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William Saad Hossne

William Saad Hossne: El guardián de la bioética

026-031_Entrevista_210Eduardo CesarWilliam Saad Hossne, con 86 años, es conocido por su trabajo y militancia en la bioética, un campo transdisciplinario que abarca a la biología, las ciencias de la salud, la filosofía y el derecho, y estudia la dimensión ética en los modos de tratar la vida humana y animal en el contexto de la investigación científica y sus aplicaciones. Autor de una obra de referencia sobre el tema, Experimentação em seres humanos, Saad Hossne fundó la Sociedad Brasileña de Bioética y colaboró en la creación de la Comisión Nacional de Ética en la Investigación Científica (Conep), de la cual fue coordinador entre 1996 y 2007. La Conep organizó un sistema de monitoreo de la ética en la investigación científica al que se encuentran vinculados más de 600 comités de hospitales y universidades de todo el país. Actualmente coordina la carrera de posgrado en bioética del Centro Universitario São Camilo, en São Paulo.

Antes de dedicarse a la bioética, el profesor, que nació en São Paulo en 1927, desarrolló una extensa trayectoria como médico, investigador y gestor en ciencia y tecnología. Se graduó como cirujano gastroenterólogo en la Facultad de Medicina de la USP, fue uno de los fundadores, en 1962, de la Facultad de Ciencias Médicas y Biológicas de Botucatu, de la cual es profesor emérito. La institución, fundada como instituto aislado, se incorporó a la Universidade Estadual Paulista (Unesp), en los años 1970. También fue rector de la Universidad Federal de São Carlos entre 1979 y 1983. Participó en la creación de la FAPESP, convirtiéndose en el segundo director científico de la Fundación entre 1964 y 1967, y volvió a desempeñar ese cargo entre 1975 y 1979. En la siguiente entrevista, recuerda algunos de los momentos fundamentales de su trayectoria y los primeros años de la FAPESP.

Usted se graduó en 1951 en la Facultad de Medicina de la USP. ¿Cómo fueron sus estudios en la carrera y su primer contacto con la investigación científica?
Provengo de una familia de clase media. En 1926, mis padres se casaron, él con 30 años, ella con 20 y tantos. Mi madre quedó embarazada y mi padre falleció el mismo año, en septiembre. No lo conocí. Para un niño es desolador enterarse de eso. Me criaron mis tíos y abuelos, con quienes convivía. Uno de mis tíos era como si fuese mi padre. Con 40 y tantos años, se enfermó de cáncer. Terminó muriéndose un año después, cuando yo rendía el ingreso a Medicina. Seguí su enfermedad leyendo al respecto, y en esa época observé que los médicos deberían investigar más. En 1946 ingresé en la Facultad de Medicina, con esos impulsos románticos que tienen los jóvenes, de congeniar la práctica médica con la investigación científica, pero que desafortunadamente van perdiendo. No es sólo tratar la enfermedad, sino generar un avance en el conocimiento. Trabajé en el laboratorio desde el primer año de la facultad. Cuando me gradué, en 1951, el mundo atravesaba un gran momento. Era el tiempo de la posguerra, cuando en Brasil se fundó, por ejemplo, el Consejo Nacional de Investigaciones. Se vivía un clima interesante para aquéllos a los que les gustaba la investigación científica, y eso me entusiasmó. Concursé como residente en cirugía y realicé la especialización en el hospital público Santa Casa.

EDAD: 86 años
Especialidad:
Bioética; cirugía del aparato digestivo
Estudios:
Facultad de Medicina de la Universidad de São Paulo (USP)
Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres (doctorado)
Institución:
Facultad de Medicina de Botucatu (Unesp)
Producción Científica:
Más de 150 artículos científicos y 6 libros

¿Quiénes fueron importantes para usted mientras estudiaba?
En la Santa Casa hubo un médico que me ayudó, el doctor Oscar Bueno Nestarez. Aprendí mucho sobre cirugía con él. No venía del mundo académico, pero poseía una formación muy buena. Fui a trabajar como pasante en el Hospital de Clínicas (HC). Deseaba ser cirujano, pero hice una residencia en clínica médica. Creía que era importante, antes de dedicarme a la cirugía, conocer a fondo la clínica médica, fundamentalmente para poder hacer los exámenes adecuados. Trabajé con el profesor Munhoz Cintra, quien más tarde fue profesor y prorrector de la USP. Cuando me gradué, se abrió un concurso para médico de guardia en el Hospital de Clínicas y obtuve el puesto. Al comienzo de la década de 1950, era la única guardia de emergencias existente en la ciudad de São Paulo y una gran escuela. Tuve la dicha de asistir a la creación de las especialidades. Y elegí cirugía del aparato digestivo.

