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Carta de la editora | 281

Demasiados plásticos

La versatilidad es una de las diversas propiedades que caracterizan al plástico. Estos polímeros poseen múltiples usos en reemplazo del vidrio, la madera, el papel, el metal y las telas naturales. Esta particularidad ha hecho a este material omnipresente en la sociedad occidental moderna. La producción mundial, en millones de toneladas, fue de 2 en 1950 y llegó a alrededor de 400 en 2016. Es el vehículo perfecto hacia un modelo de consumo rápido, económico y desechable.

La trayectoria exponencial del plástico tropezó con un gran problema: la insatisfacción de la opinión pública con imágenes como la de la tortuga con una pajita incrustada en la narina, la fauna marina con residuos plásticos en el estómago e islas kilométricas de envases descartables flotando en los océanos. En poco tiempo, se hizo frecuente ver noticias de alguna ciudad o un país que prohibió el uso de pajitas o de plásticos de uso único. Las empresas tratan de adoptar materiales de origen biológico, y la degradación de diferentes tipos de polímeros en la naturaleza está siendo objeto de investigación.

Los problemas derivados de la producción y del consumo excesivo de plásticos, así como las posibles soluciones, constituyen el tema de los tres reportajes que componen la portada de esta edición (página 18). Encontrar sustitutos que le causen menos daño a la naturaleza, como los bioplásticos, es un desafío tecnológico y comercial: aún representan una ínfima porción (0,5%) del total de plástico producido anualmente. Otra dificultad es su eliminación: uno de los atractivos de este tipo de material es precisamente su estabilidad frente a los procesos de degradación natural.

Alrededor del 40% de la producción actual de plásticos se destina a los productos de uso único, lo que pone sobre el tapete la necesidad de un consumo más consciente en un planeta con sus recursos altamente estresados: las jeringas desechables pueden ser indispensables, pero tantísimos otros productos, no. El gravamen no debe ser transferido al consumidor final, pero es poco probable que sin un cambio real de comportamiento este problema se resuelva o disminuya. La responsabilidad del destino final y el eventual reciclado también es objeto de debate: ¿qué obligaciones tienen los fabricantes? Diferentes países dan diversas respuestas.

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Desde el año 2003, Brasil tiene una legislación restrictiva con relación al acceso a las armas de fuego, pero sigue siendo el país con la mayor cantidad de asesinatos causados por disparos en el mundo. De los 65.600 homicidios registrados en 2017, el 74,4% fueron provocados por balas. A partir del Estatuto del Desarme, las tasas anuales de asesinatos aumentaron menos: en los 23 años anteriores a la ley, el promedio avanzaba un 8,1% anual; entre 2004 y 2014, el crecimiento anual fue del 2,2%, como lo muestra la investigación del instituto Ipea (página 78).

Existen varias explicaciones para esta aparente contradicción: con un acceso a las armas restringido por la legislación, era de esperarse que la cifra de homicidios disminuyese considerablemente. En lo que se refiere a la oferta, aún son vendidas, en promedio, 53.000 unidades al año, a pesar de un declive sustancial, según lo muestran los datos del Instituto Sou da Paz. Además, las investigaciones del mismo Instituto sobre el camino recorrido por las armas legalmente comercializadas en el estado de Goiás muestran que el 73% de las casi 9.000 unidades incautadas por la policía en un período de 18 meses (entre junio del 2016 y diciembre del 2017) habían sido adquiridas antes del estatuto. Lo cual significa que el armamento de la población en las décadas de 1980 y 1990 todavía tiene impacto sobre el índice de violencia en Brasil.

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