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Literatura

¿Qué es la vida sin dragones?

El último libro de la serie Harry Potter es un buen motivo para discutir el deseo actual por el encantamento

Salió en la revista Nature (de agosto-septiembre de 2005): La lectura de Harry Potter y el enigma del príncipe, de J.K. Rowling, sugiere que la brujería es una habilidad heredada dentro de patrones mendelianos, con el gen brujo (W) recesivo al gen muggle (M). De ahí que todos los brujos tienen, por lo tanto, dos copias del gen brujo, escribieron tres investigadores del Chromosome Research del Royal Childrens Hospital (Harry Potter and the recessive allele). En la edición siguiente, otro grupo de científicos, en esta ocasión de la Universidad de Cambridge, usando un buen juego de palabras, contrapunteó la hipótesis en Harry Potter and the prisioner of presumption:  Por el razonamiento expuesto, Hermione, una bruja nacida de muggles, necesitaría tener padres WM. Pero, como sabemos, ellos son dentistas y muggles, sin ningún historial de brujería familiar. La hipótesis de que la brujería sea hereditaria, por lo tanto, no se sostiene.

Usted puede hasta darse el lujo de no entender la discusión genética, pero si no conoce a Harry Potter, Hermione y no sabe cual es la diferencia entre brujos y bobos, considérese, respetuosamente, un alienado. Una investigación en  Google revela 160 millones de referencias al brujito de Hogwarts, en todas las lenguas posibles, desde fans ardorosos hasta críticos milenaristas, para quien Harry enseñaría magia negra a los niños. Sin hablar de los artículos en revistas especializadas, en los cuales académicos distintos disecan a los más variados aspectos de la creación de Rowling, cuyo séptimo y último volumen saldrá ahora en julio, con las habituales filas kilométricas de espera avanzada la noche en la puerta de las librarías. ¿Será que 35 millones de lectores pueden estar equivocados? Sí?, afirmó el crítico literario Harold Bloom, que se dignó a abandonar el canon occidental para masacrar al profesor Dumbledore y sus pupilos, en un artículo polémico que, desdichadamente, será tal vez más recordado en el futuro que sus muchos estudios eruditos sobre Shakespeare y Cervantes.

Más: una investigación hecha por el periódico Folha de S.Paulo reveló que, aunque destinados al público infanto-juvenil, los libros de la serie estaban siendo leídos por cuatro de cada cinco entrevistados con más de 25 años. Los mismos resultados ya habían sido obtenidos en el exterior. Adultos: no continúen huyendo de la vida?, chamuscó un crítico inglés en el The Independent. Hay sin embargo razones de sobra para comprender eso. Vivimos inmersos durante un largo período en la más profunda hegemonía de la  racionalidad ilustrada. No es que el mito y la magia hayan dejado de coexistir; persistieron latentes, a las márgenes de la razón. Pero tal vez esa ya no se baste más para explicar la contemporaneidad; hubo necesidad, por lo tanto, de que fuesen buscados otros instrumentos y repertorios capaces de enfrentar el desafío de la (in)comprensión, observa la antropóloga Silvia Helena Borelli, que acaba de defender su tesis de libre-docencia en la PUC-SP sobre el tema Harry Potter: campo literario y el mercado, libros y matrices culturales. ¿Estaríamos hoy en busca del tiempo perdido de las maravillas? A partir del Adorno, la investigadora nos recuerda el encuentro de Ulises y las sirenas, en la Odisea, de Homero. Entre el mito y la razón, él encara el supremo desafío: perderse en el pasado mítico (responder al llamado de las sirenas) o ¿accionar las telas de la razón y, con ellas, prenderse al mástil, oír el canto, deleitarse con él, pero seguir adelante. El disgusto, fue él.

