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Neurología

Con los temblores bajo control

La práctica de ejercicios físicos y el consumo de omega 3 emergen como tratamientos complementarios contra la epilepsia

TWO EPILEPTIC WOMEN AIDED BY FOUR MEN/ © BETTMANN/CORBIS/CORBIS (DC)/LATINSTOCKEsper Cavalheiro traspiraba en un gimnasio por las noches, junto a un entrenador que no dejaba de hacerle preguntas sobre el funcionamiento del cerebro y de las neuronas, y sobre las investigaciones que coordinaba en la Universidad Federal de São Paulo (Unifesp). Ante tamaña curiosidad sin fin, Cavalheiro le hizo amablemente una invitación: “¿Por qué no viene a hacer un posgrado conmigo?”. Ricardo Arida, que era el que preguntaba, entró al posgrado ese mismo año, en 1992. Desde entonces, uniendo su carrera de educación física con lo que aprendió durante la maestría y el doctorado, llevo a cabo él mismo o siguió la marcha de estudios con animales de laboratorio y con seres humanos que ahora les permiten a los investigadores del área recomendar la práctica de ejercicios físicos regulares de mediana intensidad –tales como caminar o correr– para ayudar a contener la epilepsia, un trastorno neurológico caracterizado por intensas descargas eléctricas en el cerebro, con el cual conviven casi 4 millones de personas de todas las edades en Brasil, el equivalente al 2% de la población.

Los beneficios de la actividad física pueden ampliarse mediante una segunda terapia complementaria: el consumo de combinaciones de ácidos grasos poliinsaturados del tipo omega 3, presentes en nueces y pescados y adoptados como suplemento alimentario para fortalecer el corazón. Fúlvio Scorza, del grupo de Cavalheiro, en colaboración con colegas de otras universidades, ha demostrado que dosis diarias de entre uno y tres gramos de omega 3 pueden proteger o incluso estimular la formación de neuronas del hipocampo, un área de la corteza cerebral asociada al aprendizaje y a la adquisición de la memoria, dañada en algunas formas de epilepsia. En experimentos con animales y seres humanos, el omega 3 –al igual que los ejercicios físicos–, disminuyó la intensidad y la frecuencia de las crisis epilépticas, esas súbitas contracciones musculares que representan el aspecto más visible de la epilepsia.

Arida entró en esa línea de trabajo en 1998. A la sazón, aún en el doctorado, verificó que ratones habituados a correr en una cinta sufrían un 50% menos crisis epilépticas inducidas, en comparación con los sedentarios. En la actualidad, como docente de la Unifesp, dirigió un estudio de Fabio Camilo con 17 personas con epilepsia y 21 sanos, publicado en diciembre de 2009 en la revista Arquivos de Neuro­psiquiatria, demostrando que incluso los ejercicios físicos intensos pueden ser benéficos y ayudar a contener las crisis. “La prescripción de ejercicios físicos para tratar la epilepsia va en contra de antiguas creencias”, dice Cavalheiro, al recordar que a las personas que sufren epilepsia a menudo se les aconseja que se mantengan poco activas y recluidas, por el riesgo de que, de lo contrario, sus crisis se agraven.

La actividad física puede aplacar los efectos sociales y psicológicos que generan las crisis. Los que sufren de epilepsia tienden a aislarse de la convivencia social, por temor a que el surgimiento de crisis en público pueda crear situaciones embarazosas para quienes no conviven con el problema. A su vez, el aislamiento puede generar depresión o ansiedad. Con todo, existen límites para la actividad física. “Los que tienen epilepsia no pueden hacer montañismo ni natación, pues una crisis podría ser peligrosa en tales situaciones”, advierte Arida, “pero pueden participar en otras actividades deportivas y volver a tener una vida normal, aun cuando no puedan dejar de tomar la medicación que evita el surgimiento de las crisis”. Es probable que las personas que sufren epilepsia reciban con beneplácito estas posibilidades. Un estudio que Arida coordinó en 2003 demostró que las personas con epilepsia creían que la práctica de deportes podría favorecer el tratamiento. De los 100 entrevistados (58 varones y 42 mujeres), 51 practicaban alguna actividad física, si bien que no regularmente, 85 no creían que la práctica de deportes pudiera precipitar crisis, a 15 los médicos les habían prohibido hacer actividad física y a 14 los alertaron parientes y amigos en cuanto a mantenerse lejos de pistas de carreras y campos de deportes. “Vale la pena planificar un programa de ejercicios físicos específico para personas con epilepsia”, plantea Arida.

