Doña Nilcéa, una señora nacida en el interior del estado brasileño de São Paulo, se casó a los 17 años y se mudó a la capital paulista llevándose consigo una maceta con una planta. La maranta bicolor (Calathea zebrina), traída hace 70 años como parte del ajuar de boda, ahora vive en la tierra, en el patio de la casa que la vecina cultiva desde hace más de cinco décadas en el barrio de Vila Regente Feijó, en la zona este paulistana. A lo largo del tiempo, el crecimiento del barrio fue rodeando al terreno de unos 500 metros cuadrados (m2) que, según ella, antaño albergó gallinas, patos, conejos e incluso un caballo. Hoy en día, entre árboles frutales, hierbas medicinales y plantas ornamentales, sobreviven dos tortugas que llegaron cuando sus hijos eran pequeños, hace más de 40 años.
Doña Nilcéa es una de las personas que entrevistó la antropóloga Andréa Barbosa, de la Universidad Federal de São Paulo (Unifesp), en el marco de una investigación realizada entre 2022 y 2024. En dicho estudio, financiado por la FAPESP, Barbosa recorrió unos 20 patios del barrio de Pimentas, en el municipio de Guarulhos (São Paulo), y de otras localidades de la zona este del Área Metropolitana de São Paulo para tratar de entender el rol de estos espacios domésticos en la vida de sus habitantes y cómo ellos desafían la urbanización acelerada de las ciudades. “En los lugares que visité, los patios se erigen como espacios sanadores, de producción de remedios caseros, de sociabilidad, de fiestas y de juegos”, relata la investigadora. “No he visto un patio igual a otro y, en sí mismos, suelen ser un reflejo de sus propietarios. Para los entrevistados, el patio tiene que ser un lugar hermoso, pero de una hermosura dinámica, con mucha diversidad.”
Los entrevistados en su mayoría son migrantes oriundos del medio rural. “Cuando vinieron a vivir a São Paulo, trajeron semillas, plantines y técnicas de cultivo”, comenta Barbosa. “Mediante el cultivo de plantas y la cría de pequeños animales, los residentes mantienen una conexión con su experiencia de vida en el campo. Esto se basa en su propia experiencia o refleja las vivencias de sus padres y familiares con los que han tenido contacto.”
Según la antropóloga, el papel de los patios en las localidades visitadas no se limita al entorno doméstico. “A partir de estos espacios, los residentes crean o acrecientan las redes de vínculos en la comunidad”, continúa. “En el vecindario circulan artículos tales como frutas, hojas, plantines y semillas entre amigos y familiares, e incluso son muy esperados por estas personas.”
Es lo que sucede con Eliane, nacida en el interior del estado de Río de Janeiro, y su marido Toninho, oriundo de Minas Gerais, quienes viven en el barrio de Pimentas desde los primeros días de esa urbanización, en la década de 1990. “Cada verano ellos reparten uvas entre el vecindario”, cuenta Barbosa. “La superficie de 100 m2 de lo que hoy en día es el patio de la pareja está cercada por los muros de los vecinos del fondo y de ambos lados. Allí cultivan parras y otros 20 árboles frutales, además de una huerta con plantas comestibles y medicinales, la mayoría en macetas”, comenta la investigadora.
La transformación del lugar en un patio, en la década de 2010, requirió mucho trabajo. “Era un espacio entre los lotes por donde corría el arroyo, que hacía las veces de alcantarilla a cielo abierto”, relata Barbosa. Con ayuda de sus hijos y de algunos vecinos, el matrimonio canalizó el arroyo y niveló el suelo con ocho camionadas de tierra. “El conflicto entre los vecinos, si bien aún es parte de la vida cotidiana, mejoró mucho tras la construcción del patio. Los demás residentes dejaron de arrojar basura en los fondos de la casa de Eliane y Toninho”, dice la antropóloga.
Algunas especies como la sanseviera, también conocida como espada de San Jorge, lengua de suegra o planta serpiente (Dracaena trifasciata), el pasto limón (Cymbopogon citratus), el amaranto (Amaranthus spp.), la sábila (Aloe vera) y el guaco (Mikania glomerata), son habituales en los patios visitados por la investigadora. “En estos espacios circula un amplio conocimiento de la biodiversidad y sobre prácticas para el cuidado de la salud, que a menudo no son valorados por las nuevas generaciones”, dice Barbosa.
El gestor ambiental Gilherme Reis Ranieri tuvo una percepción similar durante su investigación de maestría defendida en 2019 en la Escuela de Artes, Ciencias y Humanidades de la Universidad de São Paulo (EACH-USP). En aquella ocasión recorrió ciudades como Areias y São José do Barreiro, en Vale do Paraíba (São Paulo), para averiguar de qué manera los patios urbanos conservaban ‒o empezaban a perder‒ los conocimientos asociados al cultivo doméstico.