Para Silvia, con ese gesto de ir adelante Ulises se convierte en un ser moderno, posicionado ambiguamente, de espaldas para el mito y de cara para la razón, sabedor de que, si no estuviese de manos atadas, no resistiría al llamado de las bellas mozas acuáticas. No hay como negar que estamos viviendo un momento propicio a la vuelta de lo maravilloso, del cual la vuelta de las hadas y de la magia es solamente un síntoma, pondera la investigadora del Departamento de Letras de la Universidad de São Paulo (USP) Nelly Novaes Coelho, autora de El cuento de hadas. Estamos intentando re-encantar a la vida, concuerda Marisa Lajolo, profesora de literatura en la Universidad Estadual de Campinas. ¿Dónde el brujito de gafas entra en esta historia? Hay algo más, que hace de Potter el héroe del momento: las circunstancias que lo llevan a luchar contra el malvado Voldemort. El huérfano se transforma así en vengador de sus padres y salvador del mundo. O sea, él encarna una paradoja: es libre para realizar exactamente los sueños más ambiciosos de sus padres. ¿Qué libertad es esa? La contradicción hace de Harry un compendio de la gloria, de los dolores y de las ilusiones de nuestra subjetividad contemporánea, escribió, en su columna el psicoanalista Contardo Calligaris. Pero ¿cómo interpretar entonces los 35 millones errados según Bloom.

Es mejor intentar entender el gusto de los lectores en vez de evaluar si el gusto ajeno está correcto o errado. Pero la actitud de Bloom no es nueva: la crítica literaria casi nunca aprueba obras de gran circulación. Es una vigilancia: si le  gusta a todos, no es buena. Basta recordar en el Brasil los casos de Jorge Amado y Erico Verissimo, de público fiel y maltratados por la crítica, observa Marisa. La literatura infantil e infanto-juvenil padece de un prejuicio duplicado con esa misma crítica. La fantasía es un componente indispensable del texto dirigido a la infancia y, por eso, ella parece expulsar de los libros el realismo. El resultado de eso es una comprobación más del desprestigio de la literatura infantil, observa la profesora de literatura de la Universidad Federal de Río Grande del Sur, Regina Zilberman, en su libro La literatura infantil en la escuela. Según la investigadora, la fantasía es un importante subsidio para la comprensión del mundo por el niño. Ella ocupa las lagunas que el individuo tiene durante la infancia, debido al desconocimiento real, y ayudarlo a ordenar sus nuevas experiencias. La fantasía también puede tomar la configuración del sueño mientras que el deseo esté insatisfecho. Es esa significación que el ente maravilloso, presente en el cuento de hadas, puede corporificar: representará al adulto omnipotente, aliado y bueno, que soluciona el problema mayor del héroe, evalúa. Históricamente sin embargo, en el paso del relato folclórico a la literatura infantil, se perdió, apunta Regina, el contenido de rebeldía: el héroe se sujeta a la dominación del adulto. Pomo de oro para Harry.

En los libros de Rowling, para salvar un inocente tenemos el derecho y el deber de infringir las leyes. El derecho a la desobediencia es ampliamente justificado en varias situaciones de la serie. Harry, muchas veces, sólo consigue salvarse y triunfar sobre las fuerzas del mal por causa de su audacia y capacidad transgresora, observa Isabelle Smadja, investigadora de la Universidad de Nancy, en Harry Potter: las razones del éxito. Aunque ella mantenga la necesaria lucha entre el bien y el mal, estamos lejos de las ficciones de bajo nivel de hoy dirigidas a los niños, en las cuales, para dar curso a una violencia a veces cruel, se crea el pretexto faccioso de que los buenos deben luchar contra los malos y que, por eso, pueden matar y torturar.? Antes de que avancemos hasta Hogwarts y la literatura fantástica, necesitamos volver a un pasado bien real: la discusión del mito, que remonta a Platón, para quien los futuros ciudadanos de la República ideal deberían iniciar su educación con mitos, y no con enseñanzas y hechos racionales. Por una ironía del vocabulario, la palabra cuento viene del latín computare, o sea, relacionar, contar hechos.

La literatura infantil nació mucho más tarde, así como el propio concepto de niño, una invención de la modernidad. Entre 1690 y 1697, el francés Charles Perrault escribió las primeras obras del género. Su descubrimiento tuvo un doble objetivo: probar la equivalencia de valores y sabidurías entre antiguos greco-latinos y los contemporáneos franceses y divertir a los niños, en especial a las niñas, orientando su formación moral, explica Nelly. Después de él vinieron La Fontaine, que usaba animales para poder criticar la sociedad de su tiempo a la voluntad; los hermanos Grimm, en el siglo XVIII, con su trabajo muy serio de recuperación de las raíces folclóricas germánicas por medio de la investigación en campo de las historias populares; y, en el siglo XIX, Andersen, que, observa Nelly, sintonizado con los ideales románticos, fue la gran voz para hablar a los niños, transmitiéndoles el ideal religioso que ve la vida como un valle de lágrimas que tenemos que atravesar para llegar al cielo; de ahí sus cuentos llenos de realidad cotidiana, en que imperan la injusticia social y el egoísmo. Pero en un bosque donde hay hadas hay analistas de cuentos.

