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Literatura

Una guía para leer a Antonio Vieira

Un libro reúne 1.178 acepciones que ayudan a recorrer el camino de los sermones del cura portugués

CATARINA BESSELLA los lectores de hoy, un Índice das coisas mais notáveis podrá parecerles insólito, pero era común en ediciones de lujo en la época en que Antonio Vieira (1608-1697) vivió y publicó sus Sermões, una obra maestra de la lengua portuguesa. En cada uno de sus 15 tomos había un glosario como ése, incluido como apéndice, que listaba las frases más relevantes, según la selección del propio predicador. Olvidados hacía tiempo, dichos índices salen publicados ahora por la editorial paulista Hedra en una nueva edición que los reúne en un solo volumen.

La tarea de descubrir sus nexos y organizarlos en acepciones o voces le cupo a Alcir Pécora, uno de los mayores especialistas en el sacerdote portugués. Las 1.178 notas llevan a 8.364 citas, es decir, a las frases que sirven de ejemplo, seguidas por la indicación de los sermones en los cuales se las halla y por otros términos a los que están asociadas. Crítico literario y profesor de literatura de la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp) desde 1977, Pécora organizó diversas obras de Vieira, como los propios Sermões, en dos tomos, que reúnen una selección de 50 publicados por Hedra durante la última década. Es autor también de estudios sobre el predicador, como es el caso de Teatro do sacramento: a unidade teológico-retórico-política nos “Sermões” de Vieira (Edusp/ Editora da Unicamp).

El libro sirve por lo tanto, como un gran mapa de los Sermões y también se sustenta como obra independiente, pues muchas de las frases del Índice das coisas mais notáveis valen como aforismos. Es decir, puede leérselas solas, “como formas breves, lapidarias y fulminantes, que contienen en ellas un dicho ingenioso, de alcance filosófico, práctico y moral”, tal como las describe Pécora. Los términos en general contienen diversas apariciones -“Dios”, “Cristo” y “María”, como era de esperarse, son los que poseen más menciones.

La belleza de las frases aparece enseguida: “Dios le dio la vida a Adán con un soplo, porque la vida del hombre es viento” (acepción “Adán”); “Para las pérdidas que tienen remedio, se hizo la diligencia: para las que no tienen remedio, se hizo el dolor” (acepción “Diligencia”); “Nadie es ni puede ser feliz con el alma en otra parte” (acepción “Felicidad”). Pero su belleza no cuaja con la de un sermón cuando se lee entero, subraya el experto. Si bien como dice Pécora, por un lado Índices es el libro de máximas que el cura no se dio el trabajo de escribir, “las acepciones son como andamios, un sistema de señalizaciones, advertencias y avisos de tránsito. Los sermones constituyen el conjunto de los edificios”. Y el objetivo de Vieira “no es sencillamente producir la maravilla, sino hacer que la maravilla trabaje a favor de su propósito, que era siempre edificante, en su proyecto de conversión universal”, dice. No es muy fácil empezar a usar el Índice, pero una vez que se empieza a tener familiaridad es “una puerta estupenda para la comprensión de los sermones”, añade.

CATARINA BESSELLEn el tiempo de Antonio Vieira, su uso era frecuente, explica Pécora. Para sus colegas de oficio, aquellas páginas hacían las veces de escuela de predicación. Encontraban allí los principales temas y argumentos, las referencias bíblicas y frases de impacto para ilustrarlos. Para los fieles, la obra era importante, pues planteaba los temas fundamentales del aprendizaje y la práctica religiosa. Para los letrados existe el placer inmenso de leer frases definitivas sobre los grandes temas del período.

Robo
La organización de la obra le insumió 13 años, y no sin alivio, Alcir Pécora la concluye ahora. Comenta que, además de contingencias como el robo de dos notebooks, en los cuales había hecho la descripción de varios índices europeos -especialmente italianos- del mismo período, la mayor dificultad era lidiar con la cantidad de datos implicados. El sistema de referencias de esos índices, con tres editores distintos de los Sermões, era diverso en cada tomo. “Normalizar todo eso, de manera inteligible, fue una saga, y yo nunca podría haberlo hecho solo”, explica.

