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Ecología

Entre el hombre y la naturaleza

El dilema entre preservación y desarrollo, una constante en la historia brasileña

ALBERTO CÉSAR ARAÚJO / AGENCIA ESTADOIncendios: problema desde la coloniaALBERTO CÉSAR ARAÚJO / AGENCIA ESTADO

El proyecto del nuevo Código Forestal, aprobado en agosto por la comisión especial de la Cámara de Diputados, será votado en el Congreso después de las elecciones, bajo las críticas de científicos y ambientalistas, para quienes su homologación causará graves impactos sobre la biodiversidad y en los servicios ecosistémicos, en razón de las reducciones significativas de las áreas de preservación permanentes (APP) y de la amnistía a los desmontes efectuados hasta 2008. La polémica ambiental más reciente tiene raíces antiguas: el dilema entre preservación de la naturaleza y desarrollo económico es un tema de discusión en el país desde la época colonial. Un poco posterior es la dificultad de establecer una colaboración entre el Estado y la sociedad para lograr una solución equilibrada. “En Brasil existe un patrón histórico: las preocupaciones con el medio ambiente en general han sido producto de la actuación de grupos de científicos e intelectuales y de funcionarios públicos que, en su inserción en el Ejecutivo, procuraron influir en las decisiones de los gobernantes en favor de la valoración de la naturaleza”, explica el historiador José Luiz de Andrade Franco, de la Universidad de Brasilia, autor de Proteção à natureza e identidade nacional no Brasil (Fiocruz).  “Por eso la marcha de las políticas de protección de la naturaleza siempre dependió más de las relaciones con los gobiernos y sólo secundariamente del eco que las personas preocupadas con las cuestiones ambientales tienen en la sociedad”, evalúa.

Fue así con el Código Forestal original, creado en 1934 por Getúlio Vargas, fruto de articulaciones de un grupo de investigadores del Museo Nacional de Río de Janeiro (MNRJ), que valiéndose de su influencia en los círculos del poder, defendió la intervención de un Estado fuerte para asegurar mediante leyes el equilibrio entre el progreso y el patrimonio natural. Esa legislación, que ponía límites al derecho de propiedad en nombre de la conservación, protegiendo áreas forestales, fue revisada en 1965 durante la dictadura militar. Por primera vez el código será revisado en una sociedad democrática y abierta al debate con la opinión pública. ¿Recogeremos mejores frutos que en el pasado? “Los protectores de la naturaleza de los años 1920-1940, que generaron la legislación, estaban a favor de un Estado fuerte, pero tenían propuestas de transformación social y ambiental bastante renovadoras. Los conservacionistas de los años 1960-1980 no estaban a la vanguardia del cuestionamiento político del régimen militar, pero tenían preocupaciones con la naturaleza aún muy distantes del itinerario político de la izquierda”, recuerda Franco. “Hoy en día los ambientalistas más preocupados con las cuestiones sociales tienen una postura bastante antropocéntrica, y dejan muchas veces cuestiones urgentísimas de la biodiversidad al margen”. Según el investigador, la sociedad y el Estado en Brasil son todavía hegemónicamente desarrollistas. “El éxito del ambientalismo a mediano y largo plazo radica en su capacidad de revertir esa disposición de promover el crecimiento económico a cualquier costo”. Para el investigador, no es de extrañarse que estos protectores de la naturaleza del pasado hayan sido casi olvidados en la fuerte corriente del desarrollismo que prevaleció en el país desde la década de 1940 en adelante. “Lo que sí sorprende es que hayan sido olvidados por los ambientalistas brasileños, ‘científicos’ y ‘sociais’, que a partir de los años 1980 emergieron como actores relevantes en la ciencia, en el activismo, en los medios de comunicación y en los movimientos sociales.”

Franco denomina a esos protectores “la segunda generación de conservacionistas” brasileños, intelectuales que, entre los años 1920 y 1940, le exigían al Ejecutivo el mantenimiento de un vínculo orgánico entre la naturaleza y la sociedad, porque, según afirmaban, la defensa de la naturaleza era una forma de construir nuestra nacionalidad. Eran en su mayoría científicos del MNRJ: Alberto José Sampaio (1881-1946), Armando Magalhães Correa (1889-1944), Cândido de Mello Leitão (1886-1948) y Carlos Frederico Hoehne (1882-1959). La tendencia de esos círculos intelectuales, como es característico en la historia ambiental nacional, fue integrarse al Estado para reclamarles a las autoridades por un comportamiento más racional de los agentes económicos privados. “Existía entre ellos la convicción de su responsabilidad en la construcción de la identidad nacional y en la organización de las instituciones del Estado”, sostiene Franco. La serie de códigos ambientales decretados por el gobierno de Vargas, sumada a la creación de los primeros parques nacionales, indica el relativo éxito que alcanzaron. “Creían que la intervención autoritaria de Vargas resolvería los conflictos y la competencia injusta. Así, pensaban ellos, un nuevo hombre conectaría a la naturaleza con los otros hombres”, analiza la historiadora Regina Horta Duarte, de la Universidad Federal de Minas Gerais, autora del artículo “Pájaros y científicos en Brasil”. Para poner en práctica sus teorías, crearon sociedades públicas de protección de la naturaleza: la Sociedad de Amigos de los Árboles, la Sociedad de Amigos del Museo Nacional y la Sociedad de Amigos de la Flora Brasílica, entre otras.

