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Ciencia

Sin animales, la selva se muere

La desaparición de los animales que dispersan semillas pone en riesgo la supervivencia de remanentes del Bosque Atlántico

En el lugar del murmurar de las interacciones entre los seres vivos de las selvas, la amenaza de un escenario sin actores. Investigadores comprobaron que la caza y la explotación intensiva de las semillas con las que se alimentan los animales dejan a los bosques y selvas brasileños cada vez más cerca de su desaparición. En la Amazonia, los castañares envejecen con reducidas probabilidades de renovación porque la explotación intensiva del castañar de Brasil (castanheiro do Pará, Bertholletia excelsa) amenaza la supervivencia del agutí (Dasyprocta spp), principal dispersor de las castañas. En el caso de los remanentes de Bosque Atlántico en el interior del estado de São Paulo, la amenaza se cierne sobre decenas de especies de árboles que dependen del agutí para dispersar sus semillas para impulsar así la regeneración de los fragmentos de la selva.

Para determinar la extensión del peligro en esos espacios, el biólogo Mauro Galetti, del Instituto de Biociencias de la Universidad Estadual Paulista (Unesp), en Río Claro, estudió la interferencia de la fragmentación del bosque en la dispersión de semillas y está estructurando un banco de datos sobre las interacciones de los animales frugívoros con distintas especies vegetales. Galetti, cuyo objetivo es servir de apoyo en proyectos de manejo, analiza el tema desde un punto de vista global: “Las selvas tropicales son actualmente la última frontera en términos de conocimiento, especialmente en lo que se refiere a biodiversidad. Son consideradas las mayores fuentes de productos naturales y también las responsables por el mantenimiento de recursos esenciales para hombre, como el agua, y porla regulación de la temperaturaglobal. Pero los altos índices de tala y la transformación de los hábitats primitivos a manos del hombre han provocado una acentuada declinación en el número de especies animales y vegetales. La peor de las extinciones es una que pocas personas notan: la pérdida de las interacciones entre los animales y las plantas, que son responsables por el mantenimiento de las selvas”.

Los fragmentos dispersos del interior componen un bosque semideciduo – donde muchas especies pierden su follaje en la estación seca- llamado Bosque Atlántico de la Meseta. “Es el bosque de Brasil más amenazado de extinción total, y será necesario el manejo en todos los fragmentos que quedaron. De lo contrario, muchos de éstos desaparecerán en menos de cien años”, alerta Galetti. La Fundación SOS Mata Atlântica comprueba: de los 8,9 millones de hectáreas de área originaria de bosque semideciduo del estado, quedaron 189.000 hectáreas, es decir, un 2,06%.

El algarrobo, el mono y el tapir
Entre los estudios del proyecto, Galetti destaca la dispersión de semillas de algarrobo (cuapinol, jatobá en portugués, Hymenaea courbaril) por el agutí. Así como otras especies de la familia de las leguminosas y algunas palmeras, el algarrobo tiene semillas muy grandes – más de 2,5 centímetros de diámetro. Las plantas con semillas grandes, que ningún ave logra tragar, son las más amenazadas en fragmentos forestales. Son dispersadas exclusivamente por el tapir o anta (Tapirus terrestris) y el agutí. Como los tapires fueron cazados hasta su extinción en el lugar, los agutíes heredaron el título de únicos dispersores de grandes semillas grandes en los fragmentos forestales.

Así como las ardillas, los agutíes comen algunas semillas y entierran las restantes, para tener alimento en la siguiente estación. Cuando el roedor se muda de territorio, deja algunas semillas o es ultimado por felinos, las semillas abandonadas germinan y dan origen a una nueva planta. Galetti revela que el agutí también es blanco de los cazadores en fragmentos de selva del interior de São Paulo, lo que amenaza la supervivencia del algarrobo y de otras 50 especies de árboles de frutos grandes, que cuentan con esta especie como único dispersor, entre ellas varias especies de palmeras, como la del palmito amargo (Syagrus oleracea) y la brejaúva (Astrocaryum aculeatissimum).

