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Historia

Sangre y arena

El estudio de los antiguos gladiadores ayuda a entender la sociedad actual

“Pan y circo” es el emperador de los lemas, usado para atacar desde al Mundial de Fútbol hasta al presidente de la Nación; un símbolo de un pueblo “idiotizado” y clientelista, que se deja comprar por muy poco. De derecha a izquierda, la imagen proveniente de los tiempos de los romanos sirve como forma de fustigar a los políticos, la mayoría de las veces sin que el atacante se de cuenta del menosprecio a los ciudadanos implícito en la frase, robada de su contexto, una  de las Sátiras del poeta Juvenal (67 d.C.-130 d.C.). Pero, para combatir un cliché, nada mejor que otro (con permiso del filósofo Santayana, su creador): “Aquéllos que no recuerdan su pasado están condenados a repetirlo”. “Desplazada de su contexto, la máxima de Juvenal nos remite a la tentadora posibilidad de ver a los romanos como desinteresados en los acontecimientos políticos y amantes de los placeres de acceso fácil”, afirma Renata Garraffoni, autora de la tesis doctoral intitulada Técnica y destreza en las arenas romanas: una lectura de la gladiadura en el apogeo del imperio, defendida en la Unicamp.

“Más que reforzar la idea del gusto por el pan y el circo, el sexo y la violencia, es necesario crear alternativas a la idea predominante de una masa manipulada por la elite y poner de relieve las distintas formas de relaciones sociales en la Roma antigua, que son creativas, únicas y sorprendentes”, explica. Aquéllos que no estudian bien el pasado están condenados a repetir la misma tontería. “La idea del pan y circo no hace sino valorar un solo aspecto de los munera (los juegos de los gladiadores en la arena), esto es, el de la manipulación política. Se ha hablado de ociosidad, de parasitismo del Estado, de violencia y de placeres, pero poco se ha dicho sobre el cotidiano de estas personas que combatieron, lo que nos lleva a pensar en los límites de estas interpretaciones que aprisionan la diversidad de los sujetos, impidiendo que los mismos sean agentes de su historia”, advierte Renata. La investigadora, al hablar del pasado, revela de qué manera los historiadores, con la visión moderna del siglo XIX, muestran a la población romana desmoralizada y decadente, el “populacho” que podía ser controlado a gusto por el gobernante, pues prefería ir los juegos y no trabajar.

Curiosamente, el mismo prejuicio permea las críticas modernas, que tratan a la población de la misma manera “idiotizada”. ‘En el siglo XIX, cuando el historiador alemán Friedländer emplea el dicho de Juvenal sobre panem et circenses para analizar el aspecto cultural de esta sociedad, lo hace a partir de su experiencia, es decir, en un contexto de desarrollo capitalista en que se valora el trabajo al máximo y se presenta el ocio como una potencial amenaza a orden establecida”, explica. “En el propio texto, él compara a los marginados romanos con los modernos, revelando más la preocupación moderna con el desempleo y la indignación que acometía a las ciudades de su momento que el concepto romano en sí”. Para Renata, la expresión nació del análisis de un texto antiguo a partir de la óptica burguesa, generalizando una imagen satírica antigua y convirtiéndola en una categoría analítica que se fue cristalizando en la historiografía como concepto. Y en las mentes de muchos, como una imagen eterna del pueblo como “masa embrutecida”.

Arenas
Renata evalúa que en un momento histórico en que la violencia es cuestionada y tenida como algo que debe ser extirpado, cuando la paz social es un anhelo y la protección de los animales y la naturaleza crean nuevos estilos de vida; pensar que, en una época, centenares de hombres y animales morían en las arenas causa malestar en nuestro mundo contemporáneo. Paradójicamente, lo que nos asquea también puede servir como forma de identificación y estímulo. “En general los perfiles de los gladiadores no tienen asidero histórico, sino que se inspiran en conductas morales de la sociedad capitalista, donde que predomina la universalización de valores contemporáneos como la victoria, la felicidad como consecuencia de la realización profesional y el éxito económico, y éstos se envían al pasado para comprobar de qué modo desde la Antigüedad eran inherentes a la índole del hombre”, recuerda la historiadora. ¿Quiénes eran ellos?

