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Literatura

Compañeros de viajes

Un estudio discute las razones que llevan a aventurarse en las novelas brasileñas

¿Por qué es importante leer novelas brasileñas? ¿Cómo escoger las mejores puertas de entrada a ese complejo universo? Estas preguntas han de hallar las estimulantes respuestas de la crítica y profesora de la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp) Marisa Lajolo. El libro Como e por que ler romances brasileiros, de la colección “Como y por qué” de editorial Ática, se convierte así, de inmediato, en una especie de guía, no solamente para los lectores en primer viaje, sino también para aquellos acostumbrados a circular por nuestra ficción.

“Tengo una gran dificultad para dar recetas universales”, advierte Marisa. “Recomendar libros, incluso para gente conocida no siempre es bueno, ¡y ni hablar cuado se trata de gente desconocida!” De hecho, el mundo de la lectura – un ejercicio íntimo, experimentado en recogimiento y silencio – es regido por lo particular. Muchos factores ayudan a explicar por qué nos gusta un determinado libro y no nos interesamos por otro, y de cualquier manera, ninguno de ellos, y ni siquiera su suma, llega a explicar estos dos hechos.

¿Por qué algunos prefieren a Guimarães Rosa y otros a Clarice Lispector? ¿Por qué el grupo de lectores entusiasmados de Graciliano Ramos no siempre es el mismo de aquellos que devoran con el mismo fervor la obra de Machado de Assis? ¿Existen respuestas a estas preguntas? Si bien no existen explicaciones listas, estas divergencias sirven al menos para efectuar sabrosos ejercicios intelectuales. Y Marisa Lajolo se zambulle en tales ejercicios.

“Considero que es muy interesante discutir qué es lo que el mentado lector sin hábito de lectura leyó o qué dejó de leer. Y por qué leyó lo que leyó y por que no leyó lo que dejó de leer”, dice Marisa. De hecho, son muchos los motivos que llevan a un lector a leer una novela: la opinión de los amigos, la atracción que ejerce el título, el acto de abrir un libro al medio y al azar, el de espiarlo sesgadamente en una librería… Maneras inciertas de, como sugiere Marisa, “decidir, al fin de cuentas, si el libro tiene algo por decirnos”.

Por supuesto, Marisa tiene su selección personal de libros preferidos. “Contestaré armando una estantería interesante, formada solamente de autores fallecidos y que fueron importantes en mi historia de lecturas”, explica. Y llega así a una lista de once títulos: A moreninha, de Joaquim Manuel de Macedo, Iracema, de José de Alencar, Dom Casmurro, de Machado de Assis, São Bernardo, de Graciliano Ramos, A chave do tamanho, de Monteiro Lobato, Grande sertão: Veredas, de Guimarães Rosa, O tempo e o vento, de Erico Verissimo, Gabriela, cravo e canela, de Jorge Amado, Quarup, de Antonio Callado, A hora da estrela, de Clarece Lispector, y Memorial de Maria Moura, de Rachel de Queiroz.

La bolsa de valores
Una lista respetable – pero no por ello inmune a las interferencias de los elementos personales. “Si yo tuviera que camuflar el personalismo de la selección, envolvería esa lista en el argumento de la recepción. Son obras que siempre tuvieron muchos lectores, que fueron rescritas en diferentes lenguajes y que, creo yo, tienen aún cosas por decirle a los brasileños de hoy”. La cosa es que, como dice Marisa, la literatura es una especie de bolsa de valores, donde títulos y nombres suben y bajan, sin que se puedan entender claramente los motivos. Pero casi siempre que ciertos autores son rescatados o valorados, se lo hace en causa propia, advierte Marisa – para proclamárselos precursores de esto o de aquello, “para conferirle la pátina del tiempo a un determinado rasgo literario”. Este juego, el juego literario, es uno en el que nadie juega ingenuamente.

Marisa reconoce que también ella, para escribir su Como e por que, se sometió a esa lógica del rescate. En su caso, al intentar relazar nombres como los de Paulo Setúbal y Coelho Neto, “escritores que fueron muy leídos en su tiempo, pero que hoy en día son completamente descalificados en los estudios literarios”. Ella admite también que es siempre más difícil hablar de la producción del presente: en el calor de la hora, un conjunto de obras es siempre incomprensible. Con el correr del tiempo, la crítica literaria busca agrupar y administrar estos libros, clasificándolos en “escuelas literarias”, “estilos”, “generaciones” e “ismos”. Son tentativas, dignas – pero no definitivas.

