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Desigualdad

La paradoja entre la diversidad y la innovación

Las mujeres y las minorías étnicas son pródigas en proponer nuevas ideas, pero obtienen escaso reconocimiento, de acuerdo con un estudio realizado con 1,2 millones de tesis doctorales

Patricia Brandstatter

Investigadores de la Universidad Stanford, en Estados Unidos, han recopilado datos que demuestran la presencia en el ámbito científico estadounidense de una contradicción bien conocida en el universo empresarial: la paradoja diversidad-innovación. Este fenómeno combina dos realidades que suenan incongruentes. Por una parte, hay pruebas de que los entornos en los que trabajan personas con orígenes y experiencias distintas tienen más probabilidades de generar conocimientos nuevos e impactantes. Al mismo tiempo, los grupos subrepresentados que aseguran una mayor pluralidad y capacidad de innovación, tales como las mujeres y las minorías raciales, obtienen un beneficio escaso de las mejoras que producen y no pueden lograr el mismo éxito en la carrera que los grupos mayoritarios, como es el caso de los varones blancos.

En un artículo publicado en abril en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), los autores señalaron que los investigadores pertenecientes a grupos con escasa representación en el entorno académico presentan ideas innovadoras con mayor frecuencia que los colegas vinculados a los grupos mayoritarios. Pero sus ideas sufren una especie de devaluación y no gozan de un reconocimiento equivalente al que presentan los grupos con alta representación en el mundo académico. “Hemos descubierto un patrón problemático: las minorías muestran un talento especial para producir novedades científicas, pero sus hallazgos tienen menor impacto”, explicó el sociólogo Bas Hofstra, pasante posdoctoral de la Facultad de Educación de la Universidad Stanford y autor principal del artículo, en un texto publicado en la revista Nature.

Estas conclusiones se basan en el análisis del contenido de 1,2 millones de tesis doctorales de todas las áreas del conocimiento defendidas en Estados Unidos entre 1977 y 2015. Este desajuste influye en la trayectoria profesional de los investigadores. Según los autores, las posibilidades de que las mujeres se incorporen al cuerpo docente de una universidad son un 5% inferiores si se las compara con las que ostentan los varones. En tanto, entre las minorías raciales, las posibilidades son un 25% más bajas que las de los grupos mayoritarios. El estudio demostró que esta diferencia de probabilidades puede llegar a ser tres veces mayor cuando la comparación considera solamente a los investigadores que presentaron novedades en sus tesis.

Estos hallazgos no son nada sorprendentes, pero por primera vez fue posible generalizar este tipo de conclusiones para toda la comunidad académica de un país. Antes, lo que había eran pruebas específicas o estudios de casos. Para lograr tal escala, fue necesario un abordaje interdisciplinario –entre los autores del estudio hay sociólogos, informáticos y un lingüista– y se adoptó una metodología original que utiliza herramientas de aprendizaje de máquinas para analizar y extraer tendencias de un volumen de información gigantesco.

Los metadatos de las tesis, tales como los nombres de los alumnos y de sus directores, y las áreas del conocimiento e instituciones a las que estaban vinculados, se cotejaron con la información de los censos que se llevaron a cabo en 2000 y 2010 y con los registros de la Social Security Administration, el organismo que gestiona la seguridad social en Estados Unidos. Así, fue posible inferir información demográfica sobre el género y la raza de los estudiantes. También se hicieron referencias cruzadas en los registros de la base Web of Science, con más de 160 millones de artículos, con el propósito de evaluar si los titulares de las tesis siguieron una carrera académica y tenían producción científica.

Pero el principal reto residió en evaluar el grado de innovación de las tesis y el impacto generado por las ideas de los doctores. En general, los estudios de esta naturaleza tratan de identificar obras innovadoras analizando la composición de sus referencias bibliográficas, ya que las combinaciones inusuales de autores pueden constituir un signo de originalidad. Si esos trabajos reciben muchas citas, crece la posibilidad de que sean innovadores. Sin embargo, el equipo de Stanford decidió crear un nuevo tipo de indicador, basado en las características de los conceptos científicos utilizados en las tesis. “El punto de partida fue una intuición, presente en la filosofía y en la sociología de la ciencia, de que el conocimiento científico se caracteriza parcialmente como una red de ideas y conceptos que reflejan lo que queremos decir o entender”, expresó Hofstra en la revista Nature.

Las técnicas de procesamiento del lenguaje y de modelado informático han permitido identificar términos que representan conceptos científicos en millones de documentos. Las innovaciones se identificaron mediante la asociación de pares de conceptos. El estudio reveló algunos ejemplos simbólicos de cómo funcionó la estrategia. Los términos “glioblastoma” y “molecular”, por ejemplo, se registraron juntos por primera vez en las tesis doctorales en 1988 y, con posterioridad, ese vínculo fue detectado otras 87 veces. Eso fue el resultado del progreso de una línea de investigación iniciada por el oncólogo Kenneth Kinzler en la Universidad Johns Hopkins, que puso de relieve el origen genético de este raro tipo de tumores. Análogamente, los términos “justificar” y “masculinidad”, que se han repetido 94 veces en las tesis doctorales desde 1984, fueron propuestos en un trabajo pionero por Londa Schiebinger, profesora de historia de la ciencia en Stanford, quien se convirtió en una referencia en la investigación sobre el sesgo de género en el mundo académico (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 289).