En ese entonces usted fue a trabajar en Sorocaba (interior de São Paulo) ¿Qué lo condujo hacia allí?
Había un profesor con el que trabajaba en el HC, Eugênio Mauro, que me invitó para ser asistente en la Facultad de Medicina de Sorocaba. Él era libre docente, una persona con una gran cultura. A siete años de graduarme, yo ya era docente y sentí la obligación de concursar. Elaboré una tesis en cirugía experimental para rendir la libre docencia en Sorocaba. Ese mismo año hice la libre docencia en la USP, pero en clínica quirúrgica. Vivíamos una época en la que la cirugía experimental se basaba en la capacitación técnica con animales. Observaba en centros más avanzados que la cirugía experimental comenzaba a trasladar problemas de la clínica al laboratorio, utilizando modelos experimentales. Más adelante, cuando fui a Botucatu, fundé la primera carrera de cirugía experimental del país con la premisa de capacitar a los investigadores que llevan sus problemas al laboratorio.

Se trata del concepto de medicina translacional del cual se habla mucho ahora…
Exacto. Me abrumaba la costumbre de algunos cirujanos que imaginaban una nueva técnica y la practicaban directamente con el paciente. No lo consideraba adecuado. En ese entonces, la investigación científica en medicina tomaba otro cariz, con la introducción de la metodología científica. Ya no servía el solo hecho realizar la comunicación de casuística. Ahí fue cuando conocí a Paulo Vanzolini, porque el frecuentaba la emergencia donde yo hacía guardias. Nos hicimos muy amigos, una amistad que duró hasta que él se fue. Lo echo de menos. A él lo habían contratado en la cátedra del profesor Munhoz Cintra para hacer trabajos de estadística para los médicos, lo cual iba al choque con el médico. Se afirmaba que no podía medirse a la medicina por la cantidad, sino por la calidad.

¿Y Vanzolini colaboraba en la disciplina?
Sí, velaba por ella. Yo estaba preparando mi libre docencia, en 1958, y le llevé los datos para que él me ayudara a realizar un análisis estadístico. Hoy en día se lo considera un error, porque primero hay que delinear la investigación para luego analizar los datos, pero en aquella época constituía una novedad. Le conté a Vanzolini lo que había hecho y me dijo que los datos no servían para nada, porque debería haberlo planificado con anterioridad. Le contesté ‘está bien’ y los tiré a la basura. “Vamos a comenzar de cero entonces”, le respondí. Él sonrió, me dijo que le caía simpático, recogió el material de la basura y comenzamos a trabajar. Comencé a ayudar a Paulo Vanzolini, porque él daba esa tipo de asesoría a cualquier médico que la precisase. Luego de dos o tres años, me invitó a dar clases. Y más tarde acabé asumiendo la cátedra.

