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Filología

En el campo de las posibilidades

El complejo proceso de la adjudicación de autoría de los textos se erige como un reto para los investigadores

Léo Ramos Chaves

A más de cien años de su muerte, Joaquim Maria Machado de Assis (1839-1908) sigue despertando interés en la escena literaria brasileña. Basta con observar la repercusión del artículo M´achado biógrafo: Da investigação de uma revista a um texto inédito, publicado recientemente por Cristiane Garcia Teixeira en la revista académica ArtCultura, de la Universidad Federal de Uberlândia. En el texto, la historiadora de Santa Catarina señala que un borrador biográfico sobre Pedro II (1825-1891), divulgado en forma anónima en la edición del 6 de noviembre de 1859 en O espelho: Revista Semanal de Literatura, Modas, Indústria e Artes, podría haber sido escrita por Machado de Assis a los 20 años de edad.

Dicho borrador fue hallado por Garcia Teixeira durante la investigación para su tesina de maestría, que defendió en 2016, en la Universidad Federal de Santa Catarina (UFSC). “Lo primero que me llamó la atención fue la ubicación de la biografía en la revista”, relata la investigadora, quien actualmente cursa un doctorado en el Programa de Posgrado en Historia de la misma institución. “El texto de cinco columnas figuraba en la primera página, en el sitio y con el mismo formato que solían ocupar algunas novelas o, después, artículos del propio Machado de Assis, quien fue el colaborador principal de la revista”.

Otros elementos ayudaron a Garcia Teixeira a aventurar la posibilidad de que el texto pudiera haber sido escrito por el futuro autor de clásicos tales como Dom Casmurro (Editorial Garnier, 1899; Don Casmurro, Madrid, Cátedra, 1991)) y Memórias póstumas de Brás Cubas (Editorial Tipografia Nacional, 1881; Memorias póstumas de Blas Cubas, México, SEP/UNAM, 1982). Según informa la investigadora, en la edición nº 6 de esa misma revista, con fecha del 9 de octubre, una nota anónima informaba: “Pronto comenzaremos a publicar una Galería dramática, con biografías y su correspondiente retrato. El fotógrafo es el Sr. Gaspar Guimarães, y el biógrafo, el Sr. Machado de Assis”. La investigadora también pudo reconocer ciertas características machadianas, como la redacción en primera persona, un recurso habitual en otros textos escritos por el autor en esa época, según ella. “La negación afectada, muy característica de Machado de Assis, es otro elemento que aparece en el texto. Ni bien comienza, el autor de aquel borrador advierte que no hablará de política, para luego, a continuación, hacer exactamente lo contrario”, dice. “Pero aclaro que son todas conjeturas, porque el texto no está firmado”.

El profesor Hélio de Seixas Guimarães, docente de literatura brasileña de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias Humanas de la Universidad de São Paulo (FFLCH-USP), no encuentra tantas similitudes. “Es verosímil que Machado de Assis haya escrito sobre el emperador, ya que lo admiraba y en la propia década de 1860 le dedicó poemas a Pedro II y a la familia imperial”, dice el experto. “En mi opinión, el punto más convincente a favor de la autoría se encuentra al comienzo del bosquejo biográfico: la separación que hace el autor anónimo de los roles de cronista y de historiador, lo que cada uno de ellos diría. Ese es un tema que, de hecho, Machado de Assis abordó en otros momentos de su trayectoria como escritor”. Sin embargo, De Seixas Guimarães considera difícil identificar en el borrador biográfica algo más que se asemeje a un estilo machadiano. “El texto termina en forma abrupta, no tiene un cierre, y Machado solía ser cuidadoso al finalizar sus escritos, dejando siempre algo que reverberara en el lector. Tampoco aprecio negación afectada en el bosquejo biográfico”, dice el investigador. “A mi juicio, el texto es informativo, elogioso, acaso redactado para ganarse la simpatía del emperador y ayuda económica para la revista, algo habitual en la época. Pero tampoco se puede descartar la posibilidad de que el texto haya sido escrito por Machado de Assis”.

Léo Ramos Chaves

No es de ahora que la atribución de autoría de los textos literarios incita la curiosidad de los investigadores. “Hay mucha incertidumbre en torno a algunos escritos de Machado de Assis y hasta ahora no sabemos con exactitud cuántos cuentos escribió, más allá de los 200 cuya autoría está comprobada”, indica de Seixas Guimarães. “En general, son cuentos del comienzo de su carrera, publicados en la prensa en forma anónima o también con iniciales o seudónimos que se le atribuyen a Machado, algunos sin pruebas. Incluso Carlos Drummond de Andrade [1902-1987] se aventuró a identificar los seudónimos Camillo da Anunciação, que firma el cuento intitulado “A vida eterna” y Marco Aurélio, del cuento “Possível e impossível”, como pertenecientes a Machado de Assis”.