El investigador dice que el mono capuchino (Cebus apella) y el mono araña (Brachyteles arachnoides) comen la pulpa del fruto del algarrobo y desechan sus grandes y duras semillas, que después son comidas o enterradas lejos por los agutíes. Aun cuando una semilla germine debajo de un algarrobo, la planta joven no podrá competir con la adulta por la luz y por los nutrientes. Además, cuanto más cerca de la planta madre, mayor es la posibilidad de que la semilla sea devorada por otros roedores y puercos de monte, atraídos por la cantidad de frutos existentes bajo el árbol. “Sin la dispersión realizada por el agutí, vamos tener solo fósiles vivos: por ejemplo, cuando un algarrobo de 150 años muera, no habrá otros alrededor para sustituirlo. Eso puede llegar a modificar mucho la dinámica de la selva, generando en un efecto dominó, ocasionando desequilibrios en toda la cadena alimentaria.”

Estrategias y pájaros
Otra interacción curiosa ocurre entre la erva-de-passarinho (muérdago), arbusto del género Phoradendron que parasita el lapacho (ipê en portugués – Tabebuia spp), y los gaturamos, pájaros del género Euphonia que son los únicos dispersores de esa planta. Los gaturamos comen el fruto del muérdago y las semillas llegan al tronco del lapacho a través de sus heces. Cubiertas de visco, las semillas se adhieren al tronco, donde germinan rápidamente. “Es una relación de interdependencia muy delicada y estamos estudiando cómo ésta puede romperse debido a las perturbaciones ambientales”, dice Galetti.

La estrategia de supervivencia del olho-de-cabra (ojo de cabra) o tento (Ormosia arborea), árbol de la familia de las leguminosas, depende de un tipo de episodio extremadamente raro, descubierto por Galetti después de tres años de observación con el uso de cámaras automáticas. La semilla roja y negra de esa especie, usada en collares y pulseras, se parece a un fruto carnoso, lo que atrae a las aves. Es un sistema parásito, porque la planta no ofrece nada a las aves, pero a pesar del bajo índice de dispersión, el trueque funciona: cuando el ave nota el engaño, ya ha comido o regurgitado la semilla que, ya en el suelo, podrá germinar.

Imitando esta estrategia, Galetti y sus alumnas Eliana Cazeta y Cecília Costa confeccionaron frutos artificiales con arcilla de modelado para verificar las alteraciones en el comportamiento de las aves que comen frutos de plantas del tipo de los arbustos. Esparcieron frutos artificiales blancos, rojos y negros – colores de los frutos que las aves comen- por los bordes y en el interior de los fragmentos de bosque. Escogieron la franja del sub-bosque, porque en ella, que tiene vegetación más baja, cerca del 85% de las plantas es esparcido por aves o murciélagos y solo un 15% lo dispersa un mecanismo de propia planta: la explosión, que arroja lejos las semillas. En la franja de árboles altos, como el jequitibá blanco (Cariniana legalis), con 30 ó 40 metros de altura, los animales solo dispersan las semillas de la mitad de las especies: en la otra mitad la dispersión es realizada por el viento o por la propia planta.

“Los resultados”, dice Galetti, “mostraron que en las matas mayores hubo más frutos picados y removidos que en las menores, indicando así una probable disminución de la dispersión de semillas a cargo de aves en fragmentos pequeños. Además, los frutos negros son menos picados en el interior del bosque que en el borde, mientras que en los frutos rojos no se registra diferencia entre borde e interior. Ese experimento muestra por primera vez que la fragmentación de una selva incide sobre la probabilidad de que un fruto sea disperso por una ave dependiendo del color del mismo y de dónde está localizada la planta en el ambiente. Por eso se espera que fragmentos pequeños posean más arbustos con frutos negros en el borde que bosques poco alterados. Nadie imaginaba que la fragmentación forestal pudiera afectar de esa manera a las especies de sub-bosque, dependiendo del color de la fruta”.

