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Entrevista

Silviano Santiago: El literato cosmopolita

Crítico, novelista y poeta, fue un pionero en proponer análisis transdisciplinarios y poscoloniales de la literatura brasileña

Léo Ramos Chaves

La trayectoria intelectual de Silviano Santiago, nacido en 1936 en la localidad de Formiga, en el interior del estado de Minas Gerais, está signada por su paso por instituciones de Brasil, Francia y Estados Unidos. Novelista, poeta, crítico literario y ensayista, Santiago innovó al cimentar sus análisis sobre la literatura brasileña en las teorías de los estudios poscoloniales.

En la década de 1970, como docente de la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro (PUC-RJ), difundió el pensamiento del filósofo francomagrebí Jacques Derrida (1930-2004), con quien convivió durante el período en que fue docente de literatura francesa en la Universidad del Estado de Nueva York en Búfalo (SUNY), en Estados Unidos. Como crítico, también fue uno de los primeros en incorporar documentos del período colonial brasileño en los análisis literarios, lo que abrió perspectivas de lectura de autores brasileños desde la óptica de la literatura comparada.

Autor de unas 30 obras, entre las cuales se cuentan novelas, ensayos y libros de cuentos y poemas, su producción ya se tradujo en inglés, español, italiano y francés. Fue galardonado con cinco premios Jabuti, Portugal Telecom de Literatura y Océanos de Literatura en Lengua Portuguesa, y en 2019 recibió el Premio de Ensayo Ezequiel Martínez de Estrada, otorgado por la Casa de las Américas, de Cuba, por el libro Uma literatura nos trópicos. En carácter de homenaje por los 40 años de su lanzamiento, la obra fue reeditada el año pasado por Cepe Editora, con la incorporación de ensayos inéditos.

En esta entrevista que le concedió a Pesquisa FAPESP en su apartamento del barrio de Copacabana, en Río de Janeiro, Santiago se refirió a la génesis de los conceptos clave de su pensamiento, a su interés por abordar temas relacionados con la vejez y a la escasez de investigaciones que permitan elaborar un mapa con los autores emergentes.

Edad 83 años
Especialidad
Crítica literaria, novela y poesía
Institución
Universidad Federal Fluminense
Estudios
Licenciatura en letras neolatinas por la Universidad Federal de Minas Gerais (1959), doctorado en la Universidad de París-La Sorbona (1968)
Producción
30 libros, entre ensayos, novelas y poemarios

¿Podríamos comenzar hablando de sus años de formación?
Creo que los tres años iniciales de mi trayectoria, 1960, 1961 y 1962, fueron decisivos para el desarrollo de mi proyecto intelectual y docente. En 1948, cuando tenía 12 años, mi familia se mudó a Belo Horizonte, donde en 1959 me gradué en letras neolatinas en la UFMG [Universidad Federal de Minas Gerais]. En aquella época no había en Brasil programas de maestría y doctorado. Por lo general, el postulante concursaba para convertirse libre docente en alguna universidad y, si aprobaba, recibía el título de doctor. En virtud de eso, luego de graduarse, quien quisiera proseguir con los estudios tenía que irse de Brasil. A mí me interesaban la literatura y la cultura francesa y obtuve una beca de la Capes [Coordinación de Perfeccionamiento del Personal de Nivel Superior] para hacer una especialización en un programa de la Maison de France, en Río de Janeiro. Las clases de esa carrera las impartían dos franceses y estaba dirigida a graduados de todo Brasil que tuvieran buenas notas. Fui el único seleccionado de Minas Gerais. En 1960 me mudé a Río de Janeiro. Durante la cursada, retomé de manera más cuidadosa y audaz los conocimientos sobre literatura francesa, estudiando a autores tales como el filósofo Jean-Paul Sartre [1905-1980] y los poetas Paul Valéry [1871-1945] y Charles Baudelaire [1821-1867]. También conocí el medio literario de Río, a partir de la convivencia con el escritor y periodista Alexandre Eulálio [1932-1988]. En ese período, le tomé el gusto a la literatura. El programa duraba un año y medio. Los tres alumnos con las mejores notas obtenían una beca que concedía el gobierno francés para estudiar en París. Ese fue mi caso.

