guia do novo coronavirus
Imprimir Republicar

Ciencia

Encuentros fugaces

La supervivencia de árboles de hasta 40 metros de altura depende de la acción de diminutos insectos y pájaros polinizadores

Silenciosamente, luego de pasar hasta 12 horas seguidas encaramados en lo alto de las torres de madera de 30 metros de altura esparcidas en la Selva Nacional de Tapajós, en el estado brasileño de Pará, los biólogos de Embrapa Amazonia Oriental han empezado a develar los mecanismos de reproducción de ciertas especies de árboles tropicales comercialmente importantes como fuentes de madera de calidad. Este trabajo de observación es una manera de identificar cuáles son y cómo actúan los agentes polinizadores “que normalmente son insectos” de un conjunto de siete especies arbóreas con nombres populares de sonoridad bien brasileña: yatobá, andiroba, parapará, masaranduba, cumarú, ananí y tatayuba. Hasta hace poco tiempo no existían estudios precisos sobre el proceso de polinización en la mayoría de estos árboles; pero ahora ya se cuenta con resultados dignos de elogios.

El equipo de Embrapa descubrió que existe especie de pájaro carpintero del género Celeus , de plumaje anaranjado con pintas negras, que es uno de los polinizadores del ananí o cerrillo (Symphonia globulifera), un árbol de hasta 40 metros de altura cuyo tronco secreta un látex de un color amarillo intenso. “Fue toda una sorpresa”, afirma la bióloga Márcia Motta Maués, coordinadora del grupo de seis investigadores. “Vimos al pájaro carpintero buscando esas flores rojizas del árbol tres veces en un mismo día”. Ya existían registros de picaflores, y especialmente de aves de la orden de los Passeriformes, como el pico de plata (Ramphocelus carbo), que actúan como polinizadores del cerrillo, pero no de un ave tan grande como este pájaro carpintero de 25 centímetros de longitud, observado desde lo alto de una de las seis torres de observación.

Cuando los animales visitan las flores, normalmente lo hacen en busca de comida. Las flores del cerrillo o ananí, por ejemplo – aun cuando no tienen perfume, cosa que facilitaría su localización – son ricas en néctar, una mezcla de azúcares. Mientras se alimentan, pájaros e insectos desempeñan una tarea vital para las plantas: al hacer efectiva la polinización, transportan los granos de polen de una flor con las células sexuales masculinas hasta el estigma, la estructura femenina de otra flor. Y así, los seres vivos – o incluso el viento y el agua de las lluvias – disparan el proceso reproductivo, al unir las células sexuales masculinas y femeninas. De este modo se forman los frutos y las semillas, que aseguran la supervivencia y la diversidad genética de las plantas.

El conocimiento de los polinizadores de los árboles más amenazados como resultado de la acción del hombre en la región amazónica es fundamental para determinar con precisión el límite máximo de la explotación racional de las especies arbóreas. “Si descubrimos que una especie de árbol es polinizada únicamente por un determinado insecto u otro animal, la preservación del polinizador se torna entonces esencial para la supervivencia de la planta”, explica Márcia, cuyo trabajo integra el proyecto Dendrogene – Conservación Genética en Selvas Manejadas de la Región Amazónica, administrado por Embrapa Amazonia Oriental, que cuenta con la participación de instituciones del exterior, como el Department for International Development (DFID), dependiente del gobierno británico.

Los investigadores se muestran cada vez más preocupados, a medida en que van conociendo mejor la profunda interdependencia existente entre los árboles y los polinizadores, pues la desaparición de un grupo implica la desaparición del otro. En 1998, especialistas de todo el mundo, reunidos en el marco de la Convención de la Biodiversidad, emitieron la Declaración de São Paulo, con recomendaciones para la protección y la realización de investigaciones más intensas sobre la declinación de los insectos polinizadores, poniendo especial énfasis en las abejas.

La abundancia y la escasez
El árbol llamado balata o masaranduba (Manilkara huberi ), que alcanza los 40 metros de altura, y es dotado de pequeñas flores blancas, mostró que cuenta con una abundancia de polinizadores sin paralelo entre las especies estudiadas. Mariposas, moscas, avispas, cascarudos, pájaros y al menos 15 diferentes especies de abejas, entre éstas la Apis mellifera y las de especies sin aguijón, visitan las flores del árbol. “Había representantes de los principales grupos de agentes polinizadores en la balata, con excepción de los murciélagos”, comenta la bióloga. Esta fuerte atracción probablemente es producto del fácil acceso a las recompensas alimentarias que ofrecen las flores de estos árboles, en los cuáles el néctar y el propio polen no se encuentran protegidos por estructuras de flores.

Pero si la abundancia de polinizadores de Manilkara huberi es una buena noticia, la eventual escasez de flores que serán fertilizadas preocupa. El equipo de Embrapa verificó que la masaranduba puede pasar hasta cuatro años sin florecer, probablemente debido a los cambios climáticos provocados por el fenómeno El Niño, que ocasiona el calentamiento anormal de las aguas superficiales del Pacífico Sur y altera el régimen de lluvias y las temperaturas en una parte del planeta.

El cumarú, de 30 a 35 metros de altura – de su fruto se extrae la cumarina, utilizada en la industria de cosméticos -, es otra especie que cuenta con una notable variedad de polinizadores. Al menos 25 especies de mariposas, avispas, coleópteros, colibríes y abejas de diversas familias, entre las cuales se encuentra la Epicharis , visitan sus flores y pueden cargar su polen. Al margen del néctar, las flores blancas con detalles violáceos ofrecen otro atractivo para los insectos y animales: son muy aromáticas, tal como lo da a entender el nombre científico de esta especie de árbol:Dipteryx odorata .

