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Economia

La historia de un Brasil de lujo

Una investigación revela la importancia del consumo en el desarrollo del capitalismo nacional

REPRODUCCIÓN LIBRO "LEMBRANÇAS DE SÃO PAULO" / GERODETTI E CORNEJOAl pueblo le gusta el lujo; a los intelectuales les gusta la miseria: la frase de Joãozinho Trinta puede que no haya perdido totalmente su validez, pero hay, en la universidad, quienes no concuerdan con la segunda parte de ella. La economista Milena Fernandes de Oliveira, de la Unicamp, defiende justamente en su doctorado Consumo y cultura materialista, São Paulo Belle Époque (1890-1915), dirigido por Fernando Novais, la importancia de estudiar el lujo y de cómo su consumo resulta un poderoso instrumento para interpretar las características de los denominados capitalismos periféricos, tales como el brasileño, descubriendo raíces inesperadas que ayudan a comprender la industrialización tardía del país y cómo se realizó su modernización. El consumo en una sociedad que acababa de derribar el Imperio y la esclavitud presentaba una función clara y definida: acelerar la superación de un pasado colonial que se quería olvidar a cualquier costo. El proceso, claro está, no sería para todos, explica Milena. La modernidad idealizada por la aristocracia cafetalera se interesaba menos por la inclusión social como retaguardia para el salvajismo capitalista que por una modernidad que creara una nación civilizada y que terminara de una vez con todo lo que le recordase el pasado colonial. Para diferenciarse, entonces, optaron por el lujo importado. Esos patrones de consumo eran más sofisticados de lo que la industria nacional lograba producir y así, la influencia del consumo sobre la industria es mucho mayor de lo que ésta sobre aquél, lo que restringió la industrialización, analiza. Es decir, para entender al Brasil actual y sus problemas es necesario que los intelectuales sigan mirando hacia la miseria, sin olvidarse del lujo.

El período escogido, entre 1890 y 1915, es fundamental, ya que marca tanto el apogeo de la acumulación capitalista en la economía cafetalera, que origina una industria particular, ya que es el momento en que la sociedad brasileña asistió a las grandes transformaciones que marcan el nacimiento de su modernidad, que cobrará gran impulso a partir de los años 1920. Procuré comprender justamente, a partir de un estudio del consumo, las contradicciones específicas de la formación capitalista en Brasil. El desarrollo de la caficultura, la proclamación de la República y la institución del trabajo libre crearon una nueva configuración de clases. Por un lado estaban los hijos de la élite y, por el otro, los inmigrantes enriquecidos mediante el comercio, explica. Como consecuencia de esa nueva jerarquía, surgieron otros conflictos que exigieron nuevos comportamientos de clases que legitimaran las posiciones adquiridas y los debidos distanciamientos en relación con los inferiores en la escala social.

El consumo, por ende, aparece como el instrumento legitimante de las posiciones sociales, centrado en las importaciones en detrimento de todo lo que fuese nacional. Con fuerte presencia del sector externo como fuente de novedades, la dinámica diferenciación/generalización del consumo adquiere nuevas formas. El movimiento de las clases del café expresa el ritmo de la adquisición de las novedades, aunque éstas no logren ser producidas internamente debido a la insuficiencia técnica de la base productiva.

Será el sector importador, a contramano de la lógica capitalista de las metrópolis, la fuente del consumo de lujo, sinónimo de modernidad en el contexto del nacimiento del capitalismo en Brasil, otorgando acceso a la última moda extranjera. El libre acceso a los productos extranjeros provoca una separación fundamental en el contexto periférico, entre el consumo capitalista y la producción capitalista. Son dos tiempos que conviven en una misma sociedad: el tiempo del capitalismo y el de la sociedad tradicional.

