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Medio ambiente

El turno de la agricultura urbana

La emergencia climática y la pandemia refuerzan la importancia de la producción agropecuaria en las ciudades, que ya representa el 15% de los alimentos cultivados en el mundo

Huerta cultivada en el techo del Shopping Eldorado, uno de los mayores centros comerciales de la ciudad de São Paulo

Léo Ramos Chaves

Las primeras semanas de la pandemia de covid-19, en 2020, cuando se implementaron las medidas de aislamiento social a las que adhirió una parte razonable de la población brasileña, dejaron al descubierto la fragilidad del sistema de abastecimiento de alimentos. Se repitieron escenas que ya se habían visto durante otra crisis que se había suscitado dos años antes, cuando hubo una huelga de camioneros: al tiempo que los supermercados quedaron, en parte, desabastecidos, se desechaban alimentos frescos y aptos para el consumo, al interrumpirse las cadenas de suministros de los productos. Este sistema productivo acusó el impacto, en gran medida porque una buena parte de lo que se consume en las ciudades se produce fuera de ellas y debido a la ruptura de las cadenas de transporte y de los canales de comercialización. “Con la pandemia, se comprendió la importancia de apuntalar la producción local. El pequeño o mediano agricultor al que le fue mejor fue aquel que estableció una conexión directa con el consumidor, por ejemplo, mediante la entrega de cestas de productos, sin intermediarios”, dice la médica Thais Mauad, coordinadora del Grupo de Estudios en Agricultura Urbana del Instituto de Estudios Avanzados (Geau-IEA) de la Universidad de São Paulo (USP) y docente de la Facultad de Medicina (FM) de la institución.

Aunque la pandemia ha dado visibilidad a la agricultura que se practica dentro y en los alrededores de los municipios y las metrópolis, el movimiento para hacer que las áreas urbanas sean más verdes y sostenibles viene ganando terreno, tanto en Brasil como en el resto del mundo, desde principios de la década de 2000. Esta tendencia sigue la evolución de los estudios y las evidencias de la emergencia climática que atraviesa el planeta a causa del calentamiento global, así como el crecimiento vertiginoso de las ciudades en diversas regiones del planeta. De acuerdo con la Encuesta Nacional por Muestreo de Domicilios (Pnad, por sus siglas en portugués) de 2015, del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), el 85 % de la población brasileña vive en áreas urbanas y tan solo un 15 % en zonas rurales. En el sudeste del país, el 93 % de la población vive en ciudades.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) estima que el 80 % de la producción global de alimentos se destina al consumo en áreas urbanas. Estas regiones produjeron, en 2018, el 15 % de los alimentos del mundo, según datos del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (Usda). El concepto de agricultura urbana y periurbana (que se conoce por sus siglas AUP, o en inglés, UPA) es objeto de debate entre los académicos y los responsables de las políticas públicas, pero de manera general abarca la producción agrícola y ganadera desarrollada en el interior del perímetro urbano de los municipios y en la periferia de las ciudades.

La actividad comprende tanto la producción para fines comerciales y de autoconsumo familiar y comunitario como aquella practicada con fines educativos, por activismo o como recreación. Tan es así que desde las plantas que se cultivan en una terraza o en una quinta domiciliaria para el consumo propio, hasta los techos verdes, las granjas verticales de alta tecnología, las huertas comunitarias o las plantaciones convencionales dentro o en las inmediaciones del perímetro urbano están incluidas en esa definición. La agricultura urbana es practicada por individuos u organizaciones formales e informales, en espacios públicos o privados, dentro de las más diversas condiciones sociales, en todas las regiones de Brasil y, a menudo, con escaso o nulo apoyo de políticas públicas.

Es por ello que obtener datos sobre este tipo de agricultura en el país constituye un desafío y no hay disponible información certera al respecto de su producción dentro del territorio nacional. El Censo Agropecuario del IBGE, la principal investigación estadística sobre la estructura y la producción agropecuaria en Brasil, no discrimina por separado a la agricultura urbana cuando divulga sus datos. “Este es un tema que ya ha sido bastante debatido por quienes estudian la agricultura urbana y por el propio IBGE, ya que las zonas censales [la menor unidad territorial para la cual el instituto divulga información] se ajustan a la división político-administrativa. La definición de territorio urbano y rural es competencia de la municipalidad e implica cuestiones tributarias, generando grandes dificultades para establecer criterios objetivos acerca de qué es urbano y qué rural a nivel nacional, en el marco de las políticas públicas”, dice Vitória Leão, investigadora en agricultura de base familiar y analista de proyectos del Instituto Escolhas, una asociación civil sin fines de lucro con sede en la capital del estado de São Paulo, e integrante del Geau-IEA. De esta forma, los investigadores que estudian el tema tienen que analizar los microdatos de cada uno de los 5.568 municipios del país.

