizados – o incluso los descubrimientos que se van anunciando.

Del otro lado se perfilaron los estudiosos que prefieren mantener a la comunicación como un campo de estudios abierto, multidisciplinario, en el interior del cual los medios constituyen el objeto más visible para su abordaje, pero que, no obstante, estaría muy lejos de ser un tema exclusivo. Estos investigadores entienden también que la prisa y la ansiedad para encuadrar a la comunicación como una ciencia en el sentido estricto, por razones más institucionales que otra cosa, acaban cercenando un debate científico fecundo y ciertamente internacional, que aún se encuentra en el estadio de la exposición de las diferencias, y por ello, no ha alcanzado todavía la madurez indispensable para llegar a un consenso.

Entre un extremo y otro – tal como pudo confirmarse también en el Seminario de Epistemología -, hay lugar para visiones más sutiles, como la de Muniz Sodré, coordinador del posgrado en comunicación de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), que plantea tomar a la comunicación como una ciencia, pero no a la manera de las ciencias exactas o biológicas, como un conocimiento exacto y universal, “sino en el sentido del discurso bien estructurado, del lenguaje bien hecho, capaz por tal motivo de ser reconocido por la comunidad, rescatado de Kant y de los filósofos sensualistas del siglo XVIII”.

Intelectuales colectivos
De todas maneras, las divergencias no se agotan en la versión propia del dilema hamleteano que los comunicólogos se han planteado. Las mismas tienen también que ver, tal como destaca Maria Immacolata Lopes, coordinadora del posgrado de la ECA-USP, con otra indagación crucial, a saber: al fin de cuentas, ¿cuál es el objeto de estudio de la comunicación, ya sea que éste haga o no a la constitución de una ciencia? Esta pregunta, que parece ordenar a los grupos de diferente modo que como los acomodan las disputas en torno al status científico de la comunicación, recibe respuestas diversas, tanto con relación a su contenido como en el tono, que oscila entre una visible dubitación y una convicción más profunda. En ese sentido, serían los medios y la vinculación social, y todas las relaciones de comunicación humana, incluso las interpersonales, el sentido de actualidad, de presente continuo, que los medios de comunicación de masas cargan y difunden, etc., etc.

En medio a ese enmarañado de visiones y discursos, el profesor Octavio Ianni, de 76 años, un respetado decano de la sociología nacional y actualmente vinculado al posgrado en comunicación de la ECA-USP, se sintió cómodo como para quejarse ante lo que él sintió durante el seminario como la ausencia de un personaje fundamental en el debate: “Las corporaciones y los conglomerados de medios, poderosos y sofisticadísimos intelectuales colectivos”.

Ianni lanzó su queja en la mesa redonda especial sobre “el futuro del campo de la comunicación”, que clausuró el seminario, tras cuestionar al auditorio acerca de qué se estaba debatiendo realmente allí cuando se hablaba de comunicación, y luego de recordar didácticamente que, “en su acepción más general, la comunicación es constitutiva y constituyente de la sociedad, y todas las relaciones sociales involucran o están involucradas en la comunicación”.

Una vez establecido esto, Ianni observó que existen formas particulares en ese fenómeno universal que es la comunicación, que adquieren relevancia en la política, la economía, la cultura, etc. “Y existe una forma especial, la de los medios, que abarca a los medios y a las empresas, a las corporaciones y a los conglomerados, que integran intrínsecamente el proceso de globalización. Dicha forma involucra a intelectuales, artistas y técnicos, y compone así un vasto intelectual colectivo que forma la consciencia social de las personas.”

A decir verdad, Immacolata Lopes ya había destacado la preocupación con las prácticas de los medios, que atraviesan “quiérase o no” el campo de la comunicación. “Pero, ¿y la teoría?”, interrogó Lopes. En un área en la cual las reflexiones continúan valiéndose básicamente de las actualizaciones de Adorno y otros pensadores de la Escuela de Francfort, de los estructuralistas y de los estudios culturales, faltan todavía referentes teóricos sólidos producidos en el propio país. “No tenemos aún en Brasil una crítica académica seria de los medios, de la televisión, de la prensa.”