Los movimientos que hacen transpirar regulan la producción de neurotransmisores –los mensajeros químicos entre las neuronas– y de hormonas, y así promueven una reducción de las crisis epilépticas, de acuerdo con un estudio de Arida y otros investigadores de la Unifesp, la Universidad de São Paulo (USP) y la Universidad de Mogi das Cruzes (UMC) publicado en noviembre de 2009 en  la revista Epilepsy & Behavior. Según Arida, un experimento recientemente concluido en la Unifesp indicó que el ejercicio físico voluntario o forzoso –además del efecto más  conocido, el estímulo a la liberación de sustancias llamadas endorfinas, que causan una sensación de bienestar– duplicó la cantidad y la extensión de los brazos de las neuronas del hipocampo en ratones, facilitando así la comunicación entre las neuronas.

ENGRAVING OF A WOMAN HAVING AN EPILEPTIC FIT/NATIONAL LIBRARY OF MEDICINE/SCIENCE PHOTO LIBRARY/SPL DC/LATINSTOCKEl omega 3 parece proteger a las células nerviosas al menos por otros dos medios. Primeramente, estimulando la producción de parvalbúmina, una proteína que actúa junto con el neurotransmisor ácido gama-aminobutírico (Gaba), que inhibe la actividad eléctrica de las neuronas. Y en segundo lugar uniéndose a los iones (partículas atómicas cargadas eléctricamente) de calcio. “Con la crisis epiléptica, la membrana de las neuronas se vuelve más permeable y deja entrar más calcio iónico, que en exceso puede ser tóxico para las células”, comenta Scorza, uno de los organizadores de la 4ª Escuela Latinoamericana de Verano en Epilepsia (Lasse), que reunió a unos 100 especialistas entre el 1° y el 10 de febrero en Guarulhos, Gran São Paulo.

Al equilibrar la actividad eléctrica de las neuronas, el omega 3 contribuiría a disminuir también los casos de muerte súbita en las epilepsias. El equipo de la Unifesp investiga desde hace años este tipo de muerte prematura, de dos a tres veces más común en personas con epilepsia que en quienes no la padecen. Una de las explicaciones indica que el desequilibrio eléctrico de las neuronas del cerebro puede ampliarse y desregular el funcionamiento del corazón. Otra posibilidad, que Scorza, Cavalheiro y otros investigadores de la Unifesp plantearon en enero en Medical Hypotheses, indica que la falta de vitamina D puede contribuir en la aparición de arritmias cardíacas, de la epilepsia y la muerte súbita. En tal caso, la salida es sencilla: basta con tomar más sol, lo que intensifica la producción de vitamina D en el organismo. La vitamina D, como ellos lo sugieren, puede servir también para regularizar la actividad eléctrica de las neuronas.

Desde hace al menos cinco años una serie de ensayos en personas han venido demostrando que el omega 3 puede reducir los riesgos de crisis epilépticas y de muerte súbita. Algunos trabajos han demostrado que los beneficios son temporales, según Scorza, “pero a lo mejor es porque la dosis era baja”, de un gramo de omega 3 por día. Dosis mayores han llevado a resultados más claros y duraderos. Marly Albuquerque, de la Universidad de Mogi das Cruzes (UMC), junto al equipo de la Unifesp, coordinó un estudio en el cual nueve personas con epilepsia en quienes los medicamentos habituales surtían poco efecto, tomaron una dosis de tres gramos diarios de omega 3 junto con la medicación antiepiléptica durante seis meses. Marly detectó una disminución del 75% en la frecuencia de las crisis: de ser diarias, pasaron a ser semanales. “Lo que más me llamó la atención fueron las mejoras en la calidad de vida, con una mayor socialización”, sostuvo.

Debido a que ya existen diez medicamentos eficaces contra la epilepsia, a los cuales se les suman ahora estos otros, complementarios, el tratamiento ha dejado de ser lo más difícil. “Por increíble que parezca, lo más difícil es diagnosticar la epilepsia y evitar que las personas tomen medicamentos erróneamente durante muchos años”, dice Cavalheiro, coordinador general de la Lasse. La epilepsia puede escaparle incluso a los especialistas, porque se presenta de muchas maneras diferentes en la infancia, en la vida adulta o en la vejez. En bebés y niños, se puede expresar únicamente mediante fuertes parpadeos de los ojos o contracciones de uno o dos segundos de los músculos de una de las manos. “Muchas veces los médicos no logran diagnosticar crisis en bebés por falta de instrumental y de experiencia”, dijo Perrine Plouin, del Hospital Saint Vincent de Paul, de París, en una de las presentaciones del Lasse. Recién a partir de los 7 años de edad los niños hacen crisis epilépticas similares a las de los adultos, con movimientos involuntarios, rápidos y arrítmicos de los brazos, las piernas, el cuello y los hombros.