Los munera tenían su origen en los rituales de sacrificio destinados al espíritu de los muertos, para los que, según se creía, era necesario ofrecer sangre. Se introdujeron en Roma, siendo de origen etrusco, en el año 264 a.C., cuando los hijos de Junius Brutus honraron a su padre muerto con tres pares de gladiadores en combate. En el año 65 a.C., César, para homenajear al padre muerto veinte años antes, juntó 320 parejas de luchadores en trajes de plata y solo no fueron más porque el Senado condenó tamaño exceso. Así, durante la República, los juegos eran financiados por particulares, y paulatinamente el significado religioso dio lugar a la exhibición de riqueza y poder, lo que dotó de un carácter abiertamente político a las luchas. Los emperadores, dándose cuenta de tal potencial, enseguida tomaron para sí la exclusividad de la organización del munera, a punto tal que el poeta Tertuliano ironizó el evento: “pasó de ser un homenaje a los muertos a una glorificación de los vivos”. Entre los luchadores, había desde esclavos delincuentes a hombres libres y mujeres, incluidos muchas veces nobles patricios, senadores y hasta emperadores.

El principio no era la carnicería descarada, sino la exhibición de la virtus, del valor, de la capacidad de un gladiador para vencer en condiciones de igualdad a su oponente de manera justa. Tampoco todas las justas llevaban a la muerte. La investigadora comenta que, al estudiar lápidas en Pompeya, se descubrió que muchos de ellos morían a edad avanzada, lejos de las arenas. “Al contrario de lo que se ve en las películas, las luchas no se destinaban a la mera diversión del pueblo, ni la lucha era hasta la muerte. Esos espectáculos fueron importantes en la afirmación de la ciudadanía romana”, revela el arqueólogo de la USP Pedro Paulo Funari. “Era siempre la lucha de la civilización contra la barbarie, el ser humano contra el animal, el justo contra el injusto, un medio público de mostrar que la sociedad domina a las fuerzas de la naturaleza y de la perversión social”. Al final de un combate, el perdedor se sacaba el yelmo y ofrecía su cuello al vencedor, quien, no obstante, no tenía poder para determinar la muerte de éste.

“La decisión no estaba tampoco en manos del emperador, sino en las de la multitud, lo que testifica un acto de soberanía popular que solamente tendría parangón en el mundo moderno con los referendos o plebiscitos, donde todos se manifiestan. Si en las elecciones las mujeres no podían votar, en la arena, todos podían dar su palabra, algo que la ciudadanía moderna recién alcanzaría en el siglo XX”, observa Funari. El bajar el pulgar (que, al contrario del sentido común, significaba dejar vivo al perdedor, en un movimiento que imitaba el envainar la espada) o levantarlo (apuntando a la garganta, indicando que se debería matar al vencido) no eran meros caprichos, sino que obedecían a un sentido de humanitas romano, para quien la principal cuestión para perdonarle la vida al perdedor era que éste hubiera demostrado gran valentía. “En todas partes, en ciudades grandes o pequeñas, en el Mediterráneo o en las fronteras, la arena representaba un lugar de afirmación de la ciudadanía y de la justicia, donde la palabra final estaba en manos de aquellos que allí se reunían, hombres y mujeres, ricos o pobres”, dice el historiador.

El propio Juvenal, pese al contumaz estilo hiperbólico de sus Sátiras, pensaba lo mismo. Cuando dice que “el pueblo concedía mando, honor y legiones” y “ahora se limita y desea ansioso sólo dos cosas: pan y circo”, a decir verdad el poeta está desarrollando un razonamiento crítico con relación a aquéllos que piden cosas vanas a los dioses, cuando sería mejor que deseasen la virtud. “En este sentido, podemos suponer que la imagen degradada de la plebe se encuentra en un contexto más amplio para componer un texto al mismo tiempo divertido y moral. Así, creemos que la crítica de Juvenal no apunta al otium (el ocio), valor que era apreciado por la aristocracia de la cual de la cual él mismo formaba parte, sino a los placeres mundanos que, en exceso, le impiden al ciudadano una participación activa en su universo social”, analiza Renata. Lo que el siglo XIX interpretó a su modo, el siglo XX repitió y el siglo XXI parlotea, muchas veces juntando el ideal de que el cristianismo “salvó” al pueblo degenerado romano de esa vida profana, nefasta y violenta.