Crisis de crecimiento
Una sensación posible, para quien observa desde los bordes el debate sobre la comunicación, luego de atravesar un denso enmarañado retórico, es que se está antes que nada frente a una crisis de crecimiento acelerado, con sus típicos conflictos de identidad. De tal manera, no es gratuita la frecuencia con cual las palabras legitimación y autonomía aparecen en las discusiones de los investigadores del área, como expresión clara del deseo de hacer que la comunicación pase de la condición de campo menor en el ámbito de las Humanidades – en cierta medida al abrigo de las alas extensas de la sociología, la lingüística o la filosofía – a la situación de un respetado campo científico autónomo.

Indiscutiblemente, se está registrando un rápido crecimiento. Esto es lo que se verifica cuando se analizan, por ejemplo, los números relativos a los programas de posgrado en comunicación existentes en el país, registrados en la Coordinación de Perfeccionamiento del Personal de Nivel Superior (Capes). Hasta 1997, eran siete programas con producción de investigaciones de alumnos en marcha, y en 1999 dicho número había trepado a 13, de acuerdo con el libro Teses e Dissertações em Comunicação no Brasil (1997-1999): Resumos, organizado por Ida Regina Stumpf y Sérgio Capparelli, ambos de la Universidad Federal de Río Grande do Sul (UFRGS), y publicado en 2001 por el Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (CNPq) con apoyo de la Capes. Actualmente ya son 18 programas, y ante la Capes se está planteando la creación de algunos otros.

Claro que, con relación a las ciencias sociales, que tienen un historial mucho mayor y más consolidado en el ámbito científico brasileño, dicho número es aún modesto. La Asociación Nacional de Posgrado e Investigación en Ciencias Sociales (Anpocs) registra nada menos que 65 programas de posgrado en dicha área científica.

Doctores suficientes
En número de trabajos, es decir, de disertaciones de maestría y tesis de doctorado en comunicación, los investigadores de Río Grande do Sul ya mencionados muestran que, entre 1992 y 1996, es decir, en cinco años, se elaboraron 754 trabajos, mientras que en los tres años subsiguientes se produjeron 835. De esta manera, y en términos medios, se observa un incremento de la producción anual de 151 a 278 trabajos, o sea, un considerable aumento porcentual de poco más del 84%. Y, si por curiosidad, tomamos en cuenta la totalidad de las disertaciones y tesis producidas entre 1972 y 1996 -1.895 trabajos, de acuerdo con el gráfico que aparece en Produção Científica Brasileira em Comunicação na Década de 1980: Análise, Tendências, Perspectivas, publicación coordinada por Margarida Maria Krohling Kunsch y Ada de Freitas Maneti Dencker, ambas de la ECA-USP-, llegamos a una producción anual promedio de 79 trabajos para ese largo período, frente a los 278 del período situado entre 1997 y 1999.

De esta manera, el campo de estudios de la comunicación en Brasil produjo, desde sus albores hasta el año 1999, alrededor de 2.730 trabajos, de los cuales unos 640 correspondieron a tesis doctorales (existen algunas imprecisiones en el gráfico mostrado en el trabajo de Margarida Kunsch y Ada Dencker que impiden considerar esos números con absoluta certeza). En otros términos, más de 600 doctores en comunicación egresaron en el transcurso del tiempo de institucionalización de este campo y, aun cuando buena parte de éstos se encuentra fuera del área académica, la producción resultante de ese proceso de formación ciertamente está lejos de ser desdeñable. Parece natural entonces la actual batalla por la legitimación y por espacio entablada por los investigadores de la comunicación en el seno de la comunidad científica nacional.

