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Agricultura

Para barrer la escoba

Mediante técnicas sencillas, productores y científicos muestran qué se debe hacer para recuperar las plantaciones de cacao

desde Ilhéus, Bahía

Alex Montenegro Maron visitó por la primera vez las plantaciones de cacao de Edvaldo Magalhães Sampaio, ubicadas en las localidades de Nilo Peçanha y Piraí do Norte, sur de Bahía, a finales del pasado mes de agosto. Durante varias horas, Maron, un productor graduado en derecho que se ha pasado al menos 40 de sus 66 años administrando las plantaciones de cacao de su familia, observó a la manera de un profesor severo los árboles del cacao cargados de frutos que se esparcían por todas partes: prácticamente ni señales de la escoba de bruja, esa enfermedad que desde hace diez años se nutre de la fortuna de los productores de cacao de los estados de Bahía, Pará, Rondônia, Amazonas, Mato Grosso y Acre. Al promediar la tarde, con su camisa color verde claro ya pesada de sudor, pero viendo que podrían hallarse allí las salidas para recuperar las tierras que comprara su abuelo, un inmigrante oriundo del Líbano que vendía ollas y ropas puerta por puerta antes de convertirse en agricultor, Maron se rindió: “Nunca vi algo igual”. Su hijo Alex Maron, de 35 años, también se mostró sorprendido. Era la primera vez que veía a su padre dar el brazo a torcer.

Edvaldo Sampaio, quien a los 66 años sube y baja de los cerros de la propiedad sin dar señales de cansancio, puso práctica en el campo un conjunto de técnicas agrícolas que demuestran que es posible escapar del ataque del hongo causante da escoba de bruja, una enfermedad que lleva ese nombre debido a que deja las ramas secas, como una escoba vieja. Su trabajo viene aparejado con otras iniciativas que apuntan la perspectiva de que el cultivo del cacao se yerga nuevamente en Brasil en función de otros moldes: la diversificación por sobre el monocultivo y el cacao dejando de ser únicamente una commodity para ocupar el lugar de una materia prima refinada y de más alto valor, tal como sucede con el café desde hace décadas. En estos momentos, los productores de cacao y los fabricantes de maquinarias y de chocolates se articulan con el propósito de inaugurar la producción -probablemente el año venidero- de chocolate fino enteramente nacional, más sabroso y con tenores de cacao hasta cuatro veces más altos que los actuales. Y deliciosos; casi tanto como los legítimos chocolates suizos, esos que se derriten lentamente en la boca.

Pero el cultivo del cacao casi feneció antes de dar señales de que pudiera germinar otra vez, ya con más cuidados con el suelo y con las propias plantas, en medio de la desolación dejada por la escoba de bruja. El hongo, antes denominado Crinipellis perniciosa y que ahora tiene una nueva designación, Moniliophtera perniciosa, se detectó en la región de Ilhéus en 1989, e hizo que la producción declinara de 390 mil toneladas en 1988 a alrededor de 100 mil en 2000. Terminaba entonces la era de los señores o “coroneles” [“coronéis” en portugués] del cacao, como se les decía a los hacendados más ricos y poderosos -algunos de los cuales de hecho habían comprado el rango de coronel del Ejército. Se sentían imbatibles, a punto tal de no creer que sus plantaciones oscuras y húmedas pudieran verse afectadas por una plaga o que los precios internacionales del cacao pudieran caer. Pero así sucedió, se desmoronaron -de 4 mil dólares 600 dólares la tonelada- y precisamente cuando la enfermedad se enseñoreaba en las 600 mil hectáreas de árboles que suministraban la materia prima para los chocolates del mundo.

