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Ciencia

Palmeras rescatadas del olvido

Ingleses hallan muestras de palmeras que el coautor de la teoría de la evolución envió desde el estado brasileño de Pará hace 155 años

Debido quizá a su extremado apego al estilo británico, el naturalista inglés Alfred Russel Wallace vivió en forma discreta. Tan discreta que su legado recién ahora sale a la luz, pasados 90 años desde su muerte. Nueve muestras de seis especies de palmeras del estado de Pará, que Wallace envió en 1848 al Royal Botanic Gardens, de Kew, Inglaterra, permanecieron en el olvido, guardadas en sacos plásticos, hasta que fueron descubiertas y analizadas por el equipo de Sandra Knapp, del Natural History Museum de Londres, y por William Baker, del propio Royal Botanic Gardens, más de 150 años después.

El material rescatado pone evidencia el interés de Wallace en la botánica, y es un testimonio de su primera expedición científica, llevada a cabo en la Selva Amazónica. Durante cuatro años, entre 1848 y 1852, Wallace recorrió los ríos Negro y Uaupés, junto a Henry Walter Bates, otro naturalista inglés. En los años siguientes, Wallace se internó en los bosques de Indonesia, abocando su atención a ejemplares raros de aves, mariposas, escarabajos, mamíferos y peces. Los polvorientos fragmentos de palmeras fueron algunas de las pocas plantas recolectadas durante esos viajes por las selvas tropicales.

De esas bolsas salieron tallos de palmeras (estípites) de casi 1 metro de longitud, largas hojas dobladas, conjuntos de flores (inflorescencias), las estructuras en forma de tubos que envuelven a las inflorescencias jóvenes (brácteas) o tan solo los soportes espinosos de la hojas (pecíolos) de especies de uso común, como el asaí o palmera de la col (Euterpe oleracea) o el coyol (Acrocomia aculeata), ambas con frutos comestibles.

Debido a que estaban incompletas, las muestras “no serían adecuadas para la descripción de una nueva especie”, de acuerdo con la evaluación de Sandra Knapp, una de las autoras de un artículo que describe a las nueve piezas, publicado en la revista Palms y firmado también por Baker y Lynn Sanders, del Natural History Museum. “Wallace no necesariamente estaba en busca de especies exóticas, sino que más bien estaba interesado en los modos de uso de las palmeras entre los habitantes de las comunidades locales”, reitera Baker.

Tal como los propios botánicos ingleses lo reconocen, Wallace envió esas palmeras -junto a una carta fechada el día 20 de agosto de 1848, aún al comienzo del viaje- a William Jackson Hooker, por entonces director del Royal Botanic Gardens, para que fueran expuestas como muestras de la exuberancia de la vegetación de los trópicos. Era también un gesto de retribución: Hooker había escrito una carta presentando a Wallace y Bates en Brasil, con el propósito de abrirles las puertas a esos dos investigadores jóvenes, sin currículum y con poco dinero.

El inesperado legado -que ahora se encuentra en cajas- recupera al menos en parte el material reunido por Wallace, perdido casi por completo en el naufragio del Helen, en el cual embarcó el día 12 de julio de 1848. En el libro Peixes do Rio Negro, organizado por Monica de Toledo-Piza Ragazzo (Edusp, 2002), que muestra 212 dibujos hechos por Wallace, Sandra Knapp describe lo que sucedió durante el viaje de regreso a Inglaterra: “Luego de tres semanas de travesía por el Atlántico, un incendio irrumpió a bordo. Wallace fue hasta su camarote y tomó una pequeña caja de metal que contenía los dibujos de las palmeras y los peces, algunas camisas y cuadernos de anotaciones, para luego dirigirse hacia el bote salvavidas. El resto de sus colecciones -a decir verdad, su camino para lograr hacerse un lugar como miembro de la comunidad científica- estaba en los almacenes, y se perdió para siempre”.

Carta a Darwin
De regreso a Inglaterra, Wallace escribió algunos artículos sobre peces e insectos, y de dos libros, basados en los dibujos que salvó del naufragio: Travels on the Amazon and Rio Negro (Viagens pelos Rios Amazonas e Negro, en portugués, publicado en Brasil en 1979 por editorial Itatiaia) y Palm Trees of the Amazon, una de las más raras obras sobre la región amazónica, que tuvo tan solo 250 copias, que él mismo pagó. En dicho libro, el naturalista identifica a 14 nuevas especies de palmeras y nombra a 12. Cuatro de los nombres que propuso -los de las palmeras de los dibujos de esta página- son usados aún hoy, como una forma de reconocimiento a su trabajo pionero.

Las muestras encontradas en el Royal Botanic Gardens refuerzan lo que los dibujos y las descripciones del libro sugerían: Wallace hacía sus observaciones de las plantas siempre en conexión con los usos que las poblaciones del lugar les daban. Tal es el caso del chiquichiqui (Leopoldinia piassaba), cuyas fibras se utilizaban ya desde aquella época para hacer escobas. Wallace permanecía por poco tiempo en Londres. Una vez llegó a afirmar que prefería la incertidumbre de la selva a los peligros de los debates científicos.

Pero, con sus dibujos y herbarios, elaboró una visión propia sobre el origen de las especies, y se convirtió en coautor de la teoría de la evolución, atribuida casi siempre exclusivamente a su coterráneo, Charles Darwin. Tras publicar el libro El origen de las especies, Darwin sufrió severas críticas de parte de los otros científicos. Una de las pocas cartas de consuelo que recibió le aseveraba que El origen sería tan importante para la ciencia como los Principia, de Isaac Newton, lo fueron para la física. Esa epístola era de Wallace.

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