Está en discusión la excelencia
Resta saber si existe una calidad creciente en la produccióncientífica, correlativa a la expansión cuantitativa. Si se consideran las notas más recientes otorgadas por la Capes a los programas de posgrado en comunicación, las cosas no son tan sencillas. El programa de la ECA-USP, por ejemplo, cayó de una nota 5 a un modesto 3. Cabe registrar que dicho programa se inició en 1972 con la maestría y en 1980 instituyó el doctorado, del cual han egresado hasta ahora alrededor de 400 doctores. En dicho programa estudian actualmente 670 alumnos en el posgrado, y el mismo cuenta con 110 profesores doctores en su plantilla docente.

Otros programas con mucha historia, como el de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), el de la Pontificia Universidad Católica de São Paulo (PUC-SP) y el de la Universidad Metodista de São Paulo (UMESP) obtuvieron la calificación 4. Entretanto, alcanzaron la nota 5 – la calificación más alta atribuida al área – algunos programas de creación mucho más reciente: el de la Universidad Federal de Bahía (UFBA), el de la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG), el de la Federal Fluminense (UFF), el de la UFRGS y el de la Universidad del Valle del Río dos Sinos (Unisinos). Cabe señalar que 6 y 7 son notas otorgadas únicamente a programas de excelencia con inserción internacional, que no es el caso de ninguno de los programas en comunicación.

Estas calificaciones, lógicamente, suscitaron una dura polémica en torno a los criterios de atribución de notas, que pasan por la productividad de los profesores y la de los alumnos, el tiempo dedicado a la formación y la proporción de profesores de referencia con régimen de dedicación exclusiva en el programa. En la ECA-USP, por ejemplo, que se consideró francamente perjudicada, muchos investigadores se vieron compelidos a concluir que la institución estaba siendo damnificada, debido a la cantidad de profesores jubilados de altísima calidad que actualmente están en actividad en el programa (como es el caso Octavio Ianni). Evidentemente, éstos no tienen la misma productividad, desde el punto de vista meramente cuantitativo, que un joven doctor.

“Los profesores jubilados constituyen un grupo de excelencia que el programa incorpora gratuitamente, sin ningún costo. Por lo tanto, cualquier contribución de éstos, es decir: una, dos tesis que dirijan simultáneamente, algunas clases que dicten, todo eso es ganancia. Pero, de acuerdo con la actual lógica del sistema, es mejor tener tan solo cinco jóvenes doctores que éstos mismos y otros cinco grandes profesores que formalmente ya están jubilados”, se queja el profesor Ismail Xavier, de 55 años, titular de Teoría e Historia del Cine y coordinador del área de concentración de cine del programa de la ECA-USP, por ejemplo.

De cierta forma, esta polémica, que ser parece burocrática, es apenas una de las facetas de un debate mucho más amplio, que se extiende hasta las indagaciones radicales sobre el status de la comunicación y sobre su objeto. Porque en el marco de éste, quiénes encabezan el planteo en defensa de la comunicación como ciencia en el sentido estricto, generalmente también se chocan, debido a su encuadre riguroso, con las normas de las entidades de fomento a la investigación. “Mi esfuerzo tiende a la eliminación de la autocomplacencia, que hasta hace poco tiempo regía las relaciones de la comunidad científica en el área de la comunicación.

Necesitamos docentes calificados y solidez en las líneas de investigación, que deben ser entendidas como lugares para la constitución de especialidades, y no solamente como nombres fantasía”, dice Wilson Gomes, de 39 años, profesor titular de Teoría de la Comunicación en la UFBA. En su calidad de representante de los programas de posgrado en el área de la información y de las ciencias de la comunicación y del de ciencias sociales aplicadas ante el Comité Técnico-Científico (CTC) de la Capes, Gomes insiste en que “el área de la comunicación debe trabajar; debe terminar con esa manía de poner su producción fuera de su propia área. La sociedad sabe que estamos hablando de comunicación de masas; por lo tanto, aquéllos que quieran producir una tesis sobre baile, sobre ergonomía o sobre comunicación interpersonal deben ingresar a otros programas”.