Usted asistió al nacimiento de la FAPESP, en 1962. ¿Cómo era el ambiente de la comunidad académica en esa época?
Seguí de cerca el proceso de su creación. Vanzolini estaba preparando la ley y me mostraba el proyecto. En esa época había tenido éxito el primer plan de acción del gobernador Carvalho Pinto, quien pergeñaba el segundo plan. En esa ocasión, el gobierno quería incluir a la universidad. El rector de la USP era Ulhoa Cintra, quien nombró una comisión multidisciplinaria que comprendía áreas tales como física, química, biología, medicina y veterinaria, para relevar qué hacía falta en la universidad. Trabajé en conjunto con Crodowaldo Pavan, Marcelo Moura Campos, Oscar Sala, Ruy Leme, que fue presidente del Banco Central. Realizamos un estudio, cada uno en su área, y lo presentamos. Tanto el gobernador como el rector se entusiasmaron con el resultado. En ese entonces también era destacado lo que se estaba haciendo en el marco de la denominada revolución molecular. Comprendí que eso podría modificar toda la biología básica y aplicada y consideré que afectaría a las carreras de aplicación. Estoy reuniendo ese estudio de la USP, la idea de la FAPESP y su creación; toda esa experiencia me permitió realizar una propuesta para el área biomédica, la creación, en la USP, de un centro de investigación biológica básica y aplicada. La idea consistía en reunir a los investigadores del área biomédica y ponerlos a trabajar junto con la gente que estaba dominando la nueva biología. Por razones administrativas, el centro no se creó. Por entonces, Botucatu, como toda ciudad del interior en los años 1960, luchaba por tener su facultad de filosofía, ciencias y letras. La construcción de un hospital para tuberculosos en la ciudad había tardado tanto que, cuando estuvo listo, ya no se necesitaba un hospital con aquellas características. El alcalde de Botucatu era amigo del gobernador y presionó para crear una facultad de medicina en esas instalaciones. El rector de la USP, Ulhoa Cintra, nos convocó y nos sugirió que utilizáramos mi idea, que consistía seguir el ejemplo de los centros universitarios estadounidenses creados en pequeñas ciudades, en los cuales todos investigan. En lugar de crear una facultad de medicina, se decidió crear en Botucatu una facultad de ciencias médicas y biológicas, articulando cuatro facultades. En aquel tiempo era una idea pionera. Cuando la experiencia llegó al segundo año, me convocaron para ayudar. Me desempeñaba como director científico de la FAPESP, pero sentí la obligación de colaborar en Botucatu.

Me gustaría que nos comentara los resultados de su primera gestión como director científico y acerca de su reencuentro con la FAPESP 10 años más tarde.
La FAPESP fue creada en 1962 y tuvo como primer director científico a Warwick Kerr, una figura extraordinaria que buscó aportarle seriedad a la FAPESP. Se buscaba que la FAPESP funcionase. Kerr fue apartado, o mejor dicho, se apartó. Ya había estado preso antes y decidió irse a Ribeirão Preto. Cuando asumí, me encontré con el comienzo planificado por Kerr e intenté ampliarlo, con algunas disposiciones básicas. Tuvimos que aprender de la experiencia de otros. Y la trayectoria del CNPq [el Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico], que ya contaba con una década de existencia, resultó relevante. Tratamos de ver lo que funcionaba y lo que no en el CNPq, para no errarle.

Por ejemplo…
Algo que nosotros notamos, Paulo Vanzolini, Aziz Ab’Saber y yo, fue que debía evitarse que la FAPESP contrajera compromisos administrativos y encargos permanentes. El CNPq tenía institutos que administraban eso, y eso se convirtió en un barril sin fondo. La FAPESP le brinda ayuda a una institución o a un investigador, pero la administración la realiza la institución. Otro ítem importante fue limitar los gastos administrativos. Ahí fue que se determinó el techo del 5% del presupuesto. Nos preocupábamos por dotar de seriedad científica a todo lo que se hacía. Los proyectos debían ser de calidad y había que analizarlos con transparencia y seriedad. Otro desafío era el momento histórico: estábamos en 1964, una etapa de turbulencia política en el país. Debíamos evitar que hubiese interferencia política en la concesión de becas y ayudas. Creamos un eslogan: la FAPESP es la casa de los investigadores. Aquí hablamos de investigación. No es un foro político, o un lugar para decir si alguien nos gusta o no nos gusta. Se era cuidadoso al escoger a los asesores. Manejábamos información sobre los supervisores que chantajeaban a sus alumnos. O hacían lo que el director quería, o no podían solicitar la beca. Teníamos especial cuidado con eso, particularmente con las becas de iniciación científica. La orden era la siguiente: el alumno de iniciación científica merece un excelente director, porque ésa es la etapa de formación del investigador científico.

¿Hubo casos en que se rechazara el proyecto de un catedrático, que ostentaba el nivel de un actual profesor titular, pero se aprobara a su asistente?
Si el proyecto del asistente era bueno, recibía ayuda. Si el del catedrático era malo, no la recibía. Se ponía especial énfasis en dejar claro el motivo de la negativa. Recibíamos al investigador, le explicábamos. Pasé por situaciones cómicas. Recuerdo el caso de un investigador (A), que elevó un proyecto y yo se lo remití al asesor (B). Casualmente, B también había elevado un proyecto y se lo remití para que A lo analizara. La identidad de los dos dictaminadores, obviamente, se preservaba. Entonces A recibió el de B y B recibió el de A. Uno de ellos reclamó ante la FAPESP que el dictaminador no sabía nada del área. Y que nosotros deberíamos tener más cuidado y enviárselo para que lo analizara mengano, que era justamente el investigador que había brindado su dictamen.

