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Tapa

Entre la malaria y las enfermedades emergentes

Científicos de São Paulo transforman a Rondônia en un puesto de avanzada para investigaciones de alto impacto social

eduardo cesarCarnadas humanas: practicantes de la USP capturan mosquitoseduardo cesar

La investigación de enfermedades tropicales vive un momento especial en Rondônia. Sí, aquel antiguo territorio federal fuertemente colonizado por migrantes del sur del país, en las décadas del 60 y del 70, elevado a la condición de estado hace solamente 21 años, está produciendo estudios de avanzada, cuando los temas son la malaria, la leishmaniosis y otras enfermedades, antiguas o emergentes, transmitidas al hombre por un ejército de insectos, mosquitos y garrapatas infectados por bacterias, virus y parásitos de todo tipo.

Fue, por ejemplo, a orillas del río Madeira, en Portochuelo, un distrito de Porto Velho situado a una hora de distancia en barco del área urbana de la capital de Rondônia, que investigadores del Instituto de Ciencias Biomédicas de la Universidad de São Paulo (ICB/ USP), que mantiene hace cinco años un núcleo avanzado de estudios en el interior del estado, y del Centro de Investigaciones en Medicina Tropical (Cepem), de Porto Velho, obtuvieron en 1999 la comprobación de una vieja sospecha sobre una característica de la malaria nacional que dificulta el control de dicha endemia.

Los científicos demostraron, de forma inequívoca, la existencia en el Amazonas de portadores asintomáticos del Plamodium vivax, protozoario que causa cerca del 80% de los casos de la enfermedad en Brasil -el otro 20% es provocado enmayor medida por el Plamodium falciparum, la especie más agresiva del parásito de la malaria o paludismo, que mata anualmente de 1 a 2 millones de personas, sobre todo niños, enÁfrica, y, en un porcentaje casi despreciable, por el Plamodium malariae.

La confirmación definitiva de que había -y hay- víctimas del P. vivax sin síntoma alguno de malaria fue obtenida con el empleo de un método molecular más preciso que la prueba vulgar de laboratorio usada para hacer el diagnóstico de la enfermedad: la técnica de PCR (reacción en cadena de la polimerasa), que amplifica el ADN de los parásitos y permite la identificación de la especie a que pertenecen los protozoarios vivos presentes en la sangre de los enfermos, aún en cantidades mínimas. El trabajo repercutió internacionalmente y rindió un artículo científico publicado en la revista inglesa Lancet, una de las más renombradas publicaciones médicas del mundo.

La localización de casos asintomáticos de malaria en Rondônia constituye quizás el mayor hecho científico de los dos centros de investigación instalados en ese estado, que realizan estudios de manera conjunta y por separado. Pero no el único. El núcleo amazónico del ICB mostró grandes evidencias de la existencia de una especie de protozoarios aún desconocida del género Leishmania que sería un nuevo agente causante de la leishmaniosis tegumentaria americana (LTA), enfermedad infecciosa que ataca la piel y las mucosas de 28 mil brasileños anualmente, de norte a sur del país.

En Monte Negro, municipio situado 250 kilómetros al sur de Porto Velho, donde funciona la base del ICB, los investigadores también constataron una altísima incidencia, una de las mayores del mundo, de una enfermedad de la piel poco diagnosticada, la cromoblastomicosis, e identificaron un nuevo tipo de garrapata, del género Amblyomma, encontrada en animales terrestres, sobre todo en antas o tapires (Tapir terrestris), que puede transmitir al hombre alguna enfermedad. “En Rondonia, casi todo es nuevo y hay mucho que investigar”, dice Erney Plessmann de Camargo, de 66 años, ex profesor titular del ICB, recientemente nombrado director del Instituto Butantan y coordinador de un proyecto cuyo objetivo es registrar la fauna de garrapatas en Rondônia y verificar si prevalecen tres géneros de bacterias potencialmente patógenas, Rickettsia, Borrelia y Ehrlichia, en esos artrópodos.