El estudiante Fernando Borsato dos Santos, dirigido por De Seixas Guimarães, investiga en su maestría el conjunto de seudónimos y abreviaturas utilizados por Machado de Assis a lo largo de su trayectoria en la prensa y el modo en que se comportan a lo largo de la obra y en sus diferentes géneros. “Él está trabajando con 83 rúbricas diferentes, de las cuales 53 son seudónimos y el resto corresponde a las varias iniciales empleadas por Machado de Assis para firmar sus textos, tales como M. A., M-as y J. M.”, comenta. Tal incertidumbre en cuanto a la autoría genera controversias entre los estudiosos machadianos. Uno de esos casos, incluso en opinión de de Seixas Guimarães, es el cuento “Felicidade pelo casamento”, publicado en Jornal das Famílias, en 1866. En primera instancia, la obra fue atribuida a Machado de Assis por el biógrafo Raimundo Magalhães Júnior (1907-1981). Más tarde fue impugnada por otro biógrafo del “Brujo de Cosme Velho”, Jean Michel Massa (1930-2012) y, recientemente, en 2015, la atribución volvió a ser sostenida por el investigador Mauro Rosso.

La prodigalidad de seudónimos, abreviaturas y textos anónimos era habitual en los periódicos del siglo XIX, informa Tania Regina de Luca, del Departamento de Historia de la Universidade Estadual Paulista (Unesp), en campus de la localidad de Assis. “Por lo general, en esos periódicos había pocos colaboradores y muchos de ellos variaban su firma mediante seudónimos o iniciales para darle a entender al lector que la plantilla de redacción era mayor. Además, esos colaboradores, que tanto podían ser autores consagrados o aspirantes a literatos, escribían para varios periódicos y tomaban a ese trabajo periodístico como un complemento de sus ingresos, en un momento en el que la profesionalización del escritor daba sus primeros pasos”, dice la autora del libro intitulado A ilustração (1884-1892) – Circulação de textos e imagens entre París, Lisboa e Río de Janeiro (Editorial Unesp, 2018). “Tampoco estaba afianzada la noción del derecho de autor, un tema que comenzó a debatirse en el ámbito internacional hacia el final del siglo XIX, a partir de la Convención de Berna, en 1886. Así, pues, muchos textos ni siquiera se firmaban”.

El coordinador de la Biblioteca Nacional Digital, Joaquim Marçal Ferreira de Andrade, coincide con eso. “Si hasta la década de 1980 los grandes periódicos brasileños no se sentían en la obligación de publicar una foto con el crédito al fotógrafo, imagínense cuál era la situación en el siglo XIX. El resultado de ello es que hoy en día, los investigadores se topan permanentemente con dudas acerca de la autoría en los periódicos, ya sea en lo concerniente a los textos o a las imágenes”, señala el autor del libro História da fotorreportagem no Brasil: A fotografia na imprensa do Rio de Janeiro de 1839 a 1900 [Historia del fotorreportaje en Brasil: La fotografía en la prensa de Río de Janeiro entre 1839 y 1900] (Editorial Campus/Elsevier, 2004). “El trabajo de asignar la autoría es una aventura que exige mucho conocimiento, investigación, perspicacia y perseverancia. Es una labor detectivesca”.

Fue mientras investigaba en periódicos del siglo XIX, en la Biblioteca Nacional, que el investigador independiente Felipe Pereira Rissato descubrió el primer seudónimo utilizado por el escritor y periodista Euclides da Cunha (1866-1909). “Antes se pensaba que él había debutado en la prensa en 1884, en las páginas del periódico O democrata, pero bajo el apodo de Ícaro, él firmó textos en los periódicos Evolucionista y Espectador, en 1883, con 17 años de edad”, dice Pereira Rissato, quien comparte la autoría del hallazgo con su compañero de investigación, el euclidiano Leopoldo Bernucci, docente de la Universidad de California en Davis (EE. UU.). Otro de los descubrimientos de Pereira Rissato es un texto anónimo, publicado en la segunda edición de la Revista Luso-Brasileira, en 1860, bajo el título “Recuerdos de mi madre”, que él atribuye a Machado de Assis. “Recientemente he encontrado textos firmados con las iniciales M. A., pero los estoy estudiando para saber si realmente son de Machado de Assis o de Moreira de Azevedo, colega suyo en muchos de aquellos periódicos”.