La FAPESP fue visitada por los militares en 1964. ¿Cómo fue ese episodio?
Querían saber cómo funcionaba la FAPESP, si sabíamos quiénes eran comunistas. Les dije que no nos lo habíamos planteado. Solicitaron los nombres de los asesores. Les respondí que se mantenían en secreto. Un general insistió y le dije que se los pidiera al gobernador, porque yo renunciaría ese mismo día. Finalmente me dio una tarjeta y me sugirió que lo llamase si tenía algún problema. Se apellidaba Bethlem. Era pariente del general Bethlem, que luego sería ministro del Ejército.

¿Con qué se deparó en la FAPESP durante su segunda gestión, en 1975?
Yo no sabía que mi nombre estaba incluido en la terna. No conocía al doctor José Mindlin [secretario de Estado del gobernador Paulo Egydio Martins]. Él me llamó y me anunció que me elegirían como director científico. Me sentí orgulloso. Cuando acabó mi primera gestión, me propusieron nuevamente en la lista de candidatos, pero la rechacé, porque había asumido el compromiso en Botucatu. Pero 10 años después no pude declinarla, dados los términos en los que Mindlin me lo propuso. Era una persona fantástica, y nos brindó una gran ayuda en épocas difíciles. Pude evaluar errores y aciertos de mi primera gestión. Algunas cosas estaban claras. Primero, la importancia de las becas de iniciación científica. Aquéllos que contaron con ellas hicieron maestría y doctorado más rápidamente. También surgieron críticas al respecto de que la cantidad de becas había crecido en relación con las ayudas a la investigación. Y de hecho creció, pues no había demanda para grandes proyectos.

¿Y qué se hizo?
Determinamos lo que faltaba e impulsamos la presentación de proyectos para llenar las lagunas. La exposición permanente de la Amazonia, por ejemplo, quintuplicó el catálogo de peces en el Museo Goeldi. Fue una iniciativa de la FAPESP. Ab’Saber notó que en la investigación en geografía hacía falta un archivo de fotografías aéreas. Creamos el archivo. Las disciplinas de química confluían en la Ciudad Universitaria. Le pregunté a Paschoal Senise qué postura debíamos tomar. Él recordó que había una laguna en cuanto a química de los productos naturales. ¿Y quién es la persona indicada? Me dijo que sólo contaba con Otto Gottlieb, en Belo Horizonte (Minas Gerais). Me comuniqué con Otto y le propuse que creara el área en la USP. Él hizo el nexo con toda la química de productos naturales con la que hoy en día cuenta el país. En determinado momento, la Fundación Ford redujo la ayuda al Cebrap [el Centro Brasileño de Análisis y Planificación]. Convocamos a los investigadores, analizamos los proyectos y algunos fueron asumidos por la FAPESP.

¿Todavía había una gran presión política?
El gobierno federal firmó un decreto que establecía que los nombres de los becarios en el exterior debían ser registrados por el Servicio Nacional de Informaciones (SNI). Eso planteaba un obstáculo. La respuesta podía demorar y se abría un flanco para la interferencia política. Le dije a Mindlin que era necesario hallar una solución. Él declaró que la clave era no informar los nombres y que nosotros sabríamos en seguida si eso era posible o no: “O quedamos los dos, o caemos ambos”. Me contacté con Itamaraty y me atendió un embajador, al que le dije que no iba a remitírselos. Me contestó que sabía con quien hablaba y que podíamos obviarlo. De tal modo que, todo becario pasaba por el SNI, excepto los que pertenecían a la FAPESP. ¿Qué ocurrió? Nos mandaban a los becarios del CNPq que necesitaban viajar y no podían esperar el aval del SNI. Luego nos reintegraban los recursos.