Plessmann es coautor del artículo sobre el descubrimiento de portadores asintomáticos del plasmodio de la malaria en Rondônia, junto con Fabiana Alves (ICB) y Luiz Hildebrando Pereira da Silva, director científico del Cepem y autoridad mundial en enfermedades tropicales. Luis Hildebrando, ex director de dos departamentos del Instituto Pasteur de Francia es posiblemente el principal responsable porque Rondônia haya entrado en el mapa de la investigación brasileña. “Creemos que esas personas asintomáticas presentan inmunidad a la malaria y sirven como depositarios de la enfermedad”, dice el veterano parasitólogo, con más de cuatro décadas dedicadas a la ciencia.

En la visión de los especialistas del ICB y del Cepem, identificar y tratar a los portadores asintomáticos de P. vivax es importante tanto para detener el avance de la malaria como para poner en práctica las medidas tradicionales de control de esa endemia: combatir al agente transmisor, el llamado vector (en Brasil, las hembras del mosquito Anopheles darlingi infectadas con el plasmodio), y medicar lo más rápidamente posible a los casos sintomáticos.

Estudiar a los portadores asintomáticos es también una forma de entender los mecanismos involucrados en la aparente inmunización natural adquirida por esas personas, lo que puede ser útil para el desarrollo de una vacuna contra la malaria por P. vivax, un sueño distante por lo menos una década, en la opinión de Luiz Hildebrando. “La mayoría de las investigaciones de vacunas contra la malaria trabaja con los casos de infección causada por el P. falciparum“, dice Hildebrando. El genoma del falciparum, por otra parte, fue recientemente secuenciado por un consorcio internacional de laboratorios.

En una intervención piloto en términos de la Amazonia, investigadores del Cepem deben iniciar en este mes la identificación y el tratamiento de casos asintomáticos de malaria en Vila Candelaria, barrio de Porto Velho, y ubicado también a orillas del río Madeira, solo que mucho más cerca de la ciudad que el distrito de Portochuelo. La comunidad de la ribera de Candelaria, por donde pasaban los rieles del mítica ferrocarril Madeira-Mamoré, se encuentra situada a diez minutos en automóvil de la parte asfaltada de la capital rondoniense -un municipio con 330 mil habitantes, diseminados en un área de planicie de más de 34 mil kilómetros cuadrados, 20 veces mayor que la ciudad de São Paulo- y que es frecuentada los fines de semana por una población flotante de visitantes veraniegos provenientes de la zona de Porto Velho más urbanizada.

Los médicos hacen la diferencia
En la villa, en donde viven 260 habitantes fijos, los estudios del Cepem muestran que el 30% de los moradores cargan el P. vivax en la sangre, pero no tienen los síntomas de la malaria (fiebre de hasta 40 grados y sudor constante, de dos a cuatro horas), sin contar los 40% que tienen las dos cosas, el plasmodio y las manifestaciones clínicas. “El tratar a los asintomáticos puede cambiar el destino de la malaria”, dice el paulista Mauro Shugiro Tada, médico jefe del Cepem. Tada se mudó hace 17 años a Rondônia con la idea de investigar enfermedades tropicales en un centro, germen de su actual local de trabajo, en Costa Marques, en la frontera con Bolivia, en donde, según dice, “hasta los árboles de papaya tenían malaria”.

Hablar de malaria en Brasil es, a decir verdad, hablar de malaria en la Amazonia, una región que concentra más del 99% de los casos de la enfermedad en el país. En 2001, según datos parciales de la Fundación Nacional de la Salud (Funasa), hubo en el país 340 mil casos de malaria y 85 muertes. En Rondônia, el número de registros alcanzó la cifra de los 50 mil. En 2000, el número de enfermos en todo el país llegaba a 610 mil, con 240 muertes. Por muy malo que sea el sistema de salud brasileño -y en la Amazonia es peor aún que en las otras regiones del país-, la realidad brasileña aún es nítidamente mejor que la africana, lo que palia el peso de las endemias en la región.