Léo Ramos Chaves Una plantación comunitaria de verduras y hortalizas en el Centro Cultural São Paulo, cercano al centro de la ciudadLéo Ramos Chaves

La disminución de la pobreza
Según la FAO, al promover que la gente produzca sus propios alimentos u obtenerlos en las huertas comunitarias, la agricultura practicada en las ciudades es capaz de reducir la pobreza y la inseguridad alimentaria agravadas por la urbanización, y al mismo tiempo puede mejorar la salud de los habitantes de las ciudades y cuidar el medio ambiente. Es por eso que considera prioritario estimular este tipo de producción, haciendo hincapié en la importancia de la inclusión del tema a la hora de la planificación urbana. El período de la pandemia también estuvo signado por una acentuación de la inseguridad alimentaria en todo el mundo, incluso en Brasil, donde se calcula que 19 millones de personas pasaron hambre en 2020, según un informe de la Red Brasileña de Investigación sobre Soberanía y Seguridad Alimentaria (Red Penssan).

Una simulación realizada por el Instituto Escolhas indica que la agricultura practicada en la metrópolis paulista, incluyendo a las zonas urbanas, podría abastecer anualmente de legumbres y verduras a 20 millones de personas y generar 180.000 puestos de trabajo, utilizando solamente las tierras que actualmente están dedicadas a pasturas y sin ocupar áreas forestales ni de protección ambiental. El censo agropecuario de 2017 del IBGE indicó que los 5.000 establecimientos agropecuarios del Área Metropolitana de São Paulo daban empleo a 20.000 personas al momento en que se llevó a cabo la encuesta.

Si se tiene en cuenta solamente el total de lotes de terreno ociosos en el distrito de Sapopemba, en la zona oriental de la capital del estado –una superficie de 200 hectáreas, el equivalente a 200 manzanas–, la producción sería suficiente como para abastecer de legumbres y verduras a 80.000 personas. La cantidad de familias cubiertas sería 1,5 veces mayor que la cantidad registrada en el programa Bolsa Familia en ese distrito, según informa el Instituto Escolhas.

En un artículo que salió publicado a principios de 2021 en la revista Estudos Avançados, un grupo de investigadores coordinado por Mauad examinó minuciosamente la información sobre el municipio de São Paulo y ello reveló que, aunque el subregistro de datos es evidente, se advierte un incremento de su agricultura urbana en los últimos 15 años. Al comparar los datos del Censo Agropecuario de 2006 con el último realizado, de 2017, puedo verificarse que el número de establecimientos agropecuarios aumentó de 193 a 550. Además, la superficie agrícola utilizada con fines de comercialización creció de 8.000 a 11.000 hectáreas en el mismo período. El IBGE considera como establecimiento agropecuario a toda unidad de producción o explotación que se dedique, total o parcialmente, a actividades agropecuarias, forestales o vinculadas a la acuicultura, independientemente de su tamaño, su formato legal o si se desarrolla en una zona rural o urbana, ya sea para su comercialización o si es de subsistencia.

El Censo de las Unidades de Producción Agropecuaria (UPA) del Estado de São Paulo registró, entre 2007/2008 y 2016/2017, un crecimiento de la cantidad de las mismas de aproximadamente un 22 %, y de un 33 % en la superficie de producción en la capital paulista. En la última encuesta, el cultivo de lechuga estaba presente en 102 UPA, lo que indica que en 2017 fue el cultivo más extendido dentro del conjunto de los establecimientos. Otros cultivos destacados eran los de col (en 93 UPA) y brócoli (65 UPA). En cuanto a la superficie cubierta, había 247 hectáreas (ha) destinadas al cultivo de Brachiaria, las pasturas que se emplean como forraje para el ganado. A las pasturas le siguen la floricultura de corte (231 ha) y la producción de lechuga (222 ha).