“De ser millonarios pasamos a ser pichincheros”, recuerda Alex Maron hijo. La producción de la hacienda de la familia ubicada en Itabuna cayó de 17 mil arrobas [en Brasil, 1 arroba = 15 kg] en 1986 a unas míseras 400 en 1994. Y de los cien trabajadores, sólo quedaron cuatro. De las 250 mil personas empleadas en las casi 30 mil propiedades rurales de cacao de la región, 200 mil se quedaron sin trabajo. Una de las herencias de ese aplanamiento de la pirámide social puede verse en las casas de caña de bambú, paja y plástico negro, ocupadas por los desempleados a la vera de las carreteras aledañas a Ilhéus, la antigua Roma del cacao. Otra víctima fue el Bosque Atlántico del sur de Bahía, una de las pocas regiones del nordeste de Brasil que aún alberga muestras de este tipo de vegetación. Para pagar sus deudas, los hacendados talaron y vendieron como madera miles de árboles de la selva que antes les daban sombra a los cacaoteros. En ese lapso habrían desaparecido entre 100 mil y 150 mil hectáreas de bosque autóctono.

Edvaldo Sampaio también acusó el golpe y por poco no cae en la desesperación. En tan sólo un mes, en julio de 1999, dejó de cosechar un volumen de cacao equivalente a la carga de 10 camiones o 10 mil arrobas, devoradas aún en los árboles, debido a la acción de colonias de hongos que recién habían llegado a sus tierras, en los alrededores de Gandú, una localidad cercana a Ilhéus. Durante dos meses observó las plantas, en procura de descubrir qué hacer para no perder las tierras donde 12 años antes había puesto todo el dinero que tenía. En septiembre de ese mismo año, hizo lo que los otros productores ya hacían, pero a un ritmo arrollador. Trabajó de sol a sol con 25 peones para injertar 117 mil estacas de clones -variedades resistentes a la enfermedad- en los árboles de cacao que cubrían 320 hectáreas de sus cuatro propiedades (cada hectárea equivale a 10 mil metros cuadrados). Dos años más tarde, cuando terminó, se vio libre de un fantasma: “la miseria no me agarra otra vez”.

Pero ésa su inquietud lo llevó mucho más allá. En una especie de tratamiento intensivo, reforzó el abono, podó los árboles e indujo el florecimiento con el propósito de anticipar la cosecha al primer semestre del año y así escaparle al ataque de los hongos, que es más intenso durante el segundo semestre. Y le salió bien. Sus campos, rodeados de plantaciones asoladas por la escoba de bruja, que deja a las hojas con una tonalidad de un rojo pálido, como si hubieran sido quemadas, exhiben actualmente una productividad de hasta 80 arrobas de cacao por hectárea; un promedio cuatro veces más alto que el del estado de Bahía en general. Este año su producción ascendería a 15.200 arrobas, una cifra cercana a las 19.300 arrobas anuales anteriores a las crisis. “En dos años, cuando recupere la producción”, anuncia, “organizaré unos fuegos artificiales que los van a oír en Bahía entero”.

Contra las reglas
Hasta el año pasado lo veían como un chiflado que hacía todo mal. Pero entonces sus resultados se dieron a conocer en una lista de discusión sobre el cacao en internet. Edvaldo Sampaio es un experto en romper reglas. Cuando se le recomendaba plantar clones alineados, este agrónomo Ballano, nacido en la localidad de Castro Alves, los mezcló para facilitar la polinización de las flores y la fructificación. “Me dio miedo”, comenta, “y pensé que de esa manera el riesgo de que saliera mal sería menor”. Tal como se verificó posteriormente, a costa de una merma ostensible en la producción, los árboles llenos de flores no generaban frutos porque algunas variedades de clones eran incompatibles y no polinizaban las flores de la propia variedad. Mientras que otros productores talaban los árboles originales para que sus clones crecieran más rápido, Edvaldo solamente cortaba las ramas más finas y posteriormente las más grandes. Como resultado de ello, hasta ahora en su hacienda los tocos conviven con los clones ya crecidos y producen hasta diez frutos cada uno. Otra osadía suya fue rescatar el yeso, que nadie más usaba, para hacer que las raíces ganasen en profundidad y la planta pudiera fortalecerse contra el hongo.