“Nuestra malaria grave es diferente a la africana”, dice Luiz Hildebrando, que ya sufrió la enfermedad en Senegal y es portador del Trypanosoma cruzi, pero no sufre del mal de Chagas. “Allá la atención médica es mucho peor y los niños son las víctimas preferidas del falciparum, que con frecuencia provoca complicaciones cerebrales y la muerte. Acá quienes contrae malaria grave son los adultos, generalmente agricultores, buscadores de metales y piedras preciosas o gente que vive en las márgenes del río, y los problemas cerebrales son raros”. Hay pocos médicos en las áreas rurales del Amazonas, pero, andandoalgunos kilómetros, es posible que un enfermo encuentre alguna atención mínimamente capacitada, dice el científico. En África, el caminar generalmente no conduce a nada.

Casi todos los meses, pese a sus compromisos en São Paulo, Erney Plessmann va la Amazonia. “Estamos en Rondônia con el espíritu de centinela, para acompañar a enfermedades antiguas, emergentes y re-emergentes”, resume. “Nunca se sabe cuándo puede aparecer algo diferente, como un caso de ébola”. Hasta ahora, no hay relatos confirmados de víctimas del misterioso virus, que provoca una fiebre hemorrágica capaz de matar al paciente en días. Los investigadores de la USP y del Cepem no actúan en Rondônia con el propósito específico de buscar casos de ébola. Pero, como el hábitat natural del virus son las selvas africanas y asiáticas, tiene sentido pensar que su existencia pueda extenderse a Brasil, a las selvas tropicales del país. Por lo tanto, como los boys scouts, ellos tienen que estar siempre alertas.

Exponiéndose a los mosquitos
Aun cuando no puede viajar, Plessmann sabe que el proyecto de las garrapatas está en buenas manos: en las de su hijo, Luís Marcelo Aranha Camargo, de 40 años y coordinador del Núcleo Avanzado de Investigación del ICB. Con dos malarias en su currículum -Monte Negro tiene una alta incidencia tanto en la malaria como en la leishmaniosis tegumentaria americana-, Camargo permanece la mayor parte del año en Rondônia. Vuelve São Paulo para dar clases y orientar a sus alumnos, en promedio, cada 45 días. En la ciudad de 12 mil habitantes, donde la falta de luz y el teléfono mudo no es ninguna novedad, una de sus tareas es coordinar un trabajo sistemático de captura de vectores de enfermedades: mosquitos y garrapatas. Muchas veces, en la búsqueda de un mosquito, se usan las llamadas carnadas humanas: se ofrece al insecto la suculenta pierna descubierta de un funcionario o practicante. El método lleva aparejado el riesgo de una picada, pero da resultado. El ICB ya ha capturado más de 80 mil mosquitosy,mediante otras técnicas, 10 mil garrapatas.

Fue en colectas de vectores en la selva que el equipo de Camargo capturó ejemplares del candidato a la nueva especie de garrapata, notablemente parecida con la Amblyomma incisum. Los investigadores del ICB buscan evidencias de que las garrapatas, además de los mosquitos, son transmisores aún poco estudiados de una serie de enfermedades -antiguas o emergentes- a los animales y a los seres humanos. En muchos casos, esa relación aún no está clara. En otros, la misma ya es conocida. Ése es el caso de la fiebre maculosa, causada por la bacteria Rickettsia rickettsii, transmitida al hombre por la garrapata estrella (Amblyomma cayennensis), común en caballos y en otros animales silvestres. Y quienes piensan que la enfermedad está presente solamente en la Amazonia se engañan. La fiebre maculosa es una endemia tanto en áreas de la ciudad São Paulo como en la región de Campinas, en donde ya ha provocado muertes.