Efecto borde
Este sencillo experimento indica un factor de riesgo importante para la regeneración de fragmentos forestales: el efecto borde. Galetti explica que, cuando el bosque se fragmenta, sus bordes reciben mucho más viento y rayos solares que el interior, lo que hace caer sensiblemente la humedad, entre otras cosas. Eso facilita la invasión por parte de especies exóticas, es decir, no autóctonas del bosque. El capim (gramínea forrajera), por ejemplo, no existe dentro del bosque preservado, donde no logra competir por la luz. Con todo, el capim que invade los bordes impide la regeneración del bosque en el local. Y el ciclo prosigue: cuanto mayor es la luz en los bordes, menor es la humedad, mayor la invasión del capim o de otras especies exóticas. Ese proceso de achicamiento del bosque originario puede llevar a que muchos fragmentos forestales desaparezcan en menos de cien años.

El ataque más o menos agresivo del efecto borde sobre un fragmento depende de muchas variables, lo que requiere un estudio acerca del manejo específico acorde con cada área. “En fragmentos que tienen alrededor plantaciones de eucalipto se produce menos el efecto de borde que en los rodeados por caña de azúcar o pasto. Esto se debe a que los eucaliptos obstaculizan la acción del viento, que puede derribar muchos árboles en el borde. Como no se produce la regeneración en el borde por causa del capim, el fragmento va achicándose cada vez más. “La cantidad de variables ambientales encontrada fue un tanto frustrante para el equipo: “Buscábamos un patrón sobre los efectos de la fragmentación en la dispersión de semillas para los bosques semideciduos de São Paulo, en procura de hallar soluciones para sus problemas. Pese a que existen algunos patrones claros, como es el caso del algarrobo, las variables de cada fragmento son tantas que cada área respondió de una manera. Cada fragmento tiene un historial propio de perturbación, tipo de entorno – café, caña o eucalipto -, presión de caza y otras perturbaciones”.

Manejo continuo
En resumen, si desaparecen los animales que realizan gratuitamente el trabajo de dispersión de semillas, para recomponer un bosque y que éste se vuelva autosostenible, será necesario replantar especies y también reintroducir animales. Galetti agrega que los fragmentos deben remanejarse continuamente: insertar en el ambiente animales dispersores como el agutí y controlar su caza, por ejemplo, puede hacer que la población animal aumente demasiado y cause otro impacto en la cadena alimentaria. “Una vez ocurrida la perturbación del bosque, se hace difícil rehacer la naturaleza.”

Y en Brasil hay poca gente calificada para efectuar un manejo adecuado de los fragmentos forestales: “No existen en las universidades cursos que capaciten a los que en Estados Unidos son llamados wildlife managers, dedicados al manejo de la vida silvestre. Quienes acaban realizando el manejo son los biólogo o los ingenieros forestales. Todas las unidades de conservación deberían tener un grupo de investigadores dedicados al manejo local. Sin manejo un adecuado, perderemos cada vez más nuestra biodiversidad. Esto muestra que existe un campo de trabajo gigantesco para los biólogos en ese área, mucho mayor que el que ofrece la biotecnologia”.

Al comparar su estudio con el del Proyecto Dinámica Biológica de Fragmentos Forestales (PDBFF), llevado adelante desde 1979 en la región norte de Brasil por el Instituto Nacional de Investigación de la Amazonia (Inpa, en portugués) y la Smithsonian Institution de Estados Unidos, Galetti apunta una diferencia: el PDBFF removió partes de la selva y dejó bloques simétricos continuos de 1, 10, 100 o 1.000 hectáreas de bosque, mientras que en São Paulo la fragmentación es mucho más caótica y más antigua, con bosques aislados hace 100 o 150 años. “Primero, la ola del café derribó a casi todas los bosques, principalmente porque el acceso era muy fácil, en una región plana. Después vinieron los ciclos de la caña y del eucalipto. Un fragmento aislado en un mar de caña no tiene cómo recibir semillas y, con el tiempo, va perdiendo diversidad”. El proyecto abarcó ocho fragmentos: cuatro con cerca de 300 hectáreas y cuatro con más de 1.000 hectáreas.