La plataforma Sampa+Rural, de la alcaldía de São Paulo, tenía registradas a comienzos de noviembre 735 unidades de producción agropecuaria, en su mayoría (574) ubicadas en la zona sur y un 60 % en zonas cuyo tamaño varía entre 0,1 y 5 ha, el 28 % de ellas comandadas por mujeres. Pero la agricultura urbana se encuentra desplegada por todo el país y hay ejemplos exitosos de fuerte actividad en ciudades tales como Belo Horizonte (Minas Gerais); Río de Janeiro, como en el caso del programa Huertas Cariocas; Maringá y Curitiba, en Paraná; Teresina, en el estado de Piauí, entre otros.

Los investigadores subrayan que la agricultura urbana no se refiere únicamente a la producción comercial. “Cuando hablamos de agricultura urbana nos estamos refiriendo a un universo muy vasto. De hecho, se trata de una práctica plural”, dice el geógrafo Gustavo Nagib, quien concluyó su doctorado en 2020, en el cual analizó el espacio que ocupa el activismo dentro de la agricultura urbana, centrándose en los casos de París y São Paulo.

Infografía: Alexandre Affonso

“La agricultura urbana nos permite replantearnos las condiciones socioambientales desde el punto de vista de la ecología urbana, de la integración entre el campo y la ciudad y de la reintroducción de biodiversidad en las ciudades, ya sea que se trate de ejemplares de la fauna local, de insectos polinizadores o de plantas con las cuales podemos alimentarnos”, dice Nagib. “Por otra parte, también nos brinda la posibilidad de intervenir para combatir el hambre y la precarización, haciendo posible que la gente economice recursos y gane autonomía al producir sus propios alimentos”.

Nagib, autor del libro intitulado Agricultura urbana como ativismo na cidade de São Paulo, explica que, desde una perspectiva activista, el discurso y la práctica de la agricultura urbana se han centrado en la reocupación de los espacios públicos de la ciudad y la recuperación del contacto con la naturaleza. También destaca que el movimiento propone reforzar los lazos sociales posiblemente perdidos en los grandes centros urbanos y busca llamar la atención sobre lo que es el trabajo colectivo y lo que es un espacio público de uso colectivo. No es casualidad que la agricultura que se practica en las ciudades y en sus alrededores a menudo siga también los preceptos de la agroecología, basados en el respeto a todas las formas de vida, que pretenden apartarse de los enfoques puramente antropocéntricos (centrados en el ser humano).

Valiéndose de técnicas más tradicionales, como las que practicaban los pueblos indígenas, las cooperativas, asociaciones y comunidades han crecido y aprovechado los frutos de la agricultura urbana. “Esta práctica ha ganado fuerza, sobre todo, en tiempos de crisis económica, porque la gente pierde poder adquisitivo y no tiene cómo comprar alimentos”, dice la geógrafa Angélica Nakamura, quien durante su maestría estudió en detalle el trabajo de la Cooperativa de Productores Rurales y Agua Potable de São Paulo (Cooperapas), formada por agricultores agroecológicos del extremo sur del municipio de São Paulo, una zona de manantiales.

A menudo marchando en sentido contrario al discurso activista –pero aprovechando la demanda creciente de una producción local de alimentos que además, prescindan del uso de agrotóxicos– las grandes ciudades del mundo asisten al surgimiento de una nueva generación de granjas verticales, en las que se pueden cultivar plantas sin utilizar ni un grano de tierra.

Mediante el uso de sistemas hidropónicos (en los que las hortalizas se cultivan en una solución acuosa), aeropónicos (un sistema en el que las plantas no entran en contacto con el agua, sino solamente con su vapor) o acuapónicos (hidroponía con piscicultura), estas empresas hacen uso de los avances tecnológicos que facilita Internet de las Cosas, el aprendizaje automático y la computación empotrada para controlar parcial o totalmente el ambiente de las plantaciones. En lugares cerrados, las variaciones del clima, una cuestión esencial en el campo, no interfieren en la producción.

Milton Godoy Saito La plataforma Babilônia para el cultivo de alimentos en lugares abiertos creada por una startupMilton Godoy Saito

En la ciudad de São Paulo, una de las mayores es Pink Farms, que mantiene una granja piloto de alta tecnología (high tech), con un local de cultivo de 150 metros cuadrados (m2) en la zona oeste de la ciudad. Allí produce actualmente 1,5 toneladas (t) de lechuga hidropónica al mes en una torre de 10 niveles (o pisos) que ocupa menos de 70 m2. Y se espera llegar a las 3 toneladas mensuales cuando esté lista la segunda torre, en noviembre. La empresa también produce mensualmente entre 100 y 200 kilos de brotes, llamados microgreens (entre ellos puerro, zanahoria, cilantro, col, mostaza y otros). Las plantas flotan en bandejas con una solución nutritiva. Según la empresa, se utiliza un 60 % menos de fertilizantes que en la agricultura convencional. También se ahorra agua, que puede reutilizarse hasta 60 días antes de su eliminación.