REPRODUCCIÓN LIBRO "LEMBRANÇAS DE SÃO PAULO" / GERODETTI E CORNEJOSão Paulo, que más tarde congregará las raíces de la concentración industrial, fue por aquel período el ejemplo de cómo el nuevo capitalismo nacional tenía características propias que todavía se sienten en el presente. La ciudad, según observa la historiadora, sufrió grandes reformas urbanas, bajo el influjo del urbanismo higienista de Haussmann, realizadas por Ramos de Azevedo. São Paulo también fue transformada como consecuencia de la promoción del café como principal producto de la exportación brasileña, lo que hizo de ella un gran centro comercial y financiero, incluyendo la expansión de la trama ferroviaria y el acceso al puerto de Santos, por donde salía el café y llegaban las importaciones lujosas. Todos estos factores acabaron generando una revolución comercial, evidenciada en los locales del denominado triángulo comercial, formado por las calles Direita, 15 de Novembro y São Bento, lugar donde se establecían los locales de importación y los de productos nacionales, definiendo, por el consumo, la pertenencia a una u otra clase social. Pero lo que particulariza el estudio de São Paulo en ese momento es el arribo de una enorme masa inmigratoria que no sólo venía para trabajar en los cafetales del oeste, sino que se instalaron en la capital como comerciantes y empresarios. Esa transformación social resultó crucial para determinar los caminos del consumo, ya que la competencia entre las fracciones de la élite tradicional y la ascendente se manifestaba en la adquisición de bienes, y ya no solamente en privilegios abstractos tales como el apellido. La legitimación de la conquista de nuevos puestos pasó a definirse por el consumo, en un movimiento típicamente capitalista.

Todo ese movimiento se aceleró con el traslado de la elite cafetera del área rural a la capital a partir de 1890, lo que resultó en la modernización urbana, con la instalación de la luz eléctrica, la redefinición del espacio urbano en busca de nuevas formas de distinción, ampliando las posibilidades comerciales. São Paulo se convierte en un buen lugar para las inversiones nacionales y extranjeras. La concentración de la elite en la ciudad la convierte en un escenario excepcional para el teatro de las formas y apariencias, siendo posible observar una creciente relevancia y valorización de lo abstracto y lo simbólico, no solo en la representación personal de las personas de ese grupo, sino también en la forma en que invierten en la estructuración física, funcional y arquitectónica de la ciudad, observa la doctora en historia Maria Claudia Bonadio, profesora de la Maestría en Moda, Cultura y Arte, y de la carrera de grado de Diseño de Moda del Centro Universitario Senac-SP, autora de Moda y sociabilidad: mujeres y consumo en el São Paulo de los años 1920 (editorial Senac, 206 páginas, 55 reales). Según ella, el ingreso abundante de dinero revoluciona la importancia de los espacios públicos que, a su vez, intensifica el consumo como forma de inserción en determinadas clases sociales. La vida pública se intensifica, conduciendo a los paulistanos a preocuparse cada vez más por su apariencia en público. El Teatro Municipal, una obra monumental, mayor y más extenso que el Teatro de la Capital Federal, es un ejemplo de la denominada obra pública, que, sin embargo, se hallaba reservada al disfrute de las elites. El movimiento afectó directamente a las mujeres, que obtienen una función extra: las compras. Esa tarea surge de la mudanza de las élites hacia los centros urbanos, lo que hace que los grupos familiares pierdan sus funciones productivas y se transformen en unidades de consumo. Mientras que las haciendas habían sido relativamente autosuficientes, sostenidas por contingentes de esclavos y empleados, las familias urbanas dependían de los bienes de consumo y servicios ofrecidos por el mercado.

REPRODUCCIÓN LIBRO "LEMBRANÇAS DE SÃO PAULO" / GERODETTI E CORNEJOEmpero, esa migración, al hacer de la mujer un agente de consumo, permite que ella se asome al espacio público: salir sola para realizar las compras ya no es una cosa mal vista. Rápidamente, nota Claudia, la tarea se conjugará con el ocio y la individualidad femenina. En aquel momento, la esfera de las apariencias constituía un espacio privilegiado de afirmación para la aristocracia tradicional, también necesaria para distinguirse de otras elites, como lo era la emergente de los inmigrantes.

