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Especial

Prometeo versus Narciso: la ética y la clonación

Así como la ciencia cambia, la ética también puede mudar, siempre y cuando se respete el derecho del otro a la igualdad –y a la diferencia

Desde su nacimiento -con la experimentación, en los albores de la modernidad-, la ciencia mantiene una relación difícil con la ética. En el siglo XVI, las buenas costumbres ven con horror la práctica de la anatomía, que, no obstante, será la condición básica para el desarrollo de la medicina (y también de la pintura: Da Vinci no sería el mismo si no huebiera examinado cadáveres para dibujar el cuerpo humano). Al principio del siglo XX, Freud causa escándalo cuando afirma la sexualidad infantil. Por cierto, si la opinión pública identifica al psicoanálisis con una vaga obsesión por el sexo (“Freud explica”), es porque vería con pésimos ojos la tesis de la sexualidad perversa que existe en todos nosotros, incluso en nuestros hijitos, a quienes adoramos imaginar como pequeños ángeles rousseaunianos.

Por eso, en las contadas ocasiones que el psicoanálisis sale del consultorio para hablarle de la sociedad, genera incomodidad. En Estados Unidos, muchos acusan al psicoanálisis por encubrir la realidad del abuso sexual contra los niños. En Brasil, hace diez años, cuando los dueños de una escuela infantil vieron sus vidas devastadas porque chicos de 2 años dijeron haber sufrido abusos sexuales, los psicoanalistas no salieron en público a recordar que, según Freud, incluso angelitos rousseaunianos tienen fantasías sobre la sexualidad, y por lo tanto lo que esas criaturas decían podía no ser la expresión auténtica de la verdad, sino la manifestación más clara del ello.

Esos ejemplos bastan: la medicina del cuerpo y de la psique surgen causando horror moral. De allí la pregunta: cuando criticamos un avance científico en nombre de la ética, ¿no corremos el riesgo de ser tan prejuiciosos, de cara a algo nuevo, como fueron los que condenaron a Da Vinci por la anatomía, y a Freud por la sexualidad infantil? Y hablando de clonación: ¿su discusión ética está a la altura de su avance científico? Porque una de las creencias básicas de nuestra sociedad indica que la ciencia progresa sin cesar. Esa fe aparece en el nombre de la SBPC y en el de la AAAC, y está implícita en la denominación de la FAPESP (apoyo), del CNPq (desarrollo) y de la Capes (perfeccionamiento). Solo que, cuando pensamos en ética, creemos lo contrario, es decir, que ésta no cambia con el tiempo. Creemos en el progreso de la ciencia, pero también en la permanencia de la ética. Ahora bien, nada justifica que la ética no cambie. Si no osamos decir que la ciencia llegó a su estadio final, no debemos decirlo acerca de la ética.

Una solución fácil sería separar ética (o política, o religión) y ciencia. La ciencia lidia con la verdad (o algo parecido a ella), y la ética, con la vida práctica. La ciencia sería aética. Entonces la ética no tendría nada que ver con la propia ciencia, sino con sus aplicaciones, en especial, con la tecnología. La ciencia diría lo que es; en tanto, la ética, diría lo que debemos, o bien, podemos, hacer.
Solo que nuestros dos ejemplos desmienten esa separación. Da Vinci y Freud muestran que la ciencia interfiere en la ética. Pocos actualmente condenan la anatomía. Sabemos que el conocimiento generado por ésta salvó millones de vidas. Somos más tolerantes con la sexualidad ajena. La expresión efusiva de sentimientos en público, aun aquéllos de tenor sexual, incomoda a cada vez menos gente. Y eso nos ha ayudado a tener una ética que lidia menos con la superficie y más con el fondo de las cosas. Salimos del conjunto de reglas listas y empezamos a cuestionar su sentido. Tal cambio debe mucho a la ciencia.

