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Museología

La vida oculta del patrimonio museístico

La conservación de las colecciones de los museos requiere de un complejo trabajo y la labor de equipos multidisciplinarios

La reparación de documentos dañados por su exposición a la luz forma parte de las actividades de restauración

Léo Ramos Chaves

Cuando los últimos visitantes dejan las salas de exposiciones y las puertas de los museos se cierran, los objetos de sus colecciones siguen siendo protagonistas de una realidad poco conocida para el público. Pese a ser fantasiosa, la imagen de que en ese momento las momias y los dinosaurios cobran vida ayuda a entender mejor el trabajo entre bastidores que caracteriza al funcionamiento de estas instituciones. No importa su naturaleza, las colecciones exigen la dedicación constante de equipos multidisciplinarios para asegurar su existencia. Sin técnicos y especialistas de distintas áreas, se hace prácticamente imposible asegurar la preservación y la conservación de las piezas, y esto implica desde cuidados con la seguridad de las salas hasta períodos de descanso de los objetos, cuando deja de exhibírselos y vuelven a la reserva técnica, espacio inaccesible para el público y destinado a actividades de higienización y restauro.

De acuerdo con Sheila Walbe Ornstein, docente de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de São Paulo (FAU-USP), el cuidado de las colecciones, que incluye a los propios edificios, comienza con el establecimiento de condiciones de seguridad, iluminación y humedad adecuadas para el tipo de objeto expuesto en cada espacio. “Esto requiere de la participación de arquitectos, ingenieros y especialistas en prevención de accidentes y en la preservación de edificios y de sus colecciones móviles”, dice la investigadora. Cuando la institución funciona en edificios históricos, como en los casos del Museo Nacional y del Museo Paulista, por ejemplo, es necesario estar atentos a las instalaciones eléctricas y a las especificidades de la arquitectura, las estructuras de madera de los techos, por ejemplo. El monitoreo de la contaminación y de las vibraciones del tránsito urbano, inexistentes cuando se los construyó, también requiere atención. “Hay edificios históricos que se diseñaron para funcionar como residencias, por ese motivo tienen una ventilación cruzada, que puede favorecer la propagación del fuego”, comenta. Para subsanar este tipo de situación, Walbe Ornstein recuerda que es posible instalar barreras tales como puertas cortafuego o pantallas que se accionan en el momento en que la temperatura de las salas se eleva, además de detectores de humo y alarmas administradas por centrales de monitoreo. Los equipos de socorro y las reservas de agua también son fundamentales. “De este modo, las probabilidades de incendios a gran escala se reducen y es posible atrasar la propagación del fuego hasta la llegada de los bomberos”, afirma.

Los museos deben también contar con comisiones activas de prevención de accidentes, encargadas de la elaboración de los planes de acción que deben implementarse en eventos de riesgo y que incluyan estrategias no solamente de retiro de personas sino también de las piezas consideradas prioritarias, en casos de incendio o inundación. Sistemas de monitoreo mediante cámaras, en todos los ambientes, y herramientas de vigilancia específicas, para los objetos más valiosos, resultan indispensables. “El busto de Nefertiti, que pertenece al Museo Egipcio de Berlín [Alemania] queda almacenado en una vidriera, que cuenta con un sistema de alarma individual”, comenta Walbe Ornstein, quien recuerda que la seguridad de las colecciones requiere de una inversión continua, debido a la necesidad de actualización tecnológica constante y de capacitación de los equipos.

Léo Ramos Chaves Los preparativos para la reforma del Museo Paulista incluyeron embalajes especiales para piezas de lozaLéo Ramos Chaves

La escasez de recursos
Es precisamente la falta de fondos para el mantenimiento lo que ha venido afectando al sistema de alerta de incendios del Museo Paraense Emílio Goeldi (MPEG), que cuenta con 20 colecciones, incluidas aproximadamente 15 mil piezas de patrimonio etnográfico producidas por 120 pueblos indígenas de la Amazonia. Fábio Jacob, técnico de la colección de etnografía del MPEG, explica que, desde hace alrededor de un año, oscilaciones en la red eléctrica han causado la quema de los sensores, que con una cierta frecuencia son accionados por las hormigas. Pese al problema en las alarmas, la sala que alberga a la colección etnográfica parece estar protegida adecuadamente. El acceso a ella está controlado mediante clave y se ciñe a investigadores y técnicos. En su interior, protegido por una puerta cortafuego que sella su única entrada, la temperatura y la humedad están controladas por ventiladores, extractores y deshumidificadores, accionados automáticamente por un sistema electrónico. “Para esa colección, lo más importante es mantener la humedad relativa del ambiente entre un 55% y un 60%, para de este modo reducir el riesgo de infestación por insectos”, explica Jacob. Además, hay detectores de humo instalados en todos los laboratorios y en las salas con colecciones, conectados a una central de alarmas.