Léo Ramos Chaves

En cuanto a los seudónimos, Sílvia Maria Azevedo, docente de la Facultad de Ciencias y Letras de la Unesp, campus de Assis, no tiene dudas: Machado de Assis es el autor de las aproximadamente 300 crónicas escritas bajo el mote de Dr. Semana y publicadas en la revista Semana Ilustrada, especializada en caricaturas y sátiras políticas. “Él se hizo cargo de la columna en 1869, cuando la misma pasó a llamarse Badaladas [campanadas], y se mantuvo ahí hasta 1876, cuando la revista desapareció”, sostiene Azevedo, que el año pasado lanzó el libro Badaladas – Dr. Semana (Nankin Editorial), en el que recopila en dos tomos una serie de notas de pie de página, índices onomásticos y tablas con marcas textuales para verificar la pluma machadiana.

La autoría de las crónicas siempre fue objeto de controversia entre los estudiosos. “José Galante de Sousa, autor de una obra sobre la bibliografía de Machado de Assis publicada en la década de 1950, indicó que el seudónimo había sido utilizado por varios colaboradores de la revista y que solo sería posible atribuir su autoría luego de un análisis pormenorizado de ese material”, relata Azevedo. Eso fue lo que ella hizo. “Creo que nosotros, los investigadores, tenemos la tarea de cuestionar las fuentes y asumir los desafíos que eso conlleva. Esto enriquece el debate. Pero solo me arriesgué a ello porque estudio a Machado desde la década de 1980”.

El libro es fruto de una investigación iniciada en 2012. Durante tres años, Azevedo analizó cada una de las crónicas. “Tuve en cuenta las marcas internas, que denotan ciertos aspectos del texto, la forma en que está escrito, así como las marcas externas, por ejemplo, las citas presentes en otras obras de Machado escritas en diferentes épocas, tales como la crítica teatral y las novelas”, explica. Por último, el estudio también ameritó una lectura crítica del machadiano Valentim Facioli, jubilado docente de literatura brasileña en la USP y propietario de Nankin Editorial, que publicó la obra. “La adjudicación de autoría es un proceso laborioso y delicado, que exige muchos cuidados”, concluye Azevedo.

Para la historiadora Denise de Almeida Silva, supervisora del Servicio de Archivo del Instituto de Estudios Brasileños (IEB) de la USP, se trata de un análisis multidisciplinario. “Yo trataría de atribuir la autoría de un documento consultando incluso a expertos de áreas tales como la filología, la paleografía y la diplomática, así como a los estudiosos de un tema o personalidad en particular”, señala. “También es necesario tener en cuenta la relación que el documento en cuestión mantiene con otros documentos del archivo”.

El IEB mantiene a resguardo colecciones de escritores, artistas e intelectuales, como João Guimarães Rosa (1908-1967), por ejemplo. Al estudiar el archivo literario del autor de Grande sertão: Veredas (Livraria José Olympio Editora, 1956; Barcelona, Seix Barral, 1975) durante su investigación de doctorado, cuya tesis defendió en 2013 en la FFLCH-USP, Mônica Gama se topó con “pequeños manuscritos enigmáticos, similares a poemas en prosa” que revelaron ser las solapas de la tercera edición de la serie de novelas Corpo de baile (Livraria José Olympio Editora, 1956). “Inmediatamente después del fallecimiento de Guimarães Rosa, al final de la década de 1960, editorial José Olympio, que publicaba las obras del autor, lanzó un libro en su homenaje [Em memória de Guimarães Rosa, 1968], en el que informaba que era el propio Guimarães quien escribía las solapas de sus libros. Pero no estaba comprobado efectivamente que eso fuera así”, recuerda Gama, actual docente de la carrera de letras en la Universidad Federal de Ouro Preto (Ufop).

A partir de esa pista, Gama hurgó no solo en el archivo del IEB, sino también en las colecciones de la Fundación Casa de Rui Barbosa y de la Biblioteca Nacional, ambas en Río de Janeiro. “A través de esos manuscritos descubrí que las solapas de todos los libros de Guimarães Rosa, que eran anónimas, en efecto, eran obra suya”, dice. “Resulta interesante observar que al principio él crea una imagen de sí mismo como un autor que relataba todo recurriendo a su memoria, porque era un hombre del sertón, algo muy apropiado para atraer a los lectores que gustaban de la prosa regionalista muy en boga en aquella época, pero paulatinamente va desarrollando textos extremadamente poéticos para presentar sus obras”.