Las capas populares
En el sustrato de todo se encuentra la posición elitista de la visión negativa de las capas populares que aún sigue viva entre nosotros. “El énfasis recae sobre aquéllos que organizan el evento y, cuando se desplaza la mirada a esas capas pobres, se las interpreta como un coro único de voces. Aun cuando sea para cuestionar o exigir sus derechos, las capas populares son retratadas de manera homogénea, sintetizada, casi siempre en la oposición pueblo-gobernante. Se comenta muy poco la figura de aquéllos sobre los que todos las miradas convergían: los gladiadores”, recuerda la investigadora. Otro punto importante de mal entendimiento es el aspecto material de los juegos y las luchas: la arena. La historiadora advierte que tomamos como parámetro los anfiteatros que quedaron, de piedra (cuando que en general eran de madera), en especial el Amphiteatrum Flavium, el Coliseo, construido recién en el año 80 d.C., siglos después del comienzo de la práctica de los munera. A partir del tamaño de la construcción, advierte, tendemos a sobrevaluar la grandiosidad de los espectáculos y a imaginar baños de sangre igualmente colosales.

“Cinco siglos separan al primero del último combate presenciado por los romanos. Son fenómenos históricos, construidos y reinterpretados de distintas maneras a lo largo del período en que se sucedieron”, afirma. “No siempre el gladiador perecía y, aun cuando muriera en combate, las relaciones entre la muerte y la sangre en esa sociedad divergen de las nuestras. Un estudio sobre los munera debe tener en cuenta que éstos se desarrollaron en un ambiente esclavista y altamente militarizado”. Por ende, los anfiteatros y sus  extensiones expresan y constituyen cotidianamente estos valores. “Los espectáculos romanos podían analizarse como una especie de comunicación entre los individuos que brinda el sentimiento de participar en la construcción de orden del mundo”. Había incluso “competencia de hinchadas”, que revelaban en el conflicto entre los espectadores de los juegos las propias contradicciones sociales de la sociedad romana. Nada más lejos que la supuesta pasividad del pan y circo.

Pese a tener sus críticos, en particular en las clases más intelectualizadas, las luchas eran valoradas también por las cabezas pensantes, por su resultado en la psiquis del pueblo romano. “Al presenciar públicamente los castigos en la arena, los ciudadanos se sentían seguros de que el orden social había sido restaurado. Así es como los juegos reafirmaban el orden moral y político de las cosas y la muerte de criminales y animales era el restablecimiento real y simbólico de una sociedad bajo amenaza. En la arena, la civilización triunfaba sobre la barbarie”, explica la historiadora alemana Cordelia Ewigleben, autora del libro Gladiators and Caesars. “Los gladiadores demostraban el poder de superar la muerte e inspiraban en el público las virtudes de coraje y disciplina. Aquél que no sabía luchar y morir con coraje deshonraba a la sociedad que intentaba redimirlo y redimirse. De allí la poca simpatía por los luchadores que valoraban demasiado su vida”, comenta.

En tal contexto, al testimoniar de qué manera estos hombres enfrentaban la necesidad de la muerte, al ver lo que más temían, los romanos se confrontaban con su propia mortalidad y triunfaban. El orden de las cosas se equilibraba y la muerte era vencida; al fin y al cabo, al luchar bravamente y con argucia, el gladiador podría demostrar el valor suficiente como para ganar su salvación. Al morir sin protestar, igualmente la adquiría. En una sociedad en la cual tres de cada cinco personas morían antes de cumplir los veinte años, y en donde las posibilidades de que un gladiador profesional muriera eran de una en diez, esto no era poca cosa. Con o sin pan.

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