Usted tuvo un paso por la rectoría de la Universidad Federal de São Carlos. ¿Cómo ocurrió eso?
Yo ocupaba mi cargo en la FAPESP hacia el final de mi segunda etapa como director científico e investigadores de la Federal de São Carlos vinieron a conversar conmigo. Se elegiría nuevo rector y ellos querían alguien alineado con lo que São Carlos se proponía ser: una universidad similar a la Facultad de Medicina de Botucatu. Les sugerí que elaboraran una lista de gente que consideraran respetable y los invitasen a brindar una conferencia sobre la universidad. Aceptaron la sugerencia y me invitaron a impartir la charla de apertura. Fui. Cuando se realizó la votación que no valía, la de la comunidad, obtuve el 70% de los votos. Pero creí que no me elegirían, porque en ese entonces me había visto envuelto en un episodio en Botucatu con las fuerzas de seguridad. El rector quería desalojar a los estudiantes del salón del centro de estudiantes y fuimos a protegerlos. Pero igual me nombraron. Fue una rica experiencia, en la que pudo realizarse una gran transformación, pero eso no fue mérito mío, fue de la comunidad en la cual me apoyé. Nos tomamos la planificación muy en serio. Logramos que la universidad, que ocupaba el puesto 32º entre las 34 federales de la época en cuanto a los indicadores de calidad, escalase hasta el 4º puesto.

¿A partir de entonces comienza a involucrarse con la bioética?
En 1985, junto a Sonia Vieira, profesora de estadística, publicamos un librito intitulado Experimentação em seres humanos, en el cual analizamos los abusos. Propusimos que era hora de contar con directrices éticas para la investigación con seres humanos. Luego de la publicación del libro, fundé la Sociedad Brasileña de Bioética, que fue creciendo y enseguida surgió la primera carrera de bioética del país. Luego me designaron como integrante del Consejo Nacional de Salud para debatir ética y salud, en 1992 ó 1993. Y allí propuse la creación de normas sobre ética en las investigaciones científicas con seres humanos, y que la directriz no se basara en la ética profesional, sino en la bioética en su sentido amplio. Se designó un grupo interdisciplinario, que tuve el honor de presidir, integrado por 13 miembros, de los cuales solamente 5 eran médicos. Tomamos los datos de tres ministerios: Salud, Ciencia y Tecnología y Educación. Hicimos una lista con 30 mil personas o entidades que podrían colaborar. Elevamos un borrador de lo que pensábamos. Pedimos sugerencias. Queríamos que nuestro sistema tuviera fuerza de ley. Y lo logramos. Ese sistema se encuentra al amparo del Consejo Nacional de Salud. Establecimos un sistema de control social en la buena acepción de la palabra. Es independiente, administrado por los comités de Ética de Investigación de las instituciones, que son multidisciplinarias. Toda institución que realiza investigación científica debe contar con el suyo. Hay más de 600 comités. No pueden estar integrados por más de la mitad de sus miembros de una misma área. Imaginen lo que fue comunicarle a un médico que su proyecto iba a ser evaluado por 10 ó 12 personas y que sólo la mitad serían médicos. Ahora tengo otro sueño por lograr.

¿Cuál?
Crear un sistema de bioética en la atención a la salud, a semejanza de la Conep [la Comisión Nacional de Ética en la Investigación Científica], con comités en el Sistema Único de Salud (SUS) y en hospitales privados. No me conformo cuando veo por televisión un hospital caótico. Toda institución con más de 20 médicos posee un comité de ética profesional. Me pregunto: ¿dónde está el comité de un hospital que se cae a pedazos? Cuando alguien se interna en un sanatorio privado, es obligatorio firmar un papel donde acepta someterse a las normas del hospital. Pasa que ese reglamento no lo controla nadie. Esas comisiones tendrán la función de establecer las reglas y monitorearlas.

¿Qué piensa de las críticas a la Conep?
El tema es complejo y merecería tratarse por separado. Cualquier crítica debe y merece ser analizada sin parcialidades, principalmente cuando se trata de un asunto del campo ético. Por otra parte, la crítica debe ser procedente, fundamentada y dirigida a quien corresponde. Específicamente, durante el período que va de 1996 a 2007, toda crítica fue debidamente analizada. Junto con las críticas “no específicas”, notoriamente presentadas bajo presión por conflictos de intereses, surgieron reclamos en cuanto a la demora en la tramitación de procesos. No recuerdo ninguna crítica que afectara al cuerpo conceptual o doctrinario, que comprometiera a alguna o al conjunto de las resoluciones 196/ 96 y sus complementarias. Es preciso separar el aspecto del contenido bioético del aspecto operativo. Las críticas, en general genéricas, están focalizadas en aspectos operativos, específicamente en la “tardanza” o en la burocratización de las respuestas, imputadas erróneamente a la Conep, generalmente buscando descalificarla. Vale recordar lo dispuesto en el capítulo VIII de la 196/ 96, que estipula que “el Ministerio de Salud adoptará las medidas necesarias para el funcionamiento pleno de la comisión y de su secretaría ejecutiva”.

