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Historia

Ciencia hecha a pura garra

Los naturalistas brasileños crearon una comunidad científica nacional antes que existieran las universidades

REPRODUCCIÓNEllos poseían algo más que un 1% de talento, pero, como dijera Thomas Edison, transpiraron el 99% de su tiempo para proporcionarle a la ciencia brasileña su chispa inicial. Criticados y ridiculizados por sus contemporáneos, pese a sus esfuerzos por hacer que Brasil sea más y mejor conocido por nosotros que por extranjeros extraños, tal como afirmó Gonçalves Dias en la sesión del Instituto Histórico y Geográfico Brasileño (IHGB) que, en 1856, en presencia de don Pedro II, instituyó la Comisión Científica de Exploración, reunión pionera de naturalistas que, en 1859, partió rumbo a Ceará con la finalidad de descubrir científicamente el país. El emprendimiento fue reflejado peyorativamente en la prensa, que no vislumbró utilidad en los ejemplares proporcionados por el grupo al Museo Nacional, con el nombre de Comisión de las Mariposas. Intentaron organizar varias instituciones científicas y, concientes de que hay que publicar, escribían artículos para todo y cualquier tipo de revista. La mayoría de ellas, sin embargo, se dirigía a un público que no se interesaba por las ciencias, sino por la literatura. No importaba: si había espacio ellos ubicaban artículos que podían ser descripciones de especies botánicas escritas en latín. La estrategia consistía en aprovechar la amplia circulación de esas publicaciones y aposta a que, con suerte, los textos fuesen traducidos y enviados al exterior, dándose a conocer que en Brasil había científicos trabajando seriamente. Pese a todo ese sudor la historiografía prefirió, durante un buen tiempo, ver a esos naturalistas como aficionados bienintencionados, pero no como una comunidad científica, que habría surgido recién con la creación de las universidades.

Esos naturalistas eran muy activos, actualizados respecto de la producción científica europea y se consideraban colaboradores para el progreso de la ciencia. Criticaban las publicaciones extranjeras de acuerdo con sus valores en lugar de aceptar pasivamente lo que venía de afuera. Ellos fueron quienes delinearon la investigación científica en su época y contribuyeron a la formación de las generaciones futuras, explica la bióloga Rachel Pinheiro, como parte de una generación de historiadores de las ciencias que percibe continuidad en la formación científica brasileña, el hecho de apoyarse en los hombros de los gigantes, y no como fruto de un estallido que la hizo surgir de la nada. La investigadora acaba de defender su contribución con la tesis doctoral Lo que escribían nuestros científicos: algunas de las publicaciones científicas en el Brasil del siglo XIX, dirigida por Margaret Lopes, en la Unicamp. Ese grupo adaptó modelos de acción ya existentes, mediante la formación de asociaciones e instituciones científicas, para la realidad brasileña, en una notable aclimatación de la ciencia y de las instituciones extranjeras al país. Había crítica y juicio de las producciones europeas y también diálogos, en los que naturalistas nacionales y europeos intercambiaban ideas y realizaban trabajos conjuntos. Con todo, los nombres de esos sudorosos talentosos siguen siendo conocidos por pocos: Guilherme Schüch de Capanema, Francisco Freire Allemão, Francisco Leopoldo Burlamaque y, en la columna de las excepciones, Manoel Ferreira Lagos y Manoel Araújo Porto-Alegre. Esos científicos, que tuvieron una intensa actividad práctica, fueron protagonistas en la consolidación de una verdadera comunidad científica en Brasil, ya durante el siglo XIX, esforzándose para ganar reconocimiento internacional y establecer un espacio para la práctica científica, publicación y divulgación de la ciencia realizada en el país, valora la investigadora.

Los unía el vínculo con el IHGB, el entusiasmo por la Comisión científica, las estrechas relaciones con el Museo Nacional de Río de Janeiro y la Escuela Militar y, por sobre todo, el hecho de que buena parte de ellos ostentaba cargos públicos en el gobierno imperial, por entonces, el gran mecenas de las ciencias en Brasil y, en particular, del trabajo de esos naturalistas. Contar con el auge de sus producciones localizadas entre 1850 y 1870 es la comprobación decisiva para comprender en qué gran proyecto de su época estaban involucrados. Era el momento en que el Estado estimulaba a pensar, en varias instancias, a Brasil como una nación moderna, en especial en el IHGB. Ellos se involucraron en esas cuestiones de conformación de una identidad nacional y para esa elite la modernidad sería alcanzada mediante la instrucción y el desarrollo científico, dice Rachel. Además, gran parte de ellos, estaba a favor de la abolición de la esclavitud, no por razones humanitarias, sino por considerar que aquélla era una fuerza laboral caduca para un momento en que el cultivo agrícola ya presentaba cierto grado de mecanización. Basta recordar que, desde al menos la década de 1830, existía la propuesta de creación de una institución de enseñanza de ciencias naturales, por entonces una disciplina accesoria de la medicina y la ingeniería.

