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Economía

Un gigante encogido

Un investigador analiza las dificultades que existen para retomar el crecimiento en Brasil

El dinamismo exhibido por la economía brasileña en el transcurso de los 50 años situados entre 1930 y 1980 distinguieron al país en el escenario mundial. Fueron pocas las naciones que lograron el crecimiento promedio de un 6% anual que destacó a Brasil durante el período de la moderna industrialización. Así y todo, a partir de los años 80 la historia económica nacional tomó el rumbo contrario y la expansión promedio del Producto Bruto Interno (PBI) se encogió a alrededor de un 2% anual – un tercio de la media anterior.

Pero, a decir verdad, esta tendencia ha reflejado en parte la retracción global de los índices de crecimiento. Sin embargo, lo que ha inquietado a una parte de los economistas es el hecho de que Brasil no haya conseguido sacar partido de algunas condiciones favorables que dejaron su impronta en la economía mundial en el transcurso de los años 90 y retomar así el derrotero original. Y en ese marco incluyen a algunos otros países emergentes. La desaceleración ha atravesado el viraje de siglo, y los índices de desempleo continúan aumentando, mientras los rendimientos promedio reales siguen encogiéndose. Sumados, tales indicadores han separado a Brasil del grupo de países entre los cuales sobresalió durante el siglo pasado.

Este escenario ha llevado a algunos economistas a plantear alternativas para romper con esta especie de “resistencia” a retomar el crecimiento. Ricardo Carneiro, profesor del Instituto de Economía y director del Centro de Estudios de Coyuntura y Política Económica de la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp), forma parte de este grupo. Ésta es la razón por la cual ha dedicado años al desarrollo de una investigación en la que procuró responder a la razones por las cuales el país no ha logrado retomar el vigor y hacer la necesaria corrección de curso.

La coyuntura histórica
La síntesis de este emprendimiento, que contó con el apoyo de la FAPESP, por medio de una beca de investigación en el exterior, y posteriormente con la continuidad de los trabajos en el ámbito de un proyecto temático financiado también por la fundación, resultó en el libro Desenvolvimento em crise – A economía brasileira no último quarto do século 20 [El desarrollo en crisis – La economía brasileña durante los últimos veinticinco años del siglo XX ], publicado por Editora Unesp el año pasado. En ese libro, Carneiro analiza las condiciones que le permitieron a Brasil crecer rápidamente entre 1930 y 1980, los motivos por los cuales dichas condiciones salieron de escena y de qué modo estos factores pesaron en el “agotamiento del dinamismo del capitalismo brasileño”.

El texto pone en evidencia la permanente articulación entre los factores internacionales y los factores internos que interfirieron en la vitalidad económica brasileña, así como también el peso de ciertas coyunturas históricas específicas, que ora hicieron preponderar determinantes externos, ora internos, como estímulo u obstáculo al crecimiento brasileño, y a su vez, puntúa los diferentes grados de dependencia nacional al orden económico internacional. La relativa estabilidad del nivel tecnológico, que hasta la década del 80 difundió y consolidó la matriz productivo-tecnológica, que tuvo su origen en la Segunda Revolución Industrial – según sostiene el autor en su libro –, fue fundamental para que el país lograse superar incluso las contingencias internacionales adversas que signaron el período 1929-1950 y se mantuviera creciendo. En la misma dirección, el mercado interno fue sumamente relevante, al ayudar al crecimiento del producto brasileño.

Desde el punto de vista externo, contribuyeron también la disponibilidad de financiamiento y la vigencia de un orden económico internacional cuyas reglas relativas al comercio y las finanzas favorecían a los países periféricos, permitiéndoles una mayor autonomía en la planificación y la ejecución de las respectivas políticas económicas locales. Desde el ángulo interno, la intervención directa del Estado en la economía y su articulación con el sector privado representaron otro pilar. Estructuralmente, la combinación de los sectores productivos que encabezaron la expansión económica en el período, junto con la posibilidad de sincronizar financiamientos de largo plazo para atender la demanda de inversiones en los plazos y volúmenes requeridos fueron igualmente relevantes.