¿Por qué cobra relevancia la bioética?
Haré un resumen sobre la evolución de la ciencia. Un punto importante es el siglo XVI, con Galileo Galilei. Él dijo que la verdad de los fenómenos naturales debía descubrirse mediante la observación, dando inicio a las ciencias experimentales. Eso permitió un desarrollo tan extraordinario que, cuando se arriba al final del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX, hubo una gigantesca suma de conocimiento en relación con los siglos anteriores, a lo que se le dio el nombre de revolución científica. En el siglo XX tuvimos la revolución atómica, que nos condujo éticamente a la responsabilidad de la bomba atómica. En 1953, Watson y Crick descubrieron la doble hélice del ADN. Comienza la revolución molecular. Durante los últimos 50 años ocurren dos revoluciones simultáneas: la de las comunicaciones y la revolución espacial. Al final del siglo XX, y al comienzo del siglo XXI, está la revolución de la nanotecnología. Cuando todas se acoplen, sumando a la informática, tendremos una sexta revolución. Cada salto plantea problemas éticos, que no pueden resolverlos sólo los científicos de un área determinada. Hay que recurrir a otras disciplinas, sobre todo a las humanas ‒la sociología, la filosofía‒ para establecer límites éticos. Si no tenemos cuidado, la sociedad puede autodestruirse. Surgió una palabra, la bioética, que encierra un significado profundo. Era natural que me acoplara a ello.

¿Por qué la ética médica resulta insuficiente para lidiar con la investigación científica?
Los médicos siempre investigamos con seres humanos. ¿Cuál era la ética? La de Hipócrates. Pero no era suficiente. En 1932, Estados Unidos resolvió investigar si la sífilis no tratada de manera convencional era diferente en los niños de raza negra que en los de raza blanca. El gobierno abrió un centro ambulatorio en una ciudad del estado de Arizona, que contaba con una población negra de plantadores de algodón y alta incidencia de sífilis. Acudieron para tratarse, pero se quedaron sin tratamiento, porque la investigación apuntaba a comprobar cómo era que morían. En 1952, los médicos presentaron ese trabajo en un congreso y los aplaudieron de pie. El proyecto recién fue interrumpido en 1972, porque la prensa lo denunció. Cuando finalizó la 2ª Guerra, los abusos cometidos en los campos de concentración nazis fueron divulgados en el tribunal de Núremberg. Los jueces quisieron emitir un documento para decir que eso no podía volver a ocurrir. Surgió el Código de Núremberg, el primer documento internacional que hablaba de ética en la investigación con humanos. Eso fue en 1947. La Asociación Médica Americana dispuso redactar otro documento, en 1964, que es la Declaración de Helsinki. En Brasil nos quedamos hasta 1988 sólo con esos documentos. Ahora no puede iniciarse ninguna investigación científica sin pasar por un comité de ética. Todo debe contar con el consentimiento del paciente.

¿Existen casos de violaciones?
Eso es secreto, pero detectamos abusos. La Conep no tiene poder para castigar, pero le avisa al Ministerio Público y a la institución. Existe una enfermedad muy penosa, que genera episodios agudos en adultos y niños. Un médico quería estudiar a los niños afectados, provocarles el ataque para generar la situación penosa y, luego, separarlos en dos grupos: uno al que se le suministrara un nuevo remedio y al otro, un placebo. ¿Es justo hacer pasar a un niño por tal trance? Es un abuso. Denegamos el permiso y él insistió en hacerlo. Acabamos prohibiéndoselo. En realidad eso existe, pero no aparece. Pero es necesario explicarle las razones al investigador, para que éste pueda reformularlo. Cuando el comité de ética aprueba un proyecto pasa a ser corresponsable. No es un trabajo meramente burocrático.

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