El profesor Saulo Cunha de Serpa Brandão, docente jubilado del Programa de Posgrado en Letras de la Universidad Federal de Piauí (UFPI), considera que Brasil está atrasado en cuanto a la búsqueda de metodologías de adjudicación de autoría. “La estilometría con ayuda de programas de computadora es una manera de detectar, mediante un software, el patrón de redacción de una persona. Puede detectarse cuántas veces se repite una misma palabra o si el autor utiliza ‘del mismo modo’ con mayor frecuencia que ‘igualmente’, por ejemplo, explica Cunha de Serpa Brandão, que utiliza ese método desde 2003. “Sin embargo, los software no son fáciles de utilizar e interpretar. El investigador debe estar dispuesto a lidiar con la matemática y la estadística, algo que no siempre ocurre en el área de las humanidades. Lo ideal sería contar con un equipo multidisciplinario”.

Las máquinas suponen otras limitaciones, como pudo comprobarlo Cunha de Serpa Brandão en una de sus investigaciones. Desde 2003, está estudiando el documento Cartas chilenas, cuya autoría se le atribuye al poeta Tomás Antônio Gonzaga (1744-1810). “Se trata de un texto breve, que no llega a las 30 mil palabras. Este tipo de software es ideal para el análisis de obras más voluminosas, como es el caso de la producción de William Shakespeare [1564-1616], que tiene más de 900 mil palabras. Sucede que el patrón se establece a partir de una cierta variedad”, dice. “Pero la máquina no trabaja por sí sola: es necesario que tras ella haya un investigador pensando estrategias para determinar cómo encuadrar a un autor e intentar descubrir los rasgos que caracterizan a su escritura. En el documento en estudio, la idea es chequear si otros poetas contemporáneos que vivían en Vila Rica o en los alrededores podrían haber participado en la elaboración del texto”.

Mônica Gama reflexiona acerca de la posibilidad de que una máquina de este tipo hubiera contribuido en su investigación doctoral. “En mi caso no servía de nada buscar marcas de estilo porque los textos de las solapas de los libros de Guimarães Rosa eran completamente diferentes de lo que se conoce como su escritura”. En su investigación, Gama recurrió a la crítica genética, una metodología surgida en Francia en la década de 1960 e introducida en Brasil en la década de 1980, que trata de trazar un mapa de los meandros de la creación a través de las huellas o marcas dejadas por los artistas durante el proceso creativo. “El propósito de la crítica genética no es comprobar la autoría de un documento, sino cómo nos sumergimos más profundamente en los archivos y nos volvemos aptos para evaluar la probabilidad de una autoría”.

De cualquier manera, la tecnología se está utilizando en los trabajos de edición nacional de los escritos de Antonio Gramsci (1891-1937), un proyecto que comenzó en 2007 bajo responsabilidad de la Fundación Instituto Gramsci, de Italia. El objetivo consiste en tratar de establecer una versión definitiva de todos los escritos del pensador marxista. Uno de los grandes retos consiste en certificar la autoría de los textos periodísticos que se le atribuyen al italiano, publicados en las décadas de 1910 y 1920, en su mayoría en forma anónima. “Se trata de una porción muy importante de la producción gramsciana y las dudas al respecto de su autoría alimentan el debate desde hace décadas entre los académicos de todo el mundo”, comenta el politólogo Alvaro Bianchi, director del Instituto de Filosofía y Ciencias Humanas de la Universidad de Campinas (IFCH-Unicamp). El trabajo de reedición se enmarca en todo un aparato filológico, que incluye el uso de un software. “La filología aporta herramientas importantes para la atribución de la autoría de textos, pero lamentablemente es poco conocida en Brasil”, dice Bianchi, quien fuera director del Archivo Edgard Leuenroth, de esa misma universidad, entre 2009 y 2017.

El profesor Marcelo Módolo, docente de filología y lengua portuguesa de la FFLCH-USP opina igual. “Es un error pensar que la filología únicamente está asociada a los estudios lingüísticos y literarios del período clásico y medieval, un concepto que todavía es recurrente en Brasil, incluso en el ámbito académico”, dice. Según el estudioso, una de las atribuciones del filólogo reside en el reconocimiento de la autoría de textos, ya sean manuscritos o impresos, actuales o antiguos. “Esta tarea requiere, entre otros procedimientos, un análisis comparativo preciso del vocabulario y de la sintaxis del trabajo sin autoría verificada con otras obras identificadas del autor. Esta metodología podría emplearse perfectamente, por ejemplo, en el caso del supuesto texto machadiano descubierto recientemente, pero nunca debemos perder de vista que la adjudicación de autoría discurre por el terreno de las posibilidades y no de las certezas”, finaliza.

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