¿Qué tal le fue en su experiencia en Francia?
Eso fue en 1961, que para mí fue otro año decisivo. Ingresé en la Universidad de París, La Sorbona, con la beca doctoral del gobierno francés. En mi proyecto estudiaba la génesis de Los monederos falsos, publicado por André Gide [1869-1951], en 1925. Yo me había topado con un manuscrito de ese libro en Río de Janeiro y ese hallazgo despertó mi interés. Pero la beca era de 400 francos y ese dinero no me alcanzaba para mantenerme. Comencé a trabajar en un programa de la Radio Televisión Francesa (RTF) para Brasil y ahí empecé a darme cuenta que los dos años hasta la finalización del doctorado no serían suficientes. Ahí fue cuando un amigo me escribió comentándome que se había abierto un concurso para un cargo como profesor de literatura brasileña y portuguesa en la Universidad de Nuevo México, en Albuquerque, Estados Unidos. Entonces decidí postularme y me aprobaron. Así fue que en 1962 me mudé nuevamente a otro país. Eso significa que entre 1960 y 1962 abandoné el contexto del populismo en Brasil, arribé a Francia en el momento de la guerra colonial contra Argelia y me fui a Estados Unidos un año antes del asesinato de John F. Kennedy [1917-1963]. En un lapso de tres años, tuve la suerte de vivir una experiencia profesional y personal muy diversa, en instancias cruciales de la historia de esos países y del mundo.

En ese entonces usted tenía menos de 30 años. ¿Cómo afrontó tantos desafíos en un lapso tan breve de tiempo?
Cuando arribé a Estados Unidos tuve que comenzar a dar clases de literatura brasileña y portuguesa. No estaba preparado. Mi especialidad era la literatura francesa. Para lograr llevarlo a cabo, suspendí el desarrollo de la tesis y empecé a estudiar. De esa etapa de mi vida es crucial para entender por qué mi enfoque de la literatura otorga escaso valor a lo que tiene que ver con lo nacional. Bien pronto, el contacto con diferentes contextos culturales me otorgó una noción clara de que el camino del crítico literario es el de la literatura comparada. Tuve una buena formación en Brasil y en Francia y, de repente, me convertí en docente universitario en Estados Unidos, pasando a convivir con una sociedad que se transformaba a pasos agigantados, con la eclosión de movimientos sociales y estudiantiles. Por otra parte, estaba al tanto de la situación en Brasil y de las circunstancias que condujeron al golpe militar, en 1964. Al mismo tiempo, seguía la ola de protestas que se propagó por Francia en 1968, con una de las mayores huelgas generales de Europa y que hizo que el presidente francés de entonces, Charles de Gaulle [1890-1970], renunciara al año siguiente. En otras palabras, tuve la posibilidad de vivenciar intensamente e in situ esas sociedades en transición. Cada una de ellas me enseñó algo y a la vez mucho.

¿Cómo impactaron esas experiencias en su visión de la literatura brasileña?
Las lecturas que propongo están signadas por un sesgo poscolonial y, al mismo tiempo, inclusivo. Cuando empecé a prepararme para dar clases en Estados Unidos, aún no me había especializado en literatura brasileña y portuguesa. Las experiencias en Brasil, Francia y Estados Unidos me hicieron juzgar a la literatura brasileña con cierta inocencia. Esta mirada me motivó a cuestionar el hecho de que la visión que tenía de nuestra literatura ignoraba el período colonial. En la carrera de grado nos enseñan que nuestra historia literaria arranca en el siglo XVIII, fundamentalmente a partir del Romanticismo, dejando fuera al período colonial. Una de las ideas más llamativas de esa perspectiva concierne al concepto de “formación”, que alude al momento en el cual el sistema literario brasileño comienza a constituirse, a partir del surgimiento de un público lector y del denuedo de los escritores brasileños para explorar lo que sería la identidad nacional genuina del país. De este modo, el enfoque en cuestión define que la literatura brasileña dio comienzo cuando los autores locales comenzaron a reflexionar sobre la identidad nacional del país. Ese concepto de “formación” me cautiva desde aquella época. Cuando configuré la asignatura de historia de la literatura brasileña en la Universidad de Nuevo México, en 1962, decidí que el punto de partida sería la Carta de Pero Vaz de Caminha [1450-1500], un documento que registra sus impresiones al respecto de las tierras que más tarde constituirían Brasil. De esta manera, propuse una lectura de nuestra historia literaria a partir de un movimiento de inclusión de documentos que no son literarios. En esas clases hice una lectura literaria de la carta, demostrando que ella introduce una metáfora central, la de la simiente, que luego será retomada por otros autores en forma recurrente.