En la sabana esteparia (Cerrado), otro ecosistema que -como el Bosque Atlántico- figura en la lista de las 25 áreas de biodiversidad más ricas y amenazadas del planeta según la organización conservacionista Conservation International, el biólogo considera que la situación es menos grave respecto a la reproducción de especies que la que se registra en el bosque semideciduo. “Muchas plantas del Cerrado tienen reproducción vegetativa, no dependen solamente de los frutos. Si se las corta, rebrotan o lanzan una raíz larga y generan otro individuo adelante, mientras que en la selva la mayoría de los árboles talados no rebrota”.

Galetti comenta que la dispersión de semillas es una línea de investigación muy reciente en el país. Él, que se doctoró en la Universidad de Cambridge, en Inglaterra, con un estudio sobre la dispersión de semillas de palmito (Euterpe edulis) en el Bosque Atlántico, también estudió en Indonesia la dispersión llevada a cabo por los osos y cálaos (aves de varias especies y géneros, semejantes a los tucanes). A su regreso, obtuvo un incentivo de la FAPESP para iniciar, en 1997, el actual proyecto, que deberá concluir en julio. En 1998, al convertirse en docente del Departamento de Ecología de la Unesp de Río Claro, montó con la profesora Patrícia Morellato, del Departamento de Botánica, el Grupo de Fenología y Dispersión de Semillas.

Pocos, además del grupo de Galetti, se dedican a esas áreas en el estado. Wesley Rodrigues Silva, del Instituto de Biología de la Universidad de Campinas, y Jean Paul Metzger, del Instituto de Biociencias de la Universidad de São Paulo (IB-USP), coordinan proyectos en el programa Biota-FAPESP. También en el IB-USP, José Carlos Motta Jr. reúne a investigadores dedicados al tema. Para atraer a otros interesados en el área, Galetti y Wesley Silva organizaron el Tercer Simposio Internacional de Frugivoría y Dispersión de Semillas, reunido de 6 al 11 de agosto del año pasado en la estancia de São Pedro y que reunió más de 300 participantes de 30 países. Allí, el grupo de Galetti presentó 15 trabajos y el premio al mejor póster le fue otorgado al trabajo de dos investigadoras del IB-USP sobre la dispersión de la castaña de Brasil por los agutíes.

Agutíes y castañares
El trabajo fue efectuado en tierra indígena caiapó, en el sudeste del estado de Pará, como parte del Proyecto Pinkaiti. Claúdia Baider trabajó con demografía y dispersión de semillas para su tesis de doctorado, y Maria Luisa da Silva Pinto Jorge realizó su maestría sobre área de vida, actividad diaria y densidad poblacional de los agutíes. Orientadas por Carlos Augusto da Silva Peres, del IB-USP, investigaron en uno de los pocos castañares aún no explotados en la Amazonia, a unas de dos horas en barco de la aldea de A’Ukre, cerca de la ciudad de Redenção.

La selva del castañar estudiado es abierta, con bosques de palmeras, bambúes y cipós. Tiene cinco meses de estación seca y en la mitad de ésta no cae ni una gota de lluvia. Cláudia dice que la mayor parte de los castañares constituye aglomerados, lo que puede ser resultado del patrón de dispersión de las semillas hecho por el agutí. Este roedor se come las castañas, pero entierra algunas semillas, y éstas acaban germinando. El agutÍ lleva frutos hacia todas las direcciones y puede recorrer grandes distancias, pero distribuye la mayoría de las semillas relativamente cerca de los árboles.

El fruto, que pesa entre 800 gramos y 1,5 kilogramo, está constituido por una cáscara leñosa como madera recubierta por otra de corteza. Es extremadamente duro y el agutí demora entre 40 y 50 minutos para roer un agujero en él hasta llegar alas castañas. La castaña de Brasil es importante para la economía de extracción de la Amazonia, pero su explotación desenfrenada amenaza la supervivencia de los agutíes y de los propios castañares.