La clase responsable por la transición hacia la modernidad, la aristocracia cafetalera arraigada en el medio urbano, se distinguió de otras clases no sólo por su poder adquisitivo, sino también en razón de su estilo de vida evidente por el uso de los bienes de consumo como capital simbólico. En la relación entre consumo e industria en la periferia hubo, como condición primordial, el abandono total de los antiguos patrones por parte de la elite, en favor del consumo de artículos extranjeros, que van desde los estilos arquitectónicos hasta los alimentos, para que se les confiriese el status necesario. No obstante, al mismo tiempo que se promueve la supresión de rasgos del pasado en algunos puntos de la ciudad, las ruinas dejadas por los tiempos coloniales siguen reproduciéndose con velocidad exponencial en las regiones de los nacientes barrios obreros, analiza Milena. El resultado, agrega, es una ciudad que se moderniza reproduciendo una nacionalidad en cierto sentido contraria a la moderna, sin la creación de instancias inclusivas como modo de compensación de la permanente exclusión generada por el incipiente capitalismo. Los espacios se especializan, no solamente separando la diversión del trabajo, el comercio de la residencia, sino también el rico del pobre. Hacia 1880 aparecen los primeros barrios residenciales aristocráticos, localizados en los mejores terrenos de la capital. Al comienzo, éstos avanzan en dirección al norte del macizo central, para el lado del río Tietê, y posteriormente acompañan el paseo inferior, arriba de la ladera. Allí se instalaron los barrios de Santa Ifigênia y Campos Elísios, en referencia a la avenida parisiense, donde residían muchas familias brasileñas de la aristocracia. Del otro lado quedaban las chacras que, con el tiempo, se convirtieron en barrios compactos tales como Liberdade, Consolação y Vila Mariana.

Todavía en las postrimerías del siglo XIX surgen otros barrios de residencia elitista como es Higienópolis, de los aristócratas con fortunas forjadas con el café, que avanzan rumbo a los terrenos más altos y saludables de la meseta y también de la avenida Paulista, explica Milena.

La avenida Paulista, sin embargo, con carácter elitista, se transformó en un claro límite entre las fortunas forjadas con el café y las nacidas con la industria. El fin de la progresión cafetera transfirió las fortunas hacia la industria y el comercio, casi todo en manos de inmigrantes. La Avenida Paulista será el barrio residencial de los millonarios de esa nueva etapa de la economía paulista y la arquitectura del barrio dejará eso bien claro. Finalmente, alrededor de 1910, se crearon los barrios jardines, que descendían por las laderas cercanas a los llanos del río Pinheiros, con estilo europeo que en nada remitía a los modelos urbanísticos del pasado, tales como el Jardim Paulista, el Jardim Europa y el Jardim América. Mientras tanto, los barrios de obreros avanzaron por los terrenos yermos de las cuestas del Tietê y del Tamanduateí, en conventillos y vecindades: Mooca, Brás, Pari, Ipiranga, Barra Funda, entre otros. Esos barrios populares provocaban una grieta profunda en la imagen de postal europea que se pretendía construir en São Paulo.