Quienes trabajan en la preservación y en la restauración de colecciones deben tener una formación interdisciplinaria y actualizarse constantemente mediante investigación científica y lo propio con relación a nuevas tecnologías, explica Ana Gonçalves Magalhães, curadora del Museo de Arte Contemporáneo (MAC) de la USP. Con base en esas calificaciones múltiples, se vuelven capaces de establecer protocolos con relación a las piezas exhibidas en distintos espacios. “En salas que albergan obras en papel, tales como dibujos o grabados, por ejemplo, la forma de iluminación resulta crucial”, explica la curadora, utilizando como ejemplo las colecciones de grabados del Museo Albertina, en Viena, Austria. Con una colección que contiene obras datadas en el siglo XVI, la institución posee protocolos que determinan períodos de descanso programados y recurrentes en su reserva técnica, totalmente oscura. “La salida, para mantenerlas accesibles ininterrumpidamente, consistió en digitalizar esas colecciones. Cuando están descansando, el público puede verlas en una base de datos digital o mediante la exhibición de facsímiles”, comenta. Gonçalves Magalhães recuerda que las colecciones en general son mucho mayores que aquello que se expone ante el público. Las piezas en parte permanecen guardadas en la reserva técnica para la realización de trabajos de preservación, catalogación o investigación.

Pese a ser cruciales para la vida de los museos, la arquitecta Fabiola Zambrano Figueroa, supervisora del servicio de conservación del Museo Paulista, explica que aún son pocas las carreras de grado en conservación y restauración de bienes culturales existentes en Brasil. Actualmente, las carreras con ese perfil se dictan en la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG), en la Universidad Federal de Pelotas (UFPel), en el estado de Rio Grande do Sul, y en la Universidad Federal del Río de Janeiro (UFRJ); y está también el posgrado en Museología del Museo de Arqueología y Etnología (MAE) de la USP.

Léo Ramos Chaves En el Museo del Hombre Americano (estado de Piauí): selección de piezas en laboratorioLéo Ramos Chaves

El edificio de arquitectura neoclásica inaugurado en 1892 y perteneciente al Museo Paulista, que se encuentra desde 2013 cerrado por reformas, albergaba colecciones con piezas que van del siglo XVI al siglo XXI, con tres grandes núcleos: iconografía, documentos textuales y objetos, según Adilson José de Almeida, supervisor del servicio de objetos. Para realizar la obra, todo ese patrimonio, compuesto por artículos tales como monedas, sellos, muebles, porcelanas y blasones de barones, debió ser trasladado a edificios situados en las cercanías, en el barrio de Ipiranga. Ese proceso se planificó durante cinco años. Hasta el mes de octubre, más de la mitad de la colección ya había sido trasladada. El principal reto ha consistido en sido mantener parte de las piezas disponibles para la realización de investigaciones y para la organización de muestras. “Una pila bautismal del siglo XVI proveniente del área en donde actuaba el cura José de Anchieta actuaba, que es una pieza icónica de la colección, se encuentra expuesta en una muestra en el palacio de la gobernación del estado”, ejemplifica De Almeida. En el proyecto de reforma se estima que el edificio se entregará listo en 2022. “La idea es utilizarlo para la realización de exposiciones y que sus colecciones queden almacenadas en salas técnicas construidas en los alrededores”, detalla.