“En términos de eficiencia, de productividad por superficie, somos muy superiores al campo. Con la densificación de las plantas y la verticalización, hemos conseguido optimizar los espacios”, dice el ingeniero de producción Henrique Pauli, responsable de gestión en Pink Farms. Gran parte del proceso está automatizado, incluido el control de la temperatura, la humedad, la iluminación y la emisión de gases, como el dióxido de carbono, para acelerar la fotosíntesis. Sin embargo, el costo de funcionamiento es mayor que el de una plantación convencional; la empresa no revela las cifras.

La iluminación se realiza mediante luces de tipo led, una mezcla de colores azules y rojos, que le dan una tonalidad rosada al lugar y a ello se debe el nombre de la empresa. Según Luana Borges, ingeniera agrónoma de Pink Farms, la iluminación con ledes simula la luz solar y acelera el proceso de fotosíntesis de las plantas. La idea es que el ambiente sea lo más estéril posible, evitando la contaminación con bacterias, virus y protozoarios. “En nuestra granja actual, los procesos de cosecha y trasplante todavía los hacen manualmente nuestros empleados, pero para la nueva unidad productiva, que está previsto que comience a funcionar el año que viene, todo esto y el proceso de envasado estarán automatizados. La intención es introducir robots para ganar escala”, informa Pauli. La empresa está recaudando fondos para la ampliación del emprendimiento y la construcción de nuevas instalaciones, que contarán con paneles solares y/o eólicos para reducir el costo de la electricidad, así como una tecnología para reutilizar el 100 % del agua.

Para Pink Farms, uno de sus referentes es la empresa estadounidense AeroFarms, fundada en 2004 en Nueva Jersey, que actualmente comercializa 550 variedades de frutas y verduras producidas en ambientes controlados, en locales reformados que una vez fueron fábricas, campos de paintball y hasta una discoteca bailable abandonada. La compañía estadounidense participa en la construcción de lo que promete ser la mayor granja vertical del mundo en Abu Dabi, la capital de los Emiratos Árabes Unidos, país que padece una escasez hídrica severa. La mayor empresa de granjas verticales en Estados Unidos es Bowery, cuya sede se encuentra en el distrito de Manhattan, en la ciudad de Nueva York, que cuenta entre sus inversores al músico Justin Timberlake y a la actriz Natalie Portman, según informa el periódico The New York Times.

En el estado de São Paulo, el ingeniero de computación Milton Yukio Godoy Saito está desarrollando, con la ayuda del Programa de Investigación Innovadora en Pequeñas Empresas (Pipe) de la FAPESP, la plataforma de una granja vertical urbana sostenible para lugares abiertos, en principio diseñada para instalarse en las terrazas de los centros comerciales y condominios empresariales. El modelo, llamado Babilônia, utiliza luz natural (evitando los costos que acarrea la iluminación eléctrica), prescinde de agrotóxicos y fertilizantes químicos y cuenta con sensores para controlar la humedad del sustrato utilizado, producido a partir de residuos orgánicos. Aun cuando se basa en tubos de PVC como los de la hidroponía en los sistemas modulares, la plataforma utiliza tierra y crea un ambiente semicontrolado, diferente a los ambientes totalmente controlados de Pink Farms, por ejemplo. A partir de un sistema de irrigación inteligente, los sensores evalúan las unidades productivas minuto a minuto.

“El gran reto que hemos enfrentado hasta ahora ha sido que los consumidores finales todavía no perciben el valor de una hortaliza con una baja huella de carbono. La gente no tiene en cuenta que existe toda una cadena entre la producción y la venta al por menor, que implica desperdicios y consumo de combustibles fósiles. Cuando entra en juego el aspecto económico, optan por lo más barato o por las hojas más grandes y verdes”, dice Saito.