En el transcurso de esta trayectoria, algunos cimbronazos definieron los tres períodos analizados en Desenvolvimento em Crise . El primero de éstos se ubica en 1973, época en la que se abandona el régimen de tipos cambio fijos pero ajustables que puso fin al orden de Bretton Woods. Ése fue el nombre dado a la Conferencia Monetaria y Financiera realizada en 1944, de la cual participaron 44 países, con el objetivo de planificar la estabilización de la economía internacional y de las monedas internacionales, por ese entonces afectadas por la Segunda Guerra Mundial. En dicha reunión nacieron el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Internacional de Reconstrucción y Desarrollo (Bird).

Un plan nacional
En el plano interno, a mediados de la misma década, mientras que la elevación de los precios del petróleo esbozaba una crisis internacional y local, el gobierno de Ernesto Geisel anunciaba en 1975 el 2º Plan Nacional de Desarrollo Económico (II PND), con la pretensión de transformar a Brasil en una “potencia emergente”, y de incluirlo en la nómina de países altamente industrializados, a través de la sustitución de importaciones, la elevación de las exportaciones y la ampliación del mercado interno consumidor. El relativo fracaso del II PND, que tuvo como telón de fondo el creciente agravamiento de las condiciones internacionales y la dependencia brasileña de los financiamientos externos, derivó en lo que Carneiro caracteriza como el derrocamiento del nacional-desarrollismo.

Los resultados que se presentaron fueron muy distintos de los anhelados – entre otras cosas, la elevación del PBI a 120 mil millones de dólares y los ingresos per cápita a 1.000 dólares, cuatro años más tarde, en 1979. Siguió la década del 80, conocida como la “década perdida”, caracterizada por la crisis de la deuda externa de los países periféricos y por la transferencia de recursos al exterior, hechos que desorganizaron en forma creciente la economía brasileña y contribuyeron para desatar la hiperinflación.Desde entonces, el vigoroso y rápido crecimiento obtenido a partir de los años 30 se interrumpió. Comienza así el segundo cimbronazo. Se alternan ciclos breves de recesión y expansión económica y la tasa de crecimiento pasó prácticamente a acompañar el aumento de la población.

El financiamiento externo, hasta ese entonces abundante y una fuente relevante de inversiones en el país, se esfumó. Simultáneamente, el pago de los servicios de la deuda externa estrecha las alternativas de desarrollo. En rigor, la desaceleración del ritmo de crecimiento comenzó a constatarse a partir de 1974, cuando arribó a su fin el ciclo del “milagro económico”. Pero la llegada de los años 80 le imprimió otro perfil, al oscilar entre la reducción absoluta y una intensa pero episódica variación. Entre 1981 y 1983 la retracción fue intensa. En el lapso que va entre 1984 y 1986, año en que se lanzó el Plan Cruzado, se registró una expansión de intensidad equivalente a la trayectoria anterior. Finalmente, entre 1987 y 1989 se produce un nuevo estancamiento.

El estándar de crecimiento
Ésta fue la mayor expresión de la ausencia de un estándar de crecimiento sostenido, retratado en la profunda incertidumbre con relación al escenario económico brasileño. Brasil atraviesa los años 90 sin vitalidad, pese a la recuperación del escenario internacional, que abre espacio para oportunidades de mejora para los países periféricos, pero presenta cambios que se traducen en inmensos desafíos para las naciones en desarrollo. Con la reducción de las tasas de interés internacionales, las inversiones financieras se volvieron altamente atrayentes en los países periféricos. La liberalización económica y financiera impulsada por muchos países latinoamericanos, combinada con la liquidez de capital en busca de la obtención de una rentabilidad más atractiva que la ofrecida por los países centrales, fueron decisivas para la reinserción del continente ?y, junto con éste, Brasil? en el circuito financiero internacional.

De regreso a la escena internacional, y animados con la ampliación de los flujos de comercio y financiamientos, muchos de estos países se animaron a impulsar reformas estructurales en las áreas comercial, financiera y productiva. A nivel mundial se verifica una aceleración global de los índices de crecimiento, aunque de manera desigual. También toma cuerpo la propuesta de un orden plenamente liberal, en el que se destacan la eficiencia de los mercados como mecanismo de destinación de recursos y la idea de que la interferencia del Estado en el economía es ineficaz. Son intensos y veloces cambios de toda índole y en diferentes planos del tejido comercial, financiero y productivo, en la senda de la globalización.