El investigador catalogó alrededor de 200 especies, algunas ignoradas por las grandes cadenas de supermercados, verdulerías e incluso los mercados callejeros. Es el caso de la taioba o quequisque, conocida popularmente como oreja de elefante (Xanthosoma sagittifolium), de hojas anchas y ricas en hierro y calcio, del grosellero americano o guamacho (Pereskia aculeata), una enredadera de alto contenido proteico, y del quelite de monte o rama de sapo, también llamada carne gorda (Talinum paniculatum), una hortaliza de hoja conocida por sus propiedades diuréticas. “Muchos ancianos decían: ‘Este conocimiento para identificar, cultivar y aprovechar estas plantas morirá conmigo’. Las generaciones más jóvenes asocian el cultivo con la pobreza o el atraso”, relata el investigador, quien ahora está concluyendo su investigación doctoral en la Facultad de Medicina de la USP. El estudio analiza la incorporación de algunas de estas plantas alimenticias en las meriendas escolares de las escuelas públicas de Jundiaí (São Paulo).

Tatiane VeschIone y Manoel, que viven en el barrio de Pimentas y fueron entrevistados por la antropóloga Andréa BarbosaTatiane Vesch
Según el Censo Demográfico 2022, del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), 171,3 millones de personas en el país, es decir, el 84,8 % de la población, viven en casas. “El patio es un elemento recurrente en los hogares brasileños y refleja mucho de nuestra diversidad cultural, al reunir en un mismo entorno los patios portugueses, las plantas medicinales de los pueblos indígenas y las rondas de samba heredadas de las tradiciones africanas, entre otras influencias”, enumera la arquitecta Sonia Wagner de Ferrer, quien defendió su tesis doctoral en la Universidad Federal Fluminense (UFF) en 2023, sobre los patios urbanos de Jacarepaguá, en la zona oeste de Río de Janeiro. “En los hogares más humildes, históricamente han desempeñado un papel en la subsistencia, no solo en función de las huertas y la cría de animales, sino también por la instalación de pequeños comercios o el alquiler de lo que localmente se conoce como ‘puxadinhos’ [piecitas o espacios anexos], por ejemplo.”
En Jacarepaguá, las casas siguen siendo mayoría, pese al avance creciente de los edificios. Al no disponer de patio, muchos residentes comenzaron a adaptar otros espacios de sus viviendas para que funcionen como tales. Es el caso de las personas que viven en apartamentos. “Crean lo que en mi investigación denomino como ‘patios imaginarios’ dentro de las residencias, tales como balcones que se convierten en jardines y huertas verticales en la cocina”, describe Wagner de Ferrer.
Durante su investigación de campo, la arquitecta se topó con varios tipos de patios: desde patios de lujo, con piscina, zona gourmet y jardines paisajísticos, hasta patios de terraza, de las casas de las favelas, con piscinas de plástico o tanques de agua, en donde se remontan cometas y las mujeres toman sol para broncearse. “A diferencia de otros espacios como la cocina y el baño, el patio no tiene una función predeterminada”, dice la investigadora. “Se dispone de total libertad para darles los más diversos usos, que estarán determinados por las necesidades y los deseos de quienes los utilizan.”
En su investigación, Barbosa, de la Unifesp, también indagó sobre las huertas comunitarias creadas por los colectivos conocidos como “okupas” (ocupantes) en Barcelona (España). “Se trata de un movimiento con un fuerte tinte político que desde la década de 1980 lucha contra la crisis habitacional y los procesos de gentrificación, que expulsan a los residentes tradicionales de sus barrios, transformando a la ciudad en un objeto de explotación del mercado inmobiliario y del turismo internacional”, dice la antropóloga.
Un ejemplo de ello es el grupo español Desenruna, que opera en el barrio barcelonés de Vallcarca, una zona disputada por el mercado inmobiliario por su cercanía con uno de los mayores puntos turísticos del país, el Parque Güell, proyectado por el célebre arquitecto Antoni Gaudí (1852-1926). Allí, los activistas ocupan los terrenos privados de las constructoras que han demolido las viviendas de la población local, en ese proceso de gentrificación. “El movimiento pugna para que esas áreas formen parte del derecho a la ciudad”, explica la investigadora. “Su objetivo es asegurar la permanencia del vecindario, y la huerta es el punto central de esta articulación, ya que la producción del propio alimento fortalece los lazos comunitarios”.
Este artículo salió publicado con el título “Universo particular” en la edición impresa n° 352 de junio de 2025.
Proyecto
Las plantas en circulación que generan la vida de la ciudad: de qué manera los patios, los jardines y las huertas se configuran como una táctica de construcción de relaciones, sociabilidades y afectos (nº 21/10075-4); Modalidad Ayuda de Investigación – Regular; Investigadora responsable Andréa Claudia Miguel Marques Barbosa (Unifesp); Inversión R$ 101.909,84.
Artículo científico
BARBOSA, A. C. M. M. Quintais, roças e hortas: Práticas urbanas e ruralização nas periferias. Iluminuras. v. 24, n. 56, p. 217-44. 2023.
Libro
RODRIGUES, E. et al. (comp.). Canteiros medicinais periféricos. São Paulo: Glac Edições, 2025.