El más conocido de ellos fue el psicoanalista Bruno Bettelheim, que, en sus estudios, afirma que las fantasías invaden la subjetividad del niño literalmente, por medio de la lectura, reproduciendo las confrontaciones entre ella y la realidad adulta. No todos concuerdan. Un especialista en literatura infantil, el profesor de la Universidad de Minnesota Jack Zipes no ve el elemento maravilloso como una forma de engañar al joven lector, pudiendo, al contrario, aclarar puntos obscuros de la vida para él. Todos están de acuerdo, observa Roberto Whitaker, autor de Los hijos de Lobato, que las historias infantiles atienden a la necesidad de la fantasía, presentando un universo organizado, en que la fantasía puede ser reveladora de conflictos de otra forma inexpresables, contribuyendo así al alivio de las tensiones existentes en el interior del niño. El propio autor de El señor de los anillos, J.R. Tolkien, entendía lo fantástico de esa forma e insistía que, en ese juego de irrealidades, lo que interesaba efectivamente al niño era descubrir el lado bueno y el lado malo. El cuento de hadas tiene un papel liberador, aún cuando propone soluciones doctrinarias y moralizantes, reflejando un proceso de lucha contra todos los tipos de restricción y autoritarismo, al mismo tiempo presentando posibilidades concretas de realización de una utopía, recuerda Whitaker. De vuelta a Hogwarts.
Lejos del horror de Bloom, que llamó a la serie colcha de retazos de viejos clichés, J.K. Rowling parece haber conseguido crear, en la evaluación de Isabelle, un cuento de hadas moderno, que concilia modernidad e imaginario, poniendo en acuerdo el espíritu de una época y el carácter primitivo de los deseos. Heredera del baúl milenaria de historias fantásticas, la madre de Potter se transformó, anota Silvia Borelli, en portadora de un conjunto de referencias universales, configuradas por intermedio de matrices culturales tradicionales, que retoman temas fundadores, lo que permite que sus historias rompan barreras de las particularidades culturales y construya repertorios compartidos con lectores de diferentes etnias, religiones, clases sociales, géneros y generaciones. Según la investigadora, es importante notar que, en los libros de la serie, los personajes son híbridos: los brujos son tan humanos que se olvidan de que son brujos; los escenarios son comunes, la trama se desarrolla basada en problemas, comportamientos y actitudes consonantes con las experiencias juveniles, accionando fuertes mecanismos de proyección e identificación. ¿Y dónde está la magia?

Uno de los puntos altos de la serie es exactamente la presencia de lo prosaico y de lo cotidiano en medio de la más fantástica imaginación. Creo que la rutina escolar, con profesores, tareas, la necesidad del aprendizaje de la magia con estudio arduo, todo eso da al libro la verosimilitud necesaria para ancorar la imaginación, evalúa Marisa Lajolo. La escuela tiene, además, un significado bien particular. Los jóvenes acompañan a los personajes en aquel que tal vez sea uno de los últimos ritos de pasaje de nuestra sociedad: la entrada en un colegio con profesores diferentes para cada materia, lleno de reglas y tradiciones, afirma el psicoanalista Renato Mezan, profesor del Departamento de Psicología de la PUC-SP. Desde el punto de vista psicoanalítico, los libros de Rowling tratan de problemas de origen, que interesan tanto a los jóvenes como a los niños que permanecen en los adultos, algo que Freud descubrió ya en 1890. Es notable como la autora leída con esa investigación y esa apropiación de los orígenes por Potter. Mezan destaca que los libros, de quiebra, discuten temas polémicos actuales en la era de la globalización, como el racismo, las diferencias sociales, el prejuicio, el problema de las migraciones, todo escondido bajo el manto de la fantasía. ?Basta ver la lucha de Hermione para acabar con la servidumbre de los elfos o los problemas financieros de Rony.

