Durante el año 2020, tras haberme sometido a una batería de test que me aplicó una psicóloga, el psiquiatra confirmó mi diagnóstico: autismo. Fue un shock. Para empeorar las cosas, el médico me aconsejó que lo mantuviera en secreto. Yo tenía 54 años, estaba afianzado en mi profesión, por eso parece factible que él quisiera protegerme. Si bien comprendí entonces sus buenas intenciones, decidí hacer lo contrario. Sucede que ser neurodivergente no es un problema y no debería impedirle a nadie ser quien es. Somos diferentes, y esto forma parte de la belleza de la vida.
El trastorno del espectro autista [TEA] tiene un origen multifactorial y un fuerte componente genético. Se manifiesta durante la infancia y exhibe una gran variedad de características y de niveles de intensidad. El diagnóstico me ayudó a aclarar muchas cosas. Cuando era chico, en la década de 1970, tuve la suerte de estudiar en una escuela constructivista y me granjeaba amigos fácilmente, pero también era un tanto rebelde. Luego de algunos embates con mi papá, hui de casa tres veces.
Como hablaba rápido y nadie me entendía, empecé a repetir las mismas frases automáticamente dos veces. A causa de todo esto, empecé a frecuentar tempranamente los consultorios de psicólogos y psiquiatras. Así y todo, ninguno de ellos me planteó la posibilidad de que yo me ubicara dentro del espectro autista.
Durante la adolescencia empecé a sentir que era muy distinto a los otros. En los deportes era el último que elegían y nunca salía del banco de suplentes. En natación me convertí en “el fenómeno”, pues siempre quedaba último en las competencias. Tan pronto como aparecía, alguien se despachaba con una broma. Tenía una colección de apodos, y hasta el día de hoy me hace mal recordarlos. Sé que es natural que los jóvenes se burlen, pero sentía que conmigo la cosa era más habitual que con los otros, y eso me afectaba sobremanera.
Tengo dificultades para mirarlos a los ojos a mis interlocutores, pero como sé que a las personas eso no les gusta hago el esfuerzo. Cualquier ruido me perturba. En los ambientes donde hay mucha gente hablando al mismo tiempo intento calmarme contándome mentalmente una historia; es una estrategia que inventé para soportar el caos, aunque no siempre funciona. Cuando el estímulo sonoro es demasiado intenso, mi cuerpo reacciona por cuenta propia: es como si se desenchufase para evitar un cortocircuito. Entro en un vacío. Las personas lo notan. Un compañero del doctorado en Inglaterra siempre se percataba de esas repentinas ausencias y me apodó instantaneous sadness [tristeza instantánea].
Estoy hablando de Inglaterra, pero me ha faltado contar cómo fui a parar allá. Mis primeros años de vida transcurrieron en el interior del estado de Piauí, en Brasil, en un obrador, pues mi papá era ingeniero civil y trabajaba en la construcción de la Central Hidroeléctrica de Boa Esperança. La ciudad era tan pequeña que mi mamá tuvo que trasladarse a Recife, la capital del estado de Pernambuco, para que yo naciera, en 1965. Cuando tenía 4 años nos fuimos a vivir allá.
Mientras cursaba la enseñanza media, me hice un test vocacional que apuntó una afinidad con la computación y la ingeniería eléctrica. A comienzos de la década de 1980 llegué a cursar ambas carreras simultáneamente por un tiempo. Pero un día, en una clase de ingeniería, nos mandaron al pizarrón a dibujar cubos. Justo a mí, que apenas si logro garabatear una casa. Salí de allí y no volví más.