El desenlace de esa empresa dependió de las ideas que tuvo Jorge Sallum, editor de Hedra, para resolver los problemas de remisión de manera económica y comprensible. Sallum dice que la solución fue organizar los índices como un banco de datos. “Es algo que parece muy distante de los Sermões, pero que guarda semejanzas con la estructura del texto, toda vez que la computadora solamente organiza una masa de información, cuyo orden está totalmente previsto por el jesuita”, afirma. Cuando se inició la operación, descubrió que varias de las frases eran prácticamente idénticas y que muchas se repetían. Así fue como notó que había una conexión natural entre las acepciones, más bien relacionada con su redacción que al empleo que los primeros editores querían que el texto tuviera. “Eso, sumado a la totalización de acepciones, fue un descubrimiento para Alcir Pécora, quien empezó a trabajar inmediatamente en sus hipótesis de lectura”, recuerda Sallum.

El olvido de los índices por parte de generaciones de editores y de especialistas, que no se preocuparon de estudiarlos, no deja de ser sorprendente. En lo que hace a los editores y lectores, Pécora especula que los índices dejan de interesar cuando este tipo de procedimiento retórico, que tiene como base la imitación, la emulación y particularmente la enseñanza reglada de la predicación, entra en decadencia ante la nueva perspectiva romántico-burguesa del siglo XVIII, que valora la expresión personal directa. En lo que hace a los investigadores, Pécora cree que el desinterés se da porque, de entrada, no está muy claro el sistema predominante de citas utilizado. “Son menciones de orden distinto, algunas aburridas de leerse, ya que son meras remisiones de fragmentos a otros fragmentos, como en un sistema de cotejos. Asimismo, ante la exuberancia del razonamiento de los Sermões, las citas de autoridad parecen tan sólo recortes no siempre especialmente ilustrativos”, explica.

A primera vista, parecen existir lagunas entre las acepciones. Como ejemplo, Pécora dice que no existe una acepción de “indio”. Luego de varias lecturas y análisis, el experto cuenta que se percató de que las lagunas eran tan significativas como las presencias, pues revelaban el sistema complejo de composición de conceptos que no corresponde al que tenemos actualmente. De vuelta al ejemplo de la palabra “indio”: es necesario pasar por “gentío”, “San Agustín”, “remedios” etc. “Pero la vibración del Índice empieza a ser fuerte incluso cuando se nota que permite conocer las relaciones necesarias, y sorprendentes para el lector contemporáneo, entre los conceptos que Vieira emplea”. La obra permite así una visión sintética, articulada y compleja no solamente del léxico de Vieira, sino del léxico intelectual del siglo XVII portugués.

CATARINA BESSELL

Antonio Vieira nació en Lisboa, pero su familia se mudó a Bahía cuando él era todavía un niño. Estudió en el Colegio de los Jesuitas, y antes de regresar a Portugal, ya se había ordenado. Cuando regresa posteriormente a Brasil, lo hace como superior de las misiones jesuíticas de Maranhão y Grã-Pará. Fue apóstol de los indios, predicador de fama, embajador y político ardiloso, simpático ante los cristianos nuevos, como lo describe João Lucio de Azevedo (1855-1933), uno de sus principales biógrafos, en História de Antonio Vieira, publicado en dos tomos por editorial Alameda en 2008. Por sus posturas polémicas, es investigado por la Inquisición y condenado al cabo de un proceso que dura años. Entre otras penas, queda preso y le es prohibido predicar. Perdonado y libertado más tarde, se convierte en uno de los predicadores más influyentes en otras partes de Europa además de Portugal. En sus últimos años de vida, en Bahía, pasa en limpio sus sermones.