Gomes evalúa que la formación de la Compós, en 1992, fue un factor fundamental para el estímulo al crecimiento del área de comunicación, y cree que, de hecho, la misma se está expandiendo rápidamente en volumen y en consistencia. Explica que su discurso hacia dentro de la comunidad de comunicólogos ha sido muy duro, “porque existen defectos históricos de constitución del campo de la comunicación que deben ser corregidos”. Pero en la Capes, asegura, su posición es de defensa intransigente de la virtud del campo, que “no puede ser encabezado por gente a la que no le gusta la ciencia y sus exigencias metodológicas”. Sin acercarse cada vez más a una mentalidad propiamente científica, completa, el riesgo que corre la comunicación es ser barrida hacia fuera del sistema de fomento a la investigación.

La disputa en casa
El toque irónico y curioso de este debate radica en que el mismo adquirió una expresión muy concreta en la UFBA, la universidad en la cual Gomes trabaja. “Plantemos la creación de un grupo multidisciplinario dentro del programa de Comunicación y Culturas Contemporáneas para investigar espectáculos contemporáneos. El grupo no fue aceptado, a causa de ese nuevo entendimiento estrecho de la comunicación que se viene difundiendo, y entonces armamos un nuevo programa de posgrado vinculado a la Facultad de Comunicación (Facom): el Programa Multidisciplinario de Cultura y Sociedad”, relata Albino Rubim, de 50 años, director de la Facom y ex coordinador del primer programa de posgrado de la facultad. El nuevo programa se encuentra en análisis en la Capes, para su aprobación por parte del Comité Multidisciplinario.

Rubim – quien pese a ser doctor en sociología egresado de la USP es un respetado investigador del área de la comunicación, vinculado a la Facom-UFBA, en donde se graduó, desde los años 70 – asegura que ningún grupo tiene interés en mantener una actitud beligerante, y expone con tranquilidad sus divergencias conceptuales con Gomes. “Personalmente no acredito que exista una ciencia de la comunicación, a la que veo como un área interdisciplinaria, de la cual se puede dar cuenta accionando simultáneamente a la economía, la sociología, la antropología y las teorías de la comunicación”. Rubim acuerda con que, en el seno del área de la comunicación no puede caber todo, debe procederse a una limpieza “del basural”, como dice Gomes.

Pero, “el cerrar el área y definir que todo aquello que no sea estudio de los medios debe quedar afuera es estrechar demasiado el campo”, evalúa. Y brinda un ejemplo práctico: “¿en que área se debe estudiar, procurar entender, un fenómeno tal como el que sucede en Bahía, en donde una música que no ha sido grabada, y no se está escuchando en los medios de comunicación de masas, de repente es cantada por toda la población?” Existen por lo tanto, y a su entender, otras formas de comunicación, que no pasan por los medios y que serían objetos legítimos del campo de estudios de la comunicación.

Rubim destaca incluso que el enlace entre la comunicación y la cultura podría dar un gran impulso al alcance científico del área de la comunicación. “Históricamente, la cultura no tiene dueño en la universidad brasileña. Estuvo ligada a las facultades de Derecho, a las ciencias sociales y más recientemente a la comunicación; eso, desde el punto de vista de la producción de conocimiento, puede ser muy fecundo”, dice.

La voz de Muniz Sodré, de 60 años, uno de los más respetados pensadores de la comunicación en Brasil, con teorías originales, como la que establece que vivimos actualmente en un bios, o en una forma de vida mediática, suministra nuevas dimensiones al debate. “Veo a la ciencia de la comunicación como un discurso reflexivo, que debe incorporar el sentido del profesional de los medios, de las élites logotécnicas”. Ésta sería así el discurso de una praxis, simultáneamente reflexivo y técnico, que tendría la ambición de reorientar ética y políticamente a los propios medios y a los usuarios de los medios. Muniz recuerda que los profesionales de los medios de comunicación crean continuamente un universo imaginario y real, en el cual la gente vive.