Archivo personalA comienzos de la década de 1990 en Inglaterra, donde realizó su doctorado en ingeniería electrónicaArchivo personal
Durante mis estudios de grado en ciencia de la computación en la Universidad Federal de Pernambuco [UFPE], empecé mi trayectoria con las computadoras cuando todavía era la época de las tarjetas perforadas. La inteligencia artificial [IA] era prácticamente desconocida en Brasil, pero tuve la suerte de asistir a uno de los primeros cursos sobre el tema dictados en el país, y fue allí donde se despertó mi interés por el tema. Me recibí en 1987 e inmediatamente después empecé la maestría en esa misma institución, sobre el uso de las redes neuronales para el reconocimiento de secuencias. Culminé la investigación en 1990.
En aquel entonces, había solamente dos profesores que trabajaban con IA en la UFPE. A ejemplo de muchos compañeros de mi promoción, el doctorado lo cursé en el exterior, dado que este campo era aún muy incipiente en Brasil. Hice el doctorado en ingeniería electrónica investigando sobre el uso de las redes neuronales para el reconocimiento de imágenes en la Universidad de Kent, en el Reino Unido. La idea de vivir en una ciudad chiquita y tranquila me atrajo de entrada: el tránsito de Recife me dejaba al borde del colapso, cosa que hoy en día sé que tiene relación con el TEA. Pero no fue eso solamente: confieso que también me entusiasmé al ver fotos de gente tomando cerveza en una plaza medieval.
Me fui a vivir con compañeros de otros países en una casa que compartíamos. Cada uno tenía su dormitorio, pero la cocina era en común, lo que, al fin y al cabo, fue excelente, pues me incentivaba a sociabilizarme. Un año antes de concluir el doctorado me vine a Brasil, en 1993, para decidir dónde me radicaría y opté por São Carlos [en el interior del estado de São Paulo], tanto por la calidad de las universidades como porque no es una ciudad grande.
Asimismo, algunos brasileños que conocí durante el doctorado eran de allí. Una compañera me ofreció la casa de su familia para alojarme a mi regreso; no sabía que, seis meses después, me casaría con su hermana, ingeniera civil. Tenemos tres hijas: nuestra primogénita es psicóloga y fue quien me sugirió que me sometiera a una evaluación. Tras el diagnóstico, nuestra hija del medio, que es la que más se parece a mí, también descubrió que tiene TEA y lo afronta muy bien.
Al llegar a São Carlos, lo único que tenía era una beca del CNPq [el Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico], pero enseguida se abrió una vacante docente en el Instituto de Ciencias Matemáticas y Computación de la Universidad de São Paulo [ICMC-USP] en la ciudad y me contrataron en 1994. Actualmente soy director del ICMC, en donde coordino el centro de investigaciones Iara – Inteligencia Artificial para Recrear Ambientes, que cuenta con el apoyo de la FAPESP y se orienta hacia la creación de ciudades más inclusivas y sostenibles.
Participo en diversas redes de investigación y en ellas abogo por el uso del aprendizaje automático como herramienta de inclusión social, no solamente como una innovación técnica. En colaboración con la psiquiatra Helena Paula Brentani, de la Facultad de Medicina y del Hospital de Clínicas de la USP, y las científicas de la computación Fátima Nunes y Ariane Machado Lima, de la Escuela de Artes, Ciencias y Humanidades [EACH-USP], he venido desarrollando desde el año 2023 herramientas de IA capaces de dotar a los diagnósticos de TEA de una mayor accesibilidad, precocidad y confiabilidad. A tal fin, nuestro grupo investiga la aplicación del reconocimiento facial, el análisis de señales cerebrales, biomarcadores moleculares y patrones de movimiento en niños pequeños.
Muchos dicen que los casos de autismo han venido aumentando en los últimos años, pero, a decir verdad, lo que sucede es que en el pasado solamente se diagnosticaban los cuadros más graves. Hoy en día, con una mayor cantidad de profesionales capacitados, una mayor concientización y menos estigmatización, se generan más detecciones. Así y todo, es fundamental diferenciar el autismo de otras afecciones –como el trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH)– que también tienen un impacto significativo en la vida de las personas.
Este artículo salió publicado con el título “Lógica en el caos” en la edición impresa n° 352 de junio de 2025.
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