En el caso del Museo Nacional, desde hace más de dos décadas se venía debatiendo un proyecto similar que preveía el retiro de las colecciones del palacio y su reubicación en edificios técnicos. Pese a las pérdidas ocasionadas por el incendio, el paleontólogo Sergio Alex Azevedo, coordinador del Laboratorio de Procesamiento de Imagen Digital de la institución, afirma que alrededor de 300 objetos de mayor relevancia se preservaron de algún modo. Algunos de ellos, tales como el meteorito Bendegó, el cráneo de Luzia, momias del sector de egiptología y fósiles de dinosaurios y pterosaurios habían sido escaneados y las imágenes resultantes se digitalizaron como parte de un proyecto desarrollado en colaboración con el Departamento de Artes y Diseño de la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro (PUC-Rio). Con impresoras 3D, pueden reconstituirse réplicas. “Quizá esa cifra llegue a 500 piezas. Estamos realizando un inventario de lo que tenemos con nosotros y de lo que puede estar con colaboradores”, informa Azevedo, cuyo laboratorio perdió 30 computadoras de última generación. “Imprimimos muchas réplicas de piezas que eran holotipos para las colecciones de otros museos. No imaginábamos que algún día tendríamos que recurrir a ellos para reemplazar a los originales”, se lamenta. Y afirma que, aunque algunos objetos que no fueron escaneados, eventualmente puede reproducírselos, de haber al menos 10 fotos de tomadas desde distintos ángulos.

Los objetos que se perdieron en el incendio podrán reconstituirse con la ayuda de la tecnología

Almacenamiento virtual
Gonçalves Magalhães, del MAC-USP, recuerda que la digitalización de las colecciones es importante para garantizar su supervivencia al menos virtual, y también para hacer posible el acceso del público cuando, por distintas razones, los espacios de exhibición no se encuentran abiertos. Tal es el caso del Rijksmuseum de Ámsterdam, Holanda, que antes de cerrar por reformas, en 2003, digitalizó todo su patrimonio. “Pero es necesario destacar que cualquier contenido que pasa por el procesamiento digital se convierte en un problema, pues nadie sabe cómo preservar esas reproducciones a largo plazo”, analiza Giselle Beiguelman, docente de la FAU-USP. Para Beiguelman, es errónea la idea de que, al digitalizar, necesariamente se ocupa menos espacio físico. Idealmente, para garantizar la seguridad de un contenido digitalizado hay que almacenarlo en tres lugares y en dos formatos distintos. “De seguir al ritmo de la obsolescencia tecnológica actual, requeriremos más espacio físico que el necesario para mantener los objetos propiamente dichos, pues habrá que preservar los soportes y las interfaces de lectura relacionadas con los medios actuales y también con las nuevas tecnologías”, finaliza Beiguelman, en referencia a los dispositivos de lectura y almacenamiento de datos, tales como discos rígidos, DVDs y tarjetas de memoria, o incluso equipos que soportan estándares de codificación de información almacenada en la nube.

Colecciones del Museo Nacional Página de Historia Naturale, del romano Plinio el Viejo (23 d. C – 79 d. C), publicada en 1481 en VeneciaColecciones del Museo Nacional

Rarezas a salvo
Los 1.560 títulos distribuidos en 3.662 volúmenes que constituyen la colección de obras raras del Museo Nacional no se vieron afectados por el incendio porque están guardados en la Biblioteca Central de la institución, localizada en el Huerto Botánico. Dicha biblioteca, especializada en ciencias antropológicas y naturales y creada en 1863, ocupaba hasta finales de la década de 1980 el tercer piso del palacio. Hubo que trasladarla a un edificio propio –una reivindicación desde los tiempos de la monarquía–, entre otros motivos debido al peso de la colección de más de 300 mil volúmenes en ese entonces.

“El sector de obras raras reúne aquello que los bibliófilos consideran precioso y único, con alto valor de mercado”, explica la bibliotecaria documentalista Leandra Pereira de Oliveira, jefa de la biblioteca del museo desde 2014. “Nuestra colección aborda la historia de los albores de Brasil y contiene informes de naturalistas no solo sobre el país, sino también sobre países situados en otros continentes.”

Entre las preciosidades que allí se mantienen están Viagem filosófica: Expedição científica de Alexandre Rodrigues Ferreira nas capitanias do Grão-Pará, Rio Negro, Mato Grosso e Cuiabá – 1783-1792 y una edición de 1481 en latín de la obra Historia Naturale, del naturalista romano Plinio el Viejo (23 d. C – 79 d. C). Muchos de esos textos se encuentran disponibles en la página de la biblioteca digital del museo y se puede acceder a ellos vía internet.

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