Pero, entonces, ¿cómo enseñar literatura? Marisa imagina un curso ideal, “algo así como dicen que Sócrates enseñaba”, es decir: enseñar paseando lentamente con los alumnos, discutiendo lecturas, declamando poesía. Sin embargo, reconoce que la enseñanza de la literatura siempre se compromete con algún tipo de sistematización. A su modo de ver las cosas, todos éstos se equivalen. Lo que importa efectivamente es si el docente es un lector “maduro, experimentado y apasionado”.

La novela es el género de la versatilidad. “Abarca tanto librazos maravillosos y difíciles como libritos igualmente maravillosos, pero sencillos y directos, que todo el mundo los lee y los comenta”, dice. Quizás por eso la novela representa mejor que ningún otro género la arena en la cual más se manifiestan los desencuentros entre el gran público y la crítica. “Escribí mi libro con un ojo en cada área, procurando llevar al lector a cubrir todo el campo y conocer las jugadas de pizarrón de los dos equipos”, admite. Diferentes novelas ayudan en la construcción de diversas imágenes de Brasil. Y hay siempre nuevas imágenes por crear, nuevas perspectivas que develar.

Pero, de cualquier manera, Marisa Lajolo cree que la novela no nació para enseñársela en las escuelas y para entrar en las pruebas. “Al contrario, la novela parece haber nacido como una alternativa a las producciones escritas eruditas y serias, inaccesibles a la gran mayoría de los lectores”. Con todo, con el tiempo la escuela la fue absorbiendo, “y así fue corriendo el riesgo de perder su veta de emoción e implicación”. Marisa da un ejemplo: ¿la información de que São Bernardo, de Graciliano Ramos, es una novela “metalingüística”, como los críticos suelen definirla, es más relevante que la experiencia dramática que la lectura de la novela brinda a sus lectores? No, no lo es. De cualquier modo, con la sistematización del ensayo, la perspectiva del placer de la lectura queda en segundo plano. Esa es la barrera que el lector ha de superar.

Marisa Lajolo no está sola en sus evaluaciones: parte significativa de los novelistas y críticos brasileños coincide con ella. “Es importante leer novelas brasileñas porque allí está toda nuestra vida, nuestra historia, nuestra lengua y nuestros lenguajes muy propios, que pasan por ella”, evalúa el novelista Sérgio Sant’Anna, por ejemplo. Y solo por eso: por lo demás, la cosa es leer y hallar nuestras propias razones. “¿Por qué leer novelas brasileñas? Porque hablan de una realidad que conocemos”, dice a coro el novelista Ignácio de Loyola Brandão. “Muestran personajes que están a nuestro alrededor, que nos son familiares, que son nuestros amigos. Conocemos su lenguaje, sus códigos, nos sentimos cerca”. Porque nos ayudan a entender quiénes somos.

El embate
Muchas veces, admite Loyola, es increíble darnos cuenta que somos nosotros, los brasileños, quienes estamos allí, en una determinada novela. Por eso, Loyola cree que “la novela brasileña puede ayudarnos a entender nuestra manera de vivir, de ser y de pensar”. Leer romances es de por sí aprender – y por eso el lector no necesita ser un especialista, no necesita aprender a leer. Cada lector se hace solo, en el embate silencioso con los libros. Aun así, Loyola piensa que la senda de ingreso al mundo del romance brasileño ha de empezar por los novelistas contemporáneos. Ubica a Erico Verissimo en primer lugar, seguido por Jorge Amado, y luego vienen nombres como Lygia Fagundes Telles, Dalton Trevisan, Antonio Torres, Moacyr Scliar y Salim Miguel, entremezclados con nombres obligatorios como Graciliano Ramos, Zé Lins, Callado, Rachel de Queiroz, Mario y Oswald de Andrade y Cornélio Pena. Es siempre una lista interminable, aun cuando el lector se rija únicamente en conformidad con sus patrones personales. De cualquier modo, Loyola cree que a un autor como Guimarães Rosa debe resguardárselo preferentemente para después. “Recién después yo leería a Rosa, porque creo que requiere de toda esa preparación.”