A las obras literarias las conocemos mejor cuando las desplazamos de su contexto nacional

¿Cuáles autores trabajaron con esa metáfora?
En el caso de la Carta de Caminha, la simiente representa a la palabra de Dios y la evangelización de los indígenas. También se la puede interpretar como un cierto menosprecio por el tema de la agricultura, en tanto y en cuanto aquí, “todo lo que se planta prospera”, según la expresión literal del documento. Tal como yo lo veo, la metáfora de la semilla es tan importante que un siglo y medio más tarde tendremos el Sermão da sexagésima, del padre Antônio Vieira [1608-1697], donde esa palabra aparece nuevamente, pero ahora ya no reviste tanto valor, porque se constató que la evangelización de los nativos no sería un proceso sencillo. Ese movimiento tendiente a incorporar documentos del período colonial en la historia literaria me llevó a percatarme de que era necesario complementar el estudio de la literatura con análisis de la cultura brasileña. Durante ese proceso, la lectura de la obra intitulada Tristes trópicos, publicada por el antropólogo francés Claude Lévi-Strauss [1908-2009] en 1955, fue muy importante.

¿Por qué?
Porque me di cuenta de que la literatura brasileña tendría que leerse en el marco de los principios teóricos de la literatura comparada y desde una perspectiva transdisciplinaria. El libro de Lévi-Strauss me ayudó en ese sentido. La antropología nos ayudaba a comprender mejor el período colonial que la sociología, que signaba a las lecturas iluministas de la literatura brasileña, predominantes en aquel período, y a partir de las cuales nuestra historia literaria comienza, de hecho, durante el Romanticismo. Entonces propuse una relectura de esa historia, deconstruyendo uno de los conceptos más arraigados del pensamiento nacional del siglo XX, el concepto de formación.

¿Cuál es la importancia de ese concepto?
Ese concepto fue utilizado por primera vez por el [diplomático, jurista e historiador] Joaquim Nabuco [1849-1910], en su libro de recuerdos intitulado Minha formação, publicado en 1900. En la obra, la idea de la formación era vista desde la perspectiva del individuo. Sin embargo, en 1942, cuando [el historiador y geógrafo] Caio da Silva Prado Júnior [1907-1990] publicó Formação do Brasil contemporâneo, con su interpretación del Brasil colonial, empleó la noción de formación para definir los parámetros de la formación histórica y económica de Brasil. A partir de entonces, la idea de la formación pasó a estructurar el conocimiento que desarrollamos en diferentes áreas mediante una noción lineal del tiempo histórico. Los libros Formação da literatura brasileira, del crítico literario Antonio Candido [1918-2017], y Formação econômica do Brasil, del economista Celso Furtado [1920-2004], constituyen buenos ejemplos de esa tendencia. Por lo tanto, puede considerarse al concepto de formación como el paradigma dominante en el siglo XX. Empero, en el campo literario, el mismo acabó excluyendo una comprensión minuciosa del período colonial. Y mi propuesta consistió en introducir una lectura de ese período dentro de lo que se denomina estudios poscoloniales, un conjunto de teorías que apuntan a analizar los efectos políticos y artísticos del colonialismo.

Al dejar de lado la idea de la formación, ¿qué conceptos pasó a utilizar para interpretar la literatura?
Había que hacer un trabajo delicado. Defendí el doctorado en La Sorbona en 1968. Luego de eso, me convertí en docente de literatura francesa en la SUNY y comencé a interesarme por las teorías de Derrida. En ellas hallé la base para elaborar mis reflexiones sobre la literatura. A partir del término “différance”, de Derrida, empiezo a proponer lecturas transdisciplinarias y a articular las ideas del poscolonialismo. El término al que alude Derrida es un neografismo elaborado a partir de la introducción de la letra “a”, solo visible en la escritura de la palabra différence [diferencia, en francés], que pretende traducir el doble movimiento del signo lingüístico que, al mismo tiempo, diferencia y difiere, poniendo en cuestión la idea de la existencia de un comienzo incuestionable, de un punto de partida absoluto.