Léo Ramos Chaves La empresa paulista Pink Farms utiliza en su planta piloto luces de ledes de colores que emulan la radiación solarLéo Ramos Chaves

El ingeniero, que sigue estudiando el modelo de negocio ideal para la plataforma, comenta que está buscando inversiones fuera de Brasil, especialmente en Medio Oriente y en Europa, para impulsar el negocio. “Es donde estamos viendo más oportunidades. Aquí, la actividad en esta área aún está en mantillas”. También refiere que ha recibido muchos cuestionamientos al respecto de la necesidad de las granjas verticales en un país como Brasil, que dispone de grandes extensiones de tierras de cultivo. “La gente se olvida de que nuestras tierras se están volviendo cada vez más inapropiadas para la agricultura y que el agua está escaseando. Son temas que van a hacerse más patentes a mediano y largo plazo”.

Con un ojo en el mercado europeo, la empresa paulista Instituto Cidade Jardim ha desarrollado, con el apoyo del programa Pipe-FAPESP, un sistema de tejas hidropónicas cultivables que prescinde de la impermeabilización previa de la losa del techo. La teja sándwich apta para el cultivo fue bautizada como Kaatop y se está perfeccionando su novena versión, con el propósito de abaratar los costos. Cuenta con patentes aprobadas en Brasil, Estados Unidos y Europa.

“El techo verde es óptimo porque es una tecnología multifuncional. Es una herramienta que no solo pone el eje en la sostenibilidad relacionada con el agua, la energía o el confort, sino que ayuda a resolver varios problemas simultáneos: mejora la calidad del aire, captura carbono, produce alimentos, reduce el consumo de energía eléctrica y mitiga las inundaciones en las ciudades”, dice el ingeniero agrónomo Sérgio Rocha, socio fundador de la startup, quien también desarrolla proyectos con el sistema tradicional de tejados verdes, con bandejas modulares de plástico dispuestas sobre losas impermeabilizadas.

“Hoy en día, el mercado mundial de los techos verdes es, tal vez, uno de los más prometedores y activos en cuanto a tecnologías regenerativas [que procuran mitigar los daños ambientales producidos por el hombre]. Solo en Europa, moviliza casi 500 millones de euros al año y eso solamente en cubiertas planas”, comenta. Con todo, dice que se trata de una tecnología costosa, por ahora solo accesible para empresas o propietarios de residencias de alta gama.

El Instituto Cidade Jardim también tiene una vertiente activista y de concientización para el uso de buenas prácticas, centradas especialmente en los tejados. “Nuestro anhelo es que la gente vea a los techos como espacios de transformación. Son pocos los que lo notan, pero estos son los responsables de gran parte de los problemas que aquejan a las ciudades, ya que la mayor parte de la superficie urbana está cubierta por techos y losas. Si dispusiéramos de áreas verdes sobre nuestras cabezas, esto podría ayudar a solucionar muchas de las patologías urbanas”, dice Rocha. Según él, dependiendo del tipo de techo verde, podría retenerse más del 70 % del volumen de las precipitaciones. “Junto con otras herramientas de planificación urbana, los techos verdes tienen un potencial enorme que aportar en la lucha contra las inundaciones, además de producir alimentos para los habitantes de las ciudades”.

Proyectos
1. Teja Sándwich Cultivable: un nuevo sistema para tejados verdes que no requiere impermeabilización y sitúa al mercado de las tejas en la mira la sostenibilidad (nº 16/10264-3) Modalidad Investigación Innovadora en Pequeñas Empresas (Pipe) Programa Finep Pipe-Pappe Subvención; Investigador responsable Sérgio Fausto Rizzi Rocha (Instituto Cidade Jardim); Inversión R$ 121.565,06
2. Creación de una plataforma para la agricultura sostenible en espacios urbanos (nº 19/01050-8) Modalidad Investigación Innovadora en Pequeñas Empresas (Pipe); Investigador responsable Milton Yukio Godoy Saito; Inversión R$ 89.772,89

Artículos científicos
AMATO-LOURENÇO, L. F. et al. Building knowledge in urban agriculture: the challenges of local food production in Sao Paulo and Melbourne. Environment, development and sustainability. v. 23, n. 2, p. 2785-96, 2021.
NAGIB, G. et al. Urban agriculture in the city of São Paulo: New spatial transformations and ongoing challenges to guarantee the production and consumption of healthy food. Global Food Security – Agriculture, Policy, Economics and Environment. v. 26, p. 1-7, 2020.
BIAZOTI, A.R. et al. The Impact of COVID-19 on Urban Agriculture in São Paulo, Brazil. Sustainability. V.13, p.6185, 2021.

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