No es que eso signifique que llegaremos a tener una ética científica. La ética trata acerca de valores. La ciencia no tiene cómo probarlos, incluso porque forma parte de la esencia de éstos ser plurales y frágiles. Son plurales porque los valores diferentes y aun aquéllos que son opuestos son igualmente legítimos. Son frágiles por la misma razón: no se puede afirmar su carácter absoluto. Claro que nadie dirá que es correcto matar o robar. No obstante, aceptamos, para preservar la vida, que se infrinja el derecho a la propiedad e incluso que se mate en legítima defensa o en protección a un ser indefenso. Vemos así que no existe absoluto en relación con los valores, a excepción de algunos principios generales, como el del respeto a la persona del otro.

Pero, entonces ¿como queda la cuestión de la clonación humana? Si la misma es terapéutica, opondrá cada vez menos problemas éticos. Unos años atrás, una familia europea generó un hijo para que le donara una parte de su medula a la hermana, que de otro modo moriría (esa historia que inspiró parte de la novela brasileñaLazos de Familia, 2001 ). Hubo críticas. Pero solamente se suscitaría un problema ético si esa criatura hubiera sido meramente usada, sin amor, para el bien del otro. Si fue criada con cariño, ¿cuál sería el problema? Y si contáramos con el uso de células madre para curar enfermedades, será muy bueno.

Los problemas éticos que acarrea la clonación me parecen, a decir verdad, de dos órdenes. Existen problemas auténticos cuando se trata de la clonación reproductiva humana. Y existe también una zona gris, de reacciones contra ciertos avances científicos que permiten o expresan cambios de valores significativos en nuestras vidas. Veamos.

La clave de una ética actual solamente puede estar en un respeto intenso al otro. Es retomar la idea kantiana de que el hombre es un fin en sí mismo, y no un medio. Significa, en otras palabras, que debemos reconocer el derecho a la igualdad y -curiosamente- el derecho a la diferencia. El derecho a la igualdad quiere decir que todos debemos ser aceptados como iguales, al menos en lo que se refiere a derechos y oportunidades. Entretanto, el derecho a la diferencia significa que cada uno puede usar su libertad como quiera, siempre y cuando no perjudique a los otros. No es fácil definir estos derechos en la práctica. ¿Qué significa “igualdad de oportunidades”? Ciertamente tal igualdad no existe en Brasil; pero, ¿existe en Estados Unidos? Tal vez no. ¿Y qué significa “perjudicar al otro”? Hay gente que siente que su libertad es agredida por la exhibición sexual del otro. Los límites no son fáciles de marcar. Pero, aunque sea difícil dotar de contenidos precisos a la ética, sus principios debenserésos.

Pasando a la clonación reproductiva, solamente es correcto limitarla para que no perjudique a otros seres humanos. El posible perjudicado es, obviamente, el posible clon, el ser que se generaría. Ahora bien, éste puede verse sumamente perjudicado. El menor problema es que no llegue a nacer (como las 276 Dollies fallidas). Lo peor sería que la 277ª Dolly humana, aquélla que tuvo éxito, naciera -mas sujeta a una vida desgraciada por enfermedades y degeneraciones. Pero la cuestión es: si esos problemas técnicos fueran superados, ¿la clonación reproductiva será aceptable éticamente?