Además de la candidata a la nueva garrapata, el equipo permanente de Camargo en Monte Negro y Jeffrey Shaw, investigador con base en la sede paulista del ICB, también identificaron en pacientes de leishmaniosis tegumentaria americana lo que parece ser una especie aún no descrita en la literatura científica del parásito que causa la enfermedad. Hasta ahora, se sabe que seis especies de protozoarios del género Leishmania, transmitidos al hombre por mosquitos del género Lutzomyia, desencadenan en Brasil la infección de la piel en las personas: Leishmania braziliensis, L. amazonensis y L. guyanensis (las tres más importantes), y L. lainsoni, L. naiffi y L. shawi.

“Tenemosfuertes evidencias de que descubrimos una séptima especie del parásito que también causa la leishmaniosis tegumentaria”, dice Camargo. En sus estudios sobre la enfermedad, el jefe del núcleo de amazonas del ICB también cuenta con el auxilio del médico Sérgio Basano, su director de tesis en la maestría que realizó en la USP y uno de los miembros del equipo del instituto en Rondônia, que dispone de dos laboratorios y una pequeña área rural para investigaciones de campo.

También en Monte Negro, los investigadores constataron una altísima incidencia de una casi desconocida enfermedad de la piel causada por hongos encontrados en restos de animales y residuos de materia orgánica de la floresta, la cromoblastomicosis, poco diagnosticada por ser muchas veces confundida con la leishmaniosis tegumentaria americana, que causa heridas en la piel. Entre los habitantes de la ciudad, fueron identificados diez casos de la enfermedad, que también provoca heridas en la piel, entre 1997 y 2001. “Eso da una tasa de incidencia anual de 1,6 casos de la enfermedad por cada 10 mil habitantes, la mayor del mundo, y sugiere que la cromoblastomicosis sería de gran prevalencia también en los municipios vecinos”, dice Camargo. El país que exhibe el mayor índice de cromoblastomicosis es Madagascar, con 1,2 casos por cada 10 mil habitantes.

Para estudiar las enfermedades tropicales, los científicos, obviamente, necesitan tener acceso directo a casos de esas enfermedades. En Porto Velho, muchos enfermos, cuando sienten una fiebre más fuerte, que puede ser un síntoma indicativo de malaria, buscan espontáneamente los servicios del Cepem, en Porto Velho. El año pasado, 18 mil personas hicieron allí el examen para ver si tenían la enfermedad. Siete mil tenían malaria. En las otras once mil personas, el diagnóstico fue no conclusivo -las pruebas de laboratorios no consiguieron establecer la causa del problema, un indicio de que existe un campo fértil para quienes desean estudiar nuevas enfermedades en Rondônia.

En la pequeña Monte Negro, la población también ya se ha acostumbrado con la presencia permanente de investigadores del ICB/USP y de otras universidades, que les brindan regularmente atención médica, auxiliando al poder público local en la tarea de cuidar a sus habitantes. Pero no siempre los pacientes logran ir al encuentro de los investigadores. Los estudiosos del Cepem y el ICB tienen entonces que ir regularmente al campo, visitando las áreas de más difícil acceso. Aunque en muchos viajes, los investigadores, en lugar de encontrar una enfermedad rara, no hagan nada más que una buena medicina general con las poblaciones más necesitadas -algo raro en las regiones más pobres de la Amazonia. Rondônia, que no mantiene ningún curso superior de medicina, cuenta, por ejemplo, con un médico por cada 2.200 habitantes, aproximadamente.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda por lo menos un médico por cada mil personas. São Paulo tiene un médico por cada 500 habitantes. “La situación de la malaria y de la salud en general en Rondônia estaría mucho mejor, solamente con el aumento en la cantidad de médicos en el estado, elevándose a una cifra aproximada de más o menos un profesional por cada 1.000 ó 1.500 habitantes”, dice Luiz Hildebrando. Por eso, el hecho de dar atención a las comunidades rurales, además de ser una fuente de subsidios para los estudios científicos, es encarado como un deber ético por los investigadores.