Muchos de éstos se convierten en protagonistas de decisivos reveses para los países periféricos. La velocidad que se imprimió a las innovaciones tecnológicas en los países centrales a partir de los años 80, por ejemplo, hizo que muchos de los países periféricos dejasen de acompañar el ritmo de actualización, dificultando e incluso impidiendo el sostenimiento de los respectivos procesos de sustitución de importaciones. Debido a ello, y a causa de la indisponibilidad de tecnología y de escalas de producción económicamente viables, la internalización de nuevos procesos productivos instituidos en los países desarrollados se tornó más difícil.

La globalización le impuso profundas transformaciones de comportamiento a la inversión extranjera directa. Entran en escena las fusiones y adquisiciones y el global sourcing . La acción conjunta de estos actores resulta en una sobrecarga para la balanza de pagos de los países periféricos. Sumados, éstos pasaron a ampliar la remuneración del capital sin la correspondiente generación de divisas, y a elevar en forma global las importaciones realizadas por esas economías. Este problema se vio agravado por el carácter volátil de una parcela significativa de financiamientos externos. Asimismo, la integración del país a la globalización resultó en fluctuaciones exacerbadas de las tasas de cambio y en tasas de interés excesivamente altas, un binomio que perjudicó el crecimiento doméstico.

Brasil no escapó a la intensidad y variedad de cambios implementados en los años 90. Junto con el regreso de los flujos de capital, se instauró un ancla cambiaria, se controló la inflación, las importaciones crecieron, el proceso de privatización de empresas estatales catapultó al país a la orden del día internacional y se redujo extraordinariamente el papel del Estado, mientras que ganaba espacio la apertura financiera. Un espacio que, desde el punto de vista de Carneiro, fue muy liberal, mal reglamentado y que dio lugar a una excesiva vulnerabilidad externa de la economía brasileña, visible en las dimensiones del endeudamiento externo de corto y de largo plazo y en la deficiente transformación productiva, de la cual la inserción poco dinámica de Brasil en el comercio internacional es la resultante más evidente.

A partir de 1994, con la institución del Plan Real, la política económica brasileña, en un ambiente de plena apertura financiera, adoptó el sistema de cambio fijo. El programa de estabilización impulsó la recuperación del PBI y de los rendimientos, empero, no logró reducir sustancialmente el desempleo. Pero ese vigor fue restringido. El ciclo de crecimiento empezó a desacelerarse a mediados de 1997. No tardó mucho para que los efectos del cambio fijo sobre el conjunto de la economía provocasen un deterioro constante y creciente de los indicadores, empujando al país hacia una crisis.

Pero, aun así, se mantuvo hasta 1998, cuando una nueva corrección de la política económica instituyó el cambio flotante, las metas de inflación, la política fiscal contraccionista y una política monetaria independiente. “Los resultados de este cambio, que se translucieron en la timidez de la expansión del PBI, la elevación del índice de desempleo y la reducción de los rendimientos promedio reales, al margen de la trayectoria de la inflación, muestran que esta receta tampoco funciona”, afirma el economista.

Según Carneiro, al adoptar los sistemas de cambio fijo y, posteriormente, de cambio flotante, Brasil únicamente sustituyó su foco de inestabilidad económica. Durante 20 años, dice el economista, la villana fue la inflación. Ahora el país está sometido a la inestabilidad provocada por la excesiva fluctuación del tipo de cambio. Como país emergente, endeudado y con una escasa inserción en el mercado internacional, Brasil no atrae capital de largo plazo y sufre debido a los efectos de la volatilidad del capital de corto plazo y con sus reflejos sobre el aumento de la deuda pública, parte de ésta indexada al dólar.

“La alternativa para retomar el crecimiento y resolver los problemas atinentes a la desaceleración consiste en abandonar la idea de que, en un ambiente globalizado, es posible promover el desarrollo sencillamente desregulando la economía y dejando que el mercado conduzca el proceso”, dice Carneiro. “Brasil no puede pretender sostener un modelo de política económica como si fuera un país desarrollado.”

El Proyecto
Liberalización, Estabilidad y Crecimiento (Balance y Perspectivas de la Experiencia Brasileña en los Años 90) (nº 99/02003-8); Modalidad Proyecto temático; Coordinador Luiz Gonzaga de Mello Belluzzo – Instituto de Economía de la Unicamp; Inversión R$ 94.388,28

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