Jean-Claude Bernardet había culminado un nuevo proyecto. El libro Viver o medo – Uma novela pornô-gourmet, escrito a dúo con la escritora y guionista Sabina Anzuategui, docente de la Facultad Cásper Líbero, que discurre entre los recuerdos más íntimos y la ficción, está a punto de ser publicado por la editorial Companhia das Letras. El investigador, crítico de cine, cineasta y actor, por mencionar algunas más de sus facetas profesionales, ya tenía otros proyectos en mente y escribió hasta que lo sorprendió el accidente cerebrovascular (ACV) que le ocasionó la muerte en la madrugada del 12 de julio, a los 88 años, en São Paulo.
Un temor que lo perseguía desde 1993 era dejar trabajos inconclusos. Por entonces se desempeñaba como docente en la Escuela de Comunicación y Artes de la Universidad de São Paulo (ECA-USP) y trabajaba en el filme São Paulo – Sinfonía y cacofonía, que fue uno de los primeros proyectos temáticos en humanidades financiados por la FAPESP. Y dio positivo al someterse a una prueba de detección del VIH, el virus causante del sida, diagnóstico que equivalía a una sentencia de muerte. Bernardet se aferró así a la película con la urgencia de quien encara su última obra. Él y su equipo lograron terminarla a finales de 1994, pero ése no fue el final. La llegada del cóctel antirretroviral, al año siguiente, le permitió disfrutar de otras tres décadas de trabajos que dejaron su impronta, superando percances de salud como un cáncer de próstata recurrente, que decidió no tratar, y sucesivas fracturas.
Al ir perdiendo progresivamente la vista como consecuencia de una degeneración macular, que dio el título a la biografía Wet macula (Companhia das Letras, 2023), también escrita en forma conjunta con Anzuategui a partir de un proyecto iniciado con la editora y traductora Heloisa Jahn (1947-2022), mantuvo la costumbre de ir al cine siempre que no fuera necesario leer subtítulos. Ya no distinguía los detalles y le resultaba cada vez más difícil leer y escribir.
Por eso se reinventó como actor, una actividad que antes ejercía en forma ocasional. El profesor Arthur Autran, del Departamento de Artes y Comunicación de la Universidad Federal de São Carlos (UFSCar), recuerda una situación que vivió cuando era estudiante en la ECA-USP. El entonces estudiante Vitor Ângelo le propuso a Bernardet formar parte del elenco de su cortometraje Disseram que voltei americanizada (1995) [Dijeron que volví americanizada], y el profesor aceptó el reto. “En la cinta él aparecía muy maquillado, al estilo drag queen, aunque ese término no se utilizaba tanto en aquella época”, relata. “Poco a poco se iba quitando el maquillaje y le contaba a la cámara cómo había empezado a notar las primeras manchas en la piel características del sida; fue una escena estremecedora, fuertísima”, dice Autran, quien presenció el rodaje. “Ya sabíamos que era portador del virus, pero eso significaba que estaba desarrollando la enfermedad”.
Autran destaca el interés de Bernardet por los desafíos, tanto propios como ajenos. “En Historiografia clássica do cinema brasileiro (editorial Annablume, 1995), el crítico revaluó a autores clásicos como Paulo Emílio Salles Gomes [1916-1977], a quien consideraba su maestro”, resume. “Esto se consideró una falta de respeto, pero yo discrepo: él no aceptaba monumentos y reposicionó críticamente a esos autores desde otro punto de vista”.
La misma falta de reverencia caracteriza a la obra Brasil em tempo de cinema (editorial Civilização Brasileira, 1967), en la que analizó al Cinema Novo, que marcó una época a partir de finales de la década de 1950, y llegó a la conclusión de que las películas que pretendían retratar al pueblo brasileño y dirigirse al mismo, lo que a decir verdad reflejaban era el punto de vista de la clase media. Esto motivó una airada reacción de los cineastas vinculados a ese movimiento y, décadas más tarde, el director Eduardo Coutinho (1933-2014) declaró públicamente que rodó su filme Cabra marcado para morrer (1984) como respuesta. La versión de Brasil en tempo de cinema publicada en 2007 por la editorial Companhia das Letras incluye una transcripción de esa declaración. La historia pone de manifiesto el rol que Bernardet atribuía al crítico: Ser “un participante cultural pleno” en la producción y en la creación cinematográfica. “Para ello necesitaba trabajar con películas y temáticas brasileñas porque era la única posibilidad de entablar un diálogo”, declaró en una entrevista concedida a Pesquisa FAPESP en 2014.
