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Paleontología

Hojas de piedras

Hace 290 millones de años, helechos gigantes dominaron el paisaje del territorio donde actualmente es el estado Tocantins

Llanuras imponentes brotan del suelo, aquí y más adelante, interrumpen el paisaje verde del municipio de Filadelfia, en el norte del estado de Tocantins. Allí, donde las aguas oscuras do río Tocantins comienzan a bañar Marahnão, creando playas muy buscadas por los bañistas, los árboles tortuosos de la sabana ora le ceden espacio a los arbustos más encogidos y resecos de la vegetación agreste del nordeste, ora desaparecen entre la vegetación exuberante de la Selva Amazónica. Desde hace tiempo ese punto de encuentro de tres de los principales ecosistemas del país llama la atención por la variedad singular de plantas y animales que reúne. Más recientemente volvió a atraer el interés de investigadores brasileños por conservar marcas de un pasado distante del planeta.

En un área de Filadelfia equivalente a 32 mil campos de fútbol se esparcen piedras bastante preciosas: son tallos y hojas petrificadas de helechos gigantes que dominaron el paisaje de la región cerca de 290 millones de años atrás. ¿Qué revelan? Que esa región sobre la cual hoy crecen arbustos y árboles dispersos ya abrigó un paisaje mucho más homogéneo. El inicio del período geológico Pérmico, que duró de 295 millones a 250 millones de años atrás, esas tierras fueron cubiertas por una vasta selva de helechos que tenían la dimensión de árboles – tallos de hasta 1 metro de diámetro y 15 metros de altura – y se parecían a los actuales “samambaiaçus” o helecho de tronco (Dicksonia sellowiana), plantas del Bosque Atlántico de tallo fibroso y hojas en forma de encaje que no sobrepasan los 2 metros. Además de esos helechos, el primer grupo de plantas que desarrolló vasos para el transporte de agua y nutrientes, esa selva primitiva también abrigaba árboles semejantes a pinos y araucarias, pero en menor proporción.

Un paseo por los alrededores de ese municipio de apenas 8.500 habitantes deja evidente la riqueza de fósiles de Filadelfia: fácilmente se encuentran tallos partidos como columnas que se quebraron al caer y un fino cascajo marrón ceniciento formado por pedazos de hojas petrificadas que aún conservan el encaje típico de los helechos de tronco. “Es difícil caminar por allí sin pisar en un fósil”, afirma el geólogo Dimas Dias-Brito, de la Universidad Estadual Paulista (Unesp) de Río Claro, en São Paulo, que hace dos años viene articulando el trabajo cartográfico de la región y de investigación de sus fósiles en alianza con colaboradores de la Unesp, de la Universidad Federal de Tocantins (UFT) y del Museo de la Naturaleza de Chemnitz, en Alemania.

El análisis inicial de los fósiles ya permite clasificar esa selva fósil – denominada Selva  Petrificada del Tocantins Septentrional y definida en el 2000 como unidad de protección integral – como una de las más importantes del mundo. El motivo es que ella puede revelar como era aquella vegetación en el Permiano. Se cree que, en ese período en que los bloques que forman los actuales continentes estaban fundidos en el supercontinente Pangea, una flora continua cubría la América del Sur, a Australia, el África, la India y la Antártida – además de ésta, habrían otras tres floras: en China, en la Siberia y una última en Europa y América del Norte.

Los fósiles estudiados por el equipo de Río Claro, sin embargo, sugieren que la división entre esas cuatro floras puede ser diferente de la que se imaginaba. Aunque se  esperase que la vegetación primitiva de Paraná fuese semejante a la de Tocantins, una evaluación inicial sugiere que los fósiles de Filadelfia son más parecidos con los ejemplares de la flora que cubrió a Europa, encontrados en Chemnitz. “Aún no sabemos explicar las diferencias entre las dos paleofloras del Brasil, toda vez que no hay evidencias de barreras físicas separándolas en el Permiano, lo que justificaría que se hubieran tornado tan distintas”, dice la paleobotánica Rosemarie Rohn Davies, del equipo de la Unesp, que, con Tatiane Tavares, trabaja  en la clasificación de las especies encontradas en Filadelfia.

Dimensiones del pasado
Una de las razones que tornan a los fósiles de Tocantins tan especiales para los investigadores es que el proceso  de fosilización preservó la estructura tridimensional de hojas, tallos y raíces de los helechos, algo raro. El resultado es muy diferente de los fósiles más comunes, generalmente con estructuras achatadas o correspondiendo a moldes o impresiones que los seres vivos dejaron en las rocas. “En los fósiles de Filadelfia se puede reconocer muy bien los contornos originales de las células”, dice Rosemarie.

En la intención de reconstruir con más precisión el ambiente de esa selva durante el Permiano, Robson Capretz, alumno de doctorado de Rosemarie, estudia la disposición de los troncos fosilizados en Filadelfia. La posición en que muchos de ellos fueron encontrados – alineados en una misma dirección – sugiere que hayan sido transportados por los ríos que bañaban la región. Son datos que pueden contribuir a que se entienda la dinámica del ambiente, algo sobre lo que se sabe muy poco.

Investigación es solamente una parte de lo que ocurre por allí. Una sociedad entre las instituciones científicas y el órgano ambiental del gobierno de Tocantins, el Instituto Naturaleza de Tocantins, viene preparando a los habitantes para ayudar en la preservación del área. Según el geólogo Ricardo Dias, de la UFT, ese es el embrión de una estructura que será responsable de fiscalizar los sitios fosilíferos y deberá incluir a un centro de visitantes y de entrenamiento para la formación de gestores de conservación.

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