Y también que existe una forma de vida virtual, fabricada permanentemente por personas conscientes de tal acto. “Por eso ese discurso de los medios debe ser reconocido por la comunidad científica, no como su propio discurso, sino como aquél al cual ésta debe ir: volver a la academia para construir el discurso de la ciencia, que es reflexivo, y entonces ir de nuevo al discurso técnico de los medios, con la ambición de una reorientación ética”, dice Sodré. Y en ello la comunicación no estaría, según Sodré, obrando de manera distinta que otras ciencias sociales, que históricamente han crecido atendiendo demandas para potenciar a determinados sujetos sociales, tales como el Estado, los sindicatos, etc.

Y si bien se pueden agregar todavía más elementos a la discusión de la epistemología de la comunicación, cabe observar que investigadores de un campo tradicionalmente comprendido por la comunicación, como el del cine, no pretenden renunciar a una dimensión que consideran esencial para sus reflexiones: el de la estética, entre otras cosas. “Quienes se abocan al análisis crítico del cine no pueden dejar de lado los instrumentos que brindan la teoría literaria, la historia del arte y el teatro.

El fenómeno de masas del cine está fuertemente anclado en la narrativa dramática, y las teorías de la comunicación no dan cuenta de ello. Las teorías surgidas de la escuela de Francfort, o de los Cultural Studies de Birmingham, matan a la estética, un valor que para nosotros está en el centro de nuestras reflexiones”, dice Ismail Xavier. De allí el porqué de que Xavier vislumbre los problemas que aparecen por delante, con los encuadres a los cuales se están sometiendo los programas de posgrado en comunicación.

Los problemas de identidad
Dicho encuadramiento sería innecesario si la nueva generación de investigadores de comunicación no tuviera problemas de identidad con el campo en el que actúa, de acuerdo con la visión del profesor José Marques de Mello, uno de los primeros investigadores de la comunicación en Brasil, profesor titular jubilado de la ECA-USP y actual coordinador del programa de posgrado de la Universidad Metodista. “Se puede hablar de una historia del área de la comunicación en Brasil y del posgrado a partir de 1972, pero para ser rigurosos, es necesario recordar que este campo se abre a principios de los años 60 con Darcy Ribeiro, en la Universidad de Brasilia”, dice Marques.

“Darcy Ribeiro convocó a Pompeu de Souza, a quien consideraba como el más competente periodista brasileño”, y le encargo que estructurase el área de comunicación de la nueva universidad. Se creó la facultad de comunicación con base en el modelo de la Universidad de Stanford, con una escuela de periodismo, una escuela de cine, una escuela de radio y televisión y una escuela de publicidad y propaganda; todo muy vinculado al universo real de la comunicación. En ese mismo momento se dio inicio a un posgrado en la UnB, cuyos alumnos eran los profesores de la carrera de grado, contratados en régimen de 40 horas semanales “Y eran tanto gente muy experimentada, como Luís Beltrão y Paulo Emílio Salles Gomes, como jóvenes talentosos, como Jean Claude Bernardet”, dice Marques.

Pero la dictadura militar que se instaló en el país a partir de 1964 desmanteló la experiencia de Brasilia. No obstante, la misma sirvió de base para la creación de la ECA-USP en 1966, con la organización de la graduación y de un programa de doctorado que aprovechaba la experiencia que algunos se llevaron de la UnB. “El primer grupo de doctores entregó sus tesis en 1972, que fueron defendidas al iniciarse 1973”, dice Marques. Sucede que la reforma de la enseñanza superior llevada a cabo en el país entre 1967 y 1969 terminó con el doctorado directo, y la ECA-USP tuvo que organizar un posgrado asentado en las nuevas bases, con la implementación de la maestría en 1972.

El doctorado, en conformidad con el nuevo modelo, llegaría tan solamente ocho años después.Existe así “el interregno de la dictadura”, una discontinuidad política que perturba desde el comienzo el despliegue de este campo novísimo de la comunicación y, más adelante, un fenómeno de jubilaciones precoces en la universidad, a partir del final de los años 80, que también actúa como un elemento perturbador del sistema. Un campo que ahora, muchos años después, se ve ante la exigencia de una profunda reflexión acerca de sí mismo.

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