Archivo personal Con ocasión de su condecoración como Officier dans l’Ordre des Arts et Lettres por el gobierno francés, en Río de Janeiro, en 1997. También fueron condecorados Dalal Achcar, Heloísa Aleixo Lustosa y Franz KrajcbergArchivo personal

Al abordar una crítica literaria, ¿cómo aplica este concepto?
A partir de él y de otros, en 1971 introduje el término “entrelugar”, una herramienta de trabajo que utilizo para explorar los textos literarios desde el punto de vista poscolonial. De esa manera, me aparto de la idea de la formación para pensar la literatura latinoamericana constituida en ese entrelugar, es decir, “entre el sacrificio y el juego, entre la prisión y la transgresión, entre el sometimiento al código y la agresión, entre la obediencia y la rebelión, entre la asimilación y la expresión”, por mencionar un extracto de mi ensayo “El entrelugar del discurso latinoamericano”. La idea de entrelugar comprende la noción de que estamos, simultáneamente, dentro y fuera de Occidente, en un lugar donde deconstruimos el legado y la violencia de la colonización europea, en busca de nuestra singularidad literaria. También empecé a interesarme por la teoría de la dependencia, que surgió en América Latina en la década de 1960, para explicar las características de su desarrollo socioeconómico. Mi lectura se enfocaba en un elemento fundamental, el eurocentrismo, que afecta tanto a las literaturas latinoamericanas como a las africanas.

¿Cómo recibió el ambiente intelectual brasileño sus análisis literarios?
El ensayo intitulado “El entrelugar del discurso latinoamericano” fue escrito originalmente en francés y leído en la Universidad de Montreal y, acto seguido, se tradujo en inglés. En Canadá y en Estados Unidos, la repercusión fue inmediata. Yo tengo una cualidad que también explica el crecimiento de mi carrera en Estados Unidos: soy un buen profesor. La repercusión de mi trabajo fue más bien docente que libresca. En el ámbito docente, el concepto obtuvo buena recepción. Yo lo utilicé mientras enseñé literatura francesa en la SUNY. Por su intermedio, procuraba abordar, por ejemplo, la contribución africana a la literatura francesa. Además, mis reflexiones dialogaban con el filósofo del momento, que era Derrida. Así desperté el interés de los alumnos. En Brasil, ese ensayo enfrentó ciertas dificultades para su difusión. El libro Uma literatura nos trópicos, que incluye ese ensayo y del cual, en 2018, se cumplieron 40 años de su lanzamiento, fue publicado por primera vez, y a duras penas, por editorial Perspectiva, gracias al entusiasmo y a la ayuda de mi amigo Sábato Magaldi [1927-2016], crítico teatral e historiador. Su publicación pasó de largo y tan solo un periódico carioca hizo una reseña. Pero eso no me molestó. Pienso que los planteos que introduzco perturban el ambiente, y pueden llegar a generar cierta censura solapada.

Y en la América hispana, ¿cómo repercutió ese concepto?
Ahí la repercusión fue mayor. Soy el único brasileño que se alzó con el premio Iberoamericano de Letras José Donoso, en 2014, por mi contribución al pensamiento y a la creación literaria en América Latina. Parte de ese reconocimiento proviene de mis análisis a partir de ese concepto. Las críticas que deslizo al eurocentrismo han generado incomodidad. El mismo Derrida sufrió por ello. Yo me consideraba discípulo suyo y quedé pegado a ese problema. Más adelante, el filósofo fue siendo estudiado por las nuevas generaciones. En la década de 1980, la editorial Rocco reeditó Uma literatura nos trópicos. Hoy en día ese libro está disponible en inglés y en español, mientras que “El entrelugar del discurso latinoamericano” fue traducido a 12 idiomas. El libro fue recorriendo un camino propio.