Una jornada en el campo puede ser más o menos así: Alrededor de las 8:30 a.m., el médicoRui Durlacher, un paulistano (de la ciudad de São Paulo) de 34 años, y la enfermera Jussara Brito, de Río Grande do Sul, de la misma edad, suben a la camioneta del Cepem, que ocupa una antigua ala del Centro de Medicina Tropical de Rondônia (Cemetron), uno de los hospitales del estado, en la periferia de Porto Velho. A esa hora, ya hay un movimiento de personas febriles en busca de un servicio que solamente allí funciona, noche y día, todos los días del año: pinchar el dedo y extraer una gota de sangre, lo que indica si hay un caso más de malaria, dengue o quién sabe qué. Pero no son esos los pacientes que llevan a ese dúo a acomodarse en el coche mientras el chofer arranca.

Los martes y los jueves, Durlacher y Jussara van al municipio de Candeias, específicamente al distrito rural de Triunfo, de 2.700 habitantes, la mayoría de los cuales ha padecido malaria incontables veces, sin mencionar otros problemas de salud. El viaje dura cerca de una hora y media, con rápidas paradas en el modesto puesto de salud de Candeias -no hay hospital ni siquiera en la sede del municipio, de 13 mil habitantes, incluidos los de Triunfo- y en una oficina de la Funasa al borde de la carretera BR 364. Hasta su destino final, son recorridos 110 kilómetros, 80 en la carretera federal, bastante bien conservada en ese tramo, y 30 en una vecinal de tierra, llamada, en el lenguaje de la región, línea.

Dice el mineiro (de Minas Gerais) Antonio Eusébio da Silva, administrador del núcleo urbano de Triunfo, con 42 años y cuatro malarias: “La salud de Triunfo se llama Cepem y doctor Rui. Si ellos se van, estamos perdidos”. Durlacher explica que el distrito, no obstante a albergar menos de un cuarto de la población de Candeias, llegó a responder, hace algunos años, por casi la mitad de los casos de malaria del municipio. Actualmente hay moradores sin la enfermedad desde hace más de dos años.

En el núcleo, Durlacher y Jussara pasan por el puesto de salud local. Hablan con los empleados, atienden pacientes y suben la camioneta rumbo a las líneas menores de Triunfo, caminos vecinales más estrechos y con baches que desembocan en las comunidades más alejadas. En un día productivo, visitan por lo menos seis casas, para seguir de cerca la evolución de los variados cuadros clínicos. Se ocupan de cualquier problema de salud que surja por delante: hipertensión en ancianos, desnutrición y diarrea en niños, la evolución de un embarazo, un bebé que tomó sol en exceso y sufrió quemaduras. Y, claro, la ocurrencia de casos de malaria, el caballo de batalla de los estudios del Cepem, y otras enfermedades infecciosas. “No escogemos al paciente”, comenta Jussara, al mejor estilo clínico general.

Al caer la tarde, ya a la hora de regresar a la base, no es raro que los investigadores se encuentren con una escena similar a la de la foto que abre este reportaje: niños y adultos refrescándose inocentemente en un arroyo o laguna. Precisamente a esa hora, al final del día, y en esos lugares, a orillas de los ríos, el mosquito transmisor de la malaria en Amazonia, el Anofeles darlingi, sale a picar a sus víctimas. Es probable que paños rojos sean en breve colocados en la casa de los otrora alegres bañistas, una señal utilizada por los habitantes para informar a los motociclistas de la alcaldía, que periódicamente pasan por allí, que hay gente con fiebre alta y sospechas de malaria en aquella casa, que necesita hacer un examen de sangre con urgencia.

eduardo CesarLuiz Hildebrando: rigor científico admirable, visión social y humor refinadoeduardo Cesar

El científico que cambió el Sena por el Madeira

Cuando dejó atrás una brillante carrera de 32 años en suelo francés y su último cargo en el Instituto Pasteur de París, como jefe de la unidad de Parasitología Experimental, Luiz Hildebrando Pereira da Silva –el profesor Hildebrando, como es comúnmente llamado– inició su tan soñado regreso a su país natal con el propósito de estudiar con prioridad, aspectos moleculares, clínicos y epidemiológicos de complicaciones consecuentes de casos graves de malaria, aquellos causados por el P. falciparum.

