Mi gusto por las plantas lo heredé de las mujeres de mi familia. Nací y me crie en Río de Janeiro. Mi abuela era indígena y tanto ella como mi mamá poseían un vasto conocimiento sobre el cultivo de plantas y el uso de hierbas medicinales.
Cuando llegó el momento de elegir una carrera universitaria, la biología fue una elección natural. Ingresé en la carrera de ciencias biológicas de la Universidade Gama Filho en 1982, pero ante las dificultades para afrontar los costos de la educación superior privada, ese mismo año conseguí el traspaso a la Universidad Federal de Viçosa, en Minas Gerais.
Fue allí donde comprendí que el estudio de los procesos biológicos de las plantas puede optimizar la agricultura, y así me enamoré de la botánica aplicada. En mi trabajo final de grado, analicé la biología de la polinización de las flores de la especie Crotalaria anagyroides H. B. K., conocida popularmente como cascabelillo. Al igual que otras especies del mismo género, es tóxica, pero puede utilizarse como abono ecológico y ayudar a controlar los nematodos [gusanos] y las malezas.
Tres años después de graduarme, en 1989, me mudé a Dourados, en Mato Grosso do Sul, en busca de oportunidades profesionales. Ansiaba poder ayudar a mi familia en Río de Janeiro, que, tras la muerte de mi papá, en 1983, vivía pasando dificultades.
Además, mi novio, a quien conocí cuando era una estudiante en Viçosa, estaba viviendo en Ponta Porã [Mato Grosso do Sul], una ciudad cercana a Dourados. Él es agrónomo. Poco después de mi mudanza a Mato Grosso do Sul nos casamos y seguimos juntos hasta ahora. Durante los primeros años trabajé como docente de biología en la enseñanza básica, pero mi sueño era trabajar en la universidad.
Fue durante la maestría en agronomía que inicié mis investigaciones sobre la relación entre los insectos y las plantas. En mi tesina de maestría, que defendí en 1997 en la Universidad Federal de Mato Grosso do Sul [UFMS], analicé la interacción entre los insectos y las flores de Brassica napus L., más conocida como canola o colza.
En 2000, pese a que estaba criando dos hijos pequeños, de 9 y 7 años, empecé el doctorado en ciencias biológicas en la Unesp [Universidade Estadual Paulista], en su campus de Botucatu. Hice la caracterización de la morfología y anatomía de los órganos vegetativos ‒raíces, tallos y hojas‒ de Pfaffia glomerata, popularmente conocida como ginseng brasileño. Se trata de una planta con un amplio historial de uso por parte de los pueblos indígenas y en la medicina popular, además de poseer un potencial farmacéutico ya demostrado. En 2003, un año antes de concluir el doctorado, nació mi tercer hijo.
Mi sueño de convertirme en profesora universitaria se concretó en 2006, cuando aprobé un concurso en la Facultad de Ciencias Biológicas y Ambientales de la Universidad Federal del Gran Dourados [FCBA-UFGD]. Las investigaciones y colaboraciones en la universidad me abrieron nuevos caminos de intercambio y aprendizaje. Uno de ellos me condujo hasta el asentamiento Itamarati, creado en 2002 y actualmente considerado uno de los más grandes de América Latina.
Con una superficie de aproximadamente 50.000 hectáreas, Itamarati se encuentra en Ponta Porã, en la frontera con Paraguay. En 2017, vislumbré en el convenio firmado entre esta comunidad, el municipio y la universidad una oportunidad para llevar al campo mis conocimientos de botánica aplicados a la agricultura.
A partir de reuniones y rondas de conversación con grupos de agricultores del asentamiento y responsables de gestión del municipio, surgió el proyecto de extensión Centro de Desarrollo Rural: Red de Soluciones Sostenibles, el CDR. La iniciativa cuenta con la colaboración de investigadores de la UFGD, y está alineada con los Objetivos de Desarrollo Sostenible [ODS] de la Agenda 2030 de la Organización de las Naciones Unidas [ONU].
El asentamiento Itamarati alberga alrededor de 2.800 familias, que en conjunto suman casi 17.000 personas, que se dedican a la producción de alimentos, y cultivan desde hortalizas hasta frijoles, maíz y soja. Todo ello tanto para su subsistencia como para la venta del excedente.