REPRODUCCIÓN LIBRO "LEMBRANÇAS DE SÃO PAULO" / GERODETTI E CORNEJOUna forma de evitar esa presencia incómoda era rodearse de productos importados, en particular franceses. Al fin y al cabo, tal como dijera Gobineau, el brasileño deseaba apasionadamente vivir en París. La preferencia por las mercaderías francesas, observada en la aristocracia colonial, se amplió durante el Imperio y en la República. Además del  charol, papas en bolsas, automóviles, cajas de coñac, barriles de manteca, tejidos de lana, papel para cigarros, agua de colonia y otros, el comercio francés fue facilitado por las mujeres modistas, siempre francesas, observa el economista Lincoln Secco, profesor de historia contemporánea de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias Humanas de la USP. Para la llegada de eso productos en competencia con Inglaterra y después con Alemania, existía toda una red en la que el comercio y el consulado se unían. Brasil era uno de los objetivos preferenciales en América para la exportación de productos franceses y São Paulo contaba con agentes consulares que, mediante informes y cartas enviadas al Ministerio de Negocios Extranjeros, conformaban una estructura de información sobre trabas y posibilidades de negocios en la ciudad. Francia apelaba a sus lazos de influencia cultural y, con eso, aumentaba la fluidez en el comercio de productos de sus industrias, analiza la historiadora económica Vanessa dos Santos Bivar en su doctorado Vivre à St. Paul (Vivir en São Paulo): los inmigrantes franceses en la São Paulo decimonónica, defendido en la USP, con la dirección de Eni Siqueira Samara. Con todo, la influencia francesa no se hallaba solamente en la elite. Capas de clase media, hombres y mujeres libres y pobres, libertos y esclavos, tenían su propia manera de interactuar con ella. En una economía basada en el crédito, dependiendo del tipo de contacto que se poseía con el comercio, el producto se tornaba más tangible y tampoco todos los objetos franceses tenían gran valor, lo cual desmitifica la idea acerca de que los negocios y la cultura francesa se hallaban restringidos a las elites. No sin razón, la importación de productos franceses aumenta a partir de 1870, con su ápice en 1890, año en que la provincia se consolida como la mayor exportadora de café del país. La afirmación de status adquiere contornos burgueses, sin por ello dejar de ser aristocrática en su esencia, una postura heredada del período colonial y no superada en la transición hacia el capitalismo, acota Milena.

Empero, lo que amenaza a la élite caficultora, no es la recientemente liberada masa de esclavos, sino los inmigrantes llegados de Europa, que en poco tiempo amasaron fortunas. La ciudad pasó a experimentar una incómoda movilidad social a la cual se asociaron mecanismos de diferenciación que no eran de sangre o lazos familiares. La ciudad capitalista, a la vez que ciudad periférica, con sus enormes conglomerados de exclusión social, amplía las posibilidades de contacto entre las diferentes clases, tornando todavía más necesarios otros mecanismos de creación y reproducción de diferencias, explica la economista. Una de esas formas fue la cultura. Junto con el desarrollo del capitalismo, surge la posibilidad de comprar arte bajo la forma de cuadros, libros, espectáculos musicales, que se configuran como productos de lujo, no desde el punto de vista de la escasez física sino simbólica. Al fin y al cabo, era fundamental para disfrutar de ellas, la posesión de un gusto, para lo cual se educaba al individuo y a partir de lo cual se originaba una diferencia entre los educados, de gusto refinado, y los legos, capaces de comprar, pero no de valorar el arte. Así, según la investigadora, si, por ejemplo, en arquitectura, la distancia social entre tradicionales y emergentes es mínima, ya que las dos facciones expresaron su poder con palacetes suntuosos que valorizan el lujo y niegan la privación, en la indumentaria y en la cultura surgen incongruencias entre éticas de trabajo con distintos fundamentos: una que valora el trabajo y la privación social y otra que lo desvaloriza, aunque enaltezca el trabajo mental. La admiración por las ideas abstractas como dijo Sérgio Buarque de Holanda, se corresponde con la forma moderna de ética del ocio tomada de empréstito de la colonia. Por ende, en el esparcimiento elitista, esa diferenciación es máxima, porque el capital social para la admiración por una obra de arte no constituye el fruto directo de la ascensión económica. De ello derivan, por ejemplo, los gastos públicos en templos de consumo cultural, tales como teatros, óperas, museos, restaurantes finos y otros, lugares donde los vulgares supuestamente no sabrían comportarse, tan sólo imitar a las elites de manera ineficiente. Si el consumo no era, por sí mismo, suficiente como para dejar en claro las diferencias, la cultura sería, según el pensamiento de la época, definitiva.