“Lo que hizo Edvaldo demuestra que existen soluciones sencillas contra la escoba de bruja, y fundamentadas científicamente. Eso nos permite ahorrarnos al menos diez años de trabajo”, comenta Gonçalo Amarante Guimarães Pereira, coordinador de un laboratorio del Instituto de Biología de la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp) y de una red de investigadores académicos y de productores de cacao interesados en vencer a la escoba de bruja. Dichas técnicas, aplicadas en las cuatro haciendas de Edvaldo Sampaio -dos bajo el mismo clima cálido y húmedo de Ilhéus y dos bajo un clima más seco-, se amalgamaron a la perfección con las conclusiones que se formularon en laboratorio a lo largo de cinco años referentes a los mecanismos de la enfermedad y sobre cómo detener la destrucción de las plantas. Fue como si los ensayos de campo, que normalmente son posteriores al trabajo científico, ya estuvieran listos al terminar la fase de investigación en laboratorio.

Las creaciones de Edvaldo Sampaio son muy sencillas, pero, al utilizárselas en el momento exacto, de manera tal que le permitan a la planta escabullirse del hongo, empiezan a cobrar forma de tablas y gráficos. Y al pasar ahora por el tamiz del rigor científico, invierten el flujo habitual de la producción del conocimiento, que normalmente se mueve de las instituciones de investigación a las propiedades rurales. Un equipo de la Unicamp sigue desde comienzos de este año el comportamiento de los cacaoteros de las estancias de Edvaldo Sampaio para entender con precisión la eficacia de las medidas que el productor probó empíricamente. El entomólogo Kazuiyki Nakayama y el fisiólogo Paulo Marrocos coordinan otro grupo, del Centro de Investigación del Cacao (Cepec, sigla en portugués) de la Comisión Ejecutiva del Plan del Cultivo Cacaotero (Ceplac, sigla en portugués), que dio inicio en agosto a un experimento con 2.400 cacaoteros de una propiedad rural ubicada en  el municipio de Uruçuca, cerca de Ilhéus. Quieren evaluar las innovaciones de Edvaldo Sampaio, a las cuales añadieron otras, para estimular la polinización de las flores y generar más frutos. Los resultados preliminares saldrían en un año y los finales en dos, según José Luis Pires, jefe del servicio de investigaciones de la Ceplac. “No tenemos ninguna vergüenza de aprender con los agricultores”, comenta Pires, genetista paulista que llegó a Ilhéus en 1987, poco antes de que se iniciara la caída del imperio del cacao.

Un equipo con confianza
Las evaluaciones de las propuestas de control de la escoba de bruja se harán sobre la base de conocimientos que comenzó a erigirse a partir de 2000, cuando Gonçalo Pereira formuló la idea de entender y acabar con la más cruel de las enfermedades de los árboles del cacao estudiando el conjunto de genes -el genoma- del hongo que la causa. Su equipo había integrado el grupo que secuenció el genoma de la bacteria Xylella fastidiosa, causante de una grave enfermedad de los naranjos. El conocimiento y los equipos materiales que habían reunido en el marco de ese trabajo pionero los nutrían de confianza para vérselas con un microorganismo cuyo genoma luego mostró ser 13 veces mayor.

Un año después, la Secretaría de Agricultura, Irrigación y Reforma Agraria (Seagri) del estado de Bahía le otorgó a Gonzalo 1,2 millones de reales. Al año siguiente logró otros 1,3 millones de reales provenientes Ministerio de Ciencia y Tecnología (MCT). Lentamente fue tejiendo la red de investigaciones y agregando competencias comprobadas o potenciales de la Universidad Estadual de Santa Cruz (Uesc), con sede en Ilhéus, de la Ceplac, de la unidad de la estatal Embrapa de Brasilia, de la Universidad Federal de Bahií (UFBa) y de la Universidad Estadual de Feira de Santana (Uefs). Al mismo tiempo, se reunía con productores de cacao de Bahía y se la pasaba horas explicándoles las nuevas perspectivas de estudio de la enfermedad y mostrándoles que eran poco fundamentadas las alternativas hasta entonces pregonadas, según las cuales el agua del mar y la orina de las vacas eran excelentes contra el hongo que destruía los árboles del cacao.