Si la idea era consolidar un imperio en América, era necesario constituir una identidad propia. Así, luego de reproducir instituciones de la metrópoli en el nuevo reino, era necesario no solo consolidar esos espacios, sino crear nuevos. En todos había una comunidad científica que, al menos parcialmente, ya se hallaba constituida en Brasil y que apuntaba originar una problemática científica propia, teniendo al país como objeto de investigación, analiza Silvia Figueirõa, especialista en historia de las ciencias y profesora titular del Instituto de Geociencias de la Unicamp. Muchos ingenieros, ligados con la Escuela Militar, siguiendo el surgimiento de la modernización vivido en Brasil después de 1870, comenzaron a organizar asociaciones técnico-científicas que permitirían en el futuro, que el país pudiese alcanzar, finalmente, el nivel de civilización deseado. Ese momento simboliza el comienzo de la división entre ciencia pura y ciencia aplicada que hasta entonces no existía. En el IHGB, un grupo de eso hombres se dedicó a buscar un espacio institucional para las ciencias naturales, comparándolo con una academia de ciencias. Un resultado importante de ese grupo fue la Comisión Científica, de 1859, que, aparte del rol de valorización de la ciencia brasileña, también poseía una arista aplicada: la posibilidad de descubrir algún recurso natural que se revelase rentable, así como proveería subsidios para la acción gubernamental al mapear las riquezas naturales, la catequesis de los indios, el descubrimiento y la construcción de vías de comunicación, etc., sostiene la investigadora.

REPRODUCCIÓN LIBRO "A COMÉDIA URBANA: DE DAUMIER A PORTO-ALEGRE"Allemão
Pero sus esfuerzos, sostiene Raquel, no quedaron restringidos solamente al IHGB, tal como evidencia la creación, en 1850, ideada por Francisco Allemão, de la Sociedad Vellosiana, el comienzo de una separación institucional entre la historia natural y otras, tales como las ingenierías, física y matemáticas, cuyas reuniones, con el beneplácito del emperador, ocurrían en el Museo Nacional. O también por la organización de la Conferencia Científica, instituida en 1856 en la Escuela Militar, por Guilherme de Capanema, que debería ocuparse del estudio de las ciencias físicas y matemáticas, principalmente aplicadas a Brasil. Ambas, con mayor o menor éxito, notaron que era necesario contar con bases en una publicación que divulgara sus ideas: la Vellosiana contó con la revista Guanabara, una revista mensual artística, científica y literaria, mientras que la Conferencia Científica tuvo el apoyo de la Revista Brasileira, un periódico de ciencias, letras y artes. El carácter disperso de las publicaciones de historia natural y ciencias de Brasil en el siglo XIX ayuda a construir la imagen de naturalistas que no publicaban y que, por ende, no practicaban la ciencia moderna. Más numerosas de lo que se pensaba, aunque en menor cantidad que las iniciativas europeas, las publicaciones científicas brasileñas eran con todo valoradas en su tiempo como esenciales por hacer ciencia con los propios naturalistas, afirma Rachel. Eso condujo a la investigadora a indagar en revistas no especializadas en ciencias, por textos científicos y halló un material rico y, en gran parte, aún inédito en la historiografía de las ciencias. Mediante un relevamiento preliminar en la Biblioteca Nacional, encontré, entre 1840 y 1870, más de 40 periódicos que reproducían en sus títulos, términos que evidenciaban la presencia de publicaciones científicas, comenta.

Otro espacio importante para el grupo eran las denominadas Exposiciones Universales, en boga durante la segunda mitad del siglo XIX, pues les permitían a las naciones demostrar su potencial natural e industrial y afirmar su rol y espacio en el contexto internacional. En el caso brasileño, a mediados de la década de 1850, el proceso de institucionalización de las ciencias naturales y el surgimiento de una comunidad científica llamaron la atención de los naturalistas para ese potencial natural, que representaría un camino para el enriquecimiento y el crecimiento de Brasil por medio de su industria, explica la investigadora. Así, sostiene Rachel, la participación del país con sus riquezas y, posteriormente, su potencial industrial, en las Exposiciones Universales, sería un modo efectivo para demostrar a las naciones el grado de claridad y conocimiento que Brasil poseía por su propio potencial. Con esa lógica, ellas serían un medio eficaz de propaganda atrayendo compradores e investigadores extranjeros. Eso estaba en sintonía con el momento histórico de la ciencia en que se dejó de concentrar en forma exclusiva en la producción para privilegiar la comunicación de ideas, prácticas y valores científicos.

Por todas esas razones, se debe considerar a la comunidad científica de mediados del siglo XIX y focalizarse en la práctica de la ciencia de manera colectiva e institucional. Los científicos de la época tenían sus actividades profesionales en instituciones, empleados o dirigentes contratados a tal fin. No se encontraban solos o aislados del mundo, y buscaban la información más actualizada sobre la ciencia europea, realizando con todo un proceso de aclimatación de esas ciencias, evalúa Rachel. Al mismo tiempo, buscaban el fortalecimiento político y social mediante la formación de asociaciones científicas, tales como la Vellosiana o la Conferencia Científica. Igualmente todos concordaban con la necesidad de divulgar sus descubrimientos, y para ello se realizaron muchos esfuerzos para viabilizar la existencia de revistas que incluyeran en sus páginas, fuesen o no especializadas, la producción científica de esos naturalistas. Así, aunque no se pudiese considerar a la mayoría de esos periódicos como científicos, ciertamente contribuyeron para la formación de la cultura científica brasileña de la época. Constituyeron una forma de divulgación, un medio de comunicación con el público y una vía de escape de artículos científicos hacia el medio especializado. Todo eso contribuyó a la consolidación del paradigma mediante el cual ya no se discute la existencia de actividades científicas en Brasil anteriores a las universidades. Incluso es posible reafirmar, basándose en todos los aspectos relevados por ese grupo, la importancia que ellos tuvieron para la conformación de las universidades en Brasil. Luego de tanto transpirar, es necesario reconocer en ellos un 99% de puro talento brasileño.

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