Siempre hay que hacer opciones, y después confiar en éstas, sino el lector se pierde. “Dostoyevsky solía decir que todos los escritores rusos eran herederos de Gogol”, compara el novelista pernambucano Raimundo Carrero. “Nosotros podemos asegurar que somos todos hijos de Machado de Assis”. Aun cuando una elección ésta tiende a la unanimidad, de cualquier modo requiere de una cierta prudencia. Sin embargo, Carrero tiende a pensar que la mera existencia de Machado de Assis es una razón suficiente como para avalar la lectura de novelas brasileñas. “Es una razón demasiado fuerte”, enfatiza. En el siglo XX destaca la vitalidad de dos movimientos, particularmente: el Modernismo y el Regionalismo. “Éstos generaron novelas como Macunaíma,Vidas secasFogo morto, entre otras”

Raimundo Carrero recuerda también una declaración del gran escritor mexicano Juan Rulfo, autor de una obra mínima, pero fabulosa, según la cual Brasil tiene una literatura superior a la estadounidense. Para entender el peso de esta opinión, basta con recordar, por contraste, que Estados Unidos es el país de Hemingway, de Faulkner y Fitzgerald. Pero Carrero contrapone que la tradición ficcional brasileña produjo nombres como Guimarães Rosa, Clarice Lispector, Osman Lins y Autran Dourado, junto a quienes hace hincapié en colocar a Erico Verissimo y al generalmente olvidado Dyonélio Machado, sumados a Lima Barreto y Alencar. En la segunda mitad del siglo XX, Carrero opta por los nombres de Ignácio de Loyola Brandão, João Ubaldo Ribeiro, Adonias Filho, Rachel de Queiroz y João Antonio. Y también Antonio Torres, João Gilberto Noll y Sérgio Sant’Anna. Son tantos los nombres, tantas las selecciones, que cualquier intento se pierde siempre en la dispersión y la fragmentación.

La televisión
El periodista y biógrafo Alberto Dines, autor de Morte no paraíso, la biografía de Stefan Zweig, prefiere reformular la pregunta planteada por Marisa Lajolo y ampliarla así: “¿Cómo y por qué leer textos brasileños?”. Dines reivindica la importancia del ensayo, de la biografía, del cuento y de la crónica. Y, en una dirección contraria, reflexiona críticamente acerca del destino de la prosa de ficción en Brasil. “La prosa brasileña está desapareciendo, en parte a causa de la academia y de los cientificismos, y en parte a causa de los políticos incapaces de expresar sus ideas con corrección”, dice. “Y, por encima de todo, a causa del predominio absoluto de la televisión en la formación de al menos dos generaciones de brasileños – muchos intelectuales entre comillas inclusive.”

Dines advierte a su vez que no siempre las mejores cosas están allí donde creemos encontrarlas. “Leí recientemente las memorias del novelista israelí Amós Oz y considero que constituyen su mejor novela”, ejemplifica. Recuerda también los hermosos textos que compusieron los diferentes comentarios sobre Fernando Sabino, el escritor de Minas Gerais fallecido en octubre pasado. “El desahogo de Antonio Candido fue conmovedor – ¡se siente solo!”, recuerda. “Reunidos, cosidos y referenciados, estas necrologías compondrían una especie de biografía”, sugiere, demostrando que no siempre lo que se debe leer está en los libros.

De hecho, la novela brasileña es un territorio inagotable. “Brasil es demasiado desigual, demasiado vasto territorialmente, con regiones tan diversas y un abismo entre clases que lo convierte en un país especial”, recuerda el escritor y crítico ‘gaúcho’ Paulo Bentancur. “No es horizontal, como Mongolia: es vertical – y a veces incluso es caótico. Pero eso, por supuesto, no garantiza una buena literatura”. Bentancur recuerda que es fácil perderse en la literatura brasileña: “es inmensa; tan inmensa como el país”. Pero no por ello debemos abdicar de esa aventura.

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