Hay cosas que no dependen de los avances de la técnica. Un hijo es generado por dos personas. Nadie aún ha generado un hijo solo -excepto en ciertas religiones y mitologías. Es por eso que la idea del clon fascina y choca. Es un paso enorme en pro de tornar al individuo -en este caso, al padre (o a la madre)- más poderoso, casi omnipotente, casi autosuficiente: incluso la gran limitación natural que hasta hoy hizo que la generación copiara solamente por la mitad a cada uno de los genitores, caería por tierra. Es un gesto prometeico, una afrenta contra los límites naturales.Sin embargo, dichos límites ya están saltando, por todas partes. No es únicamente en la ciencia. Hace pocos días, el Superior Tribunal de Justicia de Brasil entendió que una protección legal -que le impide al acreedor tomar la residencia familiar de quien le debe- se aplica también a los solteros. Traduciendo los pormenores: el entendimiento anterior a ése indicaba que no había familia de una persona sola -pero la sentencia definitiva indica que puede efectivamente haberla. Es otra manera de abordar nuestro tema. La familia, antes, empezaba con la pareja. Hoy, existen familias de un solo individuo. Si desde la novelaVale Todo (1988) se acepta la “producción independiente” de hijos, ¿cuál es la diferencia significativa entre eso y la clonación reproductiva? En el caso de esta última, genéticamente existe apenas un progenitor, pero en la producción independiente también se concreta la crianza -cultural- del hijo por parte de una sola persona.

¿Y existe alguien que aún crea que es mejor tener dos padres peleando que uno solo, pero amoroso? La producción independiente quizás haya anticipado en nuestra cultura aquello que la clonación reproductiva ahora insinúa en la biología. La cultura, en este caso, precedió a la naturaleza. Quizás ése sea un paso más rumbo a la individuación hacia la cual nuestra sociedad camina desde hace bastante tiempo. Quienes gustan de nuestra sociedad dirán que ésta emancipa a la persona de los controles externos. Quienes la critican la acusan por un individualismo egoísta. Incluso la elección de las palabras es significativa: persona es un término simpático, de carga ética, mientras que individuo causa cierta incomodidad. Pero acá tenemos dos aspectos de un mismo proceso. Entre la emancipación y el egoísmo, cada uno de nosotros -y cada grupo social- vacila, oscila, negocia.

Las cosas comenzaron antes incluso que el capitalismo, con Prometeo. En la mitología, Zeus lo castiga porque éste hurtó el fuego a los dioses para dárselo a los hombres. “Prometeo”, en griego, significa “el que ve antes”. Prometeo podría ser el patrono de la investigación científica: él le suministra al hombre el primer gran equipamiento tecnológico -el fuego-, ve más allá, y sufre por eso, con el hígado perforado cotidianamente por un buitre, hasta que Hércules finalmente lo libera de ese castigo. Tenemos acá todo lo que compone el difícilethos científico: primero, la innovación; segundo, la ambición de ser como Dios (ambición que está en la agenda de la ciencia moderna desde sus comienzos); tercero, la aplicación práctica, tecnológica, del conocimiento; y, finalmente, el dolor, la culpa por romper la frontera entre lo humano y lo divino, entre la ignorancia y el conocimiento, entre la sumisión y el poder.

Todo descubrimiento científicoexige que el investigador suspenda sus prejuicios, y esto comporta riesgos éticos. Pero la ciencia no produce automáticamente efectos nocivos en el plano ético. La aplicación de la ciencia al mundo práctico nunca es mecánica o automática. Depende de las elecciones humanas. Los chinos conocían la pólvora desde hacía siglos -pero solamente la utilizaban para fuegos artificiales- cuando que los occidentales empezaron a emplearla en las armas. ¿Cuántas otras invenciones no dormitan así, sencillamente porque algunos de sus potenciales aún no han sido desarrollados? Solamente una sociedad ansiosa por expandirse -que más tarde se denominará capitalista- conseguirá extraer el máximo de cada invento, y arrastra éstos hacia el lado predatorio. En suma: la ciencia, por sí sola, no ocupa el lugar de las opciones éticas -ni políticas.

Hay así algo de prometeico o baconiano en la esencia de la investigación científica moderna. Tal vez ésta retome cuestiones posibles de ser situadas en las dos grandes tradiciones de la cultura occidental, la pagana o griega, y la bíblica o judeo-cristiana. Prometeo es el hermano helénico del árbol de la ciencia del bien y del mal, que está en el Génesis. La diferencia entre nosotros y nuestros ancestros Prometeo y Adán y Eva es la siguiente: el heroísmo transgresor de los humanos que intentaron usurpar el conocimiento divino era un comportamiento excepcional -mientras que éste, actualmente, define precisamente el perfil de nuestra sociedad.