¿Freud leería a Potter con placer? Creo que sí, pues a él le encataba los mundos maravillosos. Era, además, un fanático de las aventuras de Tarzán. Hay un punto curioso en el análisis freudiano que es la cuestión de la magia. En Harry Potter, al contrario de Totem y tabú, ella no se vincula a la omnipotencia del pensamiento, sino que es algo que tiene que ser aprendido, un movimiento que muestra valores como la lectura, la erudición, la investigación como siendo importantes y buenos. Hermione, por ejemplo, salva muchas situaciones por causa de sus lecturas. Solamente después de mucho trabajo es que se consigue, con disciplina y persistencia, vencer al mal, observa Mezan. Potter, a pesar de esa novedad en relación a los cuentos del pasado, aún debe ser visto como un típico cuento de hadas, dijo Isabelle, aunque la autora haya preferido cambiar el disfraz del hada por la capa del mago. Según la profesora francesa, ser brujo en Hogwarts significa ser capaz de realizar buena parte de nuestros deseos. El universo de la brujería conserva alguna cosa de la infancia, de aquel período en que aún no admitimos que nuestros deseos tal vez no puedan  realizarse.El esfuerzo, sin embargo es observado y entendido por el lector. Forma parte del universo infantil la notable capacidad de realizar deseos y de vivir en lo imaginario sin quedarse pensando el tiempo todo que él es construido de sueños y fantasías. Potter es una obra para la juventud, porque el mundo de la brujería es la metáfora del mundo de la infancia delante del mundo adulto.

Mezan concuerda en que, para los lectores adolescentes de Rowling, las cuestiones éticas se colocan de forma clara y la magia tiene lugar sin que nadie crea en aquello como verdad. La magia es otra. El público de Potter consigue extraer respuestas sobre comportamientos de su cotidiano del que tienen dudas, aquel no estoy solito, es verdaderamente difícil conquistar a las niñas etc. Sin embargo, la presencia paterna de Dumbledore no impide que él deje a Harry correr riesgos, pues eso es parte integrante de cualquier novela de formación, aún más, recuerda Mezan, por el carácter de serial de los libros, en que, a cada año, los lectores crecen con los personajes. Tarea no exenta de dolor. Para Rowling, la educación de los niños no cumple más, en este siglo XXI, las condiciones necesarias para la construcción de una personalidad rica e interesante. Las atenciones incesantes que se devotan a los niños pueden hasta pervertir a las almas que nacieron buenas, evalúa Isabelle. ?La idea del sufrimiento necesario para forjar una personalidad ejemplar y para prevenir contra el orgullo que el éxito engendra reposa en una moral rigurosa y en una crítica radical de nuestra sociedad. Potter necesita aprender solito. Para la escritora, la moralidad y la dignidad son superiores a la busca de la felicidad; el valor de un individuo no se mide por su éxito, sino por su voluntad de convertirse digno de la felicidad que vaya a conquistar, dice la investigadora, haciendo eco de las ideas de Mezan sobre la persistencia.

Hay mucha lógica y racionalidad construyendo la narrativa en Harry Potter, completa Silvia. Efectivamente, por el análisis de Isabelle, Rowling creó un mundo mágico muy próximo de lo real, a punto de hacer el mundo de los brujos más realista que el de los estúpidos, caricatural y maniqueísta, al contrario de las sutilezas de Hogwarts. El descubrimiento de ese universo complejo para un niño de 11 años, continúa la investigadora, simboliza el paso para la edad adulta. Hablando de magos, Rowling habla de nosotros mismos, de nuestros jóvenes. Para además del exotismo puro, reitera la profesora, la magia tiene una función psicoanalítica, a saber, engañar la censura del Yo, hablando de otro mundo que no es el nuestro, sino que es en verdad, el nuestro. La serie apela al inconsciente del lector y trae a la luz la cuestión del complejo de Edipo, con la madre que se sacrifica para salvar la vida del hijo y los varios padres substitutos que acompañarán al brujito hasta su última aventura. Pero, por encima de todo, Harry enseña al joven, de cualquier edad, a vencer el miedo. Delante del tamaño imponente de las catástrofes, nosotros sentimos como niños en un mundo de adultos. Impresionados, acobardados, siempre dominados. Al mostrarnos que un huérfano combate a un lord del mal con determinación, esas novelas permiten leer lo que perdimos, la esperanza de ver en la realidad: el combate de David contra Goliat, o nuestra pequeñez triunfando sobre los gigantes.