Para complicar las cosas, las crisis pueden ser producto de estímulos variados. El 16 de diciembre de 1997, escenas de un rojo intenso y vibrante en el dibujo animado Pokémon dispararon crisis epilépticas en 685 niños de Japón. Plouin comentó sobre una niña de menos de un año que tenía crisis expresadas únicamente con movimientos irregulares de los ojos al entrar en la bañera llena de agua a una temperatura cercana a los 37º Celsius. Elza Yacubian, de la Unifesp, describió otra forma rara de epilepsia, activada por la lectura bajo tensión, como en el caso de textos en un idioma desconocido, y visible únicamente debido a la contracción de los músculos de la mandíbula.

Las crisis son raras –y la epilepsia es más difícil de detectar– entre los ancianos, que generalmente viven solos o están solos cuando llega la crisis. Carlos Guerreiro, profesor de la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp), comentó que los médicos pueden sospechar de una epilepsia en personas ancianas con base en lo que éstas mismas informan sobre qué sintieron antes de las crisis: mareos, miedo, dolores musculares o sudoración intensa; o después: pérdida de la memoria, confusión mental y dolores musculares. Otra complicación es que la epilepsia entre los ancianos puede coexistir con enfermedades cardiovasculares, con la enfermedad renal crónica, la diabetes o la demencia, y en ocasiones los medicamentos empleados contra la epilepsia pueden disminuir el efecto de los antihipertensivos, por ejemplo. En razón del constante envejecimiento de la población y de la perspectiva de aumento de la expectativa de vida de los actuales 72,7 años a más de 80 en 2030, Guerreiro concluyó: “vamos a tener cada vez más  epilepsia entre ancianos”.

Los orígenes de la epilepsia también son variados –defectos en genes, cromosomas anormales, trastornos metabólicos y tumores o lesiones en el cerebro. “En el sistema nervioso central ocurre un juego molecular complejo”, afirmó Marina Bentivoglio, de la Universidad de Verona, Italia. Debido a la interacción entre neurotransmisores, hormonas y proteínas que estimulan continuamente la proliferación, la migración y la diferenciación de las células nerviosas, “ese ambiente cambia permanentemente”, dijo.

Otra posibilidad: la epilepsia, la enfermedad de Alzheimer, la esclerosis múltiple y otros trastornos neurológicos pueden ser producto de inflamaciones de las células de la glía, que envuelven a las neuronas. Diez veces más numerosas que las neuronas, durante décadas se creyó que estas células de la glía servían únicamente de sostén y de cohesión de los tejidos del sistema nervioso central. Ahora parece ser que son más relevantes en la transmisión de los estímulos eléctricos, facilitan las conexiones entre las neuronas y ayudan en el combate contra infecciones y lesiones del sistema nervioso. Está claro hoy en día que las lesiones de las células gliales pueden obstaculizar el funcionamiento de las neuronas o llevarlas a la muerte. “Son las células del momento”, afirmó Scorza, ante indicaciones de que los ejercicios físicos y el omega 3 parecen ser capaces de mantener a las células de la glía funcionando armónicamente.

Los proyectos
1. Efectos de los ejercicios físicos en la plasticidad cerebral de ratones en desarrollo (nº 2004/10820-6); Modalidad Ayuda Regular a Proyecto de Investigación; Coordinador Ricardo Mario Arida – Unifesp; Inversión R$ 91.813,39 (FAPESP)
2. El papel del omega 3 en el modelo de epilepsia inducido por la pilocarpina (nº 2007/00763-3); Modalidad Ayuda Regular a Proyecto de Investigación; Coordinador Fúlvio Alexandre Scorza – Unifesp; Inversión R$ 48.103,59 (FAPESP)

Artículos científicos
CAMILO, F. et al. Evaluação do esforço físico intenso em indivíduos com epilepsia do lobo temporal. Arquivos de Neuro­psiquiatria. 67(4), p.1.007-12. 2009.
SCORZA, F. A. et al. Benefits of sunlight: vitamin D deficiency might increase the risk of sudden unexpected death in epilepsy. Medical Hypotheses. 74(1), p. 158-61. 2010.

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