La red de investigación se expandió en 2003 cuando la Unicamp incorporó una lista de discusión: la lista del cacao. Creada en 1999 por el productor Deroaldo Boida de Andrade, la misma iba a ser extinguida. Gonçalo Pereira, quien asumió como coordinador, vislumbraba en esa lista una forma de comunicación rápida entre la gente ligada a la producción y comercialización del cacao, normalmente desunida. De cien nombres trepó a 720 -no solamente de productores, como era al principio, sino también de procesadores de cacao, investigadores, docentes universitarios, políticos, periodistas, empleados públicos y consumidores. Mediante esta lista, el trabajo de laboratorio y los ensayos en campo convergieron en agosto de 2005 en un camino único de propuestas de acción contra la escoba de bruja.

Reconocimiento
Entonces Edvaldo les envió a los otros integrantes de la lista una foto de uno de sus árboles, lleno de cacaos. Otro integrante, Edno Querino Câmara, le pidió que le explicara qué era aquel tajo en el tronco de aquel árbol -un corte superficial a la altura del pecho. Era el llamado “roletamento” o encintando, uno de los artificios que se emplean para inducir el florecimiento y anticipar la cosecha, cortando los cacaos sin hongos ya durante el primer semestre de cada año. Ése no era el más importante de los trucos de Edvaldo, pero era precisamente el que el investigador de la Unicamp estaba buscando. Gonçalo ya sabía que el ciclo reproductivo del hongo acompaña rigurosamente el crecimiento de la propia planta. Meses antes, había procurado romper tal sincronía: apuró la maduración de las flores pulverizando hormonas vegetales sobre los árboles. El experimento movilizó a unos cien hombres, pero tres meses después terminó en nada.

Así y todo, al leer el mensaje en la lista, Gonçalo se dio cuenta de que estaba ante la respuesta a las dudas que atormentaban a él y a su equipo. Y no lo pensó dos veces antes de disparar un mensaje en el que reconocía que Edvaldo había encontrado lo que el buscaba hacía dos años, comentando la lógica científica de aquella técnica y concluyendo en rojo: “¡Usted ha hallado la solución!” Por último, pedía que el productor describiera con lujo de detalles aquello que había hecho, para que los investigadores entendieran mejor cómo funcionaba este nuevo método de restablecer la vida de los árboles de cacao.

El coordinador del Laboratorio de Genómica y Expresión de la Unicamp transpuso la habitual prudencia y fue tan incisivo porque tenía en sus manos el mapa da enfermedad, elaborado a partir del genoma del hongo en conjunto con los otros grupos de investigación de São Paulo y Bahía. Los investigadores detallaban en casi 20 artículos científicos los mecanismos mediante los cuales la planta se defiende, al margen de apuntar las proteínas esenciales del hongo que, si se las bloqueara, podrían detener la enfermedad. Había develado así ambas formas de comportamiento del hongo, que al comienzo de la enfermedad exhibe una personalidad calma y pasiva, alimentándose de tejidos vivos, y posteriormente asume una personalidad agresiva y tempestuosa, nutriéndose únicamente de tejidos muertos.

Precisamente por haber previamente identificado los genes y los mecanismos bioquímicos por los cuales el hongo ataca y la planta se defiende, Gonçalo Pereira se dio cuenta de que las técnicas de Edvaldo deberían funcionar. Meses después, al visitar las propiedades, verificó que realmente funcionaban. “Mi éxito es producto del haber hecho todo tempranamente”, resume Edvaldo Sampaio. Él poda las ramas de los árboles entre octubre y diciembre, cuando los frutos están terminando de madurar los árboles, mientras que los productores normalmente los podan algunos meses más tarde, entre enero y marzo, cuando las esporas del hongo están en el aire a la espera de tejidos nuevos donde puedan alojarse.