Archivo pessoalLa investigadora y el agricultor João do Prado, habitante de la comunidadArchivo pessoal
Cuando comenzamos con el proyecto, la comunidad ya albergaba el anhelo de restringir el uso de pesticidas químicos. Fue entonces que les propuse adoptar bioinsecticidas. En 2019 comenzamos a visitar a los agricultores y las escuelas de la región, para tratar de entender las necesidades locales. Y solo entonces presentarles a estas personas las tecnologías específicas, enseñándoles a producir y aplicar los bioinsecticidas.
Las investigaciones que vengo llevando a cabo a lo largo de los años muestran que varias plantas, especialmente las del Cerrado, el bioma de la sabana tropical brasileña, tienen buen potencial como bioinsecticidas. Estos estudios dieron lugar a una base de datos de especies botánicas con efectos comprobados en el control de insectos que afectan a la producción agrícola.
A partir de la elaboración de un bioinsecticida a base de barbatimón [Stryphnodendron adstringens], un árbol típico del Cerrado, se realiza el control de la polilla de las coles, también llamada polilla dorso de diamante [Plutella xylostella], una plaga que afecta los cultivos de distintos tipos de crucíferas, repollos y otros tipos de coles. En el asentamiento, dado que la siembra es realizada por un número considerable de productores, este control es imprescindible.
La adopción de los bioinsecticidas constituye un trabajo a largo plazo que implica un componente fundamental: la educación. Muchos suponen, por ejemplo, que por el hecho de haber sido elaborados a partir de plantas, los bioinsecticidas no requieren del uso de equipos de protección individual, algo que no es cierto. Aunque estos compuestos, por lo general son menos tóxicos, también pueden ocasionar irritaciones cutáneas y, eventualmente, problemas respiratorios.
Además de las visitas a los agricultores, trabajamos en las tres escuelas de la comunidad, donde hemos instalado huertas que sirven de apoyo a las actividades didácticas, que abarcan técnicas de cultivo, el cuidado del suelo y del agua y la fabricación y el uso de bioinsecticidas, así como la provisión de alimentos para la merienda escolar.
Nuestro público está compuesto por estudiantes de enseñanza fundamental, media y EJA [Educación de Jóvenes y Adultos]. Uno de los resultados de nuestra labor consiste en contribuir a que estos jóvenes continúen trabajando en el campo.
También en el ámbito de la educación, a través de un convenio con la municipalidad local, se dictan talleres y cursos de capacitación para mujeres, sobre temas elegidos por ellas mismas. La propuesta apunta a que puedan generar ingresos a partir del trabajo realizado en el propio asentamiento.
El apoyo de la universidad y la alcaldía de Ponta Porã es el pilar del CDR. No obstante, a lo largo de estos años, hemos ampliado nuestra labor en el asentamiento mediante proyectos específicos junto a la gobernación del estado, que hacen hincapié en la educación. Otro punto importante es la concesión de becas a estudiantes de la UFGD a través del CNPq [Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico] y la Fundación de Apoyo al Desarrollo de la Educación, la Ciencia y la Tecnología de Mato Grosso do Sul [FUNDECT].
En 2025 conseguimos un aporte de fondos de Itaipú Binacional, mediante una licitación pública para la adquisición de maquinaria destinada a la Cooperativa de Agricultores Familiares de Itamarati. Estos equipos están destinados al procesamiento de los productos agrícolas, con el propósito de aumentar su valor de mercado.
Mi sueño ahora es construir una fábrica para producir bioinsecticidas a gran escala y así poder abastecer a las comunidades de agricultores dentro y fuera de Itamarati. Más allá de la necesidad de contar con los fondos necesarios, existe un desafío tecnológico que consiste en trabajar con compuestos activos naturales, que pueden variar en función de diversos factores, tales como el clima, el suelo y la altura. Al contrario de los pesticidas químicos convencionales, que son sintéticos, algunos bioinsecticidas son sensibles a la luz, la temperatura y la humedad, lo que dificulta su almacenamiento y aplicación sobre el terreno.
Cuando soñaba con ser profesora universitaria no tenía idea de adónde me llevaría esa elección. Ahora, a mis 62 años, cuando recorro los caminos de tierra del asentamiento, sé que estoy en la senda correcta.
Este artículo salió publicado con el título “Una elección natural” en la edición impresa n° 353 de julio de 2025.
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