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CARTA DE LA EDITORA | 346

Bienvenida la contracorriente, pero no alcanza

Brasil ocupa un lugar singular en los debates referentes al cambio climático. El volumen de gases de efecto invernadero que el país libera anualmente lo sitúa en el indeseable grupo de los cinco mayores emisores mundiales (o en el sexto puesto, si se incluye a la Unión Europea). No obstante, su perfil es diferente al de las demás grandes economías, en las cuales el sector energético responde por dos tercios del total. Aquí, la energía representa menos del 20 %.

Las emisiones brasileñas constituyen en mayor medida el resultado del (mal) uso que hacemos de nuestros 8,5 millones de kilómetros cuadrados de suelo. Los cambios en el uso de la tierra, es decir, la deforestación y los incendios forestales en todos los biomas, especialmente en la Amazonia, representan casi la mitad (el 46 %) de las emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera. La producción agropecuaria responde por otro 28 %.

La buena noticia (aunque insuficiente) es que a contramano del mundo ‒que ha batido nuevamente sus propias marcas, con la liberación en 2023 de un 1,3 % más de gases que el año anterior‒, Brasil ha reducido sus emisiones en un 12 %. Esta mejora se debe fundamentalmente a la disminución de la deforestación. Con la movilización de los actores políticos, económicos y sociales, esta cifra podría caer aún más, y rápidamente: es mucho más fácil detener la deforestación que cambiar la matriz energética.

En un contexto de divulgación de estadísticas oficiales y de movilización por la conferencia de la ONU sobre el cambio climático (COP29), el reportaje estampado en la portada de la presente edición presenta un balance de las emisiones brasileñas y mundiales.

Si bien la matriz energética de Brasil es menos dependiente de la quema de combustibles fósiles, su calificación como “limpia” oculta graves problemas sociales y ambientales, amén de las emisiones de metano y dióxido de carbono producto de la descomposición de la selva inundada por los embalses. La política energética ha ignorado sistemáticamente los efectos negativos de la generación hidroeléctrica sobre las poblaciones locales y los ecosistemas.

La central hidroeléctrica de Belo Monte, situada en la cuenca del río Xingú, en el estado brasileño de Pará, constituye un caso paradigmático. Su construcción requirió la reubicación de miles de personas, afectó la pesca y la agricultura, provocó un enorme aumento de la violencia en la zona y trajo aparejados problemas sanitarios (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 284). Producto de las recientes sequías que han azotado a la región, la situación se ha vuelto aún más dramática para quienes dependen del río para su subsistencia.

Al vivir cotidianamente los conflictos referentes al agua, las comunidades indígenas locales comenzaron a monitorear el impacto de la represa sobre el caudal del río. También se sumaron a esta iniciativa las comunidades ribereñas y la misma se formalizó con la colaboración de investigadores de universidades y centros de investigación. Esta labor coordinada enriquece a la ciencia que se produce en el ambiente académico y los datos hacen su aporte a la población local en su lucha por la supervivencia. Nuestra editora de Ciencias Biológicas, Maria Guimarães, narra la historia de esta alianza, que ella conoció merced a las conversaciones que mantuvo durante los recesos de un encuentro que se celebró en la ciudad de Manaos, en el marco del proyecto Amazonia Revelada.

Con la premisa de desarrollar una ciencia conjunta entre los investigadores académicos y las comunidades locales, el referido proyecto aplica una tecnología de teledetección para realizar un mapeo del suelo en las zonas afectadas e identificar yacimientos arqueológicos. Estos vestigios de la existencia de una numerosa población en el pasado podrían ayudar a preservar el modo de vida de las habitantes actuales de la Amazonia.

Para culminar, las imágenes que muestran una Caatinga diferente a la que estamos habituados a ver. Con el 89 % de su superficie original deforestada (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 335), ése que es el único bioma totalmente brasileño es objeto de experimentos que apuntan a restaurar su vegetación y recuperar áreas degradadas para cultivos agrícolas.

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