En 1997, por entonces cerca de los 70 años, aceleró su jubilación en el Pasteur y se presentó a concurso para profesor titular del ICB/USP. Pasó el concurso y, en vez de trabajar en uno de los campi de la Universidad situados en el estado de São Paulo, se instaló en Porto Velho. Al fin y al cabo, al inicio de los años 90, Rondônia, que tiene 1,2 millones de habitantes (menos del 1% de la población brasileña), tenía un perfil atractivo para trabajos con malaria –concentraba la mitad de los casos del país, entre 250 y 300 mil casos por año. Un cuarto de los casos de las tres Américas.

Hoy, cinco años después de cambiar las márgenes del río Sena por las del Madeira, ya jubilado de la USP, pero activo en el Cepem, Luiz Hildebrando, cuyos estudios sobre la malaria son en parte financiados por la FAPESP, no consiguió lograr totalmente su objetivo. Sucede que los casos de malaria por P. falciparum en Rondônia, cerca del 20% del total de casos del estado, son raros en  el área de actuación del Cepem. O mejor dicho,  las complicaciones como consecuencias de casos graves de malaria son raras.

En un universo de 1.500 casos de la enfermedad como consecuencia de la acción del P. falciparum que pasaron por las manos de los investigadores del Cepem en un período de dos años, solamente dos pacientes acabaron presentando complicaciones graves con causa de la enfermedad. La moraleja de la historia es: la simple presencia de equipos del Cepem dispuestos a entender las particularidades de la malaria nacional –y bien capacitados para diagnosticar y tratar la enfermedad, interviniendo rápidamente en los casos más graves que pueden llevar a la muerte o provocar secuelas– hizo disminuir el objeto de estudio del parasitólogo.

Comunista de convicciones y científico comprometido, Luiz Hildebrando, un paulista de Santos casi tan francés como brasileño, está lejos de ser un científico común. Comenzando por su edad, 73 años. En esa altura de la vida, las personas piensan más en la jubilación que en trabajar, pero el profesor Hildebrando, que aparenta tener unos diez años  menos, casi siempre trabaja los fines de semana en el Cepem.

En verdad, Hildebrando ya está oficialmente jubilado. Tres veces, dicho sea de paso. Una en Francia, en el Instituto Pasteur, en 1997, después de tres décadas de servicios prestados. Y dos en Brasil, ambas en la USP: la primera en 1980, en un acto administrativo que fue una especie de desagravio por haber sido apartado dos veces de la Universidad durante la dictadura militar, y la segunda en 1998, un año después de haber regresado a la USP, por la vía de un concurso para profesor titular, cuando arribó a la edad máxima de un servidor público, 70 años.

Antes de que alguien piense que el gran parasitólogo es un maharajá del servicio público, conviene informar que la última jubilación, que fue por edad, le rinde cerca de 30 reales mensuales. “Pero alcanza para tener una buena vida e ir una vez al año a Francia”, dice Luiz Hildebrando, quien, por su trabajo en el Cepem, es remunerado con una beca de investigador visitante del Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (CNPq). ¿Por qué ir para  Francia si ya estuvo tanto tiempo al lado de la torre Eiffel? Pues bien, su mujer y la mayoría de los hijos (y nietos) viven allá, y el científico los ve solamente durante tres meses al año –los otros nueve meses los pasa en Porto Velho estudiando la malaria y otras enfermedades tropicales. “En el futuro, aumentaré progresivamente los meses de permanencia en Francia y disminuiré el tiempo de mi estancia en Brasil”, dice el investigador, que recientemente lanzó su segundo libro de memorias, Crônicas de Nossa Época (Editora Paz e Terra).