La excepción se ha convertido en regla. Clonar a un hijo evoca la idea de Dios creando el primer hombre a su imagen y semejanza. Pero incluso Dios, omnipotente, se deparó con la rebelión de la primera pareja. El hombre es lo que es por causa del pecado original -la limitación que impuso al Creador. ¿No será ésa una advertencia para quien sueña con la clonación reproductiva? Soñando con ser microdioses, deseando privatizar la creación divina, no imaginan que la creatura después crezca, se desarrolle, se rebele.

De allí se desprenden algunas conclusiones. Primera: no sé si debe ser prohibida o no la clonación reproductiva de seres humanos, si y cuando los problemas técnicos sean superados. Aun cuando la prohíban, siempre habrá uno, de los casi 200 países del mundo, que podrá tolerarla, incluso por dinero. Me parece que, antes de prohibir por completo la clonación reproductiva humana, prohibición ésta que parece ser la tendencia dominante entre científicos, religiosos y pensadores éticos, deberíamos entender mejor qué está en juego en ese sueño. Esto exige mucha investigación aún. Conocemos mejor el cuerpo que los sueños humanos. Intenté mostrar que nuestra sociedad es aquélla que fue más lejos en el anhelo de tomar, para el ser humano, atributos que antes eran de Dios. Yahvé tenía la ciencia, Zeus detentaba la tecnología. Kipling intituló un cuento suyoEl hombre que quería ser rey . La historia de la humanidad es la historia de hombres que quieren ser dioses.

Pero, cuando el hombre intenta ampliar su poder sobre el mundo clonando a un hijo, ¿adónde va a parar el debido respeto a éste? La segunda conclusión es: el derecho de todo ser humano a ser él mismo debe ser respetado. Quien clona a un hijo, ¿no está intentando bloquear todas las coordenadas de una vida que debería ser libre? ¿Qué sucederá cuando esto no salga bien? Porque al final de cuentas, un ser no es tan solo su genética, es también su educación.
Sin embargo, lo importante es que estas preguntas solamente tienen valor ético si percibimos que no se refieren únicamente a un eventual clon, sino a toda criatura -o a todo niño. No existe diferencia esencial entre controlar genéticamente el perfil de mi hijo, ycontrolarlo educativamente, entredeterminar cuáles serán los rasgos naturales del niño, y cuáles serán sus rasgos culturales. La cuestión ética es la misma: cómo hacer que el narcisismo no prevalezca sobre el respeto al otro.

Concluyo con eso, quizás en anticlímax. Sería más agradable advertir contra los riesgos de siniestros doctores Silvana despuntando en el horizonte -un horizonte externo a nosotros, una amenaza del mal contra la inocencia. Empero, pienso que las cuestiones ligadas a la clonación reproductiva solamente pueden ser abordadas con el telón de fondo de una sociedad prometeica y narcisista. Ella solamente actualiza potencialidades que ya vivenciamos. Pues Prometeo vive en nuestros científicos, figurando entre aquello que tenemos de mejor.

Narciso está en casi todos nosotros, y es el nombre de la amenaza que representamos a los derechos de los otros. Pero hablar de la amenaza narcisista exige que conozcamos mejor a la sociedad y al ser humano, que los investiguemos más y, finalmente, que intentemos convertir esas investigaciones en aplicación práctica – reduciendo las ansias de los ricos y poderosos de controlar todo. Quién sabe si valiéndonos de Prometeo, es decir, de la indagación sin miedo, esta vez sobre los sueños y los deseos humanos, no logremos refrenar el poder negativo de Narciso.

Renato Janine Ribeiro es profesor titular de Ética y Filosofía Política de la Universidad de São Paulo y autor, entre otros libros, de A Sociedade contra o Social – o Alto Custo da Vida Pública no Brasil.

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