Los fragmentos
Fueron éstos los ocho fragmentos de Bosque Atlántico estudiados en el interior del estado por Galetti y su equipo:

– Parque Estadual do Morro do Diabo, en Teodoro Sampaio. Es el mayor de los fragmentos, con 35.000 hectáreas y que preserva su fauna completa, incluso las onzas o jaguares.
– Estación Ecológica de Caetetus, en Gália, cerca de Baurú. Tiene cerca de 2.100 hectáreas y su fauna permanece casi inalterada, menos los agutíes y los jaguares.
– Hacienda Barreiro Rico en Anhembi, Piracicaba. Son cerca de 1.800 hectáreas, se caza mucho, pero la densidad de agutíes es baja y no hay tapires.
– Hacienda Mosquito, en el Pontal do Paranapanema, cerca de Presidente Prudente, con cerca de 2.000 hectáreas. Cuenta con toda su fauna preservada.
– Bosque São José, en Río Claro. Son 230 hectáreas, sin agutíes ni tapires, con pocos ejemplares de monos capuchinos (Cebus apella) y titíes (Callithrix aurita).
– Bosque de Santa Genebra. Reserva Municipal de Campinas con 250 hectáreas. No hay agutíes ni tapires, solo monos capuchinos y monos aulladores (Aloutta fusca).
– Bosque de Ribeirão Cachoeira, en Campinas, con cerca de 230 hectáreas. Solo hay monos aulladores.
– Hacienda Igurê, en Gália. Son cerca de 320 hectáreas, sin agutíes ni antas, pero cuenta con aves dispersoras como los tucanes (familia Ramphastidae) y las arapongas (Procnias nudicolis).

 Los frutos y sus semillas
El color, el tamaño y otras características de los frutos son importantes para identificar a los dispersores de semillas. Galetti revela que los frutos dispersos por las aves son en general rojos o negros y un tanto dulces, como el del pau-viola (palo guitarra, dama, penda, Citharexyllum mirianthum) y la pitanga (manzana de agua, Eugenia spp.), o grasosos, como la cumala (Virola spp.). Los dispersos por mamíferos son casi siempre dulces, amarillos, aromáticos y pulposos, como la guabira (Campomanesia spp.) y el bacuparí (Rheedia gardneriana, de la familia del eucalipto). Y los dispersos por murciélagos son verdes, con aroma fuerte y de fácil captura durante el vuelo: higo (Ficus spp.) y chapéu-de-praia (sombrero de playa, Terminalia cattapa, sim. verdolago). Hay algunas especies adaptadas a la dispersión realizada por las hormigas, como la mamona (higuereta, Riccinus communis) y el anicillo (Croton spp.), que tiene una pequeña recompensa aceitosa (elaiossomo) para los insectos. Y hay frutos que ni siquiera necesitan a los animales para dispersar sus semillas: utilizan el viento para eso, pues están dotados de alas o plumas, como el araribá (Centrolobium tomentosum), el jequitibá (Cariniana legalis) y el cedro (Cedrella fissilis).

LOS PROYECTOS
Frutos y Frugívoros en Bosques Semideciduos: Estructura de la Comunidad e Impacto en la Dispersión de Semillas en Fragmentos Forestales en São Paulo
Modalidad
Programa de Apoyo a Jóvenes Investigadores
Coordinador
Mauro Rodrigues Galetti – Instituto de Biociencias de la Unesp en Río Claro
Inversión
R$ 104.087,00

Demografía y Ecología de la Dispersión de Semillas de Bertholletia excelsa HBK (Lecythidaceae) en Castañares Silvestres de la Amazonia Oriental
Modalidad
Auxilio a proyecto de investigación
Coordinador
Carlos Eduardo da Silva Peres – USP
Inversión
R$ 72.138,19

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