Debido a la poda anticipada, las esporas encuentran brotes maduros y, al no hallar dónde adherirse, mueren. Aun cuando algunas logren aterrizar en tejidos nuevos, encontrarán una planta bien nutrida, porque Edvaldo Sampaio abona el suelo con urea, rica en nitrógeno, en marzo, cuando empiezan las lluvias. El exceso de nutrientes apura el cambio de fase del hongo, que asume la forma más agresiva y se prepara para comenzar a nutrirse de tejidos muertos. Pero entonces la planta ya está fuerte, resiste e impide el desarrollo del hongo. De ese modo es posible anticipar la cosecha de frutos -libres del Moniliophtera perniciosa- para mayo, junio y julio. El corte superficial del tronco se hace entre el 15 de noviembre y el 15 de diciembre cada cinco o seis años, y solamente en los árboles más añosos.

Riqueza relativa
Estos cuidados pueden ayudar no solamente a hacer renacer el cultivo del cacao, sino también a mantener lo que todavía queda de Bosque Atlántico en el sur de Bahía. A diferencia de otros cultivos agrícolas, el árbol del cacao requiere de sombra; una peculiaridad que desembocó en el método de cultivo conocido como “cabruca”, que es cuando se plantan los cacaoteros en medio de la vegetación natural. Vista desde lo alto, la “cabruca” parece una selva cerrada, aunque no es realmente un bosque autóctono y no siempre logra preservar la diversidad biológica. La principal razón radica en que, para que los árboles de cacao reciban la dosis adecuada de humedad y luz, toda la vegetación más próxima al suelo se corta y solamente permanece uno de cada diez árboles más altos. Con tan poca selva original, solamente viven allí las especies más comunes de animales, especialmente las aves y los pequeños mamíferos. “Las ‘cabrucas’ son un reflejo de la diversidad de los bosques vecinos”, observa Deborah Faria, bióloga de la Uesc.

Años atrás Deborah constató que una pequeña área de “cabruca” diluida en medio del bosque maduro era muy rica en especies de animales, que no distinguían los límites entre las plantaciones y la selva. En 2002, por medio de un estudio publicado en febrero en Biodiversity Conservation, ella corroboró una situación opuesta: amplias áreas de “cabrucas” que dominaban un paisaje de bosque autóctono son pobres en diversidad de animales. “Solamente si se las usa adecuadamente”, concluyó, “las ‘cabrucas’ pueden servir para preservar a biodiversidad”.

Edvaldo Sampaio estima que, desde agosto del año pasado, 1.500 productores y científicos visitaron sus plantaciones. Y paulatinamente sus osadías van llegando a otras tierras. “Estoy aplicando estas técnicas en mi propiedad y están rindiendo sus frutos”, comenta Paulo Gonçalves, que cultiva 350 hectáreas de cacao en Linhares, Espírito Santo. Hay también quienes sostienen que estos remedios únicamente se pueden aplicar en condiciones específicas de suelo y clima, sumadas a una perfecta densificación y sombra de los árboles. Cosas que, debido a que requieren cuidados intensivos con las plantas y con el suelo, pueden ser caras -algo trágico para los propietarios, la mayoría endeudados o en litigio con los bancos, debido a los préstamos que contrajeron para implantar las salidas anteriores, que se mostraron infructuosas. Edvaldo asegura que todo lo que hace es económico, aunque sus costos son por ahora inciertos.

Probablemente nadie haya sido más impetuoso que él para probar tantos artificios al mismo tiempo, pero otros productores también crearon sus propias recetas de abono y cultivo, y lentamente van reemplazando los árboles por clones más productivos y resistentes a las enfermedades. Es posible que en este caso los descubrimientos de cada uno se propaguen tanto debido a que la resistencia de las mismas variedades de clones varía de un campo a otro, probablemente en razón del suelo y del microclima, de acuerdo con un experimento coordinado por Karina Gramacho en el Ceplac. Ésta extrajo muestras de siete tipos de clones de las propias haciendas y las infectó con una dosis de esporas tres veces mayor que la que normalmente se emplea en los experimentos. En un caso extremo, la resistencia de un mismo clon, el EET 392, varió del 20% al 100%, mientras que otro, el Scavina6, exhibió una resistencia inferior al 30%, pero casi igual para todos los aislados. Karina lo verificó: “Estamos lidiando con un hongo con una excepcional capacidad de adaptación”.

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