Su visión poscolonial se aparta de otros análisis con un sesgo más sociológico, que dan por sentada la idea de un desarrollo de la historiografía literaria más lineal. ¿Existe diálogo entre ambas corrientes?
A las obras literarias las conocemos mejor cuando las desplazamos de su contexto nacional. Tales desplazamientos provocan una ruptura, pero no podemos tomar a esa ruptura como generadora de procesos de exclusión. Las corrientes se complementan. Por ejemplo, podemos leer a un autor como José de Alencar [1829-1877] dentro de la temática del nacionalismo brasileño, pero también hay otra lectura posible, que cuestiona incluso búsqueda de una identidad nacional que no alberga la noción de diferencia. Y una noción de identidad que no alberga la noción de diferencia resuelve todas las disquisiciones étnicas recurriendo a un estereotipo: la figura del mulato. La noción de identidad en un país complejo y rico como es el caso de Brasil, que experimentó violencias tales como el genocidio indígena y la esclavitud negra, necesita ser inclusiva, es decir, es necesario trabajar con las distintas formas de identidad y no con una identidad única.

Archivo personal Silviano Santiago (de pie) junto a los escritores Wilson Figueiredo, Autran Dourado y Jacques do Prado Brandão, en PetrópolisArchivo personal

En Estados Unidos usted conoció a Derrida y al filósofo francés Michel Foucault [1926-1984]. ¿Cómo era la convivencia con ellos?
Mientras estuve en Búfalo mantuve una buena convivencia con intelectuales franceses y brasileños. Por ejemplo, lo invité a visitar la universidad al cineasta Glauber Rocha [1939-1981], quien brindó conferencias y organizó una muestra con sus películas. También llevé al artista plástico Hélio Oiticica [1937-1980], que era amigo mío y presentó su trabajo en la Albright-Knox Art Gallery, uno de los principales centros culturales de Búfalo. Quería que hubiera artistas brasileños de renombre en el campus y sugerí que contrataran a Abdias do Nascimento [1914-2011] para la cátedra de Cultura Africana en el Nuevo Mundo, del Centro de Estudios Puertorriqueños de la SUNY, donde más tarde él se transformó en profesor emérito. Al mismo tiempo, la universidad quería difundir el conocimiento de nuevos temas vinculados con el universo francés y entonces pasé a enseñar el estructuralismo, un movimiento filosófico que agrupó a autores de diversas disciplinas. Más adelante, la institución comenzó a invitar a intelectuales franceses para reforzar el departamento, y entonces conviví con filósofos tales como Michel Serres [1930-2019] y Julia Kristeva, además de Foucault. Me acuerdo de una huelga que organizaron los Panteras Negras, cuando Foucault se rehusó a seguir con la cátedra que debía impartir en el campus, y dio las clases en la casa del profesor Raymond Federman [1928-2009], un novelista, poeta y ensayista francoestadounidense. Asumí la jefatura del departamento, junto al historiador y crítico literario René Girard [1923-2015]. Era un departamento excepcional, por el que también pasó Derrida.

Y regresó a Brasil en el apogeo de su carrera académica. ¿Por qué decidió irse de Estados Unidos?
Los motivos fueron dos. Uno de ellos era que, como director del departamento, comenzaron a surgir ciertas presiones para que me naturalizara estadounidense y yo no quería perder la ciudadanía brasileña. Además, sentía que ya había aprendido todo lo que necesitaba aprender en el exterior. Entonces solicité una licencia a la universidad y me vine a Brasil para trabajar en la PUC-RJ [Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro]. Luego de un año y medio, en 1976, noté que la experiencia estaba saliendo bien y viajé a Estados Unidos para presentar mi renuncia y devolví mi green card. No quería sentir la tentación de regresar.

En la PUC difundió el pensamiento de Derrida en Brasil. ¿Cómo fue ese proceso?
Para los alumnos, Derrida era un autor difícil. Entonces les propuse que redactaran un glosario con sus términos y conceptos principales, como una manera de motivarlos para que se apropiaran de sus teorías. Yo sugerí los artículos y ellos escribieron las definiciones. El libro fue publicado en 1976. Tuvo una buena repercusión. En el caso de países como Brasil, creo que la docencia es un arma más poderosa que un libro. Nunca dejé de escribir ensayos y novelas, pero tampoco me desvinculé jamás de las instituciones educativas, y he dirigido 50 tesinas y tesis de maestría y doctorado. Al menos 15 de ellas fueron publicadas.