Si su predicción se concreta, sus colegas del Cepem sentirán su ausencia. Todos lo admiran. El profesor Hildebrando es del tipo de investigador que, con su innegable aptitud técnica y su carisma para formar y liderar grupos, es difícil de ser reemplazado. Aunque a veces su rigor científico pueda parecer demasiado europeo para los brasileños, un pueblo amante de arreglos y artimañas, y para los latinos en general. “Si no se va a hacer de la manera que el profesor Hildebrando quiere, siguiendo el método científico, es mejor no hacerlo”, comenta el médico Juan Abel Rodrigues, de 26 años, boliviano de Cochabamba, que realiza su maestría en el Cepem con beca de la Capes. “Pero es eso lo que más me gusta de él”. Ah, el profesor también tiene, a su manera, sentido del humor. A finales de enero, al día siguiente de la victoria por 6 a 0 de la selección brasileña de fútbol contra Bolivia, en un cotejo disputado en Goiânia, le dijo a Juan que Bolivia era campeona mundial de fútbol. Del fútbol que se juega a 3 mil metros de altitud, que se entienda bien. Una referencia al hecho de que la selección de Juan solo domina bien la pelota cuando el partido se desarrolla en las ciudades bolivianas de elevada altitud, lo que provoca malestares a los equipos adversarios.

Descifran el genoma del causante de la malaria grave

Fueron necesarios seis años de trabajo y 20 millones de dólares para descifrar el genoma de una de las cuatro especies de plasmodio que provocan la malaria. En febrero, investigadores ingleses del Sanger Centre y los estadounidenses del Instituto para la Investigación Genómica (Tigr) concluyeron el secuenciamiento del genoma del Plasmodium falciparum, causante de la mayoría y de los más graves casos de malaria en el mundo, el 90% de los cuales están concentrados en África (de 1 a 2 millones de muertes al año, sobre todo niños). Para un protozoario ­–de apenas una célula–, el P. facilparum exhibe un código genético complejo, más parecido con el genoma de un animal que con el de una bacteria. Los 25 millones de pares de bases de su ADN contienen 5.600 genes, un sexto de la cantidad encontrada en el hombre. El estudio de las funciones de esos genes y de las proteínas por ellos producidas puede ser vital para la investigación de nuevos medicamentos contra la enfermedad.  En Brasil, hay tres agentes causantes de la enfermedad: el P. vivax (80% de los casos), el P. malariae (menos del 1%) y el propio P. falciparum (alrededor del 20%). El P. falciparum es transmitido al hombre en África principalmente por el mosquito Anopheles gambiae, erradicado de Brasil, cuyo genoma está siendo secuenciado por un consorcio internacional de laboratorios, entre los cuales se encuentra la red Onsa (Organización para el Secuenciamiento y Análisis de Nucleótidos), estructurada por la FAPESP.

Los proyectos
1. 
Registro de la Fauna de Garrapatas de Rondônia y Determinación de la Prevalencia de la Rickettsia, la Erlichia y la Borrelia en esos artrópodos (99/08589-4); Modalidad: Proyecto temático; Coordinador: Erney Felício Plessmann Camargo – ICB/USP; Inversión: R$ 410.079,07
2. Antígenos Variantes de Plasmodium Falciparum: Participación en el Fenómeno de Citoadherencia y Repercusiones en la Patogenia de la Malaria grave (98/12107-2); Modalidad: Línea regular de auxilio a la investigación; Coordinador: Luiz Hildebrando Pereira da Silva – ICB/USP; Inversión: R$ 392.269,81

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