El deseo de actuar y bailar suele estar alejado de la intelectualidad, pero él era todo eso junto: contemporáneo y futurista
En las reediciones de sus libros, Bernardet no modificaba los textos originales, sino que los resignificaba con material nuevo, tanto propio como de otros. La segunda edición de Cinema brasileiro: Propostas para uma história (Companhia das Letras, 2009), en cuya producción colaboró Autran, es un ejemplo de ello. “Incluimos entrevistas con tres mujeres productoras de cine, porque él consideraba que ese era un papel fundamental, pero en Brasil no existía esa percepción”. La elección de entrevistar a esas mujeres tampoco fue casual, según refiere el profesor de la UFSCar: “Bernardet afirmaba que las mujeres se estaban dedicando más a eso en aquel momento”.
Fue docente de la ECA-USP entre 1967 y 1997, período que incluyó un intervalo de 11 años en los que fue “jubilado” por el gobierno militar. Tras la amnistía, obtuvo el doctorado y en 2012 se convirtió en profesor emérito de la institución. Según Autran, Bernardet “instigaba a sus alumnos en una forma rayana en la agresión”. Anzuategui también vivió esa experiencia en el tercero y en el cuarto año de su carrera de grado, cuando cursaba una especialización como guionista que estuvo signada por la visión original del profesor, combinada con el “modo francés de decir las cosas en la cara, que a los brasileños les resulta extraña”. Mientras que a algunos compañeros les inspiraba temor, ella admiraba “la tolerancia cero con la hipocresía”, la valentía de expresarse sin temor a ofender al interlocutor. Cuenta que Bernardet mostraba un fragmento para que los alumnos lo comentaran y encontraran el problema. Una vez que todos habían hablado, él señalaba algo inesperado y certero.
Autran destaca que Bernardet se mantuvo muy activo hasta el final, en parte realizando colaboraciones con cineastas jóvenes, entre los que cita a Cristiano Burlan, Lincoln Péricles y Fábio Rogério. “Era muy abierto a las nuevas generaciones, sentía curiosidad por lo que teníamos para decir”, coincide la periodista Mariana Queen Nwabasili, quien cursa un doctorado en medios y procesos audiovisuales en la ECA-USP.
Nwabasili se contactó con Bernardet hace unos pocos años, a partir de la crítica de la historiadora Maria Beatriz Nascimento (1942-1995) sobre la película Xica da Silva (1976), de Cacá Diegues (1930-2015), publicada en el periódico Opinião al momento del estreno. Al leer Brasil em tempo de cinema, la joven comprendió que existía esa otra capa: los cineastas de la época no solo eran de clase media, sino que también eran varones blancos. “Quería conversar con Bernardet sobre la posibilidad de una densificación racial la discusión al respecto de los autores del Cinema Novo y él demostró un generoso interés”, relata la investigadora. Enseguida desarrollaron una cercanía que les permitió debatir acerca de una diversidad de temas, que no se limitaban solamente a la esfera académico.
La investigadora define a Bernardet como una amalgama entre lo artístico y lo intelectual. “El anhelo por actuar y bailar suele estar alejado de la intelectualidad, pero él aunaba en sí todo eso; siempre contemporáneo y futurista, desfasado de su tiempo, hasta ahora”.
Para Sabina Anzuategui, la ficción siempre fue algo medular en Bernardet. El pensamiento cartesiano sirvió a la crítica cinematográfica, pero él no se identificaba como alguien del cine. La guionista percibe una cualidad literaria en los textos críticos que los convierte en buenas lecturas, independientemente de la época y del filme en cuestión. “Él rechazaba autodefinirse, era una especie de huérfano de la existencia, arrancado de su país, de su madre”. Bernardet era de origen francés, aunque había nacido en Charleroi (Bélgica), en 1936. Llegó a Brasil a los 13 años en compañía de su padre, su madrastra y su hermano. “Poseía una gran inteligencia y una extrema sensibilidad, era un alma artística buscando dónde reposar un poco”.
Su radicalismo no se quedaba solo en el pensamiento. A los 70 años se entusiasmó con un salto en paracaídas y repitió esa experiencia varias veces. En la primera de ellas adquirió dos copias del registro fotográfico: una para la Cinemateca Brasileña, que alberga su archivo documental, y otra para su hija, Ligia. Además de ella, Bernardet deja a su nieta Alici. Ambas viven en Estados Unidos, pero eso no les impedía jugar partidas de cartas cada tanto, en encuentros virtuales que a él le encantaban. El domingo previo a su muerte, le ganó a toda la familia.
Este artículo salió publicado con el título “Un artista de vuelos radicales” en la edición impresa n° 354 de agosto de 2025.
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