Su regreso desde Estados Unidos a Brasil representó otro viraje inusitado en su carrera.
Mi carrera incluye un elemento al cual no comprendo muy bien. Ella no es racional, pese a que soy una persona sumamente racional. Soy perseverante, estudioso y trabajador, pero esos cambios no los medité. Mi trayectoria fue algo que fue sucediendo. Conté con grandes mentores y protectores solo al comienzo de mi vida académica.

¿Cómo se nutren las actividades de novelista, poeta, crítico literario, ensayista y docente?
En Belo Horizonte, cuando era un adolescente, solía asistir al Club del Cine, que congregaba a personalidades con diferentes formaciones, entre los cuales figuraban artistas plásticos, músicos y dramaturgos. Esa convivencia me aportó una visión amplia sobre el arte y me impulsó a ejercitar no solo mi aspecto académico, sino también mi vertiente creativa. Siento la necesidad de expresarme recurriendo a diversos lenguajes: el subjetivo de la poesía, el conceptual inherente a los ensayos, y el dramático de las novelas.

En un país complejo como Brasil, la noción de identidad debe ser inclusiva

¿Ha estado siguiendo el panorama de la literatura brasileña contemporánea?
Hemos asistido a un proceso de inclusión que generó una reacción conservadora peligrosa. En estos momentos de inclusión no debemos emitir juicios de calidad definitivos. En mis últimos trabajos sobre la literatura brasileña contemporánea, me dediqué a hacer mapeos, sin priorizar juicios de calidad. El mapeo de autores, para mí, es una actividad que se confunde con la docencia. Las mejores tesis de maestría y doctorado que he dirigido no fueron escritas por aquellos que en el primer año eran los mejores alumnos. Debemos tener en cuenta que algunas personas requieren de ayuda para desarrollarse, mientras que otros, que inicialmente parecen mejores, se van desdibujando con el paso del tiempo.

Después de haber transitado distintos contextos nacionales y lenguajes literarios, ¿cuáles son hoy en día sus inquietudes?
Ahora estoy interesado en los temas que están relacionados con la vejez. El tiempo ya no es tan elástico y vivir se torna más cansador. Uno se vuelve más egoísta, porque la supervivencia es más dura que la vivencia. En la vivencia uno es menos precavido. Pero cuando se sobrevive lo somos más. Hay varias cosas que ya no pueden hacerse y el mundo personal se retrae. Pasamos a confundirnos con nuestro propio mundo. Estoy tratando de resumir esos temas en tres libros, uno de ellos inédito. El primero de ellos es Machado, que aborda los últimos cuatro años de vida de Machado de Assis [1839-1908] y que ganó el Premio Jabuti como mejor novela en 2017. Ese libro es una novela de supervivencia, una idea opuesta a la de la novela de formación. Autores tales como Gustave Flaubert [1821-1880] y James Joyce [1882-1941] escribieron libros que retratan al artista cuando es joven. Yo quise mostrarlo en su vejez. Otro libro, que escribí en forma simultánea, fue Genealogia da ferocidade, alusivo a la obra Grande sertão: Veredas, de João Guimarães Rosa [1908-1967], que fue publicado en 2017 e inmediatamente fue traducido en español. En 2019 salió también una versión lusitana. Hasta entonces, mis lecturas de ese libro de Guimarães Rosa habían sido modestas y sentía que estaba en deuda con él, porque quería hacer una interpretación más audaz. Recientemente comencé a redactar mis memorias. Me he propuesto escribir los volúmenes que pueda y ya tengo listo un borrador del primero, cuyo título será Menino sem passado [Un niño sin pasado]. La trama abarca desde 1936 hasta 1948. En ella, relato lo difíciles que fueron mis primeros años de vida. La pérdida de mi madre cuando tenía un año y medio de edad, es el tema dominante. Otro de los temas es mi interés por las películas e historietas. En ese período inicial, tenía más contacto con el arte que con la realidad. Por más pobre que sea la calidad de los cómics, constituyen una fuente maravillosa de conocimiento. A través de ellos me asomé a acontecimientos tales como la Segunda Guerra Mundial, mientras vivía en una ciudad de 30 mil habitantes.

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