La mera posesión de bienes no asegura el status. Lo que distinguiría y determinaría un grupo es el honor estamental expresada por el estilo de vida y por la búsqueda de privilegios, como el derecho a dedicarse a ciertas artes por diletantismo. El grupo caficultor desarrolló una serie de relaciones simbólicas que se transformaron en marcas de distinción, recuerda Claudia. Curiosamente, tal como se verifica hoy en día, la falsificación fue otro elemento que obligó a la aristocracia a inventar nuevas formas de diferenciarse que no fueran sólo el consumo de lo lujoso. Pero en aquella época, esas formas alternativas acabaron determinando los derroteros del desarrollo industrial. La industria nacional no registraba la demanda por lo importado y se hallaba muy restringida, no solamente porque no poseía capitales propios, teniendo que depender siempre del sector agroexportador, sino también porque en ausencia de esos capitales, se restringió a la producción de peines, sombreros y telas, que en su mayoría, imitaban modelos extranjeros, fuentes de status, explica Milena. El parque industrial se fragmentó cada vez más y su integración se volvió casi imposible, ya que sólo una concentración de la renta, entonces inviable, sería capaz de reunirlo. Las formas de compensación encontradas, la imitación y la falsificación, son productos de la lentitud de la industria nacional y de su incapacidad para generalizar los modelos. Estos mecanismos de subrepticios promueven la generalización de los patrones de consumo en el país y permiten a los estratos en ascenso la solución ideal para la carencia de recursos y sed de status. Para la investigadora, ése constituye otro ejemplo de que los comportamientos presentes en la conformación del capitalismo brasileño continúan orientando todavía los hábitos de consumo y la reconstrucción de jerarquías, tal como puede verificarse en la investigación realizada por la economista Karen Perrota en su doctorado intitulado La preferencia de la marca en el proceso de decisión de compra en el segmento de bajos ingresos, defendida en la FEA-USP con la dirección de Geraldo Toledo. Las mujeres con familias que cuentan con ingresos por valor de hasta cinco salarios mínimos, optan también por la marca en sus compras, teniendo en cuenta el valor que el producto representa para ellas. Ella compra una chocolatada de marca para el hijo, pero para cocinar una torta compra artículos de marca inferior. Mostrar al vecino un paquete de jabón en polvo de la marca más conocida puede significar ascenso social. Existe una marcada opción por la marca en detrimento del precio, analiza la investigadora.

Eso ocurre ahora en función del pasado. No se logra explicar el desarrollo de la dinámica capitalista y nuestra modernidad solamente mediante condiciones externas, sino como el fruto de un proyecto de nación específico. En eso, el consumo, junto con las transformaciones urbanas, fue uno de los elementos centrales de la modernidad periférica. La fusión de un proyecto nacional específico portado por las nuevas clases y facciones de lclases surgidas de las transformaciones sociales de finales del siglo XIX, la manera en como expresan su poder mediante el consumo y, finalmente, cómo éste se reporta a la base productiva incipiente, componen la base de un capitalismo muy especial, sostiene Milena. Aunque los productos que alimentaban la diferenciación proviniesen del exterior, era la dinámica interna del conflicto de clases la que conducía sus usos. Por ello, el consumo de importados no se resume a una mera aceptación pasiva de la oferta imperialista, sino a un reordenamiento entre las clases que modeló no solamente al consumo, sino también su relación con la industria. La anticipación del consumo en relación con la producción constituiría una de las tantas explicaciones para el atraso y para la continuidad de la dependencia. la modernización capitalista periférica, al ser muy veloz, otorga continuidad a la exclusión. Las funciones de inclusión, al quedar libradas al gusto del mercado y sin una base productiva, refuerzan las tendencias espurias de difusión, y luego, la continuidad de la dependencia, culmina Milena. No puede negarse que al pueblo le gusta igualmente el lujo, aunque eso constituya su miseria.

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