Para estudiar la polinización del guapinol o “jatobá” (Hymenaea courbaril), los biólogos tuvieron que pasar madrugadas enteras en la torre ubicada al lado de un ejemplar de esta especie, que llega a los 50 metros de altura. Por último, descubrieron que las flores del guapinol en la Amazonia solamente se abren una vez pasadas las 22 horas, lo que significa que las condiciones ideales de polinización se concentran durante las noches. Los noctámbulos murciélagos parecen constituir un importante grupo polinizador del guapinol.

El problema es que estos mamíferos alados destruyen sus flores, lo que las vuelve poco interesantes para los polinizadores diurnos, tales como las abejas. Una situación parecida se da con la flor lila del gallinazo o pata de elefante (Jacaranda copaia), buscado por varios grupos de abejas. Pero, en este caso, el papel de polinizadores malvados les cabe a una especie de abeja corpulenta, de unos 5 centímetros de largo (la Xylocopa frontalis ), y a algunas mariposas, que perforan las flores en busca de néctar.

Flores hermafroditas
La reproducción de los árboles parece ser sencilla, pero en algunas ocasiones surgen complicaciones. El polen se encuentra en la estructura masculina de las flores, y el estigma se encuentra en la parte femenina. Pero, a excepción de la andiroba o carapa (Carapa guianensis) y la tatayuba o bagasa (Bagassa guianensis), las otras cinco especies arbóreas estudiadas tienen flores hermafroditas, con estructuras reproductivas de ambos sexos – en otros términos: son masculinas y femeninas al mismo tiempo. Pero hermafroditismo no necesariamente quiere decir que en dichas especies se produzca la llamada autofecundación, que es cuando las células sexuales masculinas encuentran a sus correspondientes femeninas en la misma flor. “El polen de una flor hermafrodita de una masaranduba no logra fertilizar el estigma de la propia flor”, dice Márcia. “Y tampoco logra fertilizar a otras flores hermafroditas de la misma masaranduba”. El polen solamente es capaz de fecundar a las flores de otra masaranduba y en ese caso, únicamente cuando es transportado por un polinizador.

La situación de la andiroba, entretanto, que aparentemente es polinizada por abejas sin aguijón, coleópteros y mariposas, es diferente. Sus flores se denominan monoicas, que quiere decir que en la misma planta se encuentran ambos grupos de flores, las masculinas y las femeninas. Cuando comienza el período de florecimiento, que dura alrededor de cinco meses, la andiroba cuenta únicamente con flores masculinas, y posteriormente con flores de ambos sexos – pero nunca hermafroditas. Con todo, las flores de una misma andiroba, aunque sean de sexos diferentes, no logran fecundarse entre sí.

Pruebas preliminares han indicado que, para que se concrete la fecundación en dicha especie, el polen de una andiroba debe ser transportado hasta una flor femenina de otra andiroba. “A ejemplo de lo que sucede con los árboles tropicales dotados de flores hermafroditas, las especies arbóreas con flores monoicas parecen contar con mecanismos de protección de su diversidad genética que impiden la autofecundación”, explica Márcia. Los árboles que se fecundan con su propio polen tienden a perder su variabilidad genética y ponen en riesgo la supervivencia de la especie.

Los investigadores notaron una peculiaridad de las flores masculinas de la andiroba, que son ligeramente mayores que las femeninas, lo que puede dificultar el trabajo de los polinizadores. Durante el período de floración, éstas permanecen abiertas por menos de 24 horas, para posteriormente caerse del árbol. Los insectos que esparcen el polen de esta especie deben obrar rápidamente. De lo contrario, no hay fertilización.

Quizá sea la tatayuba – una especie relativamente rara en la región amazónica, que es de la misma familia que la higuera – la planta que presente el contexto reproductivo más complicado entre las variedades de estudiadas. Se trata de una especie dioica. Algunos ejemplares bagasa o tatayubas son árboles machos, y por tal razón tienen solamente flores masculinas. Otros son árboles hembras, y tienen tan solo flores femeninas. “Notamos que únicamente un tipo de insecto, que son los trips, visita estas flores, de aroma fuerte y dulce”, comenta Márcia. Los trips, o “lacerdinhas” son insectos de unos pocos milímetros, del orden Thysanoptera, cuya eficiencia en la polinización depende de un factor natural: el viento. Si éste existe en buena medida, muchos trips desembarcan en la tatayuba. Si sopla poco viento, dicho número se reduce bastante.

Y, para complicar las cosas, está la cuestión del sexo de los árboles. Marivana Borges Silva, investigadora de la Universidad Federal de Pará (UFPA), interviniente también en el proyecto, procura saber si la proporción de tatayubas macho y hembra es la misma. Algo que ya se ha verificado es que los conjuntos de flores (inflorescencias) masculinas e femeninas son distintos: las inflorescencias masculinas tienen forma de espiga, con flores sumamente sencillas, sin pétalos ni sépalos, que son las estructuras de protección de la base de las flores, mientras que las femeninas también son desnudas, y se asemejan a una pequeña pelota de golf. Pero los madereros, al aserrar árboles de esta especie, raramente prestan atención a estos detalles. Como resultado de ello, aún no se sabe con seguridad, pero la tatayuba puede encontrarse en riesgo de desaparecer, en particular en aquellas áreas en las que se verifica una intensa explotación maderera, producto a su vez del desequilibrio entre la proporción deplantas masculinas y femeninas.

Republicar