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Versión nacional

El Ipen desarrolla una técnica de producción de semillas e alambres radiactivos destinada al tratamiento de tumores

EDUARDO CESARLa física Maria Elisa Rostelato visitó Buenos Aires hacia fines de junio para recibir un premio por parte de la American Nuclear Society. Se trataba del reconocimiento por dos materiales radioactivos utilizados en el tratamiento contra el cáncer que junto con la química Constância Gonçalves da Silva comenzó a desarrollar en 1990 en el Instituto de Investigaciones Energéticas y Nucleares (Ipen, sigla en portugués). Uno de ellos, los alambres de iridio-192, se produce parcialmente en el propio Ipen desde 1997. El otro, las semillas de yodo-125, alcanzó en 2000 la fase de prototipo y será producido comercialmente a partir de 2011. Ambos representan productos que se utilizan en una ramificación de la radioterapia denominada braquiterapia y se implantan en el interior de los tumores, evitando que las células y los tejidos sanos sean perjudicados por la radiación.

Ambos trabajos, descritos en un artículo científico publicado en la revista Nukleonika, que motivó el premio para el equipo del Ipen, comenzaron cuando Maria Elisa escuchó el pedido de los médicos que consultaron, para hallar un sustituto nacional de los materiales utilizados en radioterapia que eran –y en muchos casos aún son– importados y caros: en 1990, un alambre de iridio de 50 centímetros (cm) de longitud costaba alrededor de mil dólares. Disponiendo de poca información, ya que casi nada se publicaba, ella empleó dos años desmontando, montando e irradiando hilos de platino revestidos con iridio hasta lograr algo medianamente equivalente a los importados, que son cortados e implantados en tumores de brazos, piernas, cabeza y cuello.

Maria Elisa concluyó en 1993 el prototipo de la versión nacional, consistente en un tubo hueco de platino con 0,3 milímetros (mm) de diámetro y 0,2 mm de espesor. Esa capa externa de platino filtra las bandas indeseables de la radiación generada por la aleación de un 20% de iridio radioactivo y un 80% de platino con 0,1 mm de espesor que rellena el interior del tubo. Pero no encontró quién las produjera. Las empresas consultadas sólo aceptaban fabricar kilómetros alambre, no metros, tal como ella precisaba. No tuvo más remedio que importar el alambre inactivo e irradiarlo en el Ipen. Un equipo del Ipen bajo su coordinación produce actualmente alrededor de 10 metros de alambre de iridio radioactivo por año. Vendido a un tercio del precio del importado, el hilo pasa por un riguroso análisis de calidad para certificar que cada centímetro libere siempre el mismo nivel de radiación.

EDUARDO CESAR“Si nosotros no lo hiciéramos, nadie más lo haría”, dice Maria Elisa, dispuesta a realizar el mismo trabajo con las semillas nacionales de yodo-125, que comenzó a investigar en 1998. El prototipo consiste en un tubo de titanio de 4,5 mm de longitud por 0,8 mm de diámetro (lea en revista Pesquisa FAPESP, edición Nº 79). En realidad, se trata casi de una película, ya que cuenta con 1 mm de espesor. Dentro se ubica un hilo de plata revestido en yodo-125 de 0,5 mm de diámetro y 3 mm de longitud.

El yodo-125 emite fotones de baja energía y, por ende, con alcance limitado: esos fotones penetran apenas 0,5 cm en el tejido, lo suficiente como para matar sólo las células de tumores localizados –especialmente los de próstata, uno de los más frecuentes entre los varones. Esta propiedad permite que entre 80 y 120 semillas, cada una con un costo de 34 dólares, sean implantadas en cada próstata, con algunos beneficios, tales como reducir en un 25% la probabilidad de impotencia sexual, cercana al 80% cuando los varones se someten a la cirugía de remoción de la próstata.

“Demostré que somos capaces de fabricar las semillas de yodo sin tener que pagar royalties“, expresa Maria Elisa. Como en el caso de los hilos de iridio, afrontó varios imprevistos para instalar el laboratorio de producción, que comenzará a funcionar hacia fines de año, automatizando la soldadura de los tubos de titanio, todavía realizada manualmente. Como ahora el propio Ipen importa alrededor de 3.500 semillas de yodo mensualmente y las transfiere a los hospitales de todo el país, ella considera que la demanda podría alcanzar las 8.500 semillas por mes, con un precio menor.

Maria Elisa está molesta por las demoras originadas por la burocracia, por las dificultades para la importación y por la falta de presupuesto. “Transitamos 2009 y todavía no logramos producir las semillas radioactivas”, dice. “En 2000 éramos el tercer país en contar con un prototipo. Actualmente, al menos cinco países ya producen las semillas”. La producción comercial de los hilos de iridio comenzó con un atraso de tres años en relación con el cronograma inicial.

El Proyecto
Desarrollo de la técnica de producción de semillas de yodo-125 para uso en braquiterapia (01/04768-3); Modalidad Línea Regular de Apoyo al Proyecto de Investigación; Coordinadora Constância Gonçalves da Silva – Ipen; Inversión R$ 815.130,27

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