Como en las fábulas, cerremos el ciclo: ¿de qué forma la ciencia de la Nature y un brujo de ficción se combinan? Inusitadamente por la magia. Las conquistas de Francis Bacon nos parecen la antítesis de la magia, pero solamente porque sabemos que la ciencia venció y la magia falló. En el tiempo de Bacon eso era incorrecto. Si usted retira nuestro conocimiento presente verá que Francis y los magos tenían grandes afinidades. Él mismo no negaría eso, escribió C.S. Lewis, autor de Las crónicas de Nárnia, escolar británico que, rival de Tolkien, adoraba escribir fantasías para niños. Si usted piensa bien, ya vivimos en un mundo de magia, cercados por aparatos que son científicamente construidos, pero que nosotros, legos, ignoramos como ellos son posibles. Eso sin embargo no nos basta. Volar en avión, por ejemplo, no realiza nuestro sueño de volar, pero Peter Pan lo hace, con seguridad, pondera Mezan. Al mismo tiempo, nunca el mundo nos pareció tan desencantado, para usar la expresión de Max Weber, para quien habría existido un tiempo anterior al desencantamiento, en el cual las personas creían que, por detrás de los eventos y cosas reales, había algo espiritual. El desencantamiento entonces sería la remoción de ese algo y la reducción de todo a fuerzas impersonales. Para muchos, eso fue análogo a la caída, a la expulsión del paraíso mágico de la mentalidad primitiva, escribe Michael Ostling, del Centro de Estudios de la Religión de la Universidad de Toronto, Canadá, en Harry Potter and the disenchantment of the world. Fue, recordemos, ese ?desencantamiento que generó la modernidad, la ética protestante y el capitalismo.

¿Harry Weber o Max Potter? El mundo mágico de Hogwarts es desencantado y post-iluminista, por el mismo mecanismo causal que, dice Weber, explica siempre las transformaciones del mundo. Para Ostling, la magia de Rowling es una cuestión de entrenamiento y estudio: una persona se vuelve brujo aprendiendo a ser un brujo. La magia no es alcanzada en ningún tipo de ritual, sino leyendo, practicando y haciendo pruebas orales y escritas. Siempre que Harry y sus amigos practican alguna magia supersticiosa, como en Harry Potter y la cámara de los secretos, en la lucha contra la entidad que transforma a los alumnos en piedra, lo hacen sin el consentimiento de sus instructores, rompiendo la jerarquía de la escuela.? La Magia se vuelve tecnología. Es curioso que, en sentido contrario a eso,  el enemigo de Harry, Voldemort, gane vida por medio de un ritual mágico totalmente diferente de la magia tecnológica practicada en Hogwarts. En el libro Harry Potter y el cáliz de fuego, el duelo entre los dos termina empatado, a pesar del poder superior del señor de las tinieblas, solamente porque ambos tienen en sus varitas mágicas, plumas de la misma fénix. El milagro entonces se explica como una incompatibilidad de software, una consecuencia previsible y explicable, como quiere el mundo desencantado. Él derrota el mal por causa de un bug en el sistema?, bromea Ostling, que no pretende criticar la serie de Rowling, sino explicarla bajo otro bies.

Potter sacia nuestra hambre de encantamiento, nuestra búsqueda por algo más allá de lo real. Creo hasta que Harry es popular porque su magia está desencantada, porque él hace de lo extraordinario lo ordinario e, inmediatamente, algo familiar, que no nos desafía o amedrenta, evalúa. Para el investigador, Potter debe ser leído no solamente como un texto literario, sino entendido como un fenómeno. Es la mercantilización del extraordinario como función de la industria cultural: atender al mercado, simultáneamente, en su voluntad de sorpresa y familiaridad, explica. El mundo desencantado de Potter puede ser un buen ejemplo de la interfaz entre consumo y expectativas: incitar el deseo por el nuevo, por lo diferente, por  lo maravilloso y satisfacer ese deseo con más de lo mismo. Para él, los libros de Rowling no van a llevarnos de regreso a un pasado encantado en que influencias mágicas eran sentidas como reales, poderosas y presentes. En verdad ellos son un recordatorio de que tales tiempos, si existieron, se fueron para siempre. Encantado o no, la buena definición del universo de Harry Potter vienen de su amigo Rony Weasley: La vida no tendría gracia sin algunos dragones. De eso nadie lo duda. Ni los científicos de Nature.

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