Oratoria
En el siglo XVII, el género letrado más importante, como explica Pécora, era posiblemente la oratoria sacra, de la cual dejaron una obra significativa algunos de los mayores intelectuales de ese tiempo. Solamente el inglés John Donne (1572-1631) estaba a la altura de Vieira, afirmaba el crítico literario Otto Maria Carpeaux (1900-1978). En términos de oratoria sacra, Pécora cree que el portugués es mayor aún. Pero existen otros grandes sermonistas de la época, además de Donne y Vieira, según él: en España, Fray Hortencio Paravicino; en Portugal, Fray Antônio das Chagas o Manuel Bernardes; en Italia, Roberto Bellarmino, Paolo Segneri o Alberto Panigarola; en Francia, Bossuet o Bourdaloue. “¿Si creo que Vieira es superior? Sí.”

En cuanto al estilo, el orador portugués comparte los mismos supuestos de la oratoria sacra de todos sus compañeros de religión. En sus sermones, explica Pécora, se observa que tiene el dominio de los procedimientos tradicionales estudiados por la retórica grecolatina, en particular, la aristotélico-ciceroniana, y de los procesos de moralización y alegorización católica de los lugares argumentativos antiguos, según los comentarios de los padres de la Iglesia, de la Escolástica tomista y de los modelos en ese entonces recientes de la discretio humanista, revisados por la neoescolástica de los siglos XVI y XVII. “Desde ese punto de vista, el predicador portugués no se distingue de los principales oradores de su tiempo y, al contrario de lo que tanto se dice, no anticipa ninguna razón ilustrada o democrática. Lo que tiene distinto de los demás es su talento para someter a la lengua portuguesa a sus más diversos argumentos, proyectos, afectos y caprichos; la aptitud muy bien ejercitada de inventarla en pliegues que no parecía que antes de él fuera la lengua capaz de sostener, y que, después de él, parece que es su posición más propia y más acomodada”, afirma el profesor del Unicamp.

Al concluir la organización del Índice das coisas mais notáveis, Alcir Pécora comenta que, lejos de agotar el tema, la sensación es de frescura. “Es como si Vieira se desplegase en otros. Fue un verdadero regalo, luego de todos estos años: la percepción de que todavía podría releérselo en direcciones renovadas y sorprendentes. Cada entrada me llevaba a menciones insospechadas, como así también a un conjunto de asociaciones que no podrían imaginarse antes, de manera global, como es posible hacerlas ahora.”

Una vez concluido el montaje de los índices, dice que pretende leer algunas voces particulares, y elegir algunos conceptos fundamentales para describir sus sistemas de bases. A los jóvenes investigadores, les sugiere que se ocupen de eso, de reconstruir los sistemas de significación implicados en las acepciones y citas de los índices. “Cada acepción hace posible establecer ponderaciones. Algunas son más misteriosas que otras, es cierto, pero son siempre ponderaciones interesantes. Cada una de las 1.178 acepciones no repetidas de los índices contiene combinatorias cuyo examen puede redundar en hipótesis no obvias sobre los sermones. Nada más hay que abrir el libro libremente, apuntar con el dedo y ver la voz señalada para seguir las correspondencias complejas entre términos de los sermones.”

Pécora descubrió a Antonio Vieira a finales de los años 1970, cuando estudiaba retórica con Haquira Osakabe, su director de tesina de maestría, uno de los fundadores del IEL, el Instituto de Estudios del Lenguaje de la Unicamp. A una cierta altura, ambos consideraron que valía la pena sedimentar los estudios teóricos de retórica en análisis de autores particulares. “Como queríamos que fuera alguien en literatura de lengua portuguesa, para que nuestro análisis como hablantes de lengua portuguesa fuese capaz de distinguir los aspectos más sutiles de las pruebas, entonces vimos que Vieira sencillamente estaba ahí”, cuenta. “Diría que nos vimos obligados a encararlo, más que a elegirlo, pues en materia de oratoria en lengua portuguesa no existe, ni ha habido y quizá no haya nunca un autor como Vieira”. Pécora dice que está siempre dando vueltas a la obra del sacerdote portugués. “Si durante un tiempo no lo leo, me siento alejado de mí, con algún déficit operativo generalizado de inteligencia.”

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