Los conceptos extraídos de las tesis se distribuyeron en un mapa semántico, que mostró lo estrechamente conectados que están entre sí. En algunos casos, las novedades eran bastante cercanas a los conceptos establecidos, aquellos que movilizaban a la mayoría de los investigadores de la disciplina, pero en otras situaciones eran más lejanas y su “valor distal” era mayor. Los autores verificaron que, en el caso de las mujeres, los temas innovadores estaban muy alejados de los conceptos centrales de las disciplinas, lo que puede explicar por qué tuvieron menos aceptación y generaron un impacto menor.

Para la politóloga Elizabeth Balbachevsky, de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias Humanas de la Universidad de São Paulo (FFLCH-USP), hay dos maneras posibles de interpretar esos datos. “El impacto de los conceptos innovadores puede haber sido menor porque la producción de conocimientos en algunas áreas es conservadora. Esto sucede en las comunidades disciplinarias con agendas de investigación muy cerradas y autorreferenciales, que tienen dificultades para aceptar lo que viene de afuera”, comenta. “El escaso impacto de los artículos con innovaciones más radicales, medido por el alto valor distal entre los conceptos presentes en la obra, también puede indicar que las innovaciones que dan cabida a conceptos muy distantes presentan debilidades teóricas que dificultan su recepción”. Según ella, este problema aparece en algunas investigaciones interdisciplinarias cuando la asociación de teorías de diferentes campos del conocimiento conduce a una relajación del rigor en el uso de estos conceptos. Si este es el caso, advierte la investigadora, la menor aceptación no sería necesariamente un indicio negativo. “Por otra parte, la conclusión a la que arriba el estudio, que afirma que los trabajos de igual valor distal producidos por autores pertenecientes a los grupos mayoritarios tienen un mayor impacto que los producidos por autores de las minorías parece apuntar a la presencia de un elemento real de prejuicio, o al menos de resistencia al reconocimiento de los aportes de los colegas que pertenecen a estos grupos”, dice.

Hofstra sostiene que pretende profundizar en este tema y aprender a identificar las innovaciones científicas útiles para distinguirlas de las nuevas ideas de mala calidad. En otro frente de investigación, el grupo de Stanford intenta verificar si las innovaciones de los grupos subrepresentados, incluso si tardan en ser reconocidas, generan beneficios a largo plazo o tienen un impacto en áreas interdisciplinarias. También hay un objetivo adicional: reunir pruebas que puedan ayudar a ampliar la presencia de esos grupos en las universidades (lea el artículo que figura en la página 64).

“El estudio de Stanford saca a relucir temas que en Brasil no estamos acostumbrados a debatir”, dice el sociólogo Glauco Arbix, también de la FFLCH-USP. “Los resultados marcan cómo las raíces de la sociedad, con sus prejuicios y redes de poder, penetran en las estructuras científicas”. El investigador dice que la universidad brasileña suele ser vista como diversa, ya que existe una base salarial equitativa entre varones y mujeres. “Eso ya es un avance y marca una diferencia importante en relación con lo que se practica en la sociedad, pero basta con observar las estructuras de mando de las universidades o las agencias científicas de fomento para darse cuenta de que no todo es tan así”, dice.

A juicio de Balbachevsky, los resultados del estudio también son interesantes para pensar en las dificultades de las comunidades científicas de los países emergentes para que su producción sea reconocida internacionalmente. No obstante, ella hace hincapié en el riesgo de adjudicarle solamente a los prejuicios la dificultad que se les presenta a los científicos brasileños para realizar investigaciones de impacto internacional. “Eso puede motivar cierta relajación, cuando en realidad hay otros factores implicados, tales como el bajo grado de exposición al escrutinio internacional de una proporción significativa de nuestros científicos, que todavía están bastante aislados”.

Una atenta observadora de los estudios de ciencia y género, la física Marcia Barbosa, de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul (UFRGS), pondera el hecho de que el trabajo de Stanford dialoga con investigaciones realizadas en el universo corporativo. Una de ellas es un estudio de la consultora McKinsey, realizado en 2017 con 1.000 empresas de 15 países, según el cual, aquellas que más promueven el equilibrio de género son un 21% más rentables que las que se preocupan poco por el tema. “También hay estudios en el campo de la psicología que muestran por qué los grupos con diversidad logran soluciones más innovadoras. Cuando un individuo trabaja con personas diferentes a él, hace un esfuerzo adicional para dejar su zona de confort y esto aumenta la productividad del grupo. Se desarrolla así una inteligencia positiva que genera mecanismos para ganar más dinero”, dice Barbosa.

Según la física, la idea de que la producción de los grupos subrepresentados está devaluada, independientemente de su contenido, se corrobora a partir de diversos trabajos científicos. Ella cita un estudio publicado en 2012 también en la revista del PNAS en el que los currículos de los postulantes a un puesto de administrador de un laboratorio fueron evaluados por docentes de universidades de investigación intensiva de Estados Unidos. Los nombres atribuidos a los candidatos, femeninos o masculinos, se incluyeron al azar. El resultado fue que hubo currículos idénticos que se evaluaron de manera diferente según el género –se consideró que los hombres eran más competentes y aptos para el cargo que las mujeres– y ese prejuicio estaba presente incluso cuando el evaluador era una mujer. Según ella, el estudio de Stanford tiene la fortaleza como para convertirse en un punto de referencia al proporcionar datos sobre la ciencia y el género utilizando herramientas de investigación que están en la frontera del conocimiento. “Es alentador saber que ahora tenemos acceso a metodologías capaces de producir evidencias elocuentes mediante el análisis de grandes volúmenes de datos”, dice.

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