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Medicina

Revelación de identidades

Investigadores de Santa Catarina, mediante el uso de un tripanosoma fluorescente, producen avances en la lucha para disminuir los falsos diagnósticos de la enfermedad de Chagas

Un equipo de la Universidad Federal de Santa Catarina (UFSC), en Florianópolis, avanza en la solución de uno de los problemas inherentes al falso diagnóstico de la enfermedad de Chagas: la confusión al respecto del real agente causante del problema. Aún hoy en día, un protozoo inofensivo, el Trypanosoma rangeli, puede ser fácilmente confundido con el verdadero agente del mal de Chagas, el Trypanosoma cruzi, debido a que ambos son transmitidos por los mismos insectos y generan una respuesta similar en el organismo infectado.

El falso diagnóstico, originado también por el uso de reactivos o técnicas no estandarizadas, genera tratamientos innecesarios y amplía los gastos con ese problema de salud pública: se calcula que los costos por cada 100 mil infectados, incluyendo el tratamiento médico y las ausencias al trabajo, superan los 50 millones de dólares anuales. Existen en Brasil entre 8 y 9 millones de infectados, pero mediante las técnicas de examen en uso actualmente no se puede distinguir cuántos estarían contaminados con el T. cruzi y cuántos por el T. rangeli -por lo tanto, quiénes tendrían o no posibilidades de desarrollar la enfermedad.

Este equívoco puede desvanecerse a partir del tripanosoma fluorescente, que podrá redundar en diagnósticos inequívocos. El grupo de investigadores coordinado por Edmundo Grisard y Mário Steindel implantó el gen de la proteína verde fluorescente o GFP (del inglés Green Fluorescent Protein) de un agua viva, la Aequorea victoria, en un T. rangeli. Cuando esta proteína es producida por otros organismos, provoca una fluorescencia verde intensa y estable. Después, por medio de un microscopio de fluorescencia, los investigadores rastrean el trayecto del parásito en los organismos en los cuales éste se aloja y, poco a poco, establecen las diferencias con el T. cruzi.

A comienzos de marzo, el camino se mostró correcto, al revelar un detalle desconocido del ciclo del parásito en el principal insecto transmisor, la vinchuca (Triatoma infestans, Panstrongylus spp. o Rhodnius spp.). El equipo de Santa Catarina observó que una forma de reproducción del T. rangeli sin flagelo (la extensión de la membrana celular que facilita la locomoción) aparente, llamada amastigota, en el interior de las células de las vinchucas, son en realidad formas flageladas. Los resultados contrastan con aquéllos obtenidos mediante microscopía convencional, que indicaban formas no flageladas en esa fase del parásito. En las vinchucas, el T. cruzi no pasa por estadios semejantes.

La proteína verde fue implantada en el genoma del T. rangeli mediante una técnica denominada transfección, que empieza a ser utilizada más intensamente en Brasil en el estudio de microorganismos nucleados, como los protozoarios. En la UFSC, dicha técnica también sirvió para implantar, en este caso en un T. cruzi, el gen de la enzima beta-galactosidasa, que produce una coloración amarillenta, azulada o rojiza, según la técnica de detección empleada.

Este artificio es utilizado en los tests de compuestos naturales contra el Chagas investigados en la propia universidad: solamente los parásitos vivos producen esta enzima, que indica rápidamente si el candidato a medicamento es eficaz o no. De los cerca de 150 compuestos probados desde el año pasado, tan solo dos presentaron algún efecto contra los tripanosomas en células de laboratorio. Ambos fueron extraídos de arbustos, uno del género Polygala (de la familia Poligalaceae) y el otro del género Trichilia (Meliaceae), y se encuentran en fase final de caracterización química.

La enfermedad de Chagas-Mazza, que en su forma grave o crónica provoca la destrucción progresiva de los tejidos cardíacos o digestivos, afecta a alrededor de 18 millones de personas en América -y la mitad de las mismas se encuentra en Brasil. “¿Serían todas estas personas realmente chagásicos o podríamos tener un número significativo de personas infectadas por el T. rangeli?”, se pregunta Grisard. Según éste, la infección por el T. rangeli afecta, de una manera aún no dimensionada, al grupo de los portadores asintomáticos de la enfermedad de Chagas (el 60% del total), en especial a aquéllos que viven en las regiones norte y nordeste de Brasil, áreas con abundancia de vinchucas que pueden transmitirle el T. rangeli al hombre.

La evolución de la enfermedad facilita la confusión. Luego de la fase inicial o aguda, cuando el diagnóstico es más fácil, la infección por el T. cruzi pasa para una fase crónica, en la cual es muy difícil encontrar al parásito. En dicha fase, la de la llamada forma indeterminada de la enfermedad, la persona puede permanecer sin síntomas. Pueden pasar entre cinco y 30 años sin que el portador del parásito presente una de las formas características de la enfermedad, que aún no cuenta con un tratamiento eficaz.

Quienes están infectados por el T. rangeli pueden permanecer todo ese tiempo juzgándose afectados por una enfermedad que a decir verdad no los acomete, o tomar medicamentos contra un parásito que, pese a ser inofensivo para los seres humanos, desencadena una respuesta del sistema inmunológico considerada idéntica según los métodos tradicionales a la desencadenada contra el T. cruzi.

Ésa es la llamada reacción serológica cruzada, que se produce debido a que las actuales técnicas de análisis de sangre de rutina no diferencian a los dos parásitos. Uno de los medios para distinguir las dos especies consiste en observar la forma con la que éstas se presentan en la sangre de los individuos infectados, la llamada tripomastigota sanguínea: el T. rangeli es mayor y más largo, y tiene una organela llamada cinetoplasto menos voluminosa que el T. cruzi. Pero esta forma es muy rara.

El grupo de la UFSC concilia la busca de una metodología que evite falsos diagnósticos con el estudio minucioso de la biología y de la epidemiología del T. rangeli, del cual poco se conoce sobre su ciclo de vida y su distribución geográfica precisa -fue descrito en 1920 en Venezuela, y fue dejado de lado hasta que las investigaciones evidenciaron la superposición con el T. cruzi

El mar de la ciencia
A estas líneas de investigación se les suma el trabajo con marcadores moleculares, técnicas tales como la reacción en cadena de polimerasa (PCR), el secuenciamiento de ácidos nucleicos (ADN y ARN, que definen las características genéticas de los organismos) y el análisis de enzimas, con las cuales se buscan objetivos específicos -una enzima, una proteína, un gen, cualquier cosa, en fin, que sea exclusiva de este parásito y permita su detección inequívoca.El objetivo es llegar, lo más rápido posible, a algo sencillo, como un kit de test de malaria: una cintita que, una vez colocada en el suero sanguíneo, asuma un color característico cuando el resultado sea positivo.

Es el recurso con el que ciertamente debe haber soñado el médico de Minas Gerais, Carlos Ribeiro Justiniano Chagas (1878-1934), que en 1909 caracterizó a la enfermedad y participó de una serie de expediciones científicas por el interior de Brasil. “Una vez identificado el objetivo, la elaboración de un kit diagnóstico se convierte en una realidad factible”, asegura Grisard, natural de Santa Catarina y acostumbrado a chequear sus propias rutas. Grisard, es velerista desde los seis años (ahora tiene 36), y en los raros momentos de descanso timonea veleros oceánicos, de 8 a 30 metros de longitud. Fue uno de los representantes de Brasil en las Olimpíadas de 1984 de Los Angeles, Estados Unidos.

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