La iniciativa más ambiciosa de dichas organizaciones fue la Primera Conferencia Brasileña de Protección de la Naturaleza, realizada en 1934, con el apoyo del régimen varguista, que creara el Código Forestal, el Código de Caza y Pesca y la Ley de Expediciones Científicas. La Constitución de 1934 también incluía un artículo sobre el rol de gobierno federal y las gobernaciones estaduales en la protección de las “bellezas naturales”. El ciclo de conferencias se abrió con la lectura de “Naturaleza”, del poeta alemán Goethe. “Una evidencia de la importancia que los participantes le asignaban a la percepción estética del mundo natural. Según esta visión, la naturaleza debería ser admirada, cuidada y transformada en un jardín”, comenta Franco. “Pero esa influencia romántica nunca descartó la posibilidad del uso económico de la naturaleza y siempre era recordada la necesidad de renovar las fuentes agotadas. Aparte de ser un ‘jardín’, el mundo natural podía ser una industria. De allí las distintas propuestas de creación de ‘cunas de árboles’, que eran al mismo tiempo jardines y áreas de producción de madera en gran escala”. Los organizadores de la conferencia estaban actualizados sobre la acción de los protectores de la naturaleza en otros países. Conocían a fondo la experiencia norteamericana y el debate entre los preservacionistas de John Muir, que defendían la contemplación estética de la naturaleza, y los conservacionistas de Guif¬ford Pinchot, que creían en la explotación racional de los recursos naturales. Ambas corrientes tuvieron espacio durante la Presidencia de Theodore Roosevelt (1901-1909), lo que redundó en el crecimiento del Parque Yosemite y en la creación de varias reservas y cinco nuevos parques nacionales.

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Pero lo que dividía a los norteamericanos era un consenso en Brasil y no había ingenuidad en el grupo, pese a la combinación que hacían de romanticismo, ciencia y nacionalismo. “En aquel momento, los conceptos de protección, conservación y preservación eran intercambiables. Para los científicos, la naturaleza debería ser protegida, tanto como conjunto de recursos productivos para su explotación racional por parte de las generaciones futuras, como en su calidad de diversidad biológica, objeto de la ciencia y de la contemplación estética”. Argumentos utilitarios coexistían en armonía con los estéticos, y todo era parte de un proyecto mayor de unión de la naturaleza y la nacionalidad. “Las metáforas que emplearon para representar a la sociedad brasileña convergían con las imágenes del ideario político varguista”, sostiene Franco. “Esa forma de proteger a la naturaleza estaba en sintonía con el proyecto de Estado corporativista de Vargas, y esa convergencia ayudó a elevar el status institucional adquirido por una cantidad de propuestas relacionadas con la protección ambiental y con el control público y privado de los recursos naturales”, analiza el investigador. “Antes de la revolución de 1930, la descentralización política fortaleció el control a cargo de las elites regionales, incentivando la explotación extrema de los recursos naturales. La destrucción de los bosques se agravó con los ferrocarriles que, en la definición de Euclides da Cunha, eran ‘creadores de desiertos'”, sostiene el historiador José Augusto Pádua, de la Universidad Federal de Río de Janeiro y autor de Um sopro de destruição: pensamento político e crítica ambiental no Brasil escravista (Zahar).

En 1915, el jurista y filósofo Alberto Torres (1865-1917) advirtió sobre esa situación: “Los brasileños, todos, son extranjeros en su tierra, pues no aprenden a explotarla sin destruirla”. “Fue el primer brasileño en emplear el término conservación como se lo usaba en EE.UU., incluyéndolo en su propuesta de una nueva Constitución. Sus ideas apuntaban a influir sobre los científicos del MNRJ”, sostiene Franco. Pese al prestigio de intelectuales como Torres, las acciones políticas concretas fueron nulas. “Incluso con el apoyo del presidente Epitácio Pessoa, que confesaba su molestia por que Brasil era el único país de grandes selvas sin un Código Forestal, la legislación siguió siendo omisa”, recuerda Pádua. Es posible así imaginar el impacto de la acción de los protectores de la naturaleza cuando, pocos años después del código y pocos meses antes de la nueva Constitución de 1937, que elevó los bienes naturales a la categoría de patrimonio público, se decretó la creación del Parque Nacional de Itatiaia. La dictadura del Estado Novo crearía hasta 1939 otros dos parques: el de Serra dos Órgãos, en Río, y el de Iguaçu, en Paraná.

“Pero en los años siguientes la acción gubernamental para la preservación mostraría sus límites claros, con presupuestos ínfimos para órganos forestales, precariedad en las inspecciones y ausencia de una participación efectiva de la sociedad civil. La fundación de parques nacionales no privilegió ecosistemas de gran biodiversidad, sino áreas cercanas a los centros urbanos, como Itatiaia o Serra dos Órgãos, o estratégicas, como Iguaçu”, sostiene Regina Horta. “La preservación patrimonial era realmente importante en los proyectos del gobierno de Vargas. Pero más allá de su simbolismo cultural y político, la naturaleza, fuera de los parques, era principalmente vista como una fuente de riquezas explotables para el desarrollo económico, y los proyectos industrializadores se granjearon el compromiso del Estado Novo.”

“La ideología del crecimiento a cualquier costo siempre le retaceó importancia a los temas ambientales. Recién ahora tenemos una situación potencialmente nueva, con la unión de un Estado poderoso y una esfera pública más dinámica que puede crear una verdadera política de gestión sostenible de la naturaleza”, dice Pádua. Según el investigador, existe una continuidad de los problemas ambientales desde la colonia: quemas, deforestación y degradación de suelos y aguas. Pero, al mismo tiempo, ha habido mucha reflexión sobre esas cuestiones desde el siglo XVIII. Basta con recordar que en 1876 el ingeniero y líder abolicionista André Rebouças ya demandaba la creación de parques nacionales, pues “la generación actual no puede hacer mejor donación a las generaciones venideras que reservar intactas, libres de hierro y fuego, las bellas islas de Araguaia y de Paraná”. Para Rebouças, la razón de la incuria para con la naturaleza era la esclavitud, hipótesis también esgrimida el abolicionista Joaquim Nabuco, para quien era necesario un uso económico racional de la naturaleza brasileña. “Querían establecer una relación causal entre el esclavismo y las prácticas predatorias. La combinación entre la abundancia de trabajo cautivo, barato, y una frontera abierta a la ocupación de nuevas tierras habría estimulado una acción extensiva y descuidada de la producción rural, basada en el avance de las quemas, dejando tierras degradadas y abandonadas”, explica Pádua. Para estos intelectuales, la devastación ambiental no era el “precio del progreso”, sino el “precio del atraso”, producto de la permanencia de prácticas rudimentarias de explotación de la tierra.

En eso ambos eran herederos de la preocupación ambiental iluminista de José Bonifácio, un fisiócrata egresado de la Universidad de Coimbra, la primera institución que ya en el siglo XVIII formaba intelectuales que refutaban la explotación desmedida de los recursos naturales de la colonia. “La destrucción de montes vírgenes, en los cuales la naturaleza ofrendó con mano pródiga las más valiosas maderas del mundo, y sin causa, como se la ha hecho en Brasil, es una extravagancia insoportable, un crimen horrendo y un gran insulto. ¿Qué defensa esgrimiremos ante el tribunal de la Razón cuando nuestros nietos nos acusen por hechos tan culposos?”, escribió el futuro Patriarca de la Independencia en 1819. “Es necesario recordar la riqueza del debate intelectual sobre temas ecológicos en el país; y en algunos momentos, como en el siglo XIX, fue uno de los más intensos del mundo, pese a la pobreza de los resultados. Lo que ‘relativiza’ el rol de EE.UU. y de Europa en la génesis de la preocupación ambiental moderna”, explica Pádua. El análisis de la historia ambiental transforma la contribución de los intelectuales de los siglos XIX y mediados del siglo XX en algo sorprendentemente actual. “No eran ambientalistas en el sentido moderno, sino que incluían los temas de la destrucción del mundo natural en el debate sobre el futuro del país como un todo, relacionándolos con rasgos estructurales de la sociedad, como por ejemplo el esclavismo. Salvando las diferencias de contexto, eso es lo que necesitamos en la actualidad: incluir la dimensión ambiental en el centro del debate